Capítulo 40 Salvaguardar el apellido
Me quedé mirando la puerta por unos cuantos segundos.
La cara que puso cuando la eché. La decepción en su mirada fue casi suficiente para detenerme.
Casi.
Pero mantener los límites era necesario. Así funcionaba esta dinámica. Desde siempre.
Regresé a la sala, me serví un vaso de whisky y me dejé caer en el sillón.
A este ritmo, tal vez termine volviéndome alcohólico.
Dimitri. Siempre Dimitri, apareciendo cuando menos lo necesitaba, trayendo consigo ese caos que tanto le gustaba.
—Espero que no te importe, pero tomé algo de ropa.
Lo observé caminar hacia la cocina.
—¿Qué demonios pasó aquí? —preguntó, con una media sonrisa mientras se servía un vaso de agua.
Aún se percibía un leve olor a humo en el aire.
—Parece que pasó un huracán o algo.
Solté un suspiro, dando otro trago.
—Justamente eso fue.
Traté de controlar mi tono, aunque la irritación seguía presente.
Solté otro suspiro, más largo y cansado. Ya sabía en qué terminaría esta visita. Siempre era la misma rutina; imposible convivir, aunque él lo intentara.
—¿Qué haces aquí, Dimitri?
—¿Acaso no puedo visitar a mi hermano? —respondió, sonriendo de manera juguetona. Caminó hacia el sofá y se dejó caer de nuevo—. El rodaje terminó. Y pensé que podíamos pasar algo de tiempo de calidad. Ya sabes, como hacen los hermanos.
Levanté una ceja, sin molestarme en ocultar mi desprecio hacia ese plan.
—¿De verdad quieres hacer esto? —repliqué, dedicándole una mirada perezosa—. Te gusta fastidiarme, ¿verdad? No entiendo cuál es el problema con que mantengamos distancia.
Me miró un momento con esa simpatía y ese desdén que tanto me exasperaban.
—No es que me guste fastidiarte, Vík. Es solo que… somos hermanos. Y los hermanos pasan tiempo juntos, ¿no? —respondió, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Además, no vas a creer a quién me encontré en Roma…
—Dimitri, si no me lo dices, no me interesa adivinarlo —respondí, tomando otro sorbo.
Levantó las manos con fingida rendición.
—Bien, bien —resopló con diversión ante mi falta de entusiasmo.
Realmente no era mi intención ser así con él, pero los muros ya estaban demasiado altos.
—Una maquillista. De unos cincuenta y tantos…
—Ahora te gustan las mujeres mayores —lo interrumpí en tono burlón.
—¡Ja! —Dejó salir una carcajada—. No, la maquillista.
Aquella mujer me miró como si hubiera visto un fantasma y me preguntó si era hijo de Nikolay.
Le dije que sí, que era Dimitri Arlov. Y resulta que…
fue una de sus amantes. La manera en que hablaba de él…
Joder, Vík, era como si describiera a un santo.
Lo miré fijamente. No era la primera vez que una mujer del pasado de Nikolay aparecía.
—Y tiene un hijo. Su viva imagen, según ella —añadió, riendo mientras se acomodaba en el sofá—. Deberías cuidarte, Vík. Nunca sabes cuándo alguien puede aparecer llamando a tu puerta, reclamando su parte de la dinastía Arlov.
Aquello me descolocó un poco. Nikolay no solía ser descuidado. Porque si algo detestaba más que ser desafiado, eran los bastardos o cualquier cosa que se atreviera a manchar su apellido.
—Eso no es gracioso, Dimitri —respondí con la voz demasiado seria, pero él simplemente sonrió, como si mi irritación no fuera más que un entretenimiento.
—La chica es bonita —soltó de repente—. ¿Es tu novia?
Rodé los ojos. Nunca sabía cuándo parar.
—Es mi asistente —respondí, y sus ojos brillaron con burla.
—¿Tu asistente? —repitió, alzando las cejas con incredulidad—. Vaya. Entonces te coges a tu asistente y, además, a una que está casada. —Hizo un gesto vago, señalando el dedo anular.
—No está casada. Y lo que haga o no con mi asistente no es de tu incumbencia.
Se echó a reír, disfrutando del momento, pero había una dureza en su mirada.
—Tal como Nikolay, ¿no? —dijo con una sonrisa ladeada, cargada de resentimiento—. Todas sus asistentes tenían que pasar por su cama. Me alegra ver que sigues su legado tal cual…
Eso fue suficiente para hacerme perder la paciencia.
—Si estás intentando fraternizar, lo estás haciendo mal —apunté con un tono afilado, sentándome un poco más erguido—. Compararme con Nikolay no te va a llevar a ningún lugar.
—Tienes razón. Perdón. Pero, joder, a veces no puedo evitarlo. Eres tan jodidamente parecido a él, tan serio… tan…
Soltó una risa sin humor y su mirada se fijó en la mía con más seriedad de la que esperaba.
—Realmente no sé cuándo te volviste así, si éramos tan unidos.
Respiré hondo. No quería dejar que me afectara, pero la comparación siempre lograba que algo dentro de mí se quebrara.
—¿Qué diablos quieres de mí, Dimitri? —espeté finalmente, dejando salir la tensión acumulada—. ¿Qué diablos no te he dado ya? ¿Qué más quieres que haga por ti? ¿Qué más quieres que sacrifique? ¿No es suficiente lo que hice por ti y por Esther?
