Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 47 No respondías
89%

Capítulo 47 No respondías

Mi pie golpeaba el suelo con impaciencia mientras esperábamos en la sala de espera. Gabriel, en cambio, parecía estar en otro mundo, como si no estuviéramos a punto de enfrentarnos a una posible expulsión.

—¿Qué demonios pasa contigo? —mascullé, tratando de contener la frustración.

Estaba agotada de cubrirlo. Había perdido la cuenta de cuántas veces había tenido que salvarlo y ahora estábamos, una vez más, esperando frente al despacho del director.

Miré sus manos, todavía manchadas de pintura en aerosol.

—¿Vandalizando una pared? ¿En serio? ¿Qué pensabas? ¿O simplemente no pensabas?

Rodó los ojos y se recostó en la silla con una actitud despreocupada que me sacaba de quicio.

—Vamos, Lina, no fue para tanto. Solo estaba… siendo creativo, ¿sabes? Arte.

Lo miré fijamente, con los labios apretados.

Después de tantas advertencias, seguía comportándose como si todo fuera un juego.

Y, en parte, era culpa mía. Nos llevábamos once años y yo solo había querido estrechar lazos con mi pequeño y estúpido hermano menor, pero en algún punto había confundido mi indulgencia con permiso para hacer cualquier cosa.

—¿Arte? —resoplé, conteniendo las ganas de gritarle—. ¿Eso es lo que crees que es? ¿Vandalizar la escuela es tu manera de ser creativo? Gabriel, esto no es un juego. Están a punto de expulsarte, ¿lo entiendes?

Se encogió de hombros como si no le importara y me dedicó esa sonrisa de medio lado que solía usar cuando quería escapar de un castigo.

—Lo hice por amor —respondió, como si eso justificara todo.

Lo miré, incrédula.

¿Por amor?

¿Cómo demonios pensaba que esa era una razón válida?

Respiré hondo.

—¿Por amor? —solté—. Gabriel, cuando amas a alguien, le regalas flores o la invitas al cine. No vandalizas una maldita pared. ¿Qué te pasa?

Sonrió, sacó el teléfono del bolsillo y me mostró una foto de lo que había pintado.

—Lo dañaron antes de que pudieras verlo, pero al menos tomé una foto. ¡Es bueno, Lina! Deberías apreciarlo más —respondió con una confianza desbordante.

Le quité el teléfono con brusquedad, justo con la mano donde llevaba el anillo.

—Espera… ¿Cuándo te casaste? —preguntó alarmado.

Me tomó de la mano y la acercó hacia él.

—¿Te casaste sin invitarme a la boda? ¿Sin invitar a mamá? ¿Y estás aquí retándome mientras escondes esto?

Miré el anillo y sentí una pequeña punzada en el pecho.

Aparté rápidamente la mano.

—Gabriel, no estamos hablando de mí. Este no es el momento.

Pero él ignoró por completo la advertencia. Se inclinó hacia adelante con una sonrisa traviesa, encantado de haber encontrado una nueva forma de molestarme.

—Oh, claro que estamos hablando de ti ahora —espetó con una risotada—. Deja que se lo cuente a mamá y a la abuela. Seguro se sorprenderían tanto como yo. A mamá le va a dar algo…

—¿En serio? ¿Quieres delatarme? —repliqué con los dientes apretados—. ¿Después de que pedí permiso en el trabajo y vine hasta aquí para sacarte de este lío?

Sonrió aún más.

—Vamos, Lina. Sabes que Daniels te deja entrar y salir cuando quieras. Ni siquiera tienes que decirle adónde vas. Seguro te ama tanto que te deja hacer lo que quieras. Espera… ¿Te casaste con Daniels?

Suspiré.

—No, Gabriel, no me casé con Daniels. El anillo simplemente no sale.

—¿No sale? —repitió, como si acabara de escuchar el mayor absurdo del mundo—. ¿Entonces no te has casado?

—No, no me he casado. Y basta de preguntas. Este no es el momento.

Se encogió de hombros otra vez, pero antes de que pudiera responder, el director apareció en la puerta.

Su expresión me hizo sentir como si fuera yo quien estaba en problemas.

Me levanté.

—Señorita Taylor —empezó, con una voz cargada de decepción—. Esperaba a los padres de Gabriel hoy, no a usted nuevamente. He sido más que paciente, pero esto ha llegado demasiado lejos.

Ya había escuchado mis promesas antes. No le quedaba paciencia para otra.

—Entiendo, señor Thompson, pero yo… soy su tutora legal… temporal —respondí, bajando un poco la voz.

Porque no era cierto.

—Mis padres están ocupados y… yo siempre he tratado de encargarme de esto…

El director me miró con cansancio.

No podía permitir que Gabriel fuera expulsado. Mucho menos que todo aquello llegara hasta mis padres después de haberme involucrado tanto en cubrirlo.

—Señorita Taylor.

Me interrumpió antes de que pudiera recurrir incluso a fingir unas lágrimas.

