Capítulo 44 El juego de la obediencia
Frente al espejo, terminé de recogerme el cabello y alisé el vestido sobre mis caderas.
Me quedaba demasiado bien.
No de esa forma halagadora en la que una se convence de que tuvo suerte, sino con una precisión que me hizo fruncir el ceño.
No recordaba haberle dicho mis medidas.
Entonces alcé la vista y lo vi en el reflejo.
Estaba detenido a unos pasos, recorriéndome de arriba abajo con la mirada.
—Te ves hermosa —dijo, con ese tono que siempre me desacomodaba el pulso.
Intenté no sonreír, pero mi atención seguía atrapada en el clóset lleno de ropa.
Era mucho.
Demasiado.
Cada vez se le ocurrían gestos más exagerados.
—¿Cuándo tuviste tiempo de comprar todo esto? —pregunté, girándome hacia él—. ¿Y cómo sabes mis medidas?
Una sonrisa le cruzó el rostro, entre encantadora y maliciosa.
—Tengo memoria fotográfica —respondió, como si fuera obvio.
Volví la mirada al espejo.
El vestido, las joyas, los zapatos.
—No me digas que tú mismo elegiste todo esto —repliqué, alzando una ceja.
Se inclinó hacia mí y sentí su aliento tibio rozarme el oído.
—Soy rico, Lina. Muy rico. Por eso tengo gente que lo hace por mí —dijo, casi con indiferencia—. Pero sabía que te quedaría perfecto.
Negué con la cabeza.
—No puedo aceptar todo esto…
Su risa corta me interrumpió antes de que pudiera terminar la frase.
—Oh, Lina Taylor —musitó con un dejo de burla, ladeando la cabeza—. La periodista que no puede aceptar un pequeño regalo, pero no tiene problemas en aceptar una dinámica poco convencional con su jefe provisional. Deberías revisar tus ideales; son bastante contradictorios y cuestionables.
Antes de que pudiera replicar, sentí el roce de sus dedos en mi cuello.
—Tu cuello… —murmuró.
Sus dedos subieron con una delicadeza calculada, deteniéndose justo en la curva.
—Se ve más largo con el cabello recogido.
Intenté que mi cuerpo no temblara, pero sentí el calor subir a mis mejillas.
—¿Así te gusta más?
Sonrió apenas, dejándome una sensación extraña en el estómago.
¿Mariposas?
—Me gusta más cuando tu cabello está enredado en mis manos.
Un escalofrío me recorrió la columna.
—Juguemos a un pequeño juego —propuso de repente, con la voz baja.
No aparté la mirada.
—¿Qué clase de juego?
—El juego de la obediencia —respondió, acortando la distancia hasta que sentí su aliento mezclarse con el mío.
Me gustaba su aliento a whisky.
—Hablarás solo cuando yo te lo ordene —añadió, sin apartar los ojos de los míos.
Solté una risa suave, casi incrédula.
—¿Y cómo piensas hacer que me calle? —inquirí, divertida.
No respondió de inmediato. Se limitó a observarme.
—Tienes el mal hábito de ser demasiado sociable, ¿te lo han dicho alguna vez? —murmuró, con un reproche sutil en la voz—. Y no me gusta que hables con otros hombres.
—¿Qué? Eso es ridículo, Víktor. No puedo cambiar lo que soy. Me gusta ser sociable, me gusta hablar con la gente. Deberías intentarlo alguna vez, más allá de solo fingirlo. Ser amable no es difícil.
Su mirada se endureció.
—Lina, juguemos este juego. Te gustará. Te lo prometo.
—Está bien, ¿cómo piensas hacer que me calle? A ver, ilumíname.
Sonrió ampliamente y sacó algo del bolsillo. Cuando entendí lo que tenía en la mano, contuve la respiración.
—Separa las piernas. Inclínate un poco —ordenó.
