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La oficina de Elena Baldini está en un palacio.
No es una forma de hablar. El departamento donde se estudia cine en Bolonia, el que aquí todo el mundo llama DAMS como si fuera una persona, ocupa un edificio de via Barberia con escalera de mármol,
frescos en el techo del primer piso y un patio con una palmera que alguien plantó en el siglo equivocado.
En la puerta hay tres chicos fumando y discutiendo sobre una película de la que no entiendo ni el título.
Uno lleva un abrigo largo en septiembre.
Otro lleva una camiseta de un grupo de música que no conozco.
Los tres gesticulan como si les fuera la vida en ello, y a lo mejor les va.
En Espinardo la facultad olía a pintura nueva. Esta huele a papel viejo, a café y a humedad de siglos, y la primera vez que subo la escalera me agarro a la barandilla como si me fuera a echar alguien.
Elena Baldini tiene cuarenta y tantos años, el pelo gris cortado muy corto, unas gafas de leer colgando de una cadena de cuentas de colores y una planta en la ventana que es lo más vivo del despacho.
Habla un español aprendido hace mucho, en Salamanca, dice, y lo mezcla con el italiano sin avisar, a mitad de frase, como quien cambia de carril.
—Siediti. Siéntate. —Me señala la silla—. Baresa. Nerea Baresa Escalante. Comunicazione Audiovisiva, Murcia.
—Sí.
—Bene. —Se pone las gafas—. Vamos a ver qué has traído.
Lo que he traído es el acuerdo de estudios que firmé en junio, en un despacho de Espinardo, con una profesora que tenía prisa por irse de vacaciones: cinco asignaturas elegidas de una lista de la web del año anterior.
Elena lo lee en silencio, pasando el dedo por cada línea.
Luego abre una pantalla en el ordenador. Luego vuelve al papel.
—Esta no existe —dice, tachando con el boli—. Questa tampoco. El profesor se jubiló. Y esta es del segundo semestre, no del primero.
—Ah.
—No te preocupes. Pasa siempre. —Levanta la vista por encima de las gafas—. Todos los años llegan con el papel de junio, y el papel de junio siempre es mentira.
Pasamos cuarenta minutos rehaciéndolo. Ella propone y yo digo que sí, porque no tengo ni idea de lo que es la mitad de lo que propone y me da vergüenza preguntar.
Historia del cine italiano. Una de montaje, que me hace ilusión porque es lo único que entiendo entero.
Una de algo que se llama semiótica de los medios y que suena a una cosa que se aprueba de memoria o no se aprueba.
Y el curso de italiano para extranjeros, que cuenta créditos y que ella subraya dos veces.
—Este, obligatorio para ti —dice—. No porque lo diga el papel. Porque los exámenes aquí son orales.
—¿Todos?
—Casi todos. Te sientas delante del profesor y el profesor te pregunta. En italiano. —Me mira un momento—. ¿Cómo va tu italiano?
—Bien.
—¿Sí?
—Tengo una aplicación.
Elena Baldini se ríe con toda la cara, una risa corta y sin maldad, de las que se ríen de la situación y no de ti.
—Tienes una aplicación —repite—. Bene. En enero me cuentas.
Luego se pone seria y saca otra hoja. Es mi expediente de primero, el de Murcia, con todas las notas en fila.
Lo veo del revés, desde mi lado de la mesa, y lo reconozco igual: una fila de cincos y seises y un siete solitario en Montaje, como una persona que se ha quedado en la foto de grupo aunque no la hayan invitado.
Y en Teoría, el cinco de la segunda convocatoria, que es un cinco que me costó más que ningún diez.
Elena lo lee entero. No dice nada de las notas. Solo pasa el dedo por la columna de las convocatorias y se detiene un segundo en la de Teoría, y lo quita.
—Te lo digo porque a mí nadie me lo dijo —dice—. Aquí todo el mundo cree que el Erasmus son vacaciones. Para muchos lo son, y está bien, tienen veinte años. Pero tú tienes una beca, ¿sí?
—Sí.
—Tu universidad te pide un mínimo de créditos. —Busca en la pantalla—. Dieciocho. Si vuelves en junio con menos de dieciocho aprobados, te pueden pedir que devuelvas una parte de lo que te han pagado. Y lo que no apruebes aquí no te lo convalidan allí. —Me mira sin gafas—. No es para asustarte.
—No me asusta.
—Bene. —Me devuelve el acuerdo con las tachaduras, firmado y sellado—. Entonces te lo digo una vez y no te lo repito. Ven a clase.
Salgo del palacio con el papel en la mano y la sensación rara de que alguien me acaba de mirar el expediente y no me ha juzgado, que es algo que no sé cuándo me pasó por última vez.
Dieciocho créditos. Me lo apunto en las notas del móvil, en una línea sola, sin nada más. Tres asignaturas y media. Parece poco. Parece nada.
•
El viernes y el sábado los paso andando.
No tengo clases hasta el lunes, no conozco a nadie más que a Chiara, y Chiara se pasa el día fuera, en la biblioteca o en sitios que dice en italiano y que no entiendo, así que salgo por la mañana con una botella de agua y el mapa y ando hasta que me duelen los pies,
y luego ando un poco más para ver qué pasa.