—Esta es la quinta vez que lo cubre. La quinta vez que promete que se tomarán medidas, pero cada vez la situación empeora. Gabriel ha vandalizado la propiedad de la escuela. Ha cruzado una línea que no puede ser ignorada.

Miré de reojo a mi hermano, esperando encontrar alguna señal de arrepentimiento.

Nada.

Le di un codazo disimulado.

—Gabriel, por el amor de Dios, di algo… —murmuré entre dientes.

—¿Qué? Oh, sí, claro —respondió finalmente.

Levantó las cejas y luego se volvió hacia el director con la expresión más inocente que pudo fingir.

—Estoy realmente arrepentido. De verdad. Prometo que no volverá a ocurrir. Sé que fue estúpido lo que hice y lo lamento.

—Lo pondremos a limpiar el desastre que hizo —propuse, buscando cualquier salida—. Puede pintar la pared, hacer lo que sea necesario. Se lo aseguro, señor Thompson. Gabriel puede hacerlo.

—Lina, no quiero… —murmuró.

—Cállate, idiota.

El director negó con la cabeza.

—No puedo hacer eso, señorita Taylor —respondió con un tono firme y cansado—. Tengo las manos atadas. Ha excedido todo límite de respeto y conducta. Ya no puedo permitirle seguir en esta escuela.

El estómago se me hundió.

La expulsión era definitiva.

Por un momento me sentí mareada. Lo único que pude imaginar fue el rostro colérico de mi madre.

—Por favor, señor Thompson… Le prometo que se encargará. Está arrepentido. Haré lo que sea necesario para asegurarme de que esto no vuelva a ocurrir. Le prometo que…

Una voz firme me interrumpió.

—Buenas tardes.

Giré hacia la voz familiar.

Víktor estaba en la entrada.

—¿Qué haces aquí?

—No respondías.

Me quedé mirándolo, incapaz de procesar su presencia, mientras sentía los ojos de Gabriel sobre mí.

—Víktor Arlov —se presentó ante el director con un gesto cortés—. Dueño del conglomerado Arlov.

La expresión del hombre cambió de inmediato. La irritación dio paso a la sorpresa y luego a un entusiasmo imposible de disimular.

—¡Oh, Dios mío! Sé quién es usted, señor Arlov. No puedo creer que una figura tan influyente esté aquí, en nuestra humilde escuela. ¡Qué honor!

—Me preguntaba si podríamos hablar en privado. Si tiene unos minutos, señor…

—Thompson. Y, por supuesto, por supuesto —respondió rápidamente, haciéndole un gesto para que lo siguiera—. Por aquí, por favor.

—No, usted primero —respondió Víktor con su habitual encanto.

La incredulidad se apoderó de mí.

—Víktor —lo llamé antes de que entrara—. ¿Qué demonios estás haciendo? Esto no es un juego.

Se detuvo y me dedicó una mirada tranquila.

—Señorita Taylor —dijo con una media sonrisa—. Supongo que el pequeño Taylor y usted tienen problemas que resolver. Descuide. Yo me encargo de esto.

Cerró la puerta tras de sí y me dejó aturdida en el pasillo.

—Lina… ¿Algo que quieras compartir?

Miré a Gabriel con enojo.

—Cállate. Cállate, Gabriel. Solo cállate.

Soltó un resoplido y se encogió de hombros.

—Está bien, está bien. Solo preguntaba.

Me dejé caer otra vez en la silla.

¿Cómo era posible que Víktor siempre terminara involucrándose en mi vida de formas que ni siquiera podía prever?

Pasaron varios minutos hasta que finalmente la puerta volvió a abrirse.

Víktor salió acompañado del director, que parecía una persona completamente distinta a la que nos había recibido.

El hombre reía animadamente mientras le estrechaba la mano, sin terminar de soltarla.

—Señor Arlov, ha sido un verdadero placer. Estamos muy agradecidos por su generosidad, de verdad. Espero que podamos seguir colaborando en el futuro.

Se aclaró la garganta, intentando recuperar algo de seriedad.

—Bueno, señorita Taylor —continuó, ahora con un tono mucho más suave—. He reconsiderado la situación de Gabriel. Entiendo que los chicos a veces son… bueno, chicos. Y nuestro deber es inculcarles respeto y responsabilidad, por lo que he decidido que no lo expulsaremos.

El alivio me atravesó de inmediato.

—Sin embargo —continuó—, Gabriel tendrá una semana de castigo y deberá pintar la pared que vandalizó.

Víktor hizo un gesto apenas perceptible con la cabeza.

El director vaciló.

—Bueno… tal vez tres días de castigo sean suficientes —rectificó con una sonrisa forzada.

Todavía se deshacía en agradecimientos mientras estrechaba la mano de Víktor por última vez.

—Ha sido un placer, señor Arlov. De verdad espero que podamos seguir en contacto.

