Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3)
© inepub.com
1
Entre el andén del monorraíl y la salida de la estación cuento once personas mirando el móvil, cuatro mirando el panel de salidas y ninguna mirándome a mí.
Llevo desde abril contando eso. Cuántas cabezas se giran cuando entro en un sitio.
En abril, en el pasillo de la facultad, eran todas.
En mayo, en el tranvía, una de cada tres, o eso me parecía, que viene a ser lo mismo.
En junio, en el pueblo, ninguna, porque en Los Alcázares nadie había visto nada, y aun así yo iba por la calle con los hombros subidos, como cuando empieza a chispear y no llevas paraguas.
Aquí, en la estación de Bolonia, a las cinco menos veinte de un miércoles de septiembre, once personas y ninguna.
Me paro en mitad del vestíbulo con las dos maletas y dejo que la gente me esquive.
Un señor de traje me roza el codo sin mirarme.
Dos chicas con mochila pasan una por cada lado y se vuelven a juntar detrás de mí, como el agua detrás de una piedra.
Nadie sabe quién soy. Lo pienso con esas palabras, despacio, como se mete un pie en el mar a principios de junio, y el agua está buena.
Fuera hace más calor del que decía la aplicación.
Un calor seco, de piedra, sin nada de la humedad que llevo pegada a la piel desde que nací, y por eso tardo un rato en reconocerlo como calor.
La estación es un edificio bajo y largo, de color crema, con un reloj redondo encima de la entrada.
Lo miro por costumbre, para saber cuánto he tardado desde el aeropuerto.
Marca las diez y veinticinco.
Miro el móvil: las cinco menos diecisiete. Vuelvo a mirar el reloj. No es que vaya atrasado. Es que no va. Tiene las agujas quietas en una hora de la mañana mientras media ciudad sale de trabajar por debajo, y nadie levanta la vista hacia él, como si todos supieran algo que yo no sé.
Le hago una foto con la maleta grande sujeta entre las rodillas. No tengo ningún motivo. Tardaré meses en saber por qué ese reloj no se mueve, y cuando lo sepa me acordaré de esta foto y me dará vergüenza haberla hecho así, de paso, con el sol en la pantalla.
El mapa dice que hasta via Zamboni hay veinte minutos andando. El mapa no sabe lo que es arrastrar dos maletas, una de ellas con una rueda que cojea desde Mariano Padilla, por una calle de piedra. Tardo cuarenta.
Pero da igual, porque en Bolonia no se camina por la calle. Se camina por debajo.
Es lo primero que entiendo de la ciudad, antes que el idioma o los precios: que toda ella tiene techo.
A los dos lados de cada calle corren unos soportales altísimos, de arcos y columnas, con techos de madera o de ladrillo o pintados con flores que nadie mira, y la gente va por dentro, a la sombra, y por el centro solo pasan los autobuses, las bicis y los turistas que todavía no se han enterado.
Es como si alguien, hace siglos, hubiera decidido que en esta ciudad nadie tenía que mojarse nunca ni quedarse al sol más de lo imprescindible, y lo hubiera cumplido calle por calle.
Me gusta. Me gusta de una manera que no me esperaba, como me gustan las mantas que pesan.
Todo es rojo. Rojo ladrillo, rojo teja, naranja, un amarillo de yema de huevo que se ha quedado viejo.
En el centro hay dos torres, una muy alta y otra más baja y torcida, que parece que se va a caer encima de una heladería y lleva siglos sin caerse.
Un chico con rastas toca el acordeón debajo de un arco.
Una señora de ochenta años pasa en bicicleta con una barra de pan atravesada en la cesta, sin casco, sin prisa, y me adelanta.
Via Zamboni es la calle de la universidad y se nota.
Las paredes de los soportales están llenas de pintadas y de carteles de asambleas, de conciertos, de habitaciones que se alquilan, y en los escalones de una iglesia hay una docena de estudiantes sentados en el suelo con cervezas a las cinco y media de la tarde de un miércoles.
Tampoco me mira nadie. Una chica con el pelo rapado se aparta para que pase la maleta coja y me dice algo que suena amable y que no entiendo.
—Grazie —digo.
