Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 51 Cómodo en tu oscuridad
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Capítulo 51 Cómodo en tu oscuridad

Me quedé donde Víktor me había dicho.

Absurdo, tal vez, pero no tenía fuerzas para enfrentar otra discusión con él; así que permanecí en mi rincón, observándolo todo como un mueble. Uno bonito, según sus palabras.

Al poco rato, vi a Daniels acercarse de nuevo, esta vez acompañado por Alberth, el fotógrafo de la editorial.

—Lina —empezó Alberth, con el tono de quien ya lo había intentado todo—, quiero llevarlo a casa. Ya hemos terminado aquí, pero se niega a dejar que lo haga.

Se inclinó un poco hacia mí.

—Dile tú… A ti te escucha —añadió con resignación.

—Daniels, ¿cuánto has bebido? —pregunté, frunciendo el ceño—. Si nos vimos hace un rato y no estabas… así.

—Lina… no me insultes pensando que esto… —Hizo un gesto vago con la mano—. Fue en media hora. Fui a jugar póker con unos amigos por la tarde.

—Oh, genial, Daniels —repliqué, cruzándome de brazos—. ¿Y no pensaste que tal vez tenías que cubrir un evento esta noche?

—No me regañes. Esto a ti se te daba genial. Vuelve a mí, por favor…

Suspiré.

Por supuesto que me tocaría a mí convencerlo.

Me acerqué, apoyé una mano en su brazo y lo miré directamente a los ojos, buscando algo de lucidez detrás del mareo.

—Daniels, no puedes conducir así. Has bebido demasiado. Deja que Alberth te lleve a casa.

Me respondió con esa sonrisa que siempre utilizaba para suavizar cualquier situación.

—Estoy bien… Solo un poco mareado, pero no borracho. Alberth está dramatizando.

—Lina.

—Bien, bien… Vamos, Daniels. Te acompaño afuera. Un poco de aire fresco te vendrá bien.

Alberth soltó un suspiro de alivio y empezamos a caminar hacia la salida.

Cuando llegamos a la acera, se adelantó para buscar el coche de Daniels.

—¿Alberth? —lo llamó Daniels, haciéndolo detenerse—. Eres mi hombre de confianza. Tus fotos son jodidamente surrealistas. Pero si rayas mi coche, te mato.

Lo dijo con una seriedad que pretendía ser graciosa, aunque todavía llevaba algo de filo.

—Créeme… —añadió—. Vas a terminar arrastrándote a suplicarle tu puesto de nuevo a la bruja de Alessandra Fox si le haces una rayadura a mi coche.

Alberth soltó una carcajada sin mirar atrás.

—Cállate. No tomo amenazas de borrachos.

Y siguió hacia el estacionamiento.

Daniels resopló y se inclinó un poco hacia mí.

—Qué descaro… Soy el jefe y nadie me respeta.

—Si te sirve de algo, creo que más bien te ven como un colega. Pero ser un colega es bueno, supongo…

—¡Oh, gracias por tus palabras tan motivadoras, Lina! Gracias por decirme que tengo nula capacidad de liderazgo —exclamó con una carcajada fingida.

La risa se le apagó demasiado rápido.

—Lina… —susurró, esta vez más bajo—. Realmente te extraño.

Lo miré en silencio.

—Volvamos a ser nosotros.

—Daniels… No. Es el alcohol hablando.

Negó con la cabeza y se acercó un poco más.

—No, Lina. No es el alcohol. Es que te amo —soltó de repente.

—Daniels…

Me tomó del mentón y se inclinó para besarme, pero lo detuve.

—No. Yo no siento lo mismo. Lo siento. No siento lo mismo. No podemos volver a lo de antes. Lo de antes fue un error.

—Lina, por favor. Si lo intentamos…

—¡No!

Antes de que pudiera reaccionar, el puño de Víktor conectó con el rostro de Daniels y lo envió al suelo.

—¿Qué mierda te pasa, Víktor? —grité, agachándome de inmediato para ayudarlo.

Alberth apareció y se agachó a mi lado.

—¿Estás bien? —me preguntó Daniels, ignorando por completo su propia situación.

—Sí, Daniels. Estoy bien. Pero tú deberías preocuparte por ti mismo. Ve a casa y ponte hielo o algo…

—Déjame llevarte. No quiero dejarte sola con este tipo.

—No, Daniels. Estoy bien. Yo puedo cuidarme sola. Hablaremos mañana.

