Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 50 Su legado
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Capítulo 50 Su legado

—Lina, ¿podrías ser tan amable de no moverte de aquí? —dije, sin mirarla directamente.

—¿Como si fuera un mueble? —replicó en voz muy baja.

—Sí, de hecho. Uno muy bonito y obediente.

Comencé a caminar hacia el escenario, sintiendo el peso de todas las miradas sobre mí.

Los flashes me cegaron brevemente mientras ajustaba el micrófono.

—Damas y caballeros, bienvenidos a la gala anual de la Fundación Arlov.

Las voces se disiparon al instante. Todos parecían esperar algo grandioso. Un discurso que estuviera a la altura de los anteriores. Como si cada año tuviera que alimentar un poco más la misma maquinaria.

El legado de Nikolay estaba en todas partes.

Y yo seguía alimentándolo.

—Esta noche es especial, no solo por el evento en sí, sino por lo que representa. Mi padre, Nikolay Arlov, comenzó esta tradición con un propósito: ayudar a quienes más lo necesitan y motivar a otros a hacer lo mismo. Para mí, como cada año, es un honor continuar con esta tradición.

Esa palabra casi se me atragantó.

—La Fundación Arlov nació de una convicción sencilla: quienes tienen los medios para cambiar una realidad también tienen la responsabilidad de hacerlo.

No basta con construir empresas, levantar edificios o acumular influencia.

El verdadero peso del poder se mide por aquello que somos capaces de devolver.

Me detuve apenas un segundo, dejando que esas palabras hicieran su trabajo.

—El objetivo de esta gala es simple, pero poderoso: unirnos para dar esperanza a quienes más lo necesitan.

Este año, nuestras contribuciones irán destinadas a la construcción de un pabellón pediátrico en el New York Memorial Hospital.

Un espacio donde los niños recibirán el cuidado que merecen, sin importar sus circunstancias.

Un lugar pensado no solo para tratar enfermedades, sino para ofrecer dignidad, acompañamiento y una oportunidad real a familias que atraviesan los momentos más difíciles de sus vidas.

Era tan fácil.

—Mi padre…

La palabra quedó suspendida un instante.

—Mi padre creía firmemente en la responsabilidad social de quienes tienen poder. Comprendía que el poder solo es relevante cuando se utiliza para influir positivamente en el mundo. Hoy seguimos honrando su visión, su compromiso y el nombre que convirtió esta fundación en una promesa.

Una promesa.

Qué convenientes sonaban las mentiras cuando se pronunciaban con la voz adecuada.

—Gracias por estar aquí esta noche, por su generosidad y por formar parte de algo que seguirá dejando huella mucho después de que las luces de este salón se apaguen. Disfruten la velada.

Los aplausos estallaron.

Sonrisas y miradas de aprobación me rodeaban.

Era fácil para ellos aceptar aquella versión de los Arlov sin cuestionarla.

Bajé del escenario con los aplausos todavía resonando en mis oídos.

Busqué a Lina con la mirada, pero vi a mi madre haciéndome un gesto.

No quería llevarla a ese encuentro, así que primero me acerqué a mi madre.

—Víktor, cariño —dijo en voz baja, sin poder disimular la preocupación.

Me abrazó brevemente y le dediqué unas palmadas contenidas en la espalda.

—¿Estás bien?

—Por supuesto.

Me miró fijamente, como si buscara algo en mis ojos.

—Te has lucido allá arriba —intervino Olivia, acercándose con una sonrisa medida—. Y déjame decirte que estás muy guapo esta noche. Felicidades.

—Gracias. Yo solo pongo el dinero —respondí en tono bromista.

Olivia dejó escapar una risa suave, un poco más larga de lo necesario.

—Buen trabajo, Víktor —comentó Mauris antes de estrecharme la mano—. Tienes el don de hacer que todo esto parezca fácil. Lo digo cada año.

—No es la gran cosa. Ya sabes cómo es esto.

Mientras hablaba con Mauris, noté que mi madre recorría la multitud con la mirada.

—¿Han visto a Dimitri? —preguntó sin mucha esperanza.

—Sabes que no es su estilo venir a este tipo de eventos. Si está aquí, probablemente se esconde en algún rincón, evitando a todo el mundo —comenté—. Pero si realmente quieres encontrarlo, búscalo en algún club después de la medianoche.

Ella suspiró con una pesadez contenida.

—Víktor…

—Esther…

—Lo vi hace poco, pero creo que se marchó tan rápido como llegó —agregó Mauris—. Me lo crucé cuando venía del baño.

Tras unos minutos de conversación, me disculpé.

—Debo ocuparme de algo.

Me alejé, buscando el lugar donde había dejado a Lina.

Ya no estaba.

¿Por qué demonios le costaba tanto seguir una simple orden?

Recorrí el salón y avancé hacia la salida.

Otra vez desafiando mi autoridad.

Cuando llegué a la acera, algo se encendió dentro de mí.

Para cuando me di cuenta, mi puño ya se había estrellado contra la cara del editor de cuarta.

—¿Qué mierda te pasa, Víktor? —gritó Lina, agachándose para ayudar a ese imbécil a levantarse.

Otro hombre que acababa de llegar corrió también a auxiliarlo.

Cuando Daniels consiguió ponerse de pie, lo primero que hizo fue mirarla. Aquella expresión de falsa preocupación bastó para irritarme todavía más.

—¿Estás bien?

—Sí, Daniels. Estoy bien. Pero tú deberías preocuparte por ti mismo. Ve a casa y ponte hielo o algo…

Ni siquiera la dejó terminar. Dio otro paso hacia ella y mi puño volvió a cerrarse.

—Déjame llevarte. No quiero dejarte sola con este tipo.

—No, Daniels. Estoy bien. Yo puedo cuidarme sola. Hablaremos mañana.

—¿Qué mierda te está pasando, Lina? Realmente estás irreconocible… Tú… ¿Acaso es por el dinero? ¿Cuánto te paga…?

—Vamos, Daniels, hombre —soltó su acompañante—. Mañana lo hablamos con la cabeza fría. Lina, cuídate.

Lo metió en el coche pese a que se negaba a marcharse.

Cuando por fin se fueron, nos quedamos en un silencio sofocante.