Capítulo 52 Mirada de traición
Los gritos venían del despacho de mi padre. Él y mi madre discutían otra vez.
Era tan cotidiano que, en algún punto, había aprendido a desconectarme. Pero aquella noche había algo distinto. Algo en los gritos de mi madre me apretó el pecho.
Dimitri estaba a mi lado, llorando en silencio y abrazándose las rodillas. Su pequeño cuerpo temblaba, y yo intentaba calmarlo mientras mis propias manos hacían lo mismo.
—Tranquilo, Dimi… Ya sabes cómo es esto —susurré—. En cualquier momento la discusión se acaba… ¿Ya leíste el libro que te di? No me digas que prefieres ser un ignorante.
Abrió la boca para responder, pero la voz de mi madre volvió a alzarse y él se encogió, negando con la cabeza.
—Me iré, Nikolay. Me llevaré a mis hijos y te denunciaré. Tu maldita fachada se caerá. Toda tu mierda saldrá a la luz. Tú eres un monstruo. Has destruido a tus hijos durante años. ¿Cómo puede un padre hacerle tanto daño a su propia sangre? ¿Cómo puedes quebrar así a un niño?
—Yo no he hecho más que convertirlo en un hombre. Lo he moldeado y preparado para el mundo. Lo he hecho perfecto. Sin debilidades. Un sucesor digno del apellido Arlov. He criado a mi hijo para que el mundo se arrodille ante él, no al revés.
—No, Nikolay. Tú rompiste a nuestro hijo y hoy, al fin, tengo el valor de alejarlo de ti para que no sigas haciéndole daño.
Su voz se quebró, pero esta vez había algo distinto en ella.
Determinación.
Ya había pronunciado palabras parecidas antes. Los golpes siempre llegaban después, apagando cualquier intento de enfrentarlo.
—¿Me estás amenazando, Esther? Porque a mí nadie me amenaza…
Me puse de pie.
El miedo a lo que podía venir me revolvió el estómago, pero aun así avancé hacia el despacho.
Dimitri vino detrás de mí.
—Quédate aquí —ordené, más severo de lo que pretendía.
No soltó mi brazo.
Un golpe resonó desde el despacho.
Luego escuché gritar a mi madre.
Corrí.
Al llegar a la puerta, vi a mi padre sujetándola del cabello. La lanzó al suelo y ella cayó de lado antes de poder defenderse.
—Te lo advertí. A mí nadie me deja. Primero te mato —escupió.
Se abalanzó sobre ella y comenzó a golpearla.
—¡Papá! —grité, pero la voz se me quebró—. ¡Papá! ¡Para! ¡Para!
Los golpes continuaron.
Mi madre intentaba cubrirse con los brazos, pero apenas podía defenderse.
Me quedé clavado al suelo cuando él comenzó a asfixiarla. Su rostro empezaba a amoratarse y los ojos se le iban hacia atrás.
Algo dentro de mí cedió.
Corrí hacia el escritorio donde sabía que guardaba el arma.
El revólver estaba frío entre mis manos. Me costaba respirar y apenas podía ver con claridad.
Apunté hacia su espalda.
Hacia el hombre que nos había destruido durante años en nombre de su idea de perfección y de la dinastía.
Cerré los ojos.
El disparo resonó en mis oídos.
Cuando volví a abrirlos, mi padre se giró hacia mí. La sangre comenzaba a extenderse por su camisa.
Su mirada me atravesó.
No había ira.
Era la segunda vez que esos ojos me miraban con suavidad.
—Vík…
Una lágrima brilló en sus ojos antes de que cayera al suelo, con una mano extendida hacia mí, como si todavía intentara alcanzarme.
El arma comenzó a temblar entre mis manos.
No había alivio.
No había liberación.
Había matado a mi padre.
Mi madre, apenas consciente, intentaba recuperar el aire. Se incorporó con dificultad y se arrastró hacia mí.
—Víktor… tranquilo… Dame el arma, ¿cariño?
La miré, pero apenas lograba entender sus palabras.
—Víktor. Dame el arma. ¡Víktor!
Su voz consiguió alcanzarme.
Solo entonces comprendí que todavía sostenía el revólver.
Se lo entregué. Ella lo dejó a un lado y me envolvió en un abrazo.
—Tranquilo. Mamá está aquí. Todo va a estar bien. Tranquilo…
—¿Víktor… le disparó a papá?
La voz de Dimitri llegó desde la puerta.
Estaba sollozando sin control.
—¿Víktor le disparó a papá?
—No, Dimitri, no… Hijo, eso no fue lo que pasó.
—Yo lo vi. Él le disparó.
—Dimitri —dijo mi madre con autoridad.
Su pequeño cuerpo se estremeció.
—Eso no fue lo que pasó. ¿Entendiste? Tu padre se disparó él mismo. ¿Lo comprendes?
Dimitri guardó silencio unos segundos y luego asintió.
—Ven aquí, hijo.
Se acercó y ella lo envolvió también en el abrazo.
—Todo estará bien… Estaremos bien. Somos una familia. Todo estará bien. Yo me encargaré de que todo esté bien… Estamos bien…
Seguía repitiéndolo, pero su voz sonaba cada vez más lejana.
Entonces apareció el ama de llaves en la puerta.
Mi madre levantó la cabeza.
La mujer recorrió la escena con la mirada hasta detenerse en el cuerpo de Nikolay.
El color abandonó su rostro.
—Yo… yo… Iré por toallas limpias, señora —murmuró.
Y salió tan rápido como había llegado.