Capítulo 37 Dar para recibir
Me serví un vaso de whisky y me hundí un poco más en el sofá, dejando caer la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos.
Entonces escuché sus pasos y mi cuerpo reaccionó de inmediato.
—¿Ya te sientes más relajada? —pregunté, sin moverme.
No respondió, lo que me hizo abrir los ojos enseguida.
Estaba frente a mí, con la piel húmeda, mi camisa apenas cubriéndole los muslos, y la necesidad de tocarla se volvió casi insoportable.
Me incorporé sin apartar los ojos de los suyos.
—Gracias por la camisa —murmuró, acercándose un poco más—. Huele muy bien.
—No hay de qué. A veces me gusta jugar al padre de la caridad —comenté, apretando los labios al notar algo distinto en su mirada.
—Cierto, a veces se me olvida que soy una obra de caridad, señor Arlov —replicó, terminando de acortar la distancia.
Se acomodó en mi regazo, encajando el cuerpo contra el mío. El calor me golpeó de lleno y la respuesta fue inmediata, subiendo desde la base de la columna hasta donde más la quería.
Sentí cómo la respiración se me desacompasaba; un hilo de aire se me escapó entre los dientes cuando mis manos se cerraron sobre su cintura y la atraje del todo hacia mí.
—¿Qué estás haciendo? —Mi voz salió más grave.
Me sostuvo la mirada, con una sonrisa corta y descarada.
—¿De verdad tienes que preguntarlo? Estoy tomando la iniciativa —susurró, y su voz me recorrió como una descarga.
Mis dedos subieron por su espalda, despacio, deslizándose bajo la camisa.
—Sabes que no puedo darte lo que quieres, Lina —murmuré sin apartar los ojos de los suyos—. No puedo darte la clase de intimidad que estás buscando.
El silencio que siguió a mis palabras se estiró entre los dos.
Era cierto.
La única forma en la que podía tocarla, tenerla, era a través del control y la obediencia: su cuerpo puesto a mi disposición, no ofreciéndome consuelo. Y, aun así, con ella sentada en mi regazo, caliente, respirando contra mí, ya no estaba tan seguro de querer seguir jugando con esas reglas.
Levantó la mano y me rozó la mejilla. Cerré los ojos sin poder evitarlo. Sus dedos bajaron por mi mandíbula, rozaron mi cuello y el deseo subió de golpe, sin pedir permiso.
—No quiero que seas otra persona, Víktor. Solo quiero que me dejes acercarme —murmuró, siguiendo el camino que ya había trazado.
El aire se me hizo corto. Una parte de mí quería apartarla antes de perder la compostura; otra se inclinaba hacia ella sin consultarme. Me estaba empujando a un borde peligroso.
—Tienes que entender… —empecé, pero la voz se me cortó cuando sus dedos llegaron al primer botón de mi camisa—. No sé si puedo…
Sus labios buscaron los míos antes de que terminara la frase. Un roce fue suficiente para callarme.
—Déjame intentarlo —susurró.
Solté el aire en un suspiro y la besé.
Había hambre en ese beso, algo demasiado cerca de la desesperación.
Y eso no me agradaba.
—Yo tampoco lo entiendo del todo —murmuró contra mi boca—. Pero necesito poder tocarte. No puedo dar sin recibir. Esta dinámica rara que intentas imponer no funciona si solo uno tiene la ventaja. Así no puedo…
Noté cómo algo en mí se tensaba.
Tenía razón.
Si no le daba eso que pedía, perdería también esa fracción de alivio: la posibilidad de tocar a otro ser humano sin sentir repulsión.
Y la idea de perderlo se abría frente a mí como un abismo.
Me irritaba.
Me jodía cederle tanto control.
Respiré hondo.
Sin decir nada más, desabotonó el resto de mi camisa. Una parte de mí quería detener su mano, proteger ese último reducto de vulnerabilidad, pero me descubrí cediendo con una facilidad que rozaba la humillación.
—Está bien —murmuré al fin.
Al principio, mi cuerpo siguió rígido, pero, poco a poco, sentí cómo esa coraza empezaba a aflojarse por dentro.
—¿Te molesta? —preguntó, con la voz suave, rozando el borde de mi autocontrol.
Negué con la cabeza.
Ella no era tonta; era más que evidente que había algo dentro de mí que estaba dañado.
—No… sigue.
Su mano continuó bajando hasta mi torso, los dedos dibujando una línea lenta que dejaba la piel caliente.
—¿Siempre… ha sido así? —preguntó, sin detenerse.
—¿Así cómo?
—Que te cueste tanto que alguien te toque.
En sus ojos no había morbo; solo curiosidad y una maldita preocupación que nadie le había pedido.
—¿Y qué se supone que vas a hacer cuando te responda, Lina? ¿Lo vas a poner en tu artículo? —solté, más seco de lo necesario.
—Jamás haría eso. Intenté resistirme y lo sabes, pero tú empujaste demasiado y ahora estamos aquí.
No quería hablar de eso.
Hablarlo era peor que soportarlo.
—Lo lamento, es solo que es complicado —mascullé, apretando los dientes, en un murmullo que ni siquiera sentí mío—. No es un dolor físico… Es…
Las palabras se quedaron atascadas. No podía decirle cómo esa primera experiencia me había marcado, ni que todavía cargaba con el rostro de esa mujer y la voz de mi padre incrustada en la cabeza.
No insistió. En vez de eso, su mano siguió bajando hasta el borde de mis pantalones. El aire se me quedó a medio camino.
—Puedo… ¿puedo continuar?
Tragué saliva; mi cuerpo ya estaba al límite. Asentí, aferrando las manos con más fuerza a sus caderas.
La dejé avanzar, permitiéndole tocar esa parte de mí que siempre había sido territorio vedado.
—Joder…
Bajó la cremallera y el primer roce de su mano sobre mi erección me arrancó un estremecimiento.
—Me gustas, Víktor —susurró, inclinándose hacia mí mientras se mordía el labio inferior—. No sé si yo…
No tenía una respuesta. Solo sabía que no quería que se apartara ni que otro pusiera las manos donde ahora las tenía yo.
—No pongamos etiquetas —respondí finalmente, inclinándome para besarla.
Se alzó un poco sobre mis piernas, sin apartar los ojos de los míos mientras se hundía lentamente sobre mí.
Mis manos tiraron de ella para encajarme más hondo. Pero entonces algo empezó a agitarse en el fondo, algo oscuro que conocía demasiado bien.
«Es una tradición familiar».
«Mi padre lo hizo conmigo. Tú mantendrás vivo el legado».
Todo dentro de mí se contrajo de golpe. Y con eso llegó el mismo pánico de siempre: la certeza asfixiante de que, si bajaba la guardia y engendraba algo, terminaría convertido en ese monstruo.
Otra vez, esa impotencia ante mi propia cabeza.
La aparté, levantándola de mí con más brusquedad. El aire se me hizo corto, como si alguien me hubiera vaciado los pulmones de un puñetazo.
—Lo siento —alcancé a decir, intentando disimular el quiebre en la voz.
Me sostuvo la mirada un instante, confundida, pero sin presionarme.
—Está bien. Siempre tomo la pastilla del día después —murmuró, como si me hubiera leído los pensamientos—. No tengo la menor intención de amarrarte con un hijo.
Soltó una risa breve, casi incómoda, y, tras un segundo, yo la imité, fingiendo que el momento se aligeraba mientras me abrochaba el pantalón con los dedos torpes.
—Estás en tu casa —solté cuando recuperé algo de control en la voz—. Voy a ducharme.