Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 41 Nueve días
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Capítulo 41 Nueve días

Caminaba por el pasillo principal de la editorial con las miradas de mis colegas posándose sobre mí.

—¡Lina! —Escuché la voz del encargado de diseño gráfico mientras me saludaba con un gesto animado desde su escritorio—. Mira quién ha decidido aparecerse por aquí.

—No pueden deshacerse de mí ni aunque lo intenten —respondí con un tono ligero, devolviéndole la sonrisa.

A medida que avanzaba, iba saludando casi en automático, con la misma energía de siempre.

Me detuve un instante a observar el espacio tan conocido: los correos pendientes, las notas de sociedad, las fotos de fiestas pegadas en los tableros.

Durante dos años me repetí que esto era temporal, que algún día haría algo que pesara de verdad.

Reportajes, historias incómodas, no crónicas de ricos aburridos con demasiado champán.

Víktor Arlov era mi boleto. Ese era el trato silencioso que había hecho conmigo misma. Aguantar un mes como su asistente, conseguir acceso, escribir el perfil que nadie más podría conseguir. Algo lo bastante sólido como para tocar la puerta de un medio serio.

Y, sin embargo, aquí estaba, caminando de vuelta hacia mi diminuta oficina, con la sensación ridícula de haber perdido el rumbo. No porque él me hubiera echado, sino porque en algún punto dejé de verlo solo como tema, y eso lo complicaba todo.

Cuando crucé el umbral, el lugar se sintió aún más pequeño que de costumbre. Pensar que tuve que pelear por esta oficina con otros tres redactores y convencer a Daniels de que merecía algo más que un cubículo.

Me dejé caer en la silla, apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos unos segundos. El ruido de la redacción quedó lejos, como si alguien hubiera bajado el volumen de golpe.

Estaba en eso cuando una voz familiar me sacó del trance.

—Lina, ¿qué diablos pasa contigo? —La voz de Kat me hizo abrir los ojos de inmediato—. Te he estado llamando desde ayer y te mandé como mil mensajes. ¿Por qué no respondes? ¿Y por qué no me dijiste que ibas a pasar por aquí?

Alcé la mirada y la encontré de pie frente a mí, con los brazos en jarra y una irritación apenas disimulada en el rostro.

—Kat… no he visto nada.

Arqueó una ceja, como si no me creyera ni una palabra, y se dejó caer en la esquina de mi escritorio, cruzando los brazos.

—¿Nada? ¿Desde ayer? —insistió mientras yo sacaba el teléfono para mostrarle mi bandeja de entrada vacía.

Fue entonces cuando vi la pequeña avioneta en la esquina superior de la pantalla.

—Joder… —murmuré, quitando el modo avión.

En cuanto lo hice, la pantalla empezó a llenarse de notificaciones una detrás de otra.

—¿Ves? —Se echó a reír mientras yo negaba con la cabeza—. Eso te pasa por no tener la cabeza en su sitio. Estás en las nubes últimamente. ¿Todo bien?

Solté un suspiro hondo y me dejé caer otra vez contra el respaldo de la silla.

—Adivina qué —dije, intentando restarle importancia al asunto.

Kat entrecerró los ojos, inclinándose hacia mí con expectativa.

—¿Qué?

—Hoy conocí a Dimitri Arlov —respondí, observando su reacción.

Su rostro se iluminó y sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Qué? ¡¿Dimitri Arlov?! —exclamó—. Oh, Dios. Ese chico es hermoso. Estoy impaciente por ver su película. Dime, ¿es tan guapo como parece en las revistas? Porque en las fotos se ve como un maldito dios griego.

No pude evitar reír ante su entusiasmo.

—Mucho —admití, negando con la cabeza, con una pequeña sonrisa cómplice.

—¿Y es una diva? Porque es lo que se rumora últimamente.

Su coprotagonista no lo mencionó por su nombre en una entrevista que le hicieron hace unas semanas, pero dijo que la escena más caótica que ha tenido que grabar con alguien fue en una piscina.

No entró en detalles, pero no hay que ser un genio para saber que hablaba de él.

—Vaya… No lo sé, no me dio esa impresión, aunque sí es un poco… animado. Un contraste muy distinto a su hermano. Parece que va de fiesta seguido. En especial a clubes.