—¿Qué mierda te está pasando, Lina? Realmente estás irreconocible… Tú… ¿Acaso es por el dinero? ¿Cuánto te paga…?

Alberth intervino, empujándolo hacia el coche.

—Vamos, Daniels, hombre. Mañana lo hablamos con la cabeza fría. Lina, cuídate.

Asentí en silencio y observé cómo subía al coche sin dejar de mirarme hasta el último segundo.

✽✽✽

Nadie dijo una palabra durante todo el trayecto.

Lo amaba.

No sabía cómo ni cuándo había sucedido, pero lo amaba.

Y, sin embargo, algo dentro de mí gritaba que aquello estaba mal.

Que no debía seguir.

Cuando llegamos, Víktor salió del coche sin siquiera mirarme. Caminé detrás de él hacia el ascensor, arrastrando los pies.

Al entrar en su departamento, el silencio se volvió todavía más pesado.

Se giró hacia mí y me tomó del brazo, obligándome a mirarlo.

Su mano subió por mi espalda y me atrajo hacia su pecho. Me abrazó con fuerza.

Su respiración era pesada.

—Lo lamento —susurró con esa voz tan baja que solía desarmarme.

Esta vez no funcionó.

Esto era lo que hacía tu padre con tu madre, ¿no?

Lo aparté de un empujón. Las manos me temblaban y apenas sentía firmes las piernas.

—No. Yo pensé que podía, Víktor, pero no puedo. No puedo seguir haciendo esto. No quiero.

Me miró desconcertado.

—¿Qué estás diciendo, Lina?

—Tú… tú estás cómodo en tu oscuridad —respondí, tomando aire para no derrumbarme frente a él—. Yo no quiero perderme en eso. No quiero perderme. Te amo, pero no puedo seguir. No soy lo que necesitas.

Entrecerró los ojos.

—¿Te estás escuchando, Lina?

Me mantuve firme y caminé hacia la habitación para recoger las pocas cosas que había llevado conmigo.

—No sé cuándo pasó. Yo solo tenía que observarte, ser profesional.

Tú eras mi exclusiva, la oportunidad que abriría puertas para mí —continué mientras recogía mis cosas—.

Pero tú empujaste y me manipulaste una y otra vez.

Pensé que podía manejarlo, pero… no puedo.

No soy lo que necesitas, Víktor. Y no quiero serlo.

Escuché sus pasos acercarse y me giré para enfrentarlo.

—¡Por supuesto que no lo eres! Siempre fue por eso.

Se acercó hasta quedar frente a mí, con los ojos clavados en los míos.

—¿Manipulación? Permíteme reírme. ¿La mujer que siempre lleva una grabadora consigo se atreve a hablar de manipulación? ¿Dónde está tu maldita grabadora, Lina?

Revolvió mis cosas hasta encontrarla.

La sostuvo en alto.

—Mira qué tenemos aquí —soltó con sarcasmo mientras regresaba a la sala.

Encendió la grabadora y la dejó sobre la mesa.

—Vamos, ven. Siéntate. Te daré la exclusiva que tanto querías.

—No la llevo conmigo por eso; es más bien un hábito de años —intenté explicarme, pero me interrumpió.

—Pues tu hábito sí que es útil ahora. ¡Siéntate! —ordenó.

Mis piernas respondieron automáticamente.

Me dejé caer en el sofá, con la mirada fija en el suelo. Escuché el tintinear del hielo y luego el golpe del vaso contra la mesa.

—Necesito que me mires.

Levanté la cabeza y me obligué a sostenerle la mirada.

Su rostro había vuelto a esa dureza inexpresiva que lo hacía imposible de leer.

—¿Sabes cuál es tu maldita exclusiva?

Guardé silencio.

—Yo asesiné a mi padre. Yo… asesiné a Nikolay Arlov.

Un frío me recorrió el cuerpo.

Por un instante me faltó el aire.

Intenté incorporarme, pero el vértigo me obligó a aferrarme al sofá.

No sabía si era miedo o incredulidad. Durante unos segundos, ni siquiera supe qué hacer con aquellas palabras.

—¿Qué dices de eso ahora, Lina Taylor?

Intenté responder, pero nada salió.

Todo lo que creía haber entendido sobre él acababa de cambiar.

Y el miedo a perderme en su oscuridad se volvió mucho más real.

—Ahí tienes tu maldita exclusiva.