El viernes me pongo ULTIMO VERANO.
La pongo sin pensar, por costumbre, al salir del portal.
Es lo que hago siempre que ando sola desde febrero del año pasado, cuando empecé la lista de noche, estudiando para la EBAU, con canciones que me gustaban a los quince y otras que había oído una vez en el coche de alguien.
Ochenta y cuatro canciones mal ordenadas.
En el pueblo sonaban bien. En el coche de Lucía, con las ventanillas bajadas y la carretera de La Manga llena de luces, sonaban mejor que bien.
En el autobús a Murcia sonaban a despedida, y en el tranvía de Espinardo a ganas.
Aquí suenan mal.
No es la música. La música es la misma. Es que debajo de los soportales de via dell'Indipendenza, entre señoras con carrito y chicos con abrigos largos y una ciudad entera hablando otro idioma, Quevedo me canta al oído una cosa que pertenece a otro sitio.
Es como llevar puesta la chaqueta de otra persona.
Te vale, te abriga, pero huele a su casa.
Me quito los auriculares a la tercera canción.
Y oigo la ciudad. Las bicis, que aquí suenan distinto porque son viejas y todas llevan timbre.
Las campanas de alguna iglesia, que dan una hora que no coincide con la de la iglesia de al lado.
Dos señoras que discuten en la puerta de una panadería con una pasión que en Los Alcázares solo se ve en los bautizos.
Un camarero que canta mientras coloca sillas.
Me paso dos días así, con los auriculares en el bolsillo, escuchando una ciudad que no entiendo, y no vuelvo a poner la lista.
No lo decido. Me doy cuenta el domingo por la tarde, cuando voy a cargar el móvil y veo que la batería ha durado dos días.
•
El domingo, a las nueve y cinco de la noche, suena el teléfono.
No lo miro para saber quién es. En el pueblo, en Murcia y ahora aquí, en un cuarto piso de Bolonia con cinco metros de techo, los domingos a las nueve y cinco solo me llama una persona, desde el mismo sitio: el escalón de la oficina del camping,
con la espalda contra la puerta y las piernas estiradas hacia la explanada de las parcelas.
—Hola, papá.
—¿Qué tal?
—Bien.
—Bien —repite él, como apuntándolo.
Y luego nos quedamos un momento callados, como siempre al principio, que es el tiempo que tarda mi padre en decidir por dónde se empieza una conversación que no ha empezado él.
Oigo los grillos. Oigo un coche en la carretera de la playa.
Y oigo, debajo de todo, un zumbido bajo y constante que tardo un rato en reconocer.
—¿Eso es la depuradora?
—La nueva. —Y se le nota el orgullo en la voz, aunque no lo quiera—. Va como un reloj. Ni la oyes.
—Yo la oigo.
—Porque estás lejos. Aquí ya ni la oigo.
Me cuenta el camping en cinco frases, que es lo que tarda él en contar cualquier cosa.
Que se han ido los últimos de agosto. Que quedan los de invierno, que este año son menos.
Que los holandeses del nueve le han preguntado por mí.
Que la higuera de la parcela diecisiete ha dado higos por segunda vez, cosa que no había pasado nunca, y que se los come él porque no los quiere nadie.
—¿Te ha llegado?
—Sí. El viernes.
La transferencia llegó el viernes a las ocho de la mañana, puntual, como todos los meses desde que me fui a Murcia.
Quinientos euros. Concepto: «Nerea septiembre».
Mi padre escribe los conceptos de las transferencias como escribe los mensajes, con las palabras justas, y siempre pone el mes, como si yo pudiera confundirlos.
—Gracias.
—Eso es tuyo —dice, que es lo que dice siempre, y cambia de tema antes de que pueda contestar—. ¿Y comes?
—Como.
—¿Qué comes?
—Pizza de patata. —Y antes de que se ría—: Es típica.
—Eso no es comida.
—Aquí sí.
—Aquí tampoco lo sería —dice él, y lo oigo sonreír por el teléfono, que es una cosa que se oye.
No le cuento nada de Elena. No le cuento lo de los dieciocho créditos ni lo de los exámenes orales, ni que tengo una aplicación y poco más.
Le cuento que el piso es bonito y que mi compañera es de Bari y que en esta ciudad todas las calles tienen techo.
Él me dice que eso con el sol de aquí no haría falta, que aquí lo que haría falta es un techo para el viento, y los dos nos reímos un poco, y luego nos quedamos otra vez callados, y el silencio no es incómodo.
Es el silencio de siempre. Es el nuestro.
—Bueno —dice al final.
—Bueno.
—Venga.
—Venga, papá.
Veintiún minutos. Cuelgo y me quedo tumbada en la cama con el teléfono sobre el pecho, mirando la bombilla que cuelga del techo, y durante un rato largo sigo oyendo el zumbido de la depuradora nueva aunque ya no suene nada, igual que se sigue oyendo el mar cuando sales del agua,
y pienso que mi padre tiene razón, que cuando algo va bien de verdad deja de oírse, y que solo lo oyes cuando estás lejos.