Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 36 Más cerca
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Capítulo 36 Más cerca

La tarde empezaba a apagarse entre los edificios. Lina estaba frente a las ventanas, con una copa de vino en la mano, fingiendo interesarse en la ciudad, pero cada cierto tiempo sus ojos volvían inevitablemente al anillo y una arruga terca se le marcaba entre las cejas.

—Te queda fantástico —murmuré junto a su oído, siguiendo cómo el anillo atrapaba los últimos destellos de luz.

Giró un poco la cabeza, como si recién entonces registrara que estaba a su espalda.

—Solo estaba contemplando la vista —respondió, intentando sonar despreocupada mientras miraba de nuevo hacia el frente, donde el sol comenzaba a ocultarse detrás de los edificios.

—Es una vista impresionante, ¿no?

El silencio se instaló por un momento. Extendí la mano y tomé la suya con suavidad, dejando que mis dedos recorrieran el contorno del anillo.

—Cuando mis padres tenían diferencias, mi padre solía regalarle joyas a mi madre —comenté casi sin darme cuenta—. Decía que las joyas y las mujeres siempre terminaban llevándose bien. Que no hay nada que una joya deslumbrante no pueda perdonar.

Se volteó de golpe, sus ojos buscando algo en los míos.

—¿Tú también lo crees? —preguntó con voz suave.

Sostuve su mirada, dejando que la pregunta quedara suspendida entre los dos.

—¿Nos sentamos?

Asintió, siguiéndome hacia el sofá.

—Este lugar es… impresionante —comentó, regresando la mirada hacia la ventana.

—Tiene sus ventajas.

—Bueno, al menos no careces de humildad.

Solté una carcajada y noté cómo jugueteaba con el anillo, intentando girarlo sin que se notara.

—¿Aún no se afloja?

Suspiró, frustrada.

—Parece que no quiere salir.

—Quizá no deba hacerlo —dije, estudiando su expresión.

—¿Qué quieres decir?

—Tal vez es una señal. Algunas cosas están destinadas a permanecer donde están.

Negó con la cabeza, esbozando una sonrisa escéptica, como si se negara a dejarse llevar por lo que estaba insinuando.

—No creo en las señales, Víktor.

—Quizá deberías empezar a hacerlo.

De nuevo surgió ese silencio. Pero no era incómodo.

Podía sentirse la corriente entre nosotros, ese tira y afloja constante que comenzaba a resultar entretenido.

—¿Te sientes cómoda aquí?

Tomó un sorbo de vino antes de responder.

—Es diferente. Es muy ordenado y silencioso.

—El silencio puede ser revelador.

—O puede ser opresivo.

Otra carcajada involuntaria escapó de mis labios.

—¿Te sientes oprimida?

—No lo sé. Contigo nunca estoy segura de lo que debería sentir.

Esa confesión me hizo sonreír otra vez y terminé inclinándome un poco hacia ella.

—¿Y eso te molesta?

—A veces.

—¿Y otras veces?

—Otras veces es intrigante. Eres una persona intrigante, lo admito.

Otra pequeña sonrisa involuntaria.

Joder.

Intrigante. Una palabra curiosa para definir a alguien.

—Me alegra saberlo.

Dejó la copa en la mesa y se giró hacia mí, como si se preparara para algo más.

—Víktor, hay muchas cosas que no entiendo de ti.

—No soy tan complicado, Lina.

—Oh, pero sí que lo eres.

—Supongamos que lo soy. ¿No todos tenemos nuestras complejidades y rarezas?

—¿Por qué me trajiste aquí hoy?

—Pensé que sería agradable pasar tiempo juntos fuera de la oficina.

—¿Solo eso?

—¿Necesitas que sea por otra cosa?

Suspiró.

—A veces siento que siempre tienes una agenda oculta.

—¿Te molesta?

—Me confunde.

Extendí la mano y volví a tomar la suya.

—No siempre hay que entender todo. A veces es suficiente con dejarse llevar.

—No soy buena en eso.

—Creo que lo eres.

Por un momento, el aire entre nosotros se cargó de algo más.

No era sensato presionar demasiado. Sabía cuándo hacer retroceder la tensión.

—¿Tienes hambre? —pregunté, cambiando de tema y dándole espacio para respirar.

—Un poco.

—Puedo preparar algo.

Me levanté y le ofrecí la mano para que me acompañara.

Mientras reunía algunos ingredientes en la cocina, sentí su mirada atenta.

—¡¿Dónde aprendiste a cocinar?! —preguntó, con una curiosidad entusiasta que parecía nunca saber disimular.

—En mis días de universitario.

—Si alguien hubiera dicho que Víktor Arlov es todo un chef, no lo creería. Eres como… tengo que verlo para creerlo. Es por esa manía de mantener todo en privado. Solo das lo necesario y, con eso, te encargaste de alimentar el mito.

—¿Qué quieres que te diga? No me gusta darlo todo en la primera cita.