Mi voz se alzó de manera inconsciente y, aunque intentaba mantener el control, era imposible esconder el resentimiento.
No se inmutó. De hecho, parecía que lo había estado esperando.
—Oh, aquí vamos de nuevo —replicó en tono sarcástico, rodando los ojos—. El mártir Víktor Arlov. Una monja de la caridad. Y Esther y yo debemos estar eternamente agradecidos, ¿no? Y no tratar de pedirte más, un mínimo gesto de que por lo menos nos aprecias.
—Te di una cuenta a tu nombre con suficiente dinero para que no tuvieras que preocuparte por nada. No me eches la culpa por las decisiones de ese hombre.
—¿Qué decisiones, Víktor? —replicó, alzando la voz por primera vez—. ¿La de hacerme vivir siempre en tu sombra? Como un fantasma, como si estuviera muerto, o la de no dejarme ser nada más que el segundón mientras tú eras su maldita obra maestra.
Lo miré fijamente.
—¿Realmente querías la atención de ese monstruo? Yo te protegí, Dimitri. ¿Y ahora quieres que me disculpe por eso? ¿Por sacrificarme día tras día? ¿Por desviar su atención de ti? Yo hice lo que pude para que no te destruyera.
—¡Protegiste una mierda! —vociferó, y su rostro comenzó a enrojecer por la rabia—. ¡Todos sufrimos bajo las manos de Nikolay! No puedes actuar toda la vida como si hubieras sido el único que pasó por el infierno.
—¡No puedes venir aquí a reprocharme nada! Yo era un maldito niño. Te protegí a ti y a Esther, ¡hasta que ya no pude más! Me rompí los huesos por ti, por mi madre, sangré por ustedes, hasta que… decidí salvarnos. ¿No es suficiente?
Me observó en silencio, con la respiración agitada. Pero parecía que no tenía planes de detenerse.
—Nunca te hemos reprochado que te alejaras —repuso, tratando de calmarse—. Todos sufrimos. Pero yo sigo aquí. Esther sigue aquí. Luke, aunque ni siquiera te dignas a mirarlo. También tienes otro hermano. ¿O es que ya lo olvidaste?
Un repentino sentimiento de incomodidad brotó por unos segundos. No me gustaba hablar de Luke, no porque lo odiara, sino porque nunca supe cómo encajaba ese niño en mi vida.
—¿Cuándo fue la última vez que lo viste? —preguntó, observando mi reacción—. ¿En la cena de cumpleaños de mamá?
Guardé silencio y él lo tomó como una confirmación.
—Eres tan jodidamente egoísta que ni siquiera te diste cuenta de que Luke no estaba allí. Estaba en un campamento. Ni siquiera te importa.
Sentí una punzada de asombro, pero no lo mostré. No retrocedería.
—Oh, discúlpame por ser egoísta, Dimitri —repuse, con un sarcasmo renovado—.
Discúlpame por habernos liberado del monstruo que era Nikolay Arlov antes de que pudieras intentar estrechar lazos con papi.
Discúlpame por gestionar mis malditos traumas de violencia como pude.
Tú no tienes ni idea de lo que era estar en su mira todo el maldito tiempo. No sabes una mierda.
—Quiero entender, Víktor. Joder, quiero entender.
Porque yo también tengo mis demonios, mis traumas.
Las pesadillas. No puedo ni siquiera acercarme a una maldita piscina.
¿Sabes lo que es que te cataloguen como una diva porque no pude entrar en una maldita piscina y no puedo desmentir el rumor? Tal vez si lo hablamos…
Hizo una pausa, como si esperara algo de mí.
—¿Tal vez qué, Dimitri? —espeté, cansado de sus reproches—. ¿Tal vez así puedas dejar de drogarte? ¿O tal vez dejarás de ahogarte en alcohol y mujeres? Estoy jodidamente cansado de tener que vigilarte constantemente.
Soltó una carcajada escéptica.
—No lo haces porque te importe. Lo haces porque temes que arrastre el apellido Arlov a la mierda.
Ese apellido que tanto amas. ¿No lo ves?
Eres igual que él. Por eso sigues con esa mierda de honrar su maldito apellido —replicó, alzando la voz nuevamente—.
Ese maldito apellido Arlov que tanto te empeñas en salvaguardar.
¡Sigues rindiéndole homenaje a Nikolay! No importa cuánto lo niegues.
Aún sigues organizando esa estúpida fiesta de caridad anual que él comenzó.
Esa misma fiesta que usaba para mantener su fachada intachable, donde se paseaba como un maldito santo frente a los ricos mientras nos destruía por dentro.
—Eso no es un homenaje a él. Es para mantener la empresa y las relaciones con los socios. Si supieras algo sobre mantener a flote el maldito imperio familiar, lo entenderías.
—Oh, claro. El gran Víktor Arlov, salvaguardando el apellido, cuidando el legado para las futuras generaciones. Por favor.
—Perdona por ser una extensión de nuestro padre. Pero si de verdad crees que soy como él, ¿por qué diablos estás aquí?
Se quedó en silencio por un momento y luego soltó un largo suspiro.
—Creo que fue un error venir aquí.
—Sí, fue un maldito error.