Es la palabra que mejor me sé. Llevo desde junio con una aplicación que me felicita cada noche con fuegos artificiales, y con eso tengo grazie, buongiorno, dov'è il bagno y una frase entera sobre un gato que se come una manzana que todavía no he tenido ocasión de usar.
El portal es un portón de madera del tamaño de la fachada del camping, con una puerta pequeña recortada dentro, como en los cuentos. Al lado hay un telefonillo con doce botones y doce nombres escritos a mano en trocitos de cinta de carrocero, y el del cuarto dice: BELLANDI / BARESSA.
Con dos eses.
Me quedo un rato mirándolo. Alguien en este edificio sabe cómo me llamo, más o menos, y no tiene ni idea de quién soy.
Llamo.
—¿Sì? —dice una voz de mujer, ronca, como recién despertada.
—Sono Nerea. La… spagnola.
Hay una pausa, luego una carcajada, luego un zumbido, y la puerta pequeña se abre sola.
Cuatro pisos sin ascensor. Pero no cuatro pisos de Murcia: cuatro pisos de un edificio con los techos tan altos que cada tramo de escalera vale por dos, con los escalones de piedra gastados por el centro de tanto que han subido por ellos y una barandilla de hierro que se mueve un poco si te apoyas.
Subo primero la maleta grande. Luego bajo.
Luego subo la coja. En el tercero me paro a respirar y pienso en Jimena, que me habría dicho que me lo tomara con calma, y en Vera, que me habría cogido la pequeña sin parar de hablar, y me sorprende que pensar en las dos no me duela como pensaba que me iba a doler.
La puerta del cuarto está abierta.
En el umbral, apoyada en el marco, hay una chica con una bata de flores de señora mayor, el pelo negro y rizado recogido de cualquier manera con un lápiz, unas gafas subidas en la cabeza y un libro abierto contra el pecho, con el dedo metido entre las páginas.
Son las cinco y media de la tarde. Tiene toda la cara de haberse levantado de la siesta hace cuatro minutos y de no arrepentirse de nada.
—Tu sei la spagnola —dice. No es una pregunta.
—Nerea.
—Chiara. —Mira las dos maletas, una y otra, y levanta las cejas—. ¿Due? ¿Solo due?
No hablo italiano. Pero eso lo entiendo.
—Solo due —digo.
—Brava —dice ella, como si hubiera aprobado algo.
El piso es enorme y es pequeño a la vez: dos habitaciones, una cocina, un baño y un pasillo, pero todo con cinco metros de techo, con vigas de madera oscura cruzando arriba, lejísimos, y unas ventanas tan altas que para abrir la parte de arriba hay una pértiga con un gancho apoyada en una esquina.
Los muebles parecen sacados de cuatro pisos distintos.
En la cocina hay una mesa de mármol, seis sillas que no se parecen entre sí, una cafetera de rosca en el fuego y, en la pared, el calendario de un taller de motos de Bari del año 2019.
Chiara me lo enseña todo hablando muy deprisa y con las dos manos.
Le entiendo más o menos un tercio, y de ese tercio me quedo con tres cosas: que el agua caliente dura lo que dura una ducha y no dos; que la calefacción no se puede encender hasta el quince de octubre porque lo dice una ley, y al decir legge pone una cara de desprecio muy italiana;
y algo sobre un tal Gennaro que no sé si es el casero, un gato o un exnovio que a lo mejor vuelve.
Cuando ve que la miro con la cara del gato y la manzana, se para en seco y cambia al inglés.
—Okay. English. —Y en inglés, más despacio, con un acento que convierte cada palabra en una canción pequeña—: Hot water, short. Heating, no. Gennaro, don't open the door.
—¿Quién es Gennaro?
—Don't open the door —repite, muy seria, y yo me río, y ella también.
Mi cuarto da a la calle. Tiene una cama de noventa, un escritorio con la marca redonda de un vaso que alguien dejó hace años, un armario con espejo en la puerta y un techo tan alto que la bombilla cuelga de un cable larguísimo, sola, como una araña que se ha cansado de bajar.
Dejo las maletas en el suelo. Me siento en la cama.
El colchón se hunde en el centro con la forma de otra persona.
Chiara se apoya en el marco, con el libro todavía contra el pecho.
—Why Bologna?
