Capítulo 48 Te amo
Lina caminaba detrás de mí, susurrando una queja entre dientes que, francamente, me importaba muy poco. Había aprendido a reconocer cuándo sus palabras no eran más que una pataleta. Y esta, sin duda, lo era.
La voz de Nikolay me había acompañado todo el maldito día.
«Controla o serás controlado».
La frase volvía una y otra vez, empujándome hacia un lugar oscuro.
No era solo que Lina me desafiara. Era que no entendía lo que aquella dinámica significaba para mí: poder.
Un poder que se negaba a entregarme por completo.
Y eso me había llevado al límite.
—Víktor, quiero ir a casa.
La ignoré al principio, aflojando el nudo de la corbata como si ese gesto pudiera aliviar la tensión acumulada en mis hombros.
No quería otro enfrentamiento. El control debía ser voluntario, no caótico. Y el silencio tenía su propia belleza.
—Toma un baño, Lina. Ha sido un día largo, ¿no crees?
Ni siquiera me molesté en mirarla.
—Te dije que solo sería un día.
Me serví un vaso de whisky y me dejé caer en el sillón. Me lo bebí de un solo trago.
Aquello no mitigó el eco.
«Controla o serás controlado, Víktor».
¿Por qué diablos me empeñaba tanto en mantenerla a mi lado?
Se quedó de pie unos segundos, dudando, antes de desaparecer por el pasillo.
Dejé el vaso sobre la mesa y exhalé despacio, apoyando la cabeza contra el respaldo.
Había sido generoso con ella, más de lo que jamás había sido con nadie. La había dejado entrar en partes de mi vida vedadas para todos los demás.
Y, sin embargo, eso no parecía ser suficiente para Lina Taylor.
Me puse de pie y caminé hacia la habitación.
Una parte de mí quería retenerla. La otra quería echarla de mi vida de una maldita vez.
«Controla o serás controlado».
El sonido de la ducha se detuvo y, segundos después, apareció envuelta en una toalla.
—¿Qué pasa? —preguntó con la voz más suave, ligeramente insegura.
Di un paso y acorté la distancia entre nosotros, arrebatándole la toalla de un tirón.
Su boca se abrió para protestar, pero no la dejé hablar.
—No estás lista —musité, pegándola contra la pared con un movimiento brusco—. Siempre tienes algo que decir, ¿verdad?
Su respiración se aceleró y, por un momento, pensé que intentaría replicar otra vez.
Mi mano se movió hacia su seno y lo tomó con fuerza. Un jadeo escapó de sus labios. No supe si fue de dolor o de placer.
—Esto no puede seguir así.
Me incliné, enterrando el rostro en su cuello y aspirando su aroma.
Mi otra mano subió hasta su otro seno.
—Me gusta esta dinámica que tenemos, Lina, pero no puedo continuar si no te entregas completamente. No si no eres mía, en cuerpo y alma.
—¿Qué hice mal? —susurró.
Apreté la mandíbula.
¿Qué había hecho mal?
¿Qué no había hecho ella mal?
—La sumisión es confianza. Y tú aún te niegas a confiar en mí. Si no confías, no puede haber sumisión. Y si no hay sumisión… no puedo continuar con esto.
Retrocedí unos pasos.
Algo cruzó por su rostro, pero antes de que pudiera descifrarlo, acortó la distancia entre nosotros.
—Te amo… —soltó de repente, tan bajo y tembloroso que por un instante dudé de haber escuchado bien.
¿Qué mierda estás diciendo?
El silencio se extendió entre nosotros.
Sus palabras me atravesaron, pero no de la manera que ella esperaba.
No debía sentir nada.
Y, sin embargo, algo en mí vaciló.
¿Amor?
No.
Esto no era amor.
Esto era poder.
—Y si lo que necesitas es mi rendición total —continuó, con la voz todavía insegura—, está bien.
Extendió las manos hacia mí.
Me acerqué, inclinándome un poco.
—¿De verdad crees que puedes salvarme, Lina?
Asintió, sin titubear esta vez.
—Puedo intentarlo.
Dejé escapar una risotada.
Patético.
Ella.
La situación.
Yo.
Todo.
Amor…
Tú no deberías amarme.
Tú no me amas.
—Bien —dije, tomándola de la mano y guiándola por el pasillo.
Debía aprender su lugar y, esta vez, no habría espacio para la gentileza.