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El sábado a las once de la mañana Chiara llama a mi puerta con los nudillos, tres golpes, y sin esperar a que conteste dice desde el pasillo:
—Basta. Andiamo.
—¿Adónde?
—A Bologna. —Asoma la cabeza. Lleva un vestido negro, unas zapatillas deportivas de un amarillo imposible y el pelo recogido con el lápiz de siempre—. Llevas una semana en Bolonia y no has visto Bolonia. Has visto calles.
Lo dice en una mezcla de italiano e inglés que ya empiezo a entender por el ritmo más que por las palabras. Chiara habla como conduce la gente en las películas italianas: sin intermitente, adelantando por donde cabe, y llegando siempre.
Me visto en dos minutos.
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Lo primero que me enseña es a comprar.
No en un supermercado. En unas calles estrechas detrás de la plaza grande, un laberinto de cuatro o cinco callejuelas donde cada puerta es una tienda y cada tienda tiene algo colgando del techo: jamones, salchichones del tamaño de un brazo, ristras de ajos,
quesos enteros que parecen ruedas de coche.
Huele a vinagre y a pan y a algo muy antiguo, como una despensa que nadie hubiera cerrado en quinientos años.
Chiara entra en tres tiendas distintas y en las tres saluda a alguien por su nombre.
—¿Los conoces a todos?
—A todos no. —Se lo piensa—. A la mitad. Mi madre es de aquí. Tengo primos en todas partes. Primos de tercer grado, primos de cuarto grado, primos que no son primos pero lo parecen. —Hace un gesto que abarca la calle entera—. Bolonia es pequeña. Parece grande porque tiene techo.
Compra mortadela cortada tan fina que se ve la luz a través.
Un queso blanco y blando que se llama de una manera que no consigo repetir y que viene en un papel.
Pan. Unas aceitunas enormes, verdes, rellenas de algo y fritas.
Me lo va dando todo a mí para que lo lleve, envuelto en papel de estraza, hasta que tengo las dos manos ocupadas y el olor pegado a la ropa.
—¿Y esto dónde nos lo comemos?
Chiara sonríe como quien tiene un secreto que no piensa guardar mucho tiempo.
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La Osteria del Sole es una habitación.
Una sola, grande, con el techo alto, las paredes amarillas llenas de fotos en blanco y negro y de carteles viejos, y mesas largas de madera con bancos, como de comedor escolar de otro siglo.
No hay cocina. No hay carta. No hay camareros, o hay uno, detrás de una barra, sirviendo vino en vasos de cristal grueso.
Y en las mesas, a la una del mediodía de un sábado, hay cuarenta personas comiendo cosas que se han traído de casa.
Todos. Un grupo de señores de setenta años juega a las cartas con una bandeja de lasaña entre las manos.
Cuatro estudiantes han extendido encima de la mesa un papel con queso y embutido.
Una familia con un bebé ha sacado unos táperes de plástico con albóndigas.
Una pareja de turistas, desconcertados, se come una bolsa de patatas fritas mirando alrededor como si les fueran a echar.
—Aquí no se cocina —me explica Chiara, desenvolviendo la mortadela—. Desde hace cinco siglos. Tú traes la comida, ellos ponen el vino. Nadie pregunta. Nadie mira.
—¿Y se puede?
—Se puede desde antes de que existiera España.
No sé si es verdad. Luego lo busco y casi lo es.
Comemos con las manos, sobre el papel, con los vasos de vino tinto que Chiara ha pedido en la barra y que cuestan menos que un café en Murcia.
La mortadela no se parece en nada a la que yo conocía: es suave, dulce casi, y se deshace.
El queso blanco es como comer una nube salada.
Chiara come mucho y deprisa y habla con la boca llena, y me va contando cosas de la ciudad con los dedos grasientos, señalando las fotos de las paredes.
Que a Bolonia la llaman de tres maneras. La dotta, la docta, porque tiene la universidad más antigua del mundo. La grassa, la gorda, por lo que estamos comiendo. Y la rossa, la roja, por el color de los tejados y, dice bajando la voz con cara de conspiradora, por otras cosas que ya me contará.
—¿Y tú cuál eres? —le pregunto.
—Io? —Se ríe—. Io sono di Bari. Yo soy la que viene de fuera. Como tú.
Y me sirve más vino sin preguntar.
Me doy cuenta, a la segunda copa, de que llevo dos horas sin pensar en nada de lo que he venido a no pensar.
Sin contar cabezas. Sin mirar quién mira.
Me doy cuenta porque de repente pienso en ello, claro, que es la manera en que una se da cuenta de estas cosas, y se acaba.
