Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 38 Desayuno
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Capítulo 38 Desayuno

El olor a café, mezclado con un ligero aroma a quemado, me obligó a abrir los ojos.

Me senté en el borde de la cama.

No había dormido con ella.

La intimidad que compartimos anoche ya había cruzado demasiados límites. Pasé una mano por mi cabello, sintiendo ese peso familiar acomodarse sobre mis hombros. Entonces el olor a quemado regresó, más intenso esta vez.

Me levanté y caminé hacia la cocina.

Lo primero que escuché fue una canción, pero enseguida dejó de importarme cuando mi atención se centró en su figura de espaldas, moviéndose con una espátula en una mano y un tazón en la otra.

Mi mirada bajó inevitablemente hacia su trasero.

Me descubrí sonriendo.

La escena era encantadora, pero ella era jodidamente peligrosa para mi cocina.

—¿Qué demonios estás haciendo?

Se sobresaltó y se giró de inmediato hacia mí, con esos ojos grandes y brillantes. Tenía salpicaduras de masa por todas partes, algunas gotas incluso en el cabello.

—¡Oh, Víktor, buenos días! —respondió, con una sonrisa animada—. Estoy preparando el desayuno: panqueques y huevos revueltos.

Me crucé de brazos, bastante irritado por el desorden.

—¿Desayuno? —Mi mirada recorrió el caos que la rodeaba—. ¿Estás segura de que no intentas incendiar mi cocina? Tal vez todo el maldito departamento.

Soltó una risotada y volvió la atención a la estufa, donde una masa que supuse era un panqueque empezaba a quemarse.

—No es para tanto, solo siéntate y déjame hacer esto —dijo con determinación, moviendo la sartén con demasiada confianza—. Ya me has alimentado bastante, ahora es mi turno. Además, estás demasiado delgado —añadió, en tono burlón—. ¿Cómo va tu salud?

Suspiré.

Su entusiasmo lograba, de algún modo, bajar mis defensas. Era todo lo opuesto a mi costumbre de soledad autoimpuesta.

Y lo odiaba.

—Lina, algo se está quemando —repliqué con seriedad.

Negó con la cabeza, levantando una mano para calmarme.

—No te preocupes. Solo se está cociendo. Créeme.

Suspiré otra vez, caminando hacia la sala para servirme un vaso de whisky.

—Por favor, Lina —alcé la voz, con una ligera advertencia—, vas a hacer que llamen a los bomberos.

Volvió a reírse, como si hubiese dicho un chiste. Y justo en ese instante algo comenzó a humear y, antes de que pudiera reaccionar, el detector de humo ya había empezado a sonar.

—¡Maldita sea!

Dio un pequeño grito y corrió hacia la sartén, pero yo fui más rápido, apagando la estufa mientras el maldito aparato seguía pitando.

La cocina ya estaba llena de humo.

—Sal de mi cocina antes de que termines quemando todo el jodido edificio —dije, silenciando el detector y abriendo las ventanas para que el humo escapara.

Se quedó quieta, mirándome con una expresión de perrito regañado.

Me acerqué, sujetándola por la cintura para sentarla sobre la encimera.

—¿Qué haces?

—¿No es obvio? —respondí mientras mis manos acariciaban su cintura y mis dedos se deslizaban por debajo de la camisa—. Te voy a sacar de aquí antes de que destruyas mi departamento…

Sonrió y sus ojos brillaron con picardía.

No sé qué diablos me estaba pasando con esta mujer.

—Creo que mejor vamos a desayunar afuera.

—¿Podríamos comer un omelette?

—Bien. ¿Qué tal si vamos a París por uno?

Se rió apenas.

—¿Hablas en serio? —preguntó, buscando algún rastro de humor en mis ojos.

—Nunca bromeo, Lina. ¿Te apetece desayunar en París, frente a la Torre Eiffel?

Se quedó en silencio y luego sentí sus labios sobre los míos, con un poco de fuerza y torpeza.

—¡Sí! ¡Dios, sí! Me encantaría —exclamó—. Pero antes debo limpiar este desastre.

—No te preocupes, la persona que hace el aseo lo hará.

—Creo que se molestará cuando vea todo el desastre que hice.

—Sin duda lo hará.

Basta, no puedo aguantar más.

Me quité la camiseta y la sostuve frente a ella.

—¿Qué estás haciendo?

La miré fijamente, tanteando el terreno.

—Anoche hablaste de ceder, Lina —le recordé, tomando sus muñecas—. Dijiste que los dos debíamos hacerlo un poco. ¿Puedo?

Asintió en silencio.

Envolví la camiseta alrededor de sus muñecas.

—Bien —murmuré—. Ahora es tu turno, ¿no crees?

Apreté el nudo, atento a cada gesto mínimo de su rostro, a cómo reaccionaba a la presión.

No dijo nada; se echó hacia atrás sobre la encimera, ofreciéndose, con la respiración más profunda, más marcada.

No aparté la mirada de la suya mientras iba soltando cada botón con deliberada calma. Cuando la camisa se abrió por completo, deslicé la mano desde su cuello hasta el centro del pecho, dejando que los dedos siguieran cada relieve antes de abrir la palma.

—Así —murmuré.

Alzó los brazos por encima de la cabeza, casi instintivamente, y el gesto intensificó la imagen de su cuerpo abierto y dispuesto para mí.

Apreté uno de sus pezones, lo justo para arrancarle un suspiro que se le escapó entre los labios.

Su espalda se arqueó apenas.

Seguí bajando, mis manos recorriendo su abdomen hasta sus muslos.

—Lina… —musité—. Yo cedí.

Me incliné hacia su oído.

—Tú podrías hacerlo también. Algo más intenso. Más placentero. Lo necesito.

La duda seguía ahí, ardiendo en sus ojos.

Lo entendía; entregarse del todo no es sencillo. Pero toda mente es moldeable.

—Está bien… —susurró, casi inaudible.

La tomé de la cintura y la ayudé a incorporarse, notando cómo su respiración se aceleraba contra mi pecho.

—Tengo un lugar para esto. Mucho más cómodo que la cocina. Te doy mi palabra.

Pero justo cuando íbamos a salir de la cocina, unos golpes apresurados en la puerta nos detuvieron. La frustración se me instaló en el pecho con la misma rapidez con la que, segundos antes, había subido el deseo.

—Maldita sea —murmuré entre dientes, deshaciendo el nudo de sus muñecas antes de dirigirme a la puerta—. ¿Qué diablos haces aquí?

Me miró con una sonrisa torcida y se apoyó en el marco.

—Estaba por el vecindario… y pensé en hacerte una visita, querido hermano… —replicó, estirando la última palabra—. Ya que no te dignas a contestar mis… mis… llamadas. Pensé que tal vez, si venía aquí, te darías cuenta de que yo existo. Y dejarías de ser un bastardo.

Respiré hondo.

—Son las siete de la mañana, Dimitri. ¿Qué mierda te has metido?

—Vík, no eres mi madre. Ya pareces Esther.

Su mirada vagó un instante por mi rostro, pero enseguida se deslizó hacia el interior.

—¡Oh… espera! —exclamó, abriendo los ojos con sorpresa—. ¿Te interrumpí? ¿Por eso no contestabas mis llamadas?

Pero antes de que pudiera frenarlo, ya se había colado dentro.

—¡No! ¡Espera! ¡Espera…!

Se giró hacia mí, después hacia Lina y de nuevo hacia mí.

—Entonces… Vík… ¿Tú no eres gay? —preguntó, como si estuviera realmente analizando una revelación.