Obedecí, apoyando las manos en el espejo y separando las piernas tal como había indicado.
Sentí el frío del cristal bajo los dedos y un calor creciente entre mis muslos. Lo vi descender hasta quedar en cuclillas detrás de mí.
Su mano subió despacio por mi pierna.
Colocó un pequeño vibrador contra mi sexo. Sus dedos rozaron mi clítoris y un estremecimiento me atravesó el cuerpo. Luego, con la misma calma, acomodó el vestido y se enderezó a mi espalda.
—¿Qué diablos hiciste? —alcancé a murmurar, sin poder evitar la excitación en la voz.
Antes de que pudiera decir algo más, el vibrador se encendió. Un espasmo me hizo apoyar con más fuerza las manos contra el espejo mientras me mordía el labio inferior para no gemir.
—¿Pretendes que yo salga a la calle con eso?
—Es el juego de la obediencia —replicó, con una sonrisa aún más amplia—. Hablarás solo cuando yo te lo permita. Si hablas sin mi permiso…
Antes de que terminara la frase, lo encendió de nuevo y mi cuerpo respondió con otro espasmo involuntario.
Lo apagó después de unos segundos. El silencio quedó ocupado por mi respiración agitada.
—Qué bonita te ves cuando tiemblas.
Me tendió el brazo, con la mirada fija en la mía, esperando que me aferrara a él.
✽✽✽
Caminaba unos pasos detrás de Víktor, intentando hacerlo con normalidad mientras el vibrador entre mis piernas hacía crecer mi ansiedad.
Sentí su mano en la parte baja de mi espalda, una presión ligera pero firme que me guió hacia adelante hasta hacerme quedar a su lado.
Al entrar, mis ojos recorrieron el lugar de inmediato.
Paredes blancas. Luces tenues acentuando cada cuadro. Un murmullo constante de voces y personas desplazándose de un lado a otro con copas en la mano.
No era la primera vez que entraba en una galería, pero hasta entonces siempre había sido por trabajo. Cubrir exposiciones, tomar notas, fingir que entendía la mitad de lo que decía el artista.
Miré de reojo a Víktor, que parecía completamente relajado.
Realmente debe gustarte mucho el arte.
De repente, una voz femenina sonó muy cerca.
Me giré y vi a una mujer delgada, de porte refinado, con el cabello oscuro cortado en un bob que le rozaba justo por debajo de las orejas y unas líneas de expresión sutiles alrededor de los ojos y la boca.
—¡Víktor! —exclamó con una sonrisa.
Se acercó con una soltura elegante, las caderas marcando apenas el paso, y le dio dos besos al aire, uno a cada lado del rostro.
Su perfume amaderado llenó el espacio.
Entiendo, tu objetivo es no pasar desapercibida, ¿cierto?
Había algo en la forma en que sus ojos se quedaban en él que me hizo sentir extrañamente inquieta.
Finalmente, me dedicó una mirada, recorriéndome de arriba abajo con indiferencia.
—¿Y quién es tu acompañante, querido? —preguntó en un tono tan casual que ni siquiera intentaba ocultar que la respuesta le daba igual.
Él giró la cabeza hacia mí.
—Es una amiga —repuso, con una ligereza casi burlona.
¿Soy una amiga?
Por supuesto que eres una amiga, Lina.
Los pensamientos se me amontonaron. No sabía qué era peor: no poder abrir la boca sin su permiso o lo que flotaba en el aire cada vez que esos dos cruzaban miradas.
Ella arqueó una ceja y, con una sonrisa imposible de descifrar, se inclinó un poco hacia él.
—Has estado ausente demasiado tiempo, querido —dijo, con un reproche disfrazado de coquetería—. Todavía espero esa llamada, por los viejos tiempos.
—He estado ocupado —respondió.
Ella soltó una risa suave.
—Trabajas demasiado. Igual que tu padre.
—Los negocios no aguardan.
