Capítulo 53 Bomba de tiempo
Repasaba una y otra vez la noche anterior. Las palabras que le había dicho volvían a mi cabeza cargadas de arrepentimiento.
Me sentía como un completo imbécil.
Todo estaba mal.
Todo se había salido de control.
No debí… no debí decir esas cosas.
Y ahora ella estaba frente a mí, diciéndome que renunciaba.
¿Renunciar?
Me quedé atónito, tratando de asimilar lo que estaba escuchando.
—Lina… —empecé, pero las palabras no salían bien—. Lina, yo… Perdona. Perdóname por lo que dije anoche. No quise… realmente no quise… Por favor, escúchame.
Negó con la cabeza. Su mirada estaba perdida, pero había decisión en su rostro. No había perdón, pero tampoco enojo.
No.
No era por lo que dije.
Era algo más grande, algo que no tenía que ver conmigo… No del todo.
—Mira, anoche fuiste un idiota, pero no es por eso, Daniels —replicó con la voz algo vacilante—. Es que ya no puedo.
Desvió la mirada e hizo una pausa.
—Necesito cambiar de aire. No quiero seguir haciendo esto toda la vida. Tal vez el periodismo no es para mí.
Sentí que el corazón se me detenía por un segundo.
¿Cómo que no quería seguir haciendo esto?
Ella amaba su carrera.
—Pero, Lina… ¿qué pasará con tu exclusiva? —intenté razonar con ella.
Buscaba cualquier cosa que pudiera hacerla cambiar de idea.
Después de todo lo que había hecho por conseguirla, ¿cómo podía dejar de importarle de la noche a la mañana?
Me miró de nuevo, pero ya no con esos ojos suaves que solía tener para mí.
—Ya no importa, Daniels. La exclusiva no importa. Renuncio. ¿Lo entiendes? Renuncio.
Mi mente se aceleró.
No entendía por qué todo había cambiado de repente.
Y solo podía pensar en él.
—¿Qué te hizo ese hombre? —pregunté, poniéndome de pie y acercándome a ella.
Quería ayudarla, protegerla, sacarla de ese infierno en el que parecía estar metida.
—Por favor, confía en mí —añadí, llevando las manos hacia su rostro.
Las apartó de inmediato.
—Él no me hizo nada. Solo estoy cansada. Simplemente no puedo seguir aquí. Me siento estancada.
—¿Y qué pasa con nosotros? Lina, por favor… tú y yo…
No pude terminar. Ella ya estaba negando con la cabeza.
—Dios, Daniels, no te amo.
Lo dijo con una calma tan devastadora que me dejó sin aliento.
—No te amo. Nunca lo haré. No podría darte lo que buscas. Solo fue sexo. Siempre fui clara desde el principio y tú aceptaste.
El estómago se me hundió.
Sus palabras golpeaban con fuerza, pero no podía rendirme.
Tal vez solo estaba confundida.
—Lina, pero si por lo menos lo intentaras, podrías ver que soy la mejor opción. Le caigo bien a tu madre, soy amable, soy… —continué, pero parecía inútil.
La estaba perdiendo.
—No, Daniels. No. No te amo y nunca te amaré. Necesito distancia de ti, de Víktor, de Nueva York. De esta editorial.
Me miró con tristeza y algo parecido a compasión, lo que solo avivó mi furia.
Todo esto…
Él lo había ocasionado.
Víktor Arlov había destruido lo poco que teníamos. No era perfecto y ella aún no me amaba, pero sabía que, con el tiempo, podría haber llegado a hacerlo.
¡Joder, Lina!
Te advertí que era una mala idea.
Pero tú nunca escuchas.
—Renuncio. Asimílalo de la forma que quieras.
Sus últimas palabras terminaron de hundirme mientras salía de mi oficina.
Me quedé inmóvil, con un malestar apretándome el pecho.
Todo giraba en torno a él.
La alejó de mí.
La quebró.
¿Por qué otra razón se comportaría así conmigo?
No podía dejarla ir. No podía permitir que simplemente se esfumara de mi vida.
Fui directo a su oficina, esperando encontrarla todavía allí o que hubiera cambiado de opinión.
Cuando llegué, ya no estaba.
Solo había cajas a medio llenar.
—¿Dónde está Lina? —pregunté en voz alta, sin dirigirme a nadie en particular.
Una de las chicas alzó la cabeza.
—Creo que salió un momento. Dijo que volvería por el resto de sus cosas en media hora.
Entré en su oficina y recorrí el lugar con la mirada.
El aroma de su perfume todavía permanecía en el ambiente. Siempre me había calmado. Ahora me resultaba sofocante.
Entre las cajas que había comenzado a llenar, vi su grabadora.
Se la había regalado durante su primera semana y siempre la llevaba consigo.
La tomé por pura inercia y presioné el botón de reproducir, esperando escuchar su voz. A veces se grababa para corregir su respiración o el tono durante las entrevistas.
Pero lo que escuché me dejó helado.
—Yo asesiné a mi padre. Yo… asesiné a Nikolay Arlov.
¡Joder!
La grabadora casi se me cayó de las manos.
Tuve que sentarme. Sentía que el aire se me escapaba de los pulmones.
Ese maldito hijo de puta.
Ahora lo entendía todo.
Le había confesado algo tan terrible, tan monstruoso, que ella simplemente había colapsado.
La había arrastrado a su oscuridad.
La rabia volvió a crecerme en el pecho.
Salí de la oficina y atravesé los pasillos a grandes zancadas. En el camino, me crucé con Jessy, que intentó decirme algo.
—Ahora no.
—Daniels, esto tiene que salir hoy… Necesita tu firma.
—¡Que ahora no! ¡Maldita sea! ¡Ahora no! —grité.
Todos se giraron para mirarme.
—¿Qué? —espeté, desafiando sus miradas—. ¡Vuelvan a trabajar! Para eso se les paga, ¿no?
Los murmullos recorrieron la estancia, pero poco a poco todos volvieron a lo suyo.
Regresé a mi oficina y cerré la puerta de un portazo.
La grabadora pesaba en mi mano.
Sabía que tenía una bomba entre los dedos.
Y sabía lo que tenía que hacer.
Pero no estaba seguro de si podía hacerlo…