Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 3
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En la clase de italiano para extranjeros somos veintidós, de catorce países, y la profesora nos pide que nos presentemos en italiano con tres frases: cómo nos llamamos, de dónde venimos y qué nos gusta.

Es una chica de Módena de unos treinta años, con unos pendientes de plástico del tamaño de dos galletas y una paciencia que se le nota que ha ido ganando a base de lunes. Escribe las tres frases en la pizarra y se sienta en la mesa con las piernas cruzadas, y empezamos por la primera fila.

Un chico de Seúl que se llama Min-jun y al que le gusta la pizza.

Una chica de Lyon a la que le gusta el vino, y todos nos reímos, y ella no entiende por qué.

Dos alemanes seguidos a los que les gusta el fútbol.

Una polaca muy seria a la que le gusta, dice, la arquitectura romanica, con tanta seguridad que la profesora le corrige la pronunciación sin corregirle el entusiasmo.

Yo estoy en la tercera fila, a la izquierda, porque hay cosas que no cambian aunque cambies de país.

El de delante de mí es altísimo. Tanto que tengo que inclinarme a un lado para ver la pizarra, y cuando le toca y se levanta, que no hacía falta levantarse, es todavía más alto de lo que parecía sentado.

Rubio de un rubio casi blanco, la piel de alguien que no ha visto el sol en su vida, los ojos de un azul muy claro, como aguado.

Guapo de una manera tan completa que no deja nada que mirar.

—Mi chiamo Kasper. Vengo dalla Danimarca. Vivo in via Zamboni. —Una pausa, pensando—. Mi piace… dormire.

Se ríe media clase. Él no. Él se sienta otra vez con la misma cara con la que se ha levantado, como si hubiera dicho la verdad y no entendiera qué tiene de gracioso.

Me toca a mí.

—Mi chiamo Nerea. Vengo dalla Spagna. Mi piace…

Y me quedo en blanco. Porque es una pregunta tonta, de primero de primaria, y aun así no se me ocurre nada que me guste que se pueda decir en voz alta delante de veintidós desconocidos en un idioma que no hablo.

Me gusta nadar, pero no sé cómo se dice nadar.

Me gusta el mar, pero aquí no hay. Me gustaba una cosa que se acabó en abril y no pienso decirla en ningún idioma.

—Mi piace il mare —digo al final.

Lo digo con mi acento, que es el acento de alguien que ha aprendido italiano con un móvil y que lleva veintiún años hablando murciano, con las eses que se me van al final de cada palabra y las vocales abiertas y un tono que, según me han dicho más de una vez,

parece que estoy enfadada aunque esté pidiendo un café.

Y en la fila de al lado se ríe una chica.

No es una risa de burla. Es de las que se escapan: corta, por la nariz, con la mano delante de la boca demasiado tarde.

Me giro. Tiene el pelo castaño cortado a la altura de la mandíbula, la cara llena de pecas, un jersey de lana verde con un agujero en el codo y los ojos grises y muy abiertos, pidiendo perdón antes que la boca.

—Sorry —dice en inglés—. Sorry, sorry. It's beautiful. You sound like you are angry at the sea.

Y esta vez se ríe la clase entera, la profesora también, y yo también, porque tiene razón.

—Io sono Ingrid —dice ella cuando le toca, sin levantarse—. Vengo dalla Svezia. Mi piace… ridere. —Y me mira a mí—. Scusa.

•

Kasper vive en el quinto. Encima de nosotras.

Me entero el martes, cuando nos cruzamos en la escalera: yo bajando, él subiendo, con una bolsa del súper en cada mano y la cabeza agachada para no darse con la lámpara del rellano del tercero, que cuelga más baja que las demás.

Nos reconocemos a la vez. Él dice «hi» y yo digo «hola», y nos quedamos parados en el mismo escalón sin saber quién tiene que apartarse, hasta que se aparta él pegándose tanto a la pared que parece que se está disculpando por existir.

—Quinto —me dice, señalando arriba con la barbilla, porque tiene las manos ocupadas—. Con tres franceses. Hacen mucho ruido.

—Nosotras no hacemos ruido.

—Lo sé —dice él, muy serio—. Os escucho no hacer ruido.

No sé si es un chiste. Con Kasper, lo aprenderé pronto, nunca se sabe si algo es un chiste, y es posible que él tampoco lo sepa.

Chiara, cuando se lo cuento, pone los ojos en blanco.

—Il vichingo —dice—. Bello. Bellissimo. —Y hace con la mano el gesto de algo que pasa por delante sin dejar nada—. Come una cartolina.

Como una postal. Lo busco luego en el traductor para estar segura.

•

Nacho Puértolas me detecta el miércoles.

