Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 45 Falsa ilusión
85%

Capítulo 45 Falsa ilusión

Mientras terminaba de preparar el desayuno, ella estaba sentada sobre la encimera, con las piernas cruzadas y una expresión ofendida desde que le dije que no volvería a tocar mi cocina jamás.

Había intentado «ayudar».

La aparté de la estufa y la senté ahí.

Dejé el plato frente a ella: brioche tostado con huevo cremoso y salmón ahumado. Café recién hecho al lado.

—Bon appétit.

La ayudé a bajar, sujetándola por las caderas. Mis manos se quedaron allí un segundo más de lo necesario.

Había algo en esa curva de su cuerpo que parecía hecha para mis manos.

—¿No vas a desayunar? —preguntó, llevándose el primer bocado a la boca.

Negué con una sonrisa leve y alcé la taza de café.

—No desayuno. Solo café. Y, si el día lo amerita, whisky.

—¿Has considerado que tal vez seas alcohólico?

—Todo el tiempo, Lina. Todo el tiempo.

—¿Entonces te quedarás ahí parado mirándome comer?

—Tal vez.

—¿En serio?

—Puede que tenga un fetiche —murmuré sin apartar la vista de su boca—. Y me gustaría que guardaras silencio para poder disfrutarlo.

El ambiente se sentía cómodo, al menos de momento, y ella parecía disfrutar de su comida con un pequeño brillo en los ojos.

—Podría acostumbrarme a tener un chef personal que además es magnate —bromeó.

—Y la sexta persona más influyente.

—Cierto, cierto, señor Arlov. La sexta persona más influyente —repitió, con una exagerada reverencia.

Su comentario me arrancó una carcajada involuntaria.

Todo se sentía tan normal.

Hasta que el sonido de su teléfono rompió lo que fuera que aquello era.

Ambos lo miramos al mismo tiempo.

Su expresión cambió, como si algo la llamara fuera de ese pequeño espacio que compartíamos.

Tomó el teléfono y se levantó, alejándose sin decir una palabra.

¿Por qué haces eso?

La vi desaparecer hacia la habitación y sentí una punzada de molestia.

¿De verdad creía que tenía privacidad?

Su privacidad no era suya.

Era mía.

Sumisión, Lina.

Sumisión.

Dejé la taza con más fuerza de la necesaria.

Cuando regresó, apenas me miró.

Levantó la vista y rompió el silencio con un tono ligero.

—¿Puedo tomarme el día libre?

Apoyé los brazos sobre la encimera y la observé unos segundos.

—Puedes. Tengo reuniones con inversionistas. Quizás me lleve todo el día. Tu presencia o ausencia no marca la diferencia. Ya lo sabes. Y no puedo entretenerte todos los días.

—Cierto, soy imprescindible —replicó con una risotada.

—Aunque… —añadí, esperando que entendiera lo que realmente quería decir—. Por educación, podrías decirle a tu «jefe» qué tienes que hacer.

Me miró con una ligera sonrisa, como si estuviera bromeando.

—¿Es algo personal?

Esperé en silencio, dándole la oportunidad de entender el subtexto de mi pregunta.

Pero Lina Taylor era muy despistada, aparentemente.

Terminó de desayunar y, sin añadir nada más, se levantó.

—Voy a ducharme. Gracias por considerarme imprescindible —añadió, desapareciendo por el pasillo.

Ah, mujer molesta y torpe.

✽✽✽

Las proyecciones trimestrales se reflejaban en la pantalla principal de la sala de juntas: márgenes en ascenso, retorno sobre la inversión por encima de lo previsto y una curva de crecimiento lo bastante limpia como para satisfacer a cualquier inversionista prudente.

La conversación fluía entre ejecutivos e inversionistas, girando alrededor de rendimiento, expansión y riesgo regulatorio. Los números cerraban a nuestro favor.

Pero mi cabeza estaba ocupada en una mujer que llevaba horas sin responder ninguno de mis mensajes.

—Como puede ver aquí, señor Arlov, nuestras inversiones en el sector de las energías renovables están rindiendo mejor de lo esperado. El señor Karpov estaba en lo cierto —añadió uno de ellos, con un tono ansioso por impresionarme.

Asentí por inercia.

Noté cómo se me tensaba la mandíbula cada vez que pensaba en su silencio.

Patético, Víktor.

Patético.

—Estamos considerando expandir nuestra presencia en Europa —intervino otra voz—. Creemos que abrir nuevas sedes en Berlín y Londres podría ser clave para consolidar nuestra posición en el mercado.

¿Estarás con ese editor?

La pregunta se coló sin invitación.

Él no era una amenaza, pero el simple hecho de que Lina regresara siempre a su órbita me resultaba irritante.

No.

No pensaba permitir que emociones tan poco prácticas influyeran en mis decisiones.

—Señor Arlov, ¿alguna objeción sobre la propuesta para Londres?

—No. Continúen con las proyecciones —respondí, con la voz tan firme como siempre.

Asintió de inmediato, aliviado, y retomó su presentación.

—Creemos que este es el mejor momento para considerar una expansión hacia Asia, dado el creciente interés en nuestra tecnología.

¿Por qué no me contestas?

Yo marco el ritmo aquí.

Levanté la mano en un gesto mínimo, interrumpiendo la reunión.

—Discúlpenme un momento, caballeros —anuncié, poniéndome de pie.

Crucé la sala hacia la puerta, donde Alexei me esperaba.

—¿Señor? —preguntó en cuanto me vio.

—Rastrea el número de Lina —ordené en voz baja—. Quiero saber exactamente dónde está ahora.

Asintió y se alejó por el pasillo.

Me quedé allí unos segundos, respirando hondo y aflojando la mandíbula y los hombros. Luego regresé a mi sitio.

—Podemos continuar.