—No —murmuró, ladeando apenas la cabeza—. Pero algunas llamadas sí.
Le lanzó una última mirada, lenta y cargada de una confianza que me hizo apretar los dientes, y luego se despidió con un leve gesto.
Sentí cómo se me tensaba el cuerpo. Cada vez que Víktor me miraba, tenía la clara sensación de que estaba disfrutando de mi incomodidad.
—Habla —ordenó.
Lo miré, frustrada. La molestia se iba transformando en algo más cercano al enfado.
—Parecen muy afectuosos —solté, sin poder ocultar el tono ácido.
Soltó una risotada, como si yo fuera su chiste personal.
—Era una de las amantes de mi padre —respondió con una naturalidad que tardé unos segundos en procesar.
—¿Tu padre tenía amantes?
Dejó escapar una breve risa irónica.
—Las personas solo ven lo que quieren ver.
—Pero… —comencé, insegura—. Lo que se sabe de tu padre es que era un hombre de valores. Que amaba profundamente a su esposa.
Me miró en silencio durante unos segundos. Luego me dio un suave golpecito en la nariz, como si acabara de decir algo ingenuo.
—Cierto. Eres muy inteligente, Lina —comentó.
Aunque mis ojos se movían de una obra a otra, mi mente seguía anclada a la revelación de hacía unos minutos. Pero antes de que pudiera seguir dándole vueltas, se detuvo frente a una pintura.
Era una explosión de colores oscuros.
Lo observé. Había un interés genuino en su rostro, algo que no le había visto hasta entonces.
Sin apartar la mirada del cuadro, preguntó en voz baja:
—¿Qué te hace sentir?
—No lo sé. Hay algo violento en ella. Te dije que no soy buena observando arte.
—No necesitas un ojo crítico para entender una herida —continuó, con la mirada fija en el cuadro—.
Mira los trazos. No buscan armonía, buscan romperla.
Los colores parecen contenidos a la fuerza, como si el artista hubiera intentado ordenar algo que, por naturaleza, no podía ordenarse.
La pintura no está pidiendo ser bella, está exigiendo ser escuchada.
Guardé silencio.
—Es la obra de un artista que perdió a su madre cuando era joven —añadió—. Creció con un padre alcohólico y con carencias económicas. Esta pintura fue su forma de gritar todo lo que no pudo decir.
—Oh, Dios. Eso es muy triste.
—Espera, que mejora.
—¿En serio?
—Murió antes de ser famoso. Sus pinturas ahora valen miles de dólares.
Me mordí el labio, exasperada.
—Dios, sí que eres inhumano.
—A la sociedad le gusta el morbo, Lina. Los muertos venden mejor.
Antes de que pudiera replicar, un camarero se acercó a nosotros con una bandeja de champán.
—Gracias —dije con una sonrisa, tomando una copa.
Sentí de inmediato la mirada de Víktor sobre mí.
Antes siquiera de que pudiera reaccionar, la vibración me golpeó por sorpresa. La copa tembló entre mis dedos y Víktor reaccionó al instante. Me la quitó de la mano y rodeó mi cintura con una calma fría, acercándome a su cuerpo para ocultar mi temblor ante los demás.
—Lina, ¿qué dijimos de ser simpática con otros hombres?
—Educación no es lo mismo que simpatía, Víktor —repliqué en un tono áspero.
Su boca se inclinó apenas, como si mi respuesta le divirtiera.
—No veo la diferencia.
El trayecto de regreso fue corto, pero mi cabeza seguía atrapada en lo mismo: lo fácil que le resultaba descolocarme.
Obedecer sin protestar tenía algo de humillación.
Y, para mi desgracia, una parte de mí quería repetirlo.
Cuando llegamos a su departamento, no dije una palabra. Caminé delante de él sin mirarlo. Sentía la molestia arder bajo la piel.
Me dirigí directamente a la habitación y cerré la puerta con fuerza.