—Eso es evidente —comentó, dibujando una sonrisa divertida.

Se apoyó en la encimera mientras yo comenzaba a cortar algunas verduras. Sus ojos seguían el movimiento del cuchillo.

—¿Dónde aprendiste esa técnica? —insistió—. Tienes una mano magnífica con el cuchillo. ¿Te entrenó algún chef famoso?

Lo dijo en un tono burlón, como si realmente quisiera sacarme una sonrisa.

—Viví solo desde muy joven. Aprender a cocinar fue más una necesidad que un pasatiempo.

—¿Por qué viviste solo desde tan joven? ¿Acaso tu familia no era perfecta? Los Arlov, una familia que ha sido un modelo de sofisticación, perfección y unión. ¿En serio?

Me detuve de cortar por unos segundos, pero enseguida retomé el ritmo, como si nada.

—Supongo que pasé por una fase en la que no quería el dinero de papá… Ya sabes, algo muy típico dentro del estereotipo de niño rico. Además, cada quien afronta las pérdidas a su manera.

—¿Y tu manera de afrontar la muerte de tu padre fue simplemente irte de casa cuando eras un adolescente?

Dejé de picar, apenas consciente de que había dicho más de lo necesario.

Tú eres peligrosa, con esa voz suave que, de alguna manera, logra captar mi interés más de lo debido.

Haces que me sienta cómodo.

Y tal vez te estoy subestimando.

Tal vez también sabes cómo jugar esto.

—¿Más vino?

—Mi copa está…

Miró alrededor y señaló la copa que había dejado olvidada sobre la pequeña mesa de centro de la sala.

—Descuida, yo la busco.

Crucé hacia la sala para traerla y, al regresar, serví un poco más de vino para ambos.

Terminé de preparar la comida y, unos cuarenta y cinco minutos después, ya tenía lista una sencilla pasta al pesto.

Se acercó al plato, respiró el aroma con una media sonrisa y dejó escapar un suspiro entre divertido y expectante.

—Dios, esto huele delicioso.

—Espero que sepa igual.

Tomó el primer bocado y cerró los ojos apenas un instante. Luego soltó un pequeño gemido de aprobación.

—Mis felicitaciones al chef.

—Oh, gracias. Estoy halagado, señorita Taylor.

El resto de la cena fue llevadero, entre conversaciones sin sentido, como si por unos minutos hubiéramos decidido dejar a un lado las complejidades y simplemente disfrutar de la compañía del otro.

Mientras recogía los platos, volvió a pararse frente a las ventanas, admirando las luces de la ciudad que ahora brillaban en la oscuridad.

—Podría acostumbrarme a la vista…

La escuché murmurar en voz baja mientras me acercaba.

—Manhattan tiene una energía especial de noche.

—Sí, es como si nunca durmiera.

La miré de reojo, observando cómo la luz de la ciudad recortaba su perfil, haciéndola parecer casi irreal.

—Al igual que algunas personas.

—Supongo que tú eres una de ellas.

—Para nada. A mí me gusta dormir. Y si es hasta tarde, mejor.

—Entiendo.

Se instaló un silencio breve, hasta que su curiosidad volvió a estropearlo todo.

—Víktor, sobre lo que dijiste antes… de tu padre.

—¿Sí?

—¿Él realmente creía que una joya podía arreglarlo todo?

Eres incapaz de dejar las cosas pasar, ¿cierto?

—No lo sé, supongo… Creía que el poder estaba en los gestos visibles. Las joyas, las propiedades, el dinero. Para él, esas cosas lo eran… casi todo. Era la manera en que… funcionaba su mundo.

Me miró con más curiosidad, como si intentara encontrar una grieta en lo que decía.

—¿Y tú? —preguntó, bajando la voz hasta un susurro—. ¿Lo crees…?

—No de la misma manera que él —respondí, sosteniéndole la mirada—. Pero reconozco el valor de los símbolos. A veces pueden ser más poderosos que las palabras.

Me acerqué más, deshaciendo esa ilusión de espacio que había mantenido todo el día.

—Quédate.

La sorpresa cruzó por su rostro, esa duda que siempre aparecía cuando se trataba de mí.

—¿Qué?

—A dormir. Quédate esta noche conmigo.

—Víktor, realmente no… —empezó, buscando una salida—. No tengo qué ponerme… No puedo quedarme… —murmuró, aunque hasta ella parecía saber que su negativa era solo una formalidad.

—Toma un baño, Lina. Ponte una de mis camisas.

Llevé la mano a su cabello y lo aparté hacia un lado; las yemas de mis dedos rozaron justo detrás de su oreja y descendieron un poco por su cuello.

—Tengo el presentimiento de que te verías jodidamente sexy en una de mis camisas.

—Víktor, yo… —Su voz sonó aún más vacilante.

—Lina. No tienes que pensarlo tanto. Relájate. Quédate.

—Está bien… Bien.