Tengo la respuesta preparada desde junio, porque en junio me lo preguntó todo el mundo.
La verdad es que eché la solicitud en febrero, de madrugada, sin contárselo a nadie; que puse Bolonia la primera porque era tarde y porque sonaba a algo que se come; y que me la dieron desde la lista de espera cuando ya no me acordaba de haberla pedido.
Pero eso no se le cuenta a una desconocida en bata.
—Por la comida —digo.
Chiara me mira un rato largo por encima de unas gafas que no lleva puestas.
—Liar —dice. Y luego, dándose la vuelta hacia el pasillo—: But good answer.
Cuando se va, saco el móvil.
Tengo tres mensajes. Uno de Jimena: «¿Has llegado? Come algo que no sea de máquina». Uno de Román, que es un vídeo de un señor italiano gritándole a una máquina de café con la frase «tú en una semana». Y uno de mi padre, de hace dos horas, que dice solo:
«Has llegado?»
Sin la interrogación de abrir, como escribe él, como si abrir una pregunta fuera gastar.
Le hago una foto al techo desde la cama, con la bombilla colgando en el centro, y se la mando.
«Llegada. Mira qué techos.»
Tarda un minuto en ponerse en línea. Luego un rato escribiendo, parando, escribiendo.
En el camping es la misma hora que aquí, y a esta hora mi padre está en la recepción con las gafas en la punta de la nariz, cuadrando algo, así que me lo imagino apretando las letras con un dedo, como si fueran timbres.
«Y agua hay?»
Me lo preguntó en junio, en el escalón de la oficina, el día que le dije adónde me iba, y me reí.
Ahora abro el mapa y lo busco de verdad.
Amplío la ciudad y la arrastro con el dedo hacia todos los lados, buscando azul.
Hay un río al oeste, fino como una vena, que parece más una carretera que un río.
Hay algo que se llama canale y que desaparece a los dos centímetros, como si se lo hubiera tragado la ciudad.
El mar más cercano está a cien kilómetros, en otra costa, y no es el mío.
«Agua no, papá. Techos.»
Me manda un pulgar hacia arriba, que en su idioma es un párrafo entero.
•
Por la noche, la calle suena.
Suena como no suena ninguna calle de Los Alcázares ni de Murcia: a cien voces a la vez, en cuatro o cinco idiomas, rebotando contra los soportales, que las devuelven hacia arriba, hacia mi ventana.
Alguien canta algo desafinado en la plaza de al lado y otros cuantos lo siguen.
Una botella rueda por la piedra un rato larguísimo.
Alguien grita un nombre, Giacomo, Giacomo, y Giacomo no contesta.
No puedo dormir, así que a las once bajo a por algo de comer.
En la esquina hay un sitio que vende pizza al corte, cuadrada, en bandejas, y el chico del mostrador me pregunta algo muy deprisa y yo señalo la de patata porque es la única que reconozco.
Me la da doblada en un papel, cuesta dos euros cincuenta y me la como de pie debajo de un arco, quemándome el paladar, mirando pasar a gente que no me conoce y a la que no voy a volver a ver.
Nadie me mira. Nadie se gira. Nadie baja la voz cuando paso.
Llevo cinco meses queriendo que pase justo esto, y ahora que pasa descubro algo en lo que no había pensado: que si nadie sabe quién soy, tampoco me lo va a decir nadie.
Aquí no hay nadie que me pueda contar cómo soy, ni cómo era, ni cómo se supone que tengo que ser.
Eso lo voy a tener que decidir yo, todo, desde el principio, empezando mañana, y no tengo ni idea de por dónde se empieza.
Al volver, antes de llamar, me quedo delante del telefonillo.
BELLANDI / BARESSA. La cinta está despegada por una esquina y sería fácil arrancarla y escribir mi apellido bien, con una ese, con el boli que llevo en el bolsillo desde hace un año y que en realidad es de Román.
No lo hago. Es la primera vez en mi vida que alguien escribe mal mi nombre y me parece bien, así que subo los cuatro pisos a oscuras, porque no encuentro el interruptor, tanteando la barandilla que se mueve,
hasta que arriba veo la raya de luz que Chiara ha dejado debajo de la puerta para que no me pierda.