Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 32 ¿Qué somos?
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Capítulo 32 ¿Qué somos?

No había llamadas, ni mensajes urgentes, ni recordatorios de pendientes. Por primera vez en días, tenía un poco de tiempo solo para mí.

Me puse los auriculares, escogí cualquier lista de reproducción y me concentré en lavar la ropa; extrañamente, se sentía como un lujo después de tanto correr de un lado a otro.

Aunque fue él quien abrió esa puerta, yo fui quien la cruzó sin oponer resistencia. Pero ahora tenía que obligarme a recuperar el foco.

Profesionalismo, Lina. Profesionalismo. No pierdas el rumbo.

Lo que pasó se queda donde pasó. No puedo seguir borrando la línea con Víktor Arlov; cada vez que la cruzo, algo de mi objetividad se tambalea.

No soy lo que él necesita. Y, siendo honesta, él tampoco es lo que yo necesito ahora.

Me lo repetí un par de veces, aferrándome a esa idea, hasta que unos golpes insistentes sacudieron la puerta.

Cuando abrí, la tentación rusa estaba al otro lado.

Sentí cómo se me apretaba el estómago de inmediato. No esperaba verlo hoy, no esperaba verlo en absoluto.

—¿Qué haces aquí? No trabajo los domingos.

Me sostuvo la mirada, como si la respuesta fuera evidente, y se coló en el departamento sin esperar invitación.

Antes de que pudiera decir algo más, ya se había acomodado en mi sillón, estirando los brazos y cruzando las piernas.

—Solo te extrañaba —dijo con esa voz profunda y segura que lo hacía sonar tan casual, pero que a mí me descolocaba hasta los cimientos.

Estaba convencida de que este hombre era incapaz de sentir algo por alguien más que no fuera él.

Y ahora… dice que me extraña.

Vamos, Víktor, ¿tienes cámaras aquí o qué…?

—No entiendo…

—¿Qué? ¿Qué es lo que no entiende mi empleada? —respondió, con un ligero tono de burla.

Luego me miró con un gesto que comenzaba a identificar: el que ponía cuando creía haber resuelto un problema antes de que los demás siquiera entendieran cuál era la pregunta.

—No es tan difícil de entender, ¿verdad?

—¿No?

—Te extrañaba. No hay más que eso.

Estaba a punto de responder cuando volvió a hablar.

—Pero parece que alguien fue atropellada por un autobús —señaló con una sonrisa irónica mientras recorría mi aspecto de arriba abajo.

Seguí su mirada hasta el espejo de la sala: cabello despeinado y una camiseta manchada.

Fantástico.

—La gente normal hace cosas los domingos, como lavar ropa —respondí, estirándome la camiseta como si eso pudiera mejorar algo.

Él alzó una ceja, visiblemente divertido.

¡Qué novedad! Soy un chiste para ti.

—¿Normal? ¿Por qué? ¿Porque eres pobre? ¿Porque no tienes a alguien que lo haga? ¿Quieres que contrate a alguien para que lo haga por ti? —Su tono destilaba una arrogancia tan descarada que solo él sabía hacer sonar razonable.

Volvió a recorrerme de pies a cabeza, deteniéndose un segundo más de la cuenta en mis piernas.

—Lina Taylor… Joder.

El calor me subió desde la nuca hasta muy abajo, pero me obligué a mantener el rostro impasible.

No voy a darle el gusto de que note lo que me provoca.

—Vístete —soltó de repente.

—¿Perdón?

—Vamos a salir.

—Víktor, no puedo salir contigo. Estoy lavando ropa. Hay gente que hace cosas normales los domingos —repliqué—. Gente pobre y normal, como yo. Nos vemos mañana en ArlovTech, para que puedas seguir torturándome como corresponde, en horario de oficina.

—Sí, ya lo dijiste… bla, bla, soy pobre… bla, bla, mi jefe es malvado —murmuró, rodando los ojos.

Se puso de pie y se acercó despacio. La sala pareció encogerse cuando se plantó justo frente a mí. Esa mirada suya me recorrió entera, lenta, fija, como si estuviera decidiendo por dónde empezar a desarmarme.

—Pero creo que olvidas algo —dijo al fin, dejando que el silencio se alargara un segundo más de lo necesario—. Sigues siendo mi asistente, una muy mala, por cierto —añadió, con la voz más baja—. A la cual todavía le quedan dos semanas para hacer todo lo que yo quiera.

El corazón me golpeó en el pecho. Lo tenía tan cerca que sentía el calor de su cuerpo filtrarse.

—Cuando yo diga «salta», tú saltas, Lina. Así que hoy quiero que vengas conmigo. ¿Entiendes?

Las ideas se me atropellaban. La parte racional de mí insistía en que me alejara, que pusiera distancia, que cumpliera la promesa de volver al profesionalismo. Pero la otra… la visceral, la que él despertaba cada vez que me miraba así, la iba empujando al fondo sin piedad.

—Vístete, Lina —repitió, esta vez más suave, casi como si lo pidiera—. Tengo algo para ti. Hoy voy a ser tu hada madrina.

Y ahí estaba. Esa sensación. Esa atracción. Ese peligro.

Seguirle el juego no podía terminar bien; lo sentía en cada paso que me llevaba al dormitorio, dispuesta a cambiarme como una niña obediente.

Pero, joder…

—¿Qué hacemos aquí?

