Capítulo 49 Fiesta de caridad
El coche se detuvo frente a uno de los hoteles más lujosos de Nueva York.
Alexei bajó de inmediato y abrió la puerta del lado de Víktor. Apenas puso un pie fuera del coche, los flashes comenzaron a estallar a su alrededor.
Había algo casi hipnótico en la forma en que atraía las miradas. Parecía encarnar exactamente lo que el apellido Arlov significaba: poder, influencia y una autoridad que nadie se atrevía a cuestionar.
Llevaba un esmoquin negro que se ajustaba perfectamente a su cuerpo. El cabello, peinado con precisión, y aquella sonrisa encantadora completaban la imagen que sabía mostrar al mundo.
Los periodistas comenzaron a abordarlo desde el instante en que apareció, pero él se mantuvo sereno, impecable, como si todo formara parte de un libreto que él mismo hubiera escrito.
Y tal vez era así.
Salí después de él y mantuve una distancia prudente.
Nada aquella noche debía sugerir que éramos algo más que jefe y asistente.
Solo un hombre y una mujer atados por un contrato.
Y por una dinámica que yo todavía no terminaba de comprender.
Me ajusté el vestido, quizá por ansiedad. Lucía bien, aunque no podía compararme con él.
Él era perfección en movimiento.
Y yo solo era su llavero.
—¡Señor Arlov! ¡Señor Arlov! —gritó una periodista, intentando sobresalir entre el tumulto—. ¿Puede decirnos quién lo viste esta noche?
Giró ligeramente la cabeza hacia ella y esbozó una de esas sonrisas capaces de hacer perder el aliento.
—Mi armario —respondió con tono juguetón, provocando algunas risas.
Las cámaras continuaron parpadeando mientras avanzaba hacia la entrada principal.
De repente, una voz más atrevida se alzó entre el bullicio.
—¡Señor Arlov! ¿Hay alguna relación que quiera compartir con nosotros? ¿Aún no se cansa de ser el soltero más codiciado de toda Nueva York?
Dejó escapar una carcajada suave y giró la cabeza hacia mí durante un instante, como si estuviera considerando qué responder.
—No, aún no he encontrado a nadie que esté a mi altura —respondió con una naturalidad que lo hacía parecer todavía más inalcanzable.
¿A su altura?
¿Qué significaba eso?
Nos dirigimos hacia la alfombra que conducía al gran salón donde se celebraría la gala benéfica de esa noche.
La misma opulencia. La misma extravagancia. Todo a su alrededor parecía tener que ser perfecto, incluso si eso significaba cargar con el legado de alguien a quien… ¿detestaba?
—¿Nos puede contar algo sobre el hotel, señor Arlov? —preguntó un reportero.
Se detuvo un momento, con una amplia sonrisa.
—Estamos ultimando los detalles. Estará listo para su gran inauguración a finales de este año. Están todos invitados a cubrir el evento.
Me quedé observándolo unos segundos.
Era imposible no sentirse atraída por él.
Pero también era imposible olvidar lo que había detrás.
Oscuridad.
Hacía unos días me había entregado por completo.
¿Había hecho lo correcto?
Entonces, ¿por qué seguía sintiendo aquel nudo en el estómago?
—Vamos —dijo en voz baja mientras acercaba una mano a mi espalda sin llegar a tocarme.
Caminamos hacia el interior, dejando atrás el caos de la prensa.
Tenía las manos demasiado frías y cada paso a su lado me parecía una contradicción.
Quería alejarme y, al mismo tiempo, quedarme.
Mientras lo seguía por el salón, no podía dejar de recordar los lugares donde sus manos, sus ojos y, especialmente, su cinturón habían dejado su marca.
«La sumisión es confianza», había dicho.
Y, en mi ingenuidad, bajo el calor de un sentimiento cuyo origen todavía no entendía, me había rendido por completo.
Un camarero pasó a mi lado y me ofreció una copa de champán. La tomé casi sin pensarlo, agradecida por cualquier distracción que me mantuviera anclada al momento.
✽✽✽
Cuando terminó de atarme, quedé suspendida en el aire, sostenida por un entramado de cuerdas que comenzaba a arder en cada punto de presión.