Apenas habían pasado unos segundos cuando tocó.
—¿Lina?
Su voz sonó suave. Demasiado suave. Como si la noche no hubiese estado plagada de su maldito humor retorcido.
—Lina, por favor, hablemos.
Solté un suspiro.
Me levanté de la cama y abrí la puerta. Luego volví a sentarme, con los brazos cruzados.
No pensaba ponérselo fácil esta vez.
El vibrador estaba sobre la cómoda, lejos de mi cuerpo.
Pero la sensación aún me latía entre las piernas.
Sonrió mientras se acercaba. Dejó un vaso con alcohol en la cómoda, al lado del vibrador. Luego se detuvo frente a mí.
—¿Cómo la pasaste? —preguntó, tomando entre sus dedos un mechón rebelde que no dejaba de soltarse.
Lo dejó resbalar lentamente.
Solté mi cabello, dejando que cayera sobre mis hombros.
—Dime tú, Víktor —repliqué en un tono de irritación que apenas contenía—. ¿Te divertiste?
—Mucho —confesó sin una pizca de culpa—. Fue una noche entretenida, especialmente cuando te retorcías.
Se inclinó un poco más, bajando la voz hasta ese tono suyo, tan templado como afilado.
—No lo sé —añadió, como si lo pensara realmente—. Tengo curiosidad.
Su mirada descendió despacio.
—¿Qué tan mojada estás ahora?
Mis mejillas ardieron, traicionándome.
Me odié por reaccionar así.
Antes de que pudiera decir algo, me empujó hacia atrás. Mi espalda tocó el colchón y, en un segundo, su cuerpo ya estaba encima del mío.
Sujetó mis muñecas y las llevó por encima de mi cabeza. Mi respiración se aceleró al instante.
Evité mirarlo a los ojos.
—¿Por qué me evitas, Lina? Puedes estar molesta, pero tu cuerpo me dice lo contrario.
Un estremecimiento recorrió mi columna, haciéndome temblar debajo de él.
¿Lo sintió?
Claro que lo sintió.
—¿Tú y esa mujer? —solté con la voz más firme de lo que esperaba—. La francesa.
Dejó escapar una carcajada divertida y sus ojos brillaron con una chispa casi infantil.
—Ah, ya veo —repuso en un tono burlón, como si acabara de confirmar una sospecha—. No estás molesta, estás celosa.
Lo miré con firmeza.
No eran celos.
No podían ser celos.
—No son celos. Es curiosidad. Las personas tienen curiosidad sobre la vida de los demás. Y yo tengo mucha curiosidad sobre la tuya, porque estoy escribiendo sobre ella —repliqué mientras sus labios comenzaban a bajar por mi cuello.
—¿Sí? —murmuró sin detenerse—. ¿Por qué negarlo? Tuvimos algo, si eso es lo que quieres saber.
—¿Algo? —repetí, sintiendo una punzada de rabia.
¿Por qué me sentía así?
—¿Qué tan perturbado debes estar para enredarte con la que fue amante de tu padre?
Su risa resonó contra mi pecho.
—Muy perturbado, Lina. Muy perturbado. Pero no he hecho con ninguna lo que estoy a punto de hacer contigo.
Sus manos bajaron por mi costado y luego levantó el vestido con la misma calma con la que a veces desarmaba mis argumentos.
Su cabeza descendió y, un instante después, lo sentí entre mis piernas, explorándome con la boca.
El aliento se me quedó atrapado en la garganta.
Cada movimiento de su lengua arrancaba de mi cuerpo una respuesta inmediata.
Sin darme cuenta, mis dedos ya se habían enredado en su cabello.
—Puedes tocarme —murmuró—. Todo lo que quieras.
Mis dedos se aferraron con fuerza a su cabello, guiándolo instintivamente, mientras él me sujetaba las caderas.
Su nombre escapó de mis labios y ya no pude contenerme.