Capítulo 42 Lo complique un poco
Llevábamos ya un buen rato en el restaurante, con los platos vacíos y un par de tazas de café enfriándose frente a nosotras.
—Lina, repíteme lo del anillo otra vez…
Solté un suspiro exasperado. Ya era la tercera vez que lo preguntaba.
—Kat, ya te lo dije, no sale.
—¿No sale?
—No, no sale —repetí, moviendo el dedo para demostrárselo.
—¿Entonces estás segura de que no te casaste en Las Vegas con Víktor Arlov?
—Dios, Kat… Creo que recordaría si me hubiera casado con alguien. Y el anillo ni siquiera es mío. Como su asistente personal, fui a una joyería con mi jefe provisional y él compró un anillo para su madre.
—Entonces así te dice —bromeó, soltando una carcajada.
—Hizo que me lo probara. Sé que no tiene mucha lógica y fue una solicitud muy rara, pero eso fue lo que pasó. Así que deja de mirarme así.
—Está bien, está bien. Cambiemos de tema —concedió, aunque la sonrisa divertida seguía asomándose en sus labios.
—Te lo agradezco.
Había usado el tema del anillo para mantener la conversación en la superficie, pero sabía que no iba a poder esquivar lo inevitable por mucho tiempo. Aun así, mientras hablábamos, no pude dejar de notar cómo Kat seguía ignorando las insistentes llamadas que recibía.
Quizás yo no era la única con cosas pendientes por resolver.
—Te están llamando con mucha insistencia, ¿no? —comenté, mirando cómo el teléfono volvía a vibrar sobre la mesa.
Lo tomó, miró la pantalla y lo silenció. Ni siquiera intentó disimular la irritación cuando dejó el móvil a un lado.
—No tengo el número registrado —dijo, con una mueca de fastidio—. Pero probablemente sea mi hermana… o mi padre.
—¿Samantha? ¿Volvió a tu vida?
Soltó una risa seca que se apagó rápido, sin llegar a la sonrisa.
—¿Volver? Ni aunque me pagara. Bueno, quizá si tuviera mucho dinero tendría que pensarlo, pero no es el caso —respondió, con ese tono desenfadado.
—Es tu hermana, Kat. Quizás esta vez…
Me interrumpió, agitando la mano frente a mí como si quisiera borrar el tema del aire.
—Está en un programa de Alcohólicos Anónimos. Uno de esos pasos es pedir disculpas a la gente que dañaste. Quiere redimirse por lo que hizo en el funeral de mamá: robarse todas sus joyas, venderlas por nada y dejarme sin recuerdos de ella. Ahora cree que pedir perdón va a arreglar todo.
Abrí la boca para insistir, pero negó con una firmeza que no admitía discusión.
—Tal vez deberías darle una oportunidad… Quizá esta vez sea diferente.
Negó de nuevo, esta vez con más convicción.
—Mi madre pasó sus últimos días en un hospital, agitada, con dolor y preocupada por Samantha hasta el final. Mi padre puede que le crea, pero yo no. No pienso dejar que me engañe otra vez. Somos lo que somos, Lina. Que le den a esa adicta. Las personas no cambian; solo se disfrazan.
—Kat…
—Lina, no estamos aquí para hablar de mis problemas —me cortó, inclinándose hacia adelante—, sino de los tuyos, que son mucho más interesantes.
Apoyó la barbilla en las manos, con los ojos fijos en mí, esperando. Su sonrisa era expectante, casi traviesa.
—Así que dime… ¿qué pasa con ese ser guapo, casi inmortal, que nunca sonríe y aun así sigue siendo jodidamente atractivo? Y que, además, hace solicitudes muy extrañas, como probarte un anillo en el dedo anular.
Sentí un nudo en la garganta. Sabía que la conversación terminaría girando hacia él, pero eso no hacía más fácil encontrar las palabras.
—Él sí sonríe, Kat… solo que su sonrisa es calculada, planeada, como si estuviera en un libreto.
Desvié la mirada hacia la taza, jugueteando con el borde un momento, como si eso pudiera distraerme de la presión en el pecho.
—Y es muy bonita… su sonrisa, quiero decir —añadí, apretando los labios antes de seguir—. Y creo que… lo he complicado todo.
—¿Cómo lo has complicado, Lina? —preguntó, con una expresión que gritaba «era obvio»—. Si es lo que estoy pensando… dime.
—Creo que siento algo por Víktor Arlov —admití, bajando la voz hasta casi un susurro.
En cuanto lo dije en voz alta, todo se sintió más real. Y más complicado.
Alzó las cejas y apretó los labios en una media sonrisa, un tanto crítica.
—Bueno, tú… y casi todas las mujeres de Nueva York, querida.
—No, Kat, no es solo atracción. Es algo más profundo…
—¡Lina! Joder —exclamó en un tono de puro reproche—. Todo lo que tenías que hacer era acercarte al CEO, follártelo si así lo querías, conseguir tu artículo y salir de ahí. ¿Te enseñé algo o nada en estos años?
