Capítulo 35 Verdaderas intenciones
No apartó la mirada de ella hasta que desapareció por la puerta. No era el único que la encontraba fascinante, con la pequeña diferencia de que yo sí podía tenerla.
—No sé cómo logras concentrarte —comentó al fin.
—No sé de qué hablas.
—Vamos, es difícil no fijarse, Víktor. Tu asistente es hermosa.
—Es muy eficiente, sí. Pero está casada —repliqué, restándole importancia al asunto.
Alzó una ceja, claramente dudando de mis palabras.
—¿Casada? No vi ningún anillo.
—No lo usa; dice que no soportaría perder otro. Es… torpe. Lina Taylor es la torpeza hecha persona —dije, sin inmutarme—. Además, está embarazada.
No sé por qué dije lo último; simplemente se me escapó.
Su sonrisa vaciló un segundo antes de recomponerse, pero en sus ojos se instaló la sorpresa.
—Interesante cómo alguien puede ser torpe y eficiente a la vez, ¿no?
—Toda moneda tiene dos caras.
—Es cierto. Aunque, debo admitir, no me molestaría ser padrastro. Me encantan los niños.
Maldito imbécil.
—¿Qué te ha traído hasta aquí? —pregunté sin rodeos.
Se acomodó en el asiento, dejó la taza sobre el escritorio y trató de disimular una mueca de asco.
—Tengo una propuesta que creo que podría interesarte —empezó, con un entusiasmo demasiado calculado—. Sé que estás buscando expandir tu portafolio y mi idea puede encajar con tu visión a largo plazo.
Me quedé en silencio, dejándolo desplegar cifras y promesas. Era bueno vendiendo proyectos, eso no se lo podía negar. Lástima que la personalidad de imbécil le saliera tan natural.
—Es interesante —comenté—. Lo revisaré con calma y tendrás una respuesta esta semana.
Asintió, se puso de pie y me ofreció la mano. Se la estreché y lo acompañé hasta la puerta.
Como era de esperarse, no pudo irse sin detenerse antes en el escritorio de Lina.
Mis pies comenzaron a moverse por sí solos y, cuando me di cuenta, ya estaba a su lado.
—Ella no tiene tiempo —corté antes de que siguiera alargando el momento.
—Oh, Víktor, casi olvido lo ocupada que mantienes a la señorita Taylor.
Me dio una palmada en el brazo, como si fuéramos amigos de toda la vida, como si no entendiera que ese tipo de gestos no eran bienvenidos.
—Debes cuidarla bien hasta que termine su entrevista contigo, ¿O quieres quedártela solo para ti?
—No me gusta que distraigan a mi personal.
Levantó las manos en un gesto de rendición, como si solo hubiera hecho un comentario inofensivo.
—No te preocupes, Víktor. Solo soy amistoso... Señorita Taylor, fue un placer. Espero que considere mi oferta —añadió, deteniendo la mirada un segundo de más en su dedo anular.
—Estoy segura de que estaré bastante ocupada.
—Entiendo… aunque no pierdo la esperanza.
No me gustaba la manera en que tanteaba el terreno, como si midiera hasta dónde podía llegar. Y una nueva sociedad con él, más allá del hotel, me importaba una mierda.
Regresé a mi oficina y cerré la puerta de un portazo.
—Necesito arreglar este asunto. ¡Lina! ¡Sí que eres molesta! ¿No podrías simplemente dejar de llamar la atención de cuanto imbécil se cruce?
Pasaron unos quince minutos antes de que saliera. Ella tenía la mirada perdida en un papel que probablemente ni siquiera estaba leyendo.
—Camina.
—¿A dónde? —preguntó, con esa curiosidad que nunca desaparecía.
—Lina, por favor. Ya hemos pasado por esto. Y, para ser honesto, empieza a cansar un poco.
—¿Entonces quieres que haga todo lo que me pidas con una venda en los ojos, sin protestar?
—Sí, de hecho, eso sería perfecto.
Soltó un suspiro largo, apenas disimulando el fastidio, y se puso de pie para seguirme.
Avanzamos hacia el ascensor y su ceño se fruncía un poco más a cada paso.
—No me gusta cómo me miran —masculló, echando un vistazo alrededor.
—¿Cómo? —pregunté, fingiendo ignorancia.
—Sabes a lo que me refiero… Las personas hablan.
—¿Y qué dicen? A mí también me interesa saberlo.
—Olvídalo —respondió, entrando al elevador.
Se mantuvo rígida, con la espalda recta, como si necesitara blindarse de algo. Me coloqué detrás, apoyando la mano en la barra del ascensor.
Ella miraba al frente, decidida a ignorarme.
Me gustaba esa colisión entre su irritación y la calma que intentaba sostener.
—Dicen… —soltó de pronto, en un tono más bajo, cargado de reproche— que ponen en duda mis capacidades porque tú te niegas a mantener esto profesional.
—¿Quieres que convoque una reunión general para frenar los rumores?
—¿Qué? ¡No! Eso lo empeoraría todo.
—Entonces, ¿qué quieres de mí, Lina?
—Que mantengas esto profesional —repuso, tajante.
Me habría gustado prestarle atención a su pequeña pataleta, pero mis ojos estaban anclados en su cuerpo.
—Sigues demasiado delgada. —Observé cómo su rabia se desviaba hacia algo más superficial.
Se volvió hacia mí, con los ojos llenos de incredulidad y enojo.
—¿Qué rayos te pasa, Víktor?
Me encogí apenas de hombros y apreté los labios en una sonrisa.
—Señor Arlov, ¿recuerda? —corregí, empujando un poco más—. Las personas hablan, señorita Taylor.
Soltó una carcajada seca, cargada de frustración.