No me detecta por la cara, ni por la ropa, ni porque me haya oído hablar, porque en clase no hablo si no me preguntan.

Me detecta por una palabra. La profesora nos reparte unas fotocopias, a mí me toca la última del montón, que está torcida y con la mitad de las frases cortadas, y digo en voz baja, para mí:

—Vale, pues nada.

Y desde la última fila, a diez metros, una voz de hombre grita:

—¡Una española!

Se gira toda la clase. Yo también, aunque yo ya sé a quién tengo que mirar.

Es un chico ancho, con barba de pocos días, una camiseta del Real Zaragoza metida por dentro de unos vaqueros y una sonrisa que ocupa más sitio que él.

Tiene los brazos abiertos, como si yo fuera un primo que acaba de llegar del aeropuerto.

A su lado hay otros dos que por la pinta también son españoles, y que me saludan con la mano con cara de perdonarle.

—Nacho —dice, cuando la profesora ya nos está mandando callar—. De Zaragoza. Tenemos un grupo.

Por supuesto que tienen un grupo.

A la salida me espera en la puerta. Me cuenta en tres minutos que es de Zaragoza, que estudia Derecho, que ha venido con cuatro amigos de su facultad, que ya han encontrado un bar en via del Pratello donde ponen el fútbol de España,

que el jueves hacen tortilla en su piso y que el sábado hay una fiesta de Erasmus y van todos juntos, y que me apunta al grupo, que me paso el número.

—Es que ya tengo planes —digo.

—¿Para qué día?

—Para todos.

Se ríe como si le hubiera contado un chiste buenísimo. No se ofende. Nacho, lo aprenderé también, no se ofende nunca, y esa es la cosa más irritante y la más difícil de odiar que tiene.

Le doy el número porque es más rápido que no dárselo.

•

No he venido a mil ochocientos kilómetros para comer tortilla con uno de Zaragoza.

Eso es lo que pienso el jueves, mientras le digo a Nacho por mensaje que me duele la cabeza, y lo pienso con una seguridad que me dura hasta que me meto en la cama y lo oigo en mi cabeza con mi voz, y suena feísimo.

Pero lo pienso igual. Porque aquí nadie sabe quién soy, y para que siga siendo así lo último que necesito es un grupo de gente que hable como en casa, que se ría de las mismas cosas, que conozca a alguien que conozca a alguien de la facultad de Murcia, que un día, en una fiesta, con tres cervezas,

diga «oye, ¿tú no eres la del…?» .

No va a pasar. Lo sé. Nadie en Zaragoza ha visto nada.

Pero lo sé como se sabe que el avión no se va a caer, y en las turbulencias te agarras igual al asiento.

El viernes, Ingrid se sienta a mi lado en clase.

No lo pregunta. Llega la última, con el pelo mojado y el jersey verde del agujero, ve el sitio libre y se deja caer en él, y durante una hora hacemos juntas el ejercicio de los verbos reflexivos, que es un ejercicio sobre levantarse, lavarse y vestirse.

Ella lee las frases en voz alta con su acento sueco, que convierte el italiano en algo muy limpio y muy lento, como si cada palabra la sacara de una caja.

Yo las leo con el mío, que parece que me estoy peleando con alguien.

A la cuarta frase, mi pettino i capelli, me pego un corte con la lengua y lo pronuncio como una palabrota, y ella se ríe otra vez con la mano demasiado tarde delante de la boca, y esta vez no me pide perdón.

—You are the funniest person here —me dice a la salida.

—Nadie me ha dicho eso nunca.

—Then they were not listening.

Y se va hacia la biblioteca, sin despedirse, con el jersey verde, y yo me quedo en la puerta más tiempo del que hace falta.

•

Esa noche tengo noventa y cuatro mensajes en el móvil.

No son de nadie de casa. Son del grupo. Españoles en Bolo 🇪🇸, con una foto de perfil de una tortilla de patatas encima de una mesa de mármol, y dentro, catorce personas que no conozco hablando de un bar, de una fiesta, de un partido, de dónde se compra el chorizo,

de si alguien tiene un adaptador de enchufe que le sobre.

El último mensaje es de Nacho y dice: «bienvenida a la nerea!!! que es de murcia!!! la huerta de europa!!!»

, y debajo hay once pulgares y un señor bailando.

Me quedo un rato mirando la pantalla. Luego abro el menú del grupo, bajo hasta donde pone Silenciar notificaciones y elijo la opción de Siempre, y dejo el móvil bocabajo en la mesilla, y apago la luz, y oigo a Kasper arriba no hacer ruido,

y me duermo pensando que soy una persona peor que la del lunes y que no me importa, porque la del lunes era de aquí y esta todavía no.