Capítulo 34 Qué tal tu domingo
Entré a la oficina de Víktor con una taza de café en la mano, sintiendo su mirada fija en mí desde el segundo en que crucé la puerta. Dejé la taza sobre su escritorio, fingiendo serenidad.
Ya nada era solo profesional entre nosotros.
No desde que lo primero que hacía al entrar era notar ese brillo arrogante y esa cara impecable que parecía disfrutar viéndome incómoda.
Me quedé de pie, esperando instrucciones. Él no dijo nada, solo me observó como si pudiera leerme por dentro.
Detestaba ese silencio.
Más aún lo que me provocaba.
—Su café, señor Arlov, se enfría.
Si ya sé que detestas mi café, ¿por qué sigo haciéndolo?
Sin embargo, necesitaba esa fachada de profesionalidad. No quería que nadie me señalara con el dedo y dijera: Lina Taylor, la periodista que tuvo la entrevista de su vida porque se acostó con su jefe.
Otra vez.
Maldita sea, Lina.
Maldita sea.
¿Es que tú no aprendes?
—¿Cómo sabes? —preguntó de repente.
—¿Cómo sé qué? —respondí, cruzando los brazos con molestia.
—¿Cómo sabes que este café no me matará? —replicó, sin perder la sonrisa que siempre lograba irritarme.
Aquí vamos de nuevo.
Solté un suspiro leve y mantuve la mirada fija en él.
—Es café, no tiene mucha ciencia… Agua, café y azúcar.
Crema, si la prefieres. Además, no soy tan mala; tu opinión no es objetiva.
Nadie, absolutamente nadie, puede estropear algo tan simple como preparar café.
—Intenté sonar tranquila, pero su mirada hacía que mis palabras se sintieran un poco menos firmes.
Tomó la taza, dio un sorbo e hizo una mueca de desagrado tan exagerada que casi me hizo reír.
—Vamos, no puede estar tan malo —repuse, negando con la cabeza—. Al final es solo café, no un elixir mágico.
Me observó unos segundos, como si estuviera sopesando mis palabras, y luego extendió la taza hacia mí.
—Pruébalo, Lina. Da un sorbo a tu creación.
—¿Qué?
—Vamos, da un sorbo —insistió, con los ojos fijos en los míos.
Tomé la taza, sin querer darle el gusto de verme vacilar, y di un gran sorbo. El café estaba amargo, demasiado fuerte y espeso.
Espera… ¿por qué estaba espeso?
Tragué con dificultad, manteniendo mi mejor expresión neutral, y le devolví la taza.
—Está… sabroso.
Él se echó a reír en voz baja, claramente disfrutando de la escena.
Y cuando se reía así, era un problema: dientes perfectos, sonrisa limpia y esa risa que le cambiaba el rostro, volviéndolo peligrosamente cálido.
Joder… mi corazón.
Basta, basta, Lina.
—Claro que lo está —dijo, con la voz convertida en un susurro cargado de ironía—. Pero creo que deberíamos evitar que alguien más sufra tu café. Quedas exonerada.
—¿Realmente es tan malo?
—Bueno, nadie debería tener que beber esto nunca.
—Entiendo.
Asentí, recogiendo mi dignidad, y me giré para marcharme cuando su voz me detuvo.
—Lina, siéntate.
—Tengo trabajo que hacer —repliqué, agarrándome a la primera excusa que encontré.
Sabía que, cuando se ponía así, mis defensas empezaban a debilitarse.
—Por favor.
Dudé un segundo, pero caminé a regañadientes hasta la silla frente a él y me senté. Apenas me acomodé, lo vi levantarse de su lugar y caminar hacia mí.
Arrastró una silla junto a la mía y se sentó a mi lado, lo bastante cerca como para sentir el calor de su cuerpo.
Se inclinó un poco más y apoyó las manos en los reposabrazos de mi silla, dejándome prácticamente encerrada.
—Lina —dijo—. ¿De verdad crees que tus dos semanas aquí han contribuido a algo en ArlovTech?
Le lancé una mirada ofendida y crucé los brazos.
—Víktor, no tienes que menospreciarme así. También tengo sentimientos, ¿sabes?
—Oh, vaya… lo lamento profundamente —contestó, fingiendo estar arrepentido—. ¿Qué tal tu domingo?
Rodé los ojos, pero decidí seguirle el juego.
—Bueno, mi domingo… Fue estresante. Mi jefe tirano, malvado y sin sentimientos irrumpió en mi casa y no me dejó seguir lavando ropa —respondí, viendo cómo la comisura de sus labios se curvaba apenas—.
Después me llevó a comprar ropa nueva, algo que jamás le pedí porque puedo comprarme mi propia ropa.
No en ese lugar, pero sí puedo. Y luego…
—Y luego —interrumpió, inclinándose aún más hacia mí—, le admitiste a tu tirano jefe malvado y sin sentimientos que él te gusta. Mucho, para ser exactos.
Su cercanía me recorrió la piel como un escalofrío. Y, por la forma en que me miraba, sabía que estaba registrando cada reacción.
—Víktor… —susurré, sintiendo cómo la voz se me quebraba un poco.
Siguió acercándose, sus labios a un suspiro de los míos, su aliento mezclándose con el mío. El aire entre nosotros se espesó. Pero justo cuando sus labios rozaron los míos, llamaron a la puerta.
—Señor Arlov, el señor Karpov ha llegado para verlo.
Me enderecé de inmediato, obligándome a poner distancia, aunque mis labios todavía hormigueaban por el roce.
Él cerró la mandíbula un segundo, la mirada volviéndose hielo, y luego dejó que su expresión regresara a la máscara pulida del CEO.
