Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 33 Contraste
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Capítulo 33 Contraste

Me mantuve en silencio mientras Olivia parloteaba sin parar sobre su trabajo y lo bien que decía estar adaptándose. Escuchaba lo estrictamente necesario para mantener la apariencia de interés.

Lina no tenía ni una maldita idea de cómo ser una asistente. Era pésima en eso; su torpeza solo se compensaba con ese lindo rostro.

¿Quién le dijo que podía irse?

Su trabajo también consistía en intervenir en este tipo de situaciones.

—Hace unos días, mientras tomaba el té con nuestras madres, Esther me invitó a un evento de caridad que organiza ArlovTech… —comentó—. Creo que tu madre quiere que nos unamos de nuevo, así como cuando éramos niños…

¿Por qué diablos no podía recordar nada que no tuviera que ver con Nikolay?

¿Cómo era yo de niño ante tus ojos?

¿Cómo era ante los ojos de los demás? ¿Alguna vez alguien notó algo?

—Espero que te haya encantado.

—¿Eh?

—El té.

—Ah, el té, sí, fue… interesante. Pero, ya sabes, aún estoy acostumbrándome a la ciudad y… bueno, pasar las tardes con nuestras madres es una experiencia en sí misma —añadió, en un tono bromista—. Pero lo que quería decir es que espero que no te moleste que esté considerando asistir.

—En absoluto. Eres más que bienvenida. Después de todo, es por una buena causa.

—Por supuesto, por supuesto. Caridad… los niños y esas cosas… —respondió, con un tono entre lo ligero y lo cínico—. Aun así, estaría bien compartir el evento con alguien conocido. Tal vez podamos asistir juntos.

Miré brevemente hacia Lina, que seguía concentrada en las camisas, o fingía estarlo.

No me interesaba la propuesta de Olivia, pero tampoco tenía ganas de ser abiertamente descortés.

—Honestamente, mi agenda es un desastre últimamente. Mi asistente tiene un talento especial para convertir mi tiempo en polvo.

Me observó un segundo y luego siguió la dirección de mi mirada. Entonces soltó varias carcajadas. Ruidosas, innecesarias, casi teatrales.

—¿Y qué haces con alguien así? Si siempre has sido tan ordenado, incluso desde niño. Aunque te entiendo, deberías ver el mío. Está para facilitarme la vida y prácticamente terminé haciendo su trabajo. Tendré que despedirlo pronto.

—¿Qué puedo decir? Soy una persona generosa.

—Sí que lo eres. Aún recuerdo cuando cuidaste con tanto esmero y atención a ese petirrojo que encontraste herido en tu jardín. ¿Te acuerdas?

Por supuesto que me acordaba.

Específicamente, recordaba cómo Nikolay le rompió el cuello delante de mis ojos.

—No me acuerdo mucho de eso… Lo siento.

—Bueno, lo entiendo. Estuviste triste por varias semanas cuando escapó. Sin embargo, lo que trato de decir es que deberías tener cuidado. A veces las personas se aprovechan de la generosidad de otros. Y no me gustaría que alguien se aprovechara de ti.

—Gracias. Lo tendré en cuenta.

La conversación fue convirtiéndose en ruido de fondo hasta que vi su mano acercarse a mi antebrazo. El contacto fue leve, casi nada, pero en mi cabeza fue como si me atravesara una aguja. Sentí que mi cuerpo se tensaba de manera involuntaria.

No era su culpa.

Era mía.

Había aprendido a disimular esos momentos, a fingir que no me afectaban, pero era una batalla interna que nunca terminaba de ganar.

—Ya veo. Bueno, estaré ahí, de todos modos. Creo que será una buena excusa para hacer crecer mi círculo.

Cuando por fin retiró la mano, sentí que el aire volvía a mis pulmones.

—Bueno, no te quito más tiempo. Y espero verte aunque sea un momento. O para ir a almorzar un día de estos.

—Por supuesto. Agendaré un día.

Una vez que se marchó, me dirigí hacia Lina, que parecía haber elegido algunas prendas. Lo mínimo. Siempre resistiéndose, siempre intentando mantener una distancia.

—¿Solo eso?

—Solo esto —murmuró.

Salimos de la boutique en silencio. Mis pensamientos seguían atrapados en el contraste: el contacto de Olivia, lo que me había hecho sentir… y luego estaba esta mujer.

Común y molesta.

Miré su mano, descansando en su regazo. Sin pensarlo demasiado, la tomé.

El contacto fue eléctrico, como si fuera un jodido bálsamo. No hubo rechazo por parte de mi cuerpo. Al contrario, su calor me calmaba.

Esto no era incómodo.

Era tolerable.

Esto… lo necesitaba.

Después de unos minutos, sentí cómo retiraba lentamente su mano de la mía. El vacío que dejó me irritó más de lo que debería. Apreté los labios y abrí y cerré la mano con disimulo, como si pudiera borrar aquella sensación de pérdida.

¿Por qué hacía eso?

¿Por qué se retiraba cuando más la necesitaba?

Volví la vista hacia la ventana, intentando calmar mi frustración, pero no podía dejarlo pasar.

—¿Por qué no me respondiste el sábado? —pregunté, tratando de mantener el tono neutral, aunque algo de mi irritación se filtró.

Se volvió hacia mí, sorprendida por el cambio de tema.

—Víktor, fuiste muy insistente —respondió, con cierto reproche, aunque su voz salió baja.

—Y tú me ignoraste por completo.

No sabes lo que es la sumisión, ¿verdad?

Te sigues resistiendo. Si pudiera, te castigaría hasta que me pidieras entre lágrimas que parara.

No es que quisiera hacerle daño. Es que lo necesitaba, porque me sentía sin rumbo cuando no podía controlar las cosas.

—No trabajo los sábados —añadió rápidamente, como si eso fuera una excusa válida.

—Lina… ¿realmente piensas que esto es solo trabajo?

Frunció ligeramente los labios.

—Hay algo entre nosotros —continué, bajando la voz—. No es solo trabajo. Me atraes. Y sé que te atraigo también.

Guardó silencio, como si intentara resolver un rompecabezas interno.

Aunque era malditamente obvio.

—Te gusto, admítelo.

Suspiró, como si ya no pudiera seguir negándolo.

—Sí… me gustas —confesó, en un tono apenas audible—. Pero eso no significa que quiera algo contigo. No sé si puedo manejar algo así. No sé si puedo manejar lo que quieres…

—Podemos descubrirlo juntos.