—Sí, claro… Pero debo marcharme. Tengo otros compromisos. Y necesito mi mano —añadió con una sonrisa forzada.

—Oh, sí, sí. Por supuesto. Perdón.

Cuando finalmente nos dejó, caminé hacia Víktor con Gabriel siguiéndome de cerca.

—¿Qué hiciste?

—Le hice una donación para el equipo de fútbol y pagué los daños de la pared —respondió con indiferencia.

—¡No tenías derecho a hacer eso! —repliqué, sintiendo aumentar la frustración—. Yo tenía todo bajo control.

—¿De verdad? Porque no fue eso lo que vi cuando llegué.

Abrí la boca para refutarlo, pero Gabriel se adelantó.

—¿Quién diablos eres tú? —preguntó, mirando a Víktor con desconfianza—. Lina, ya me vas a dar una explicación…

—Gabriel, por el amor de Dios… —murmuré—. No puedes hablarle así a la gente. Por lo menos trata de fingir que tienes educación.

—¿Qué? Solo quiero saber. Bueno, perdón, pero… ¿quién diablos eres? Por favor.

Víktor soltó una carcajada, pero respondí antes que él.

—Es mi jefe.

Gabriel hizo una mueca exagerada de incredulidad y levantó las manos como si el mundo acabara de desmoronarse a su alrededor.

—¿Qué? ¡Oh, por Dios! Lina, ¿te has casado con él? ¿Qué pasó con Daniels? Pensé que tendrías bebés pelirrojos.

—También es mi jefe —respondí, frotándome las sienes—. Y no me he casado con nadie.

—Joder, Lina, ahora lo entiendo todo —continuó con su habitual tono teatral—. ¡Tienes dos empleos! ¡Por eso estás tan irritada todo el tiempo! Claro, todo tiene sentido ahora. Dos jefes. Eso te está matando. Con razón eres una persona tan miserable.

Lo miré, deseando poder evaporarme en ese mismo instante.

—No, Gabriel. Estoy irritada porque tú me has metido en este lío. Yo solo intenté ayudarte una vez, ser una buena hermana, pero ahora todo esto se me ha salido de las manos. ¡Le tengo miedo a mamá!

La voz se me quebró un poco al decir lo último.

Víktor observaba la discusión en silencio. Mi drama familiar parecía entretenerlo.

—No puedes decirle a mamá, Lina. ¡No puedes hacerme esto! Papá me enviaría directo a una academia militar. ¡No quiero ser marine como él!

—Tal vez deberías ir. Al menos aprenderías algo de disciplina y modales.

—Bueno, bueno… Hagamos un trato. Si vas a contarle algo, díselo después de la fiesta de aniversario, ¿bien?

Lo miré, agotada.

—Está bien. Después de la fiesta de aniversario. Pero, Gabriel, esto es lo último. Abusaste de mi confianza. A partir de ahora, todas las quejas van directo a mamá. Deja que se entere de que has ido unas ocho veces a la oficina del director en apenas tres meses.

—Está bien. Pero… ¿al menos me puedes prestar algo de dinero?

Lo miré sin poder creerlo.

Era la desfachatez personificada.

Antes de que pudiera responder, Víktor sacó un billete de cien dólares y se lo entregó.

—Aquí tienes.

—¡Oh, por Dios! Lina, tu nuevo jefe es mejor que Daniels. ¡Deberías renunciar a la revista!

—¡Gabriel!

—Voy a invitar a Sofí al cine, como me dijiste —gritó mientras regresaba al interior—. Y le compraré calcetines a papá para su aniversario y una taza a mamá. ¡Nos vemos!

Lo vi desaparecer e intenté controlar la respiración.

Inhalé y exhalé varias veces, pero la molestia seguía ahí. Y parte de ella estaba justo a mi lado, mirándome fijamente.

—¿Qué? —espeté—. ¿Cómo diablos sabías dónde estaba? Y no tienes ningún derecho a darle dinero a mi hermano.

—No respondías —reiteró, encogiéndose de hombros.

—Eso no responde a mi pregunta.

—La responde para mí.

Iba a decir algo más, pero levantó una mano.

—Sé cómo son los hermanos menores. Yo también tengo uno.

—¿Dimitri?

—No, Lina. Tengo otro hermano de trece años.

—¿Un hermano de trece años?

—Sí. Tratamos de mantener su privacidad para que tenga una vida normal —añadió, apretando los labios antes de abrir la puerta trasera del coche—. Sube.

—¿Subir para qué? —pregunté, cruzándome de brazos.

—Al coche.

Negué con la cabeza.

Ya había tenido suficiente por un día.

—No voy a tu departamento, Víktor.

Me observó en silencio. Su expresión permaneció impasible, aunque una leve irritación se asomó en sus ojos.

—Te llevo a casa, entonces.

—No. Tomaré un taxi.

Suspiró.

—Lina. Insisto. Sube. Por favor.

Su tono había perdido toda ligereza.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—Bien.

—Gracias.