—Hazlo pasar —respondió sin apartar la mirada de mí; la voz le salió más seria.
Me levanté de la silla para retirarme justo cuando el señor Karpov cruzaba el umbral.
—¡Señorita Taylor! —exclamó al verme—. Así sí vale la pena empezar el día. ¿Cómo ha estado?
Desde aquella primera vez que lo vi, ahora notaba detalles que había pasado por alto en la isla. Era alto, incluso un poco más que Víktor, con un rostro alargado y facciones bastante finas.
—Estoy bien, gracias. ¿Y usted, señor Karpov? —respondí, dibujando una sonrisa e intentando que el cumplido pasara de largo.
—Misha, por favor —corrigió con naturalidad—. Y ahora, mejor. Mucho mejor.
Sostuvo mi mirada un segundo más de la cuenta y terminé acomodándome un mechón detrás de la oreja solo para tener algo que hacer con las manos.
—Veo que a alguien no le afectan los lunes —comenté, buscando aliviar el ambiente.
—Se debe a que la he visto a usted —contestó sin perder el ritmo.
—Gracias… supongo, señor Karpov.
—Nada de «señor Karpov», llámame Misha, por favor. Insisto. Así podría llamarla por su nombre.
Fue entonces cuando Víktor intervino.
—Señorita Taylor, ya puede retirarse —dijo, con un tono mucho más frío—. Y, antes de irse, justifique su salario; traiga para nuestra visita una taza de ese delicioso café que solo usted sabe preparar.
—Señor Arlov, no creo que sea necesario…
—¿Debo repetirlo, señorita Taylor? ¿O ya olvidó que soy su jefe y usted mi empleada?
—No, señor. No lo he olvidado.
—Oh, yo estaría encantado de probar su café, señorita Taylor —intervino Misha con entusiasmo—. Cualquier cosa que usted prepare, estoy seguro de que me encantará.
Salí de la oficina mordiéndome la lengua y fui a la cocina a preparar la dichosa taza.
Cuando regresé, la tomó enseguida con una sonrisa amplia y agradeció casi con demasiado énfasis después del primer trago.
—Oh, está… interesante. Aunque quizá necesite un poco más de azúcar y crema.
Me limité a apretar los labios con una sonrisa y regresé a mi escritorio, fingiendo que la incomodidad no existía.
✽✽✽
Intenté concentrarme en una revista, pero las palabras se iban borrando solas. El artículo de Kat esta semana iba sobre Corea.
¿La buena o la mala?
Iba a tener que empezar de nuevo; mi cabeza estaba en cualquier sitio menos aquí. No me gustaba estar quieta ni sentirme un accesorio más en la vida de Víktor Arlov.
Crucé los dedos para que estas dos semanas pasaran rápido y sin ningún contratiempo.
Cuarenta y cinco minutos después, la puerta se abrió y Misha salió primero, sonriente. Por la cara que traía, diría que todo le había salido bastante bien.
—¡Señorita Taylor! —llamó con esa energía que empezaba a rozar el fastidio—. Debo decir que su café ha sido lo mejor que he probado en mucho tiempo.
—¿De verdad? —Alcé una ceja, dudando si era burla o no, aunque su sonrisa parecía genuina.
—Sí, es muy buen café —aseguró, y por un segundo pareció realmente interesado.
Antes de que pudiera responder, bajó la vista hacia la revista en mi escritorio.
—Interesante lectura. —Señaló la portada—. ¿Le gustan mucho las revistas?
—Bueno… sí —respondí, sin saber si estaba siendo condescendiente—. De hecho, trabajo para una.
No sé por qué me molesté en aclararlo, pero necesitaba escucharlo en voz alta, aunque fuera solo para recordármelo a mí misma.
—¿Trabaja para una revista? ¿No es la asistente de Víktor? ¿Acaso no gana lo suficiente aquí y por eso se vio obligada a conseguir otro trabajo? Yo podría contratarla con un sueldo bastante competitivo.
—Ser asistente es temporal —aclaré—. Estoy aquí por una entrevista exclusiva con el señor Arlov. Trabajo para The NY Socialite.
—Ah, ahora todo tiene sentido —dijo, con un nuevo brillo en los ojos—. Así que no es solo una asistente.
—Para nada —respondí, sintiendo un extraño alivio.
Por fin alguien lo escuchaba.
—Me parece fascinante —añadió, inclinándose un poco—. ¿Dónde puedo llenar una solicitud para que me entreviste también? Tal vez podríamos discutirlo durante una cena. Le juro que soy una persona bastante interesante.
—Tendría que coordinarlo con mi jefe en la revista. Y todavía me queda tiempo aquí.
—Por supuesto. —Sonrió—. Pero cuando termine con Víktor, piénselo. Me encantaría que fuera usted quien me entrevistara.
Estaba a punto de responder cuando la voz grave de Víktor me hizo tensarme.
—Ella no tiene tiempo.
Alcé la vista y su expresión era impasible, pero sus ojos tenían otro brillo.
—Oh, Víktor, casi olvido lo ocupada que mantienes a la señorita Taylor —bromeó, dándole una palmada en el brazo—. Debes cuidarla bien hasta que termine su entrevista contigo. ¿O quieres quedártela solo para ti?
—No me gusta que distraigan a mi personal.
Misha levantó las manos, riendo.
—No te preocupes, Víktor. Solo soy amistoso —dijo, lanzándome una última mirada que se detuvo demasiado en mi mano—. Señorita Taylor, un placer. Espero que considere mi oferta.
—Estoy segura de que estaré bastante ocupada —respondí, sintiendo el peso de la mirada de Víktor sobre mí.
—Entiendo… aunque no pierdo la esperanza.