Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 46 Controla o serás controlado
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Capítulo 46 Controla o serás controlado

Ya sabía lo que se esperaba de mí en eventos como aquel: mantenerme callado, dejarme ver y no manchar la imagen perfecta que mi padre había construido para nuestra familia.

Los camareros iban y venían con bandejas llenas de champán y canapés, moviéndose con sincronía. Los niños corrían y jugaban por todo el salón, la mayoría hijos de familias vinculadas a los negocios de mi padre.

Dimitri estaba cerca de él, sonriente, disfrutando de una atención que rara vez recibía.

—¡Vayan a jugar, niños! —ordenó mi padre, revolviéndole el cabello antes de dedicarme una mirada rápida—. Ya conoces las reglas, Vík. Los niños no deben estar en las conversaciones de los adultos.

La sonrisa que me dirigió solo existía cuando había otras personas mirando.

Intenté devolvérsela, pero mi cuerpo aún seguía débil por lo ocurrido la semana anterior. El olor a alcohol me revolvía el estómago y todavía cargaba con el asco de lo que me había obligado a hacer.

Dimitri salió corriendo hacia los demás.

Se veía feliz.

Le gustaban las fiestas. Solo así podía tener a su padre.

Me alejé buscando un poco de tranquilidad. Ver a mi padre sonreír y mostrarse afectuoso con sus amigos de negocios me daba náuseas.

Terminé en el jardín trasero, lo bastante lejos del ruido para poder respirar, pero no tanto como para que alguien notara mi ausencia.

A poca distancia, escuché unos murmullos.

Reconocí la voz de mi madre.

—Escapa conmigo, Esther. Ahora es el momento. Debes escapar de ese malnacido. Tengo miedo por ti. Temo que algún día ese salvaje te hiera de gravedad y termine quedándome sin ti…

—No puedo, Mauris. Si lo hago, ¿qué será de mis hijos? Nikolay me perseguiría hasta el fin del mundo. Sería una humillación para él.

El pecho se me apretó.

Mi madre quería irse.

Dejarlo todo.

¿Realmente podíamos hacer eso, mamá?

Irnos lejos…

—Yo podría protegerte —insistió—. A ti y a tus hijos les daría todo lo que necesiten. Un hogar tranquilo, un ambiente saludable.

—Tú no entiendes. Nikolay no tiene alma. Es capaz de cualquier cosa. No permitiría que me llevara a Víktor. Él lo ve como una extensión de sí mismo. A Dimitri tal vez lo dejaría ir, pero Víktor… No. Él jamás lo permitiría.

Me quedé inmóvil.

Yo era la razón por la que ella seguía allí.

La razón por la que continuaba soportando a ese maldito hombre.

Las manos comenzaron a temblarme.

¿Por qué no podíamos escapar?

¿Por qué yo tenía que ser la razón de su sufrimiento?

Retrocedí un paso, pero el crujido de una rama bajo mi pie me traicionó. Mauris y mi madre se volvieron hacia mí con los ojos muy abiertos.

—Víktor… —susurró mi madre en un hilo de voz—. Cariño, esto no es lo que parece…

Abrí los labios para decir algo, pero la voz de mi padre retumbó desde la casa.

—¡Esther! ¿Dónde demonios te has metido?

Mi madre se quedó paralizada. El pánico le llenó los ojos mientras me aferraba del brazo.

—Víktor, cariño, no digas nada —me suplicó, llevándome de regreso hacia la casa—. Por favor, no digas nada. No lo hagas.

A mitad del jardín nos encontramos con él.

Tenía el ceño fruncido y miraba a mi madre con rabia.

—¿Dónde diablos te habías metido? —preguntó con una fría irritación—. ¿Dónde diablos estaba la señora de esta casa?

Ella sonrió débilmente. Sus dedos se cerraron un poco más sobre mi brazo.

Supuse que ni siquiera se daba cuenta.

—Víktor no se siente bien. Estuvo vomitando. Solo fui a ayudarlo —dijo rápidamente, sin permitirme hablar.

Él la miró con desdén y después a mí. Su expresión se suavizó durante un instante, pero sus ojos siguieron fríos.

—Dios, siempre tan dramático, ¿no, Víktor? —espetó, mirándome con desaprobación—. Desaparece a tu habitación. No quiero ver ese rostro miserable en toda la noche.

Obedecí en silencio.

Mientras me alejaba, escuché cómo reprendía a mi madre.

—Ve a hacer tu maldito trabajo como anfitriona. Ni siquiera sirves para eso, maldita mujer. Y descuida, tú y yo hablaremos luego…

—Sí, perdón…

El miedo en su expresión era casi una segunda piel.

Cuando me giré una última vez, mi padre ya la sujetaba con suavidad. Había recuperado su sonrisa perfecta y la guiaba de regreso hacia los invitados.

Al día siguiente, apenas crucé la puerta al volver del colegio, escuché voces provenientes del despacho.

Me adentré en el pasillo y, a medida que me acercaba, las palabras de mi padre se volvieron más claras.

