Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 43 Demasiado guapa
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Capítulo 43 Demasiado guapa

Sus pies apenas rozaban el suelo. Tenía las muñecas atadas por encima de la cabeza, obligándola a mantenerse abierta para mí.

El ritmo acelerado de su respiración llenaba el silencio, y esa respuesta inmediata me encendía por dentro.

Deslicé las manos por sus costados, despacio, desde las costillas hasta el vientre.

Cuando la vara rozó su piel por primera vez, sentí el temblor en sus muslos y escuché el gemido que se le escapó antes de que pudiera contenerlo.

—Recuerda: solo funciona si confías en mí. Si sueltas el resto.

Levanté la vara y la apoyé en la base de su nuca. La hice descender despacio por su columna, hasta detenerme en la parte baja de su espalda.

La sentí tensarse, esperando el golpe.

Pero apenas la rocé.

El aire se le quedó a mitad de camino. De sus labios escapó una exhalación cortada.

Aparté la vara y volví a recorrerla, esta vez desde los tobillos. Subí lentamente por la parte interna de sus muslos, rozando su centro antes de continuar por el contorno de su trasero.

Me detuve otra vez en la parte baja de su espalda.

La deslicé una vez sobre la piel, a modo de aviso.

Y entonces golpeé.

Un gemido le llenó la garganta.

Sus caderas se impulsaron hacia adelante, buscando un punto de apoyo que no existía, y tuvo que alzarse de puntillas para sostenerse.

—Eres hermosa cuando cedes —murmuré—. Cuando te quedas quieta y obedeces.

✽✽✽

No podía concentrarme en los documentos. Había leído la misma línea tres veces y seguía sin saber qué decía.

La había dejado descansar hacía un par de horas y, aun así, la necesidad de acercarme, de tomar todo de ella, no desaparecía.

Respiré hondo y volví a intentarlo.

Inútil.

Finalmente me levanté. Seguir fingiendo concentración resultaba ridículo.

Entré en la habitación sin hacer ruido y me detuve junto a la cama. Aparté con cuidado un mechón de cabello de su rostro.

¿Qué diablos estás haciendo conmigo?

Me incliné un poco más, acercando el rostro al suyo. Su olor me alcanzó de inmediato.

Por un segundo me sentí demasiado expuesto.

¿Qué tienes de especial?

Si eres bastante corriente. No sabes cuándo detenerte y tienes la irritante costumbre de meterte donde nadie te llama.

También demasiado guapa para tu propio bien.

Se movió y abrió los ojos poco a poco, todavía adormilada. Al descubrirme observándola, parpadeó un par de veces antes de dejar escapar un suspiro.

—Eres una especie de acosador… —replicó en voz suave, todavía adormilada.

—Oh, vaya. Lo dice la chica que necesita saber sobre la vida de los demás para poder comer.

—¿Qué hora es?

—El sol se está ocultando —respondí, sin apartar la mirada de ella—. No puedo dejar de mirarte. Eres demasiado guapa.

Sonrió.

—Gracias… supongo.

—No. —Negué con la cabeza.

No era un cumplido, no del todo.

Sigues pensando que digo ese tipo de cosas en broma.

—Es un problema, porque no solo yo lo veo. Otros también te miran, Lina. Y eso no me gusta en absoluto. Pero bueno, ¿qué opinas de salir?

Parpadeó, algo desconcertada por la pregunta.

Te pregunto porque se supone que debería fingir que me importa tu opinión, ¿no?

—¿Salir? ¿A dónde?

—¿Te gusta el arte? —inquirí, levantando una ceja mientras me incorporaba un poco.

—No lo sé… Nunca he sabido muy bien qué mirar —admitió, con una leve sonrisa.

—Tranquila. Estoy aquí para enseñarte. Y no solo sobre arte.

Sus ojos brillaron por un segundo.

Me alejé de la cama antes de terminar quedándome allí más tiempo del necesario.

—Prepárate. Salimos en una hora. Te espero en la sala.

—Está bien.

—Por cierto, Lina…

—¿Sí?

—Hay ropa en el clóset.