Tenía las muñecas cruzadas a la espalda y elevadas, obligándome a inclinar el torso. Una cuerda pasaba sobre mis hombros y regresaba al punto de anclaje, manteniendo mi pecho hacia delante, como si incluso respirar dependiera de su permiso.
Las piernas permanecían abiertas, sostenidas por las cuerdas desde la parte alta de los muslos, sin posibilidad de cerrarlas. Los pies colgaban sin encontrar apoyo. El cabello me caía sobre el rostro y los dedos comenzaban a entumecerse.
Y esta vez no sentí placer en aquel dolor.
—No te golpearé aquí —dijo mientras el cinturón se deslizaba por mis hombros y mi espalda, apenas rozándome—. En unos días usarás un lindo vestido. No queremos marcas visibles, ¿verdad?
El cinturón descendió por mi espalda, rozó mis muslos y se detuvo sobre mis nalgas.
—Pero aquí sí.
Solo entonces noté el temblor de mi mano.
Dejé la copa sobre una mesa y respiré hondo.
¿Había hecho bien en entregarme de aquella manera? ¿Confesarle mis sentimientos había sido lo correcto?
Entonces, ¿por qué no se sentía así?
Víktor saludaba a las personas que se acercaban. Entre ellas, mujeres que prácticamente se derretían a sus pies, riendo ante cualquier mínima cosa que dijera y mirándolo como si el resto de la sala no existiera.
—Puedes dar una vuelta —dijo de repente, inclinándose hacia mí—. Esto me llevará un rato. Aquí solo te vas a aburrir.
Asentí en silencio, aunque no pude evitar sentirme excluida, y comencé a recorrer el salón.
—Lina, Dios, mírate.
La voz familiar me arrancó de mis pensamientos.
Una sonrisa se extendía por su rostro mientras me envolvía en un abrazo. El gesto era amable, pero mi cuerpo se puso rígido al instante.
—Estás hermosa, realmente hermosa. He soñado tanto contigo. Ya solo faltan dos días para que vuelvas a la revista, donde perteneces —añadió con una risa suave.
Pero había algo más en sus palabras, un matiz que me provocó una punzada en el estómago.
Ya basta.
Por favor, detente.
—Deberías estar cubriendo esto, Lina —insistió con ese tono ligero—. Este es el tipo de eventos en el que sueles brillar.
—No lo creo, Daniels. Sabes muy bien que no me gustan estos eventos de gente rica y superficial. Más bien lo mío era el champán gratis y… —alcancé a decir, pero las palabras se me apagaron justo cuando levanté la vista.
Su expresión seguía serena, pero su mirada se detuvo en mí apenas un segundo antes de dirigirse hacia Daniels.
—Creo que no hemos tenido el placer —dijo en tono amigable, extendiendo la mano—. Víktor Arlov. Mucho gusto.
—Sí, claro. Daniels Morgan, editor en jefe de la revista The NY Socialite.
El apretón duró apenas un segundo más de lo necesario.
—Creo que ambos aquí somos jefes, ¿no?
—Sí, de hecho —replicó Daniels—. Parece que tenemos cosas en común.
—No hay que irse tan lejos. Yo diría que tenemos a alguien en común.
La mirada de Daniels se endureció apenas un instante.
—Por supuesto.
Sonrió, y la curva de sus labios tenía algo de provocación.
—Lástima que solo queden dos días. Después ya no tendremos a nadie en común.
—Bueno, si no le importa, voy a llevarme a mi asistente de aquí. Hay que aprovechar esos dos días todo lo que se pueda.
Daniels alzó las manos en un gesto de rendición fingida.
—No pretendo entrometerme. Total, todo es temporal. Y las cosas siempre vuelven a encaminarse hacia donde pertenecen.
Víktor soltó una carcajada suave, casi divertida.
—Pero, como todo en la vida, las personas son volátiles —respondió antes de inclinarse hacia mí—. Vamos.
—Te veré más tarde, Lina…
Tomé aire, consciente del calor que me subía por el cuello y de la mirada de Daniels quemándome la espalda.