—¡Maldita ramera! Sé cómo lo miras. ¡No soy estúpido! ¡No soy un maldito estúpido, Esther! ¿Crees que no me doy cuenta de cómo andas por ahí meneando el trasero para que los hombres te miren? ¿Qué pretendes, maldita zorra? ¿Engatusarlos como lo hiciste conmigo?

El sonido de una bofetada resonó en el aire.

Mi corazón se detuvo un instante.

No importaba cuántas veces lo escuchara, siempre me sorprendía.

—Estuve con Víktor toda la noche —respondió con la voz quebrada—. Estaba enfermo. Solo estaba cuidándolo. ¿Por qué no puedes metértelo en la cabeza? Soy su madre y es lo que hacen las madres.

Sentí una presión en el pecho.

¿Yo era la excusa?

—¡Mentira! Desaparecieron al mismo maldito tiempo. ¡Tú y Mauris! ¿Piensas que no me di cuenta, Esther? Pero dime, ¿qué diablos no te he dado para que andes por ahí de golfa? Lo único que te pido a cambio es que te comportes como la maldita señora de Nikolay Arlov.

Me acerqué hasta alcanzar a ver la puerta del despacho, medio abierta.

—¡Di la verdad!

Mi padre levantó la mano.

Entonces me vio.

Sus ojos, todavía llenos de furia, se clavaron en mí.

—Ah… mira a quién tenemos aquí… A un niño al que le gusta escuchar detrás de las puertas —soltó en voz baja, con una calma que me heló la sangre.

—Perdón. No fue mi intención escuchar.

—Descuida. Ven aquí, Víktor.

Me acerqué lentamente, con la garganta apretada y las piernas temblando. Se impacientó, me agarró del brazo y me arrastró hacia el centro del despacho, hasta dejarme entre él y mi madre.

—Vamos, no querrás mentir delante de tu hijo, ¿verdad, Esther? —repuso con una sonrisa retorcida—. ¿O acaso lo obligarás a mentir por ti? Sé que estabas con ese hombre. Lo sé.

Mi madre abrió la boca, pero no logró decir nada. Tenía los ojos llenos de lágrimas y una marca roja atravesándole la mejilla.

—¿Es eso lo que pretendes enseñarle a tu hijo? A nuestro hijo. ¿Pretendes enseñarle que está bien mentir?

No respondió.

—Papá… —interrumpí.

Mi voz salió débil, como si no fuera mía.

—Ella estaba conmigo.

Mi padre giró hacia mí.

Intenté mantenerme firme. No podía dejar que le hiciera más daño.

Tragué saliva antes de hablar otra vez.

—Yo… realmente me sentía mal. Mamá estuvo conmigo toda la noche. Es mi culpa. No quise acaparar su tiempo. Lo siento mucho.

Cada palabra me pesaba más que la anterior. Sentía la mirada de mi madre sobre mí, pero no podía mirarla.

Tenía las manos frías y las piernas me temblaban, pero me obligué a permanecer firme frente a mi padre, rogando que no pudiera oler el miedo que siempre llevaba impregnado en la piel.

Yo debía protegerla.

Tenía que protegerla…

Se inclinó hacia mí hasta quedar a pocos centímetros de mi rostro. Podía oler el alcohol en su aliento.

—Tú no me mentirías, ¿verdad, Víktor? —preguntó, oscilando entre la amenaza y la advertencia—. Sabes bien lo que hago con los mentirosos, ¿cierto?

—No, papá —respondí rápidamente, forzando mi voz a no temblar—. Jamás te mentiría.

—Bien —murmuró, soltando un largo suspiro, como si finalmente hubiera llegado a una conclusión—.

Aprovechemos este momento para que aprendas algo…

Ven aquí, hijo —añadió, haciéndome una seña con la mano—.

Las mujeres son todas iguales. Siempre intentarán manipularte. Incluso tu madre, sobre todo tu madre.

La miraba fijamente mientras hablaba.

—No importa qué tan hermosa sea. Si no tienes el control absoluto, se aprovechará de ti, de tu gentileza, de tu amor… No puedes permitir que eso pase. Nunca dejes que una mujer te vea como débil. Controla o serás controlado.

Quizás el amor era así…

Mi padre apartó la mirada de mi madre y la dirigió hacia mí.

—¿Comprendes?

—Sí, papá.

—Buen chico. Tú siempre eres un buen chico —dijo con una sonrisa torcida mientras me revolvía el cabello.

Salió del despacho sin agregar nada más.

Solo entonces mi madre pareció recuperar el aliento y cayó al suelo, justo a mis pies.

—Perdón, Víktor… Perdóname… Por favor…

Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras intentaba levantarse, pero sus rodillas parecían no responder.

—Deberías irte —susurré sin ninguna emoción en la voz—. Deberías escapar… Tú y Dimitri.

Antes de que pudiera replicar, salí del despacho.

Supongo que ya no quedaba mucho dentro de mí.