Pero ha durado dos horas. En cinco meses no había durado tanto.
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El domingo me enseña el agua.
No me dice adónde vamos. Me lleva por calles cada vez más estrechas, al norte del centro, lejos de los turistas, hasta una calle corta y sin nada especial, con los soportales de siempre y una pared lisa de color ocre.
En la pared, a la altura de los ojos, hay una ventana pequeña.
Una contraventana de madera, del tamaño de un libro abierto, cerrada, y delante un grupito de cuatro turistas japoneses esperando su turno.
—¿Qué es?
—Aspetta.
Cuando se van los japoneses, Chiara me pone delante de la ventanita y me dice que la abra.
La abro.
Y al otro lado, entre dos filas de casas viejas con las paredes desconchadas, con ropa tendida en los balcones y macetas de geranios, corre un canal.
Agua. Agua verde y rápida, que baja entre las fachadas con un ruido que no se oía desde la calle, y que desaparece más allá, debajo de otra casa, como si la ciudad se la tragara.
Me quedo mirándola. No sé cuánto tiempo. El suficiente como para que detrás de mí un señor carraspee.
—Bologna aveva l'acqua —dice Chiara, a mi lado, más bajo que de costumbre—.
Tenía canales. Muchos. Para los molinos, para la seda, para todo.
Como una Venecia pequeña. —Hace con las manos el gesto de tapar algo—.
Luego los cubrieron. Calles encima. Coches encima.
Pero el agua sigue ahí, abajo. Corre por debajo de todo. Solo que no la ves.
—¿Y de dónde viene?
—Del río. Hay un sitio, fuera de la ciudad, donde la cogen. Una presa antigua. La chiusa di Casalecchio. —Lo dice como si fuera el nombre de alguien—. Algún día vamos.
Cierro la ventanita. La vuelvo a abrir. El agua sigue ahí, bajando, verde, con prisa, como si llegara tarde a algún sitio.
Le hago una foto. Me sale movida y con el marco de madera en primer plano, y me gusta más así.
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Esa noche me escribe Hugo.
No me había escrito desde junio. Desde el día que le di las gracias, en un mensaje largo que me costó una tarde entera, y él me contestó con una sola frase sobre un bar de marineras que sigue en el mismo sitio.
Desde entonces, nada. Ni cuando me fui, ni cuando llegué.
Hugo no es de los que escriben por escribir.
Ahora me manda una foto.
Es el Mar Menor desde una barca, a media tarde, con la luz de septiembre que lo pone todo dorado.
En primer plano, una mano morena —la suya, la reconozco por el reloj de goma— sujeta una cuerda con marcas cada tanto, y al final de la cuerda, dentro del agua, se ve un disco blanco y negro, dividido en cuatro, bajando.
El disco de Secchi. El mismo con el que su abuela Encarnita contaba peces, el mismo con el que él lleva midiendo el agua desde que tenía catorce años, y el mismo que me enseñó a usar una tarde de julio, en el embarcadero, un verano que ahora me parece de otra persona.
Debajo, el mensaje:
«Los Urrutias, hoy. 3,4 metros. El año pasado por estas fechas, 2,6. Se va aclarando.»
Nada más. Ni un «¿qué tal?», ni un «¿cómo es Bolonia?», ni un emoji. Hugo me manda un dato, como quien manda una postal con una sola palabra escrita.
Miro la foto mucho rato. El agua tan clara que se ve el disco a más de tres metros, blanco y negro, bajando.
Pienso en el agua turbia del verano en que me fui del pueblo, marrón y verde, que olía mal en agosto.
Pienso que el Mar Menor se está curando sin mí, y no sé si eso me alegra o me da una pena que no sé dónde poner.
Luego busco en el carrete la foto de la ventanita. La movida, la del marco de madera.
Se la mando.
«Aquí el agua va por debajo. Hay que abrir una ventana para verla.»
Tarda cuatro minutos en contestar. Los cuento, porque no tengo otra cosa que hacer y porque estoy tumbada en la cama con el móvil encima de la cara esperando.
«Agua escondida también es agua.»
Y luego, un minuto después:
«Esa va rápida. Tiene prisa por llegar a algún sitio.»
No le contesto. No porque no quiera, sino porque no sé qué decirle que no sea demasiado, y Hugo y yo llevamos toda la vida sin saber qué decirnos que no sea demasiado.
Me quedo dormida con la foto de su disco abierta en la pantalla, el disco blanco y negro bajando por un agua que cada año se ve un poco mejor, y sueño, creo, con algo que corre debajo de una ciudad, aunque por la mañana no me acuerdo de nada más.