—Señor Arlov debería entender que su comentario fue inapropiado —dijo, evitando mirarme directamente.
Mis dedos se cerraron un poco más sobre la barra, imaginando que era su cintura.
—¿Sabes qué estaría realmente fuera de lugar? —murmuré, dando un paso hacia ella.
No respondió, pero la vi tensarse; el pecho subió y bajó una fracción más rápido, como si al ascensor le faltara aire.
—Que dijera, aquí mismo, que conozco tu cuerpo mejor que nadie —continué, sin apartar la mirada—. Que sé dónde empieza a temblarte la piel cuando la toco, cómo se te corta la respiración cuando voy despacio… y cómo terminas arqueando la espalda cuando por fin decido dejar que te vengas.
Sus ojos se abrieron un poco más y sus labios se entreabrieron en un intento de respuesta.
—Tú…
Y justo cuando intentó articular algo, las puertas del ascensor se abrieron.
Salimos en silencio. Alexei ya esperaba en la entrada junto al coche.
Ella subió al vehículo sin emitir un solo sonido.
El trayecto fue breve, pero el aire entre nosotros pesaba más que antes. Cuando por fin llegamos a la joyería, me acerqué a las vitrinas, recorriéndolas con desinterés.
—Elige lo que quieras.
—Víktor, esto es… No puedo aceptar. Me niego. Rotundamente, no. —Su voz salió cortante, como si la idea en sí fuera absurda.
—Elige lo que quieras —repetí, esta vez más firme—. No se trata de lo que puedes o no aceptar, sino de lo que yo quiero darte. Solo es dinero, Lina, y a mí me sobra.
Siguió negándose un momento, pero al final terminó señalando un collar. El más modesto que pudo encontrar.
—Por supuesto. Tan predecible. Se nota que solo querías salir del paso.
El joyero tomó el collar para empacarlo, pero lo detuve con un gesto de la mano.
—Ese anillo también —añadí, señalando una pieza que casi había pasado por alto. Pequeña, pero con una piedra que brillaba lo suficiente.
Esta vez giró la cabeza tan rápido que casi pude jurar que escuché el crujido de su cuello.
—¿Acaso me vas a proponer matrimonio? —preguntó, medio en broma, con una pizca de miedo en la voz.
¿Realmente crees que soy imprudente?
Me gustaría corregirte. Decirte que nada de lo que hago es al azar. Y que lo que realmente soy es alguien dominante.
Me acerqué lo justo para quedar a su altura.
—¿Quieres que te proponga matrimonio, Lina?
Me miró con la boca entreabierta y luego soltó una risita nerviosa, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.
—No seas ridículo…
—Tranquila, no es para ti —repliqué, fingiendo indignación—. Supongo que la idea de casarte con un tipo como yo te perturba. Es un regalo para el cumpleaños de mi madre. Le obsesionan los anillos y pensé que podrías probártelo para ver cómo le quedaría.
Mientras hablaba, vi cómo sus hombros se aflojaban poco a poco, como si el cuerpo recordara que podía relajarse.
—Pruébatelo, por favor —insistí.
Tomó el anillo, pero cuando iba a colocárselo en la mano derecha, la detuve.
—En esa mano no. Pruébatelo en la izquierda. En el dedo del anillo.
—¿En serio, Víktor? Eres un maníaco del control. ¿Qué importa el dedo?
—¿Qué quieres que te diga? Las personas ricas somos muy excéntricas.
Cuando iba a colocarse el anillo en el dedo izquierdo, el joyero intervino.
—Señorita, creo que ese anillo no es de su talla. Parece un poco pequeño.
—Tonterías —respondí—. Creo que es exactamente de su talla, o de la talla de mi madre. Quiero ese. Justo ese.
Se colocó el anillo, pero apenas lo hizo, noté el cambio en su expresión.
—Víktor… —susurró en un tono débil.
—¿Sí?
—El anillo se ha quedado atascado.
—¿Qué? —respondí, mirando su mano—. ¿En serio?
—No puedo quitármelo —dijo, intentando forzarlo.
Me acerqué, tomando su mano con cuidado.
—Lina.
—No, no, no…
—Lina —pronuncié su nombre con más fuerza—. No vale la pena forzarlo. Tranquilízate. Compremos el anillo. Te lo regalo.
—¿Qué? ¡No! Está en el dedo izquierdo. ¡No puedo llevar esto! ¿Qué van a decir las personas? ¿Cómo les explico a mis padres que llevo un anillo con una piedra de…?
—Diamantes.
—¿Qué?
—Diamantes. Reales.
—Es que mi madre… —soltó un gimoteo.
—Lina, una cosa a la vez —comenté con suavidad, apretando ligeramente su mano para reconfortarla—. Primero intentemos sacar el anillo del dedo sin lastimarlo. Luego nos preocupamos por lo que dirán los demás en caso de que no salga.
Tras unos intentos, el anillo seguía en su dedo y todo indicaba que no iría a ningún lado por un buen rato.
Miré al joyero e hice una seña para que empacara el collar.
—Señor Arlov.
Agradecí y tomé la bolsa.
—Vamos.
—Espera, ¿y el anillo de tu madre?
Esta mujer molesta.
Solté un pequeño suspiro exasperado y luego apreté los labios con una sonrisa.
—Cierto, casi lo olvido. Empaca ese —dije, señalando un anillo cualquiera.
Salimos de la tienda y, cuando llegamos al coche, me giré hacia ella.
—Pasa el resto del día conmigo. Iremos a mi departamento. Allí estaremos más cómodos. Buscaremos una solución al anillo. Dos cabezas piensan mejor que una.
Me miró y luego miró el anillo.
—Está bien. Bien… Bien.