Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 39 Tensión entre hermanos
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Capítulo 39 Tensión entre hermanos

Cuando crucé hacia la habitación, tuve la sensación de que algo había cambiado desde que apareció el hermano de Víktor.

Mientras me cambiaba, no pude evitar pensar en algo absurdo. Era irracional, lo sabía, pero aun así quería causar una buena primera impresión delante de él.

Desde la habitación escuchaba sus voces y, a medida que me acercaba al pasillo, la voz de Víktor sonaba más severa.

—¿Qué fue esta vez, Dimitri?

Me detuve en el pasillo, a unos pasos del salón.

—No me he metido nada, Víktor. Solo… ya sabes…

unas cuantas copas… —replicó, en un tono arrastrado—.

¿Puedes dejar de joderme… y… no sé, tratar de confiar en mí?

Llevo dos años limpio, ¿entiendes? Solo estaba en una fiesta con unos amigos…

Soy actor, es mi trabajo estar en la maldita palestra pública y…

y… además, a diferencia de ti, yo sí soy simpático.

Me quedé allí, dudando entre entrar o dar media vuelta. Al final, di un paso más y asomé la cabeza hacia el salón.

Víktor estaba de pie, con los brazos cruzados, observando a su hermano con un fastidio evidente; él, en cambio, estaba tirado en el sofá, con una sonrisa despreocupada.

Fue entonces cuando reparó en mí y me dedicó una mirada curiosa, casi divertida.

—Mucho gusto —saludó, poniéndose de pie con un ligero tambaleo antes de extenderme la mano y obligarme, de paso, a salir de mi escondite—. Me llamo Dimitri, pero mis amigos me dicen Dimi —añadió, con una sonrisa.

Por un momento me quedé atrapada en el gris de sus ojos.

Su atractivo era imposible de ignorar. Especialmente la sonrisa, marcada por un hoyuelo.

—Y cualquier amigo de Víktor es amigo mío.

—Dimitri… —intervino Víktor, con un tono de advertencia.

Se giró hacia él, divertido.

—Es bonita, Vík —soltó de repente—. ¿La tienes bien escondida de mamá, no? Sabes cuánto quiere conocer a alguna «novia» tuya. Y mira, tiene un anillo… —señaló con una risa suave, pero su comentario iba directo a incomodar.

Sentí el peso de la mirada de ambos sobre mí.

—Parece que la manzana no cae muy lejos del árbol —bromeó, con una mueca que más bien parecía un reproche.

—Cállate y ve a tomarte una maldita ducha —replicó Víktor entre dientes, con la mandíbula apretada.

Hizo un gesto exagerado, llevándose una mano al estómago como si fuera a vomitar, solo para reírse.

—Tranquilo, falsa alarma. No voy a vomitar aquí, sería demasiado vergonzoso delante de mi nueva amiga…

Se burló un poco más y, sin esperar respuesta, desapareció por el pasillo.

El silencio que dejó a su paso se sentía casi insoportable. Víktor soltó un largo resoplido y pasó una mano por su cabello.

—¿Lina? —llamó de repente, con la voz aún más fría y distante de lo habitual.

—¿Sí?

—Deberías irte. Tómate el día.

¿Estar aquí era trabajo?

No entendía nada.

—¿Qué…? —balbuceé, sin poder ocultar la confusión.

—Lina —repitió, esta vez más severo—. Vete. Alexei está abajo. Te llevará a tu casa. Te llamaré luego.

La desconexión en su voz me hizo sentir una punzada en el pecho. No había un ápice de emoción, solo distanciamiento.

Me estaba echando y lo hacía sin mirarme a los ojos.

Tomé mis cosas, sintiendo que todo lo que habíamos compartido se desvanecía en el aire, como si nunca hubiera sucedido.

Me acompañó a la puerta, pero su silencio solo acentuaba la posición de poder entre nosotros.

Cuando finalmente me despedí, no hubo respuesta de su parte. La puerta se cerró tras de mí, dejándome una sensación de vacío.

—Joder —susurré para mí misma mientras caminaba hacia el ascensor—. Ahí va mi desayuno en París.

Alexei me esperaba en la entrada. Subí al coche, intentando poner algo de orden en mi cabeza. La idea de regresar a casa y quedarme sola me resultaba insoportable. Todo lo que quería era alejarme de esa sensación de vacío, de rechazo.

—Alexei —dije, rompiendo el silencio mientras miraba por la ventana—. ¿Puedes desviarte y dejarme en la revista The NY Socialite? Por favor.

Noté una pausa antes de que respondiera, como si estuviera considerando si debía cumplir mi petición.

—El señor Arlov fue muy específico. Me pidió que la dejara en su casa.

Sentí un estallido de frustración.

—No soy propiedad del señor Arlov —repliqué—. Si no puedes llevarme, entiendo. Detén el coche. Tomaré un taxi. Después de todo, no puedo obligarte. No trabajas para mí.

Se mantuvo en silencio por unos segundos antes de asentir.

—Perdone, no fue mi intención hacerla sentir incómoda. Yo la llevaré, señorita Taylor.

Mientras el coche se desviaba hacia la revista, una sensación de nostalgia me envolvió. Volver a lo que conocía era lo único que podía devolverme algo de normalidad.

Necesitaba regresar a mi realidad.