—Así que tendré que empezar a ir a los mejores clubes de Nueva York.

Sonrió como una niña que acaba de recibir el mejor regalo, pero luego me miró con más atención y su expresión cambió.

—Espera… ¿qué pasa? No pareces muy emocionada por haber conocido a una estrella de cine —comentó, con su sarcasmo habitual.

Antes de que pudiera responder, un toque en la puerta interrumpió el momento.

—¿Mis ojos me engañan o mi mejor periodista de The NY Socialite ha vuelto?

La voz de Daniels llenó el espacio antes de que apareciera en la puerta, con esa sonrisa amable que siempre traía consigo.

—Daniels… —murmuré, sorprendida por su aparición.

Apenas cruzó la puerta, se acercó y me envolvió en un cálido abrazo.

—Te extrañé demasiado, Lina. Cada vez que te vas, no puedo dejar de extrañarte. ¿Qué voy a hacer sin ti? —bromeó, sin soltarme del todo.

Cuando por fin aflojó el abrazo, me dedicó una sonrisa y se dejó caer en la silla frente a mi escritorio.

—Vamos… ¿Qué están planeando ustedes dos? ¿Derrocar un gobierno? —bromeó, mirando a Kat y luego a mí con esa chispa divertida que le salía cuando estaba en su modo más relajado—. ¿Buscar la cura para el cáncer? Ya saben, cosas normales de chicas.

Kat rió y se acomodó un poco más en el borde del escritorio.

—Estábamos planeando ir a almorzar —respondió, lanzándome una mirada rápida.

—Perfecto —exclamó Daniels, dando un pequeño respingo—. Yo las acompaño. Me vendría bien salir de este lugar un rato. Jessy me persigue por todos lados. El chico es un perfeccionista y quiere justificar su sueldo —añadió, con una sonrisa que mezclaba humor y exasperación.

Noté que Kat se movía un poco incómoda. Aunque seguía sonriendo, podía notar que quería hablar conmigo a solas y la presencia de Daniels lo complicaba.

Claro. Era el tipo de momento en el que ella montaría una intervención. Lo cual era absurdo. Yo no necesitaba una intervención.

Abrí la boca para decir algo, pero Kat se adelantó, rápida y directa.

—Daniels, me encantaría que nos acompañaras, pero primero tenemos que pasar por el centro comercial. Me vendría bien una segunda opinión sobre el nuevo consolador que quiero comprar —soltó con total naturalidad, cruzando las piernas y mirándolo con una inocencia fingida.

Los ojos de Daniels se abrieron de golpe y su sonrisa se le borró por un segundo.

—Entiendo… Es mi señal para retirarme —respondió, levantando las manos en gesto de rendición.

Kat lo miró con una sonrisa traviesa y se inclinó un poco hacia él.

—Vamos, Daniels. No te vayas tan rápido. ¿Qué mejor que un hombre para decirme qué clase de consolador debería comprar? ¿O cuáles serían el tamaño y el grosor adecuados? —insistió, alargando la broma, claramente disfrutando de su incomodidad.

Él soltó una risotada nerviosa mientras se ponía de pie y sacudía la cabeza.

—Kat, créeme, lo entiendo. Este es mi momento para alejarme.

Nos sonrió a ambas y, antes de irse, se inclinó hacia mí una vez más para darme otro abrazo fuerte, uno que duró un par de segundos más de lo necesario.

—No te pierdas, Lina. Te extraño, ya sabes —susurró, apretándome contra su pecho. Y, antes de soltarme, añadió—: Solo faltan nueve días.

Cuando dijo esas palabras, sentí un nudo en el estómago.

La frase se me quedó dando vueltas en la cabeza mientras lo veía salir de la oficina.

Nueve días.

Nueve días y se acababa el contrato.

No más acuerdos raros, no más juegos de poder, no más cafés. No más Víktor.

Entonces, ¿por qué me sentía así, tan ansiosa?

—De verdad, no pierde una sola oportunidad para abrazarte, ¿eh? —comentó Kat, rompiendo el silencio, con una sonrisa automática—. Ya, vamos a almorzar —añadió, poniéndose de pie—. Tenemos mucho de qué hablar. Y siento que debo ponerte un alto. Por cierto, ya vi ese anillo.