—¿De verdad tengo que explicarlo?

—¿En serio me sacas de mi casa un domingo para ayudarte a elegir ropa? ¿Acaso eres una diva? —solté, esperando que hubiera alguna otra explicación lógica.

—No, Lina. No es para mí —respondió, con un deje de diversión en la voz.

Lo miré entornando los ojos.

—Espera… ¿me trajiste aquí para que yo compre ropa? —Mi voz subió una octava—. ¡Víktor, esto es ridículo! Mi sueldo no me alcanza para comprar nada aquí. Ni de cerca.

Frunció el ceño, como si no entendiera por qué me preocupaba.

—Lina, ¿de verdad quieres que te diga lo obvio?

Guardé silencio, preparándome para cualquier cosa.

—Sí, porque no entiendo nada.

Dio un paso hacia mí y su tono se suavizó; eso me puso más nerviosa que si hubiera sido brusco.

—Quiero gastar dinero en ti. ¿Qué tiene eso de malo?

Lo miré, tratando de procesar lo que acababa de decir.

—Estás loco. —Intenté reír, pero su intensidad me descolocó—. Es solo ropa, Víktor.

—Exacto —respondió, casi en un susurro—. Es solo ropa. Elige lo que te guste. Compra lo que quieras. Así no tienes que seguir haciendo… eso.

—Cuando dices «eso», ¿te refieres a lavar ropa? Porque es ridículo —repliqué, con las manos en las caderas—. La ropa se lava, cueste lo que cueste. Aunque sea absurda y ridículamente cara, se ensucia y se vuelve a lavar. Es su propósito.

—Lo sé… Estaba bromeando. Pero… ¿qué tiene de malo que quiera hacer esto por ti?

—Lo que tiene de malo es que soy tu empleada. Tu asistente personal. Y ya no estamos en la isla.

Guardó silencio un momento, clavándome la mirada.

—¿De verdad era solo eso?

La pregunta me encogió el estómago.

Luego torció los labios en una media sonrisa burlona y levantó el teléfono, que había empezado a sonar.

—Voy a tomar esta llamada. Tú… elige. O tendré que ayudarte y acabaremos llevándonos toda la tienda.

Lo seguí con la mirada mientras se alejaba, sintiendo cómo se me formaba un nudo en la garganta.

Odiaba esa sensación.

Y lo odiaba a él por empujarme justo a ese punto, entre lo que debía hacer y lo que, en el fondo, quería. Lo peor era que ni yo misma terminaba de saber qué quería.

Solté un suspiro resignado y me quedé frente a un perchero, pasando los dedos por la manga de una chaqueta que apenas miraba, cuando una voz femenina sonó a mi lado.

—¿Te interesa esa chaqueta?

Cuando me giré, me encontré con una mujer alta, delgada y muy bonita.

Negué con la cabeza y forcé una sonrisa.

—No lo sé… solo estoy viendo —respondí, intentando sonar casual—. Los precios aquí son absurdos, ¿no?

Solté una carcajada nerviosa y ella sonrió también, pero alzó un poco la barbilla, lo suficiente para hacerme sentir un escalón más abajo.

—Un poco, supongo. Pero es lo que pagas por lo mejor de la temporada, ¿no?

—No lo dudo… —murmuré, notando cómo se me tensaban los hombros.

La conversación no tenía nada de particular, pero había algo en ella que me ponía incómoda.

Entonces sentí una presencia a mi lado; levanté la vista y Víktor ya estaba de vuelta.

—¿Ya elegiste? Quiero llevarte a otro lugar.

Estaba a punto de responder cuando la mujer junto a mí dejó escapar una risita.

—Víktor Arlov. Qué pequeña es Nueva York —dijo con una familiaridad que me tomó por sorpresa.

Él parpadeó un segundo, como si rebuscara algo en su memoria.

—O… Olivia… ¿no?

—¡Esa soy yo! —exclamó—. ¿Y qué haces aquí? ¿Vienes a comprar ropa para tu novia?

Sentí un giro incómodo en el estómago y, antes de que Víktor pudiera responder, ya estaba hablando yo.

—No, no soy su novia —contesté más rápido de lo necesario—. Soy Lina… Lina Taylor, su asistente personal. Estoy aquí para ayudarlo a elegir ropa. Para él. Para mi… jefe.

La sonrisa de ella no se movió ni un milímetro; si acaso, se ensanchó un poco más.

—Oh, claro. Ahora lo entiendo —añadió, sin dejar de mirarme—. Debí suponerlo.

Me esforcé por mantener una sonrisa educada, sin entender por qué diablos había reaccionado así. Había algo en ella que me hacía sentir pequeña y, además, también sentía que la interacción con él era prestada y estaba a punto de vencerse.

—Voy a echar un vistazo a las camisas… jefe —dije, procurando que mi voz sonara ligera mientras me alejaba—. Creo que las de allá combinan con su tono de piel, señor Arlov. Son… pálidas.

No miré hacia atrás. No quería confirmar si seguían observándome.

Y con cada paso, las preguntas empezaron a apretarse en el pecho.

¿Por qué me molesta tanto? ¿Por qué esa punzada sorda dolía así?

No era como si él me debiera algo. Lo que tuvimos fue solo un convenio...

Eso fue todo…

Entonces, ¿por qué esa punzada seguía ahí, terca, clavada donde no debía?

¿Qué se supone que quiero que seamos?