Le hice un gesto para que bajara la voz.
—Primero, no sé cómo pasó —admití, con la ansiedad subiéndome por la garganta—. Segundo, deja de imitar a mi madre.
—No puedo hacer eso, Lina; adoro el acento de tu madre y la forma en la que te regaña —se burló—. Me da vida.
—Está bien. Lo importante es que estoy consciente. Sé que Víktor no es el tipo de hombre que va a prometerme amor eterno ni nada por el estilo. Y tampoco estoy segura de querer eso.
Me sostuvo la mirada, como si desmenuzara cada palabra.
—Está bien… —dijo al cabo de un largo silencio—. Pero dime algo, ¿qué pasa con el artículo? ¿Vas a renunciar a todo?
Bajé la vista hacia la taza, sintiendo el calor subir a las mejillas.
—Yo no… no creo que escribir sobre él vaya a dañar su imagen. No si lo hago con la profundidad que siempre quise desde el principio. Es solo que no sé cómo reaccionaría si lo expusiera. Hay mucha oscuridad rodeando a Víktor Arlov.
—Lina, no puedes arruinar tu carrera por esto —repuso, con una firmeza tranquila—. Él no es un héroe en apuros. Si está dañado, necesita terapia, no que tú lo arregles. Y no puedes mentirte creyendo que vas a ser su salvadora.
Me quedé callada.
—Creo que no lo has complicado, Lina —añadió, más suave—. Creo que te has enamorado por primera vez.
—Yo… tienes razón —reconocí. No tenía sentido seguir autoengañándome—. Solo que no es tan fácil cuando eres tú quien está en medio de todo.
—Lo sé, Lina —suspiró—. Solo te pido que pienses en ti primero. Siempre en ti. Porque una vez que te pierdes por alguien más… no hay vuelta atrás.
✽✽✽
Un rato después, ya iba de camino a casa.
Estaba decidida a poner mis pensamientos en orden.
Tenía razón. Solo necesitaba un poco de distancia, unas cuantas horas lejos de él, tal vez un día, para recuperar el sentido común.
El taxi se detuvo y, cuando bajé del coche, una presencia inesperada me hizo frenar. El corazón me dio un vuelco y mi sentido común se desmoronó.
—¿Víktor? ¿Qué haces aquí?
No respondió de inmediato. Simplemente me observó durante unos segundos que parecieron eternos.
—Estoy aquí porque esta es tu casa, Lina. Es donde se supone que deberías estar, y no estabas. ¿Qué parte de «tómate el día y ve a casa» no entendiste?
—¿Qué? —repliqué, confundida y un poco molesta—. Cuando le das el día libre a alguien, esa persona puede hacer lo que le plazca con su tiempo. Lo entiendes, ¿verdad?
Cerró los ojos un segundo, como si intentara contenerse. Parecía casi desgastado por algo más allá de nuestra discusión.
—Lo lamento —murmuró de repente y, antes de que pudiera procesarlo, dio un paso hacia mí y, en un movimiento inesperado, apoyó la cabeza en mi hombro—. Lina…
Me quedé inmóvil, sin saber qué hacer. Verlo así, vulnerable, me desarmó.
—Víktor… —susurré, sintiendo el peso de su tensión contra mi cuerpo.
Lentamente levanté las manos y las llevé a su rostro, tomándolo entre ellas. Lo obligué a mirarme, a clavar esos ojos azules, tan profundos, en los míos.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—¿Dónde estabas, Lina?
—Salí a almorzar con una amiga —respondí, sin romper el contacto visual—. Kat… Katherine Churchman. Trabaja en la revista conmigo.
—¿Estabas en la revista?
—Sí, aún trabajo allí, ¿recuerdas?
—Sí, cierto. Todavía trabajas allí…
Hubo un silencio largo y luego, como si tomara una decisión repentina, habló de nuevo.
—Lina… volvamos a mi departamento.
—¿Qué? ¿No prefieres entrar?
—No —respondió enseguida, negando con la cabeza—. Volvamos a mi departamento. Quédate conmigo unos días.
—¿Qué? Víktor, no puedo simplemente… Además, tienes trabajo…
—Puedes —me interrumpió, con la voz más firme esta vez—. Soy el jefe. Puedo hacer lo que quiera. Solo te pido que te quedes conmigo. Unos días. Uno o dos días, nada más. ¿Podrías hacer eso por mí?
Me sostuvo la mirada con esa intensidad que volvía todo en mi cabeza un torbellino.
—Víktor…
—Empaca algunas cosas y vámonos —repitió, más suave—. Solo unos días. Eso es todo lo que te pido.
Suspiré, sabiendo que, de alguna manera, la decisión ya estaba tomada antes de que yo misma lo admitiera.
—Está bien. Solo un día…
—Gracias.