Capítulo 31 Te extraño
El taxi se detuvo frente a la casa de mis padres, un lugar acogedor con un jardín siempre lleno de flores.
El orgullo de papá.
Antes de bajar, llené los pulmones de aire una última vez y me preparé mentalmente. Ya se oía el bullicio: risas, conversaciones, música. Sabía que, en cuanto cruzara la verja, me recibirían como si hubiera estado perdida durante años.
Cerré la puerta del coche con la cadera y apenas puse un pie en el sendero, la voz de mi madre me alcanzó.
—¡Al fin llegaste! —gritó desde la puerta, con la mano en alto, como si yo no pudiera verla desde allí—. ¡Dios mío! Pensé que la tierra te había tragado.
—Mamá, solo pasé por el súper, como me pediste —respondí mientras avanzaba con cuidado entre las flores.
Pero ella ya estaba en el centro del jardín, hablando a mil por hora.
—¿De verdad? ¿Tanto tiempo te tomó traer dos cosas? Te dije que compraras las bebidas, no que las fabricaras. ¡Ay, Lina! Un día te voy a enseñar a ser puntual.
Me dio un beso rápido en la mejilla antes de arrancarme una de las bolsas.
—¡Gabriel! ¡Gabriel! ¡Ven a ayudarle a tu hermana con esto! —ordenó, gritando un poco más fuerte.
Enseguida Gabriel apareció de algún lado, arrastrando los pies como si le costara la vida. Tomó las bolsas con una sonrisa burlona, esa expresión que me gustaba llamar el gesto del mal adolescente.
—Lina Taylor, la famosa periodista que nadie conoce —soltó con una sonrisa de lado mientras me guiñaba un ojo—. Oye, ¿ya pensaste en tu próxima investigación? ¿Qué tal algo sobre las terribles decisiones que tomas? Yo podría ayudarte enumerando cada cosa tonta que has hecho y que harás.
—Calla, pequeño monstruo —repliqué, dándole un empujón en el hombro—. No me hagas exponerte frente a mamá. Sé que copiaste en el último examen de matemáticas. Tengo mis fuentes, Gabriel.
—¿Qué? ¡Eso es mentira! —respondió de inmediato, abriendo los ojos de par en par mientras intentaba defenderse.
—¡Mamá! —grité a modo de provocación—. Gabriel copió en su examen de mates. ¿Cómo puedes permitir eso? ¿Acaso esos son los valores que les están inculcando tú y papá?
—Lina, ¿qué te pasa? —gritó horrorizado.
Pero ella ni siquiera se inmutó.
—Ayuda a tu hermana y déjate de idioteces, Gabriel. Hay mucho que hacer si queremos comer algún día, Lina.
Nos lanzamos un par de codazos antes de que él desapareciera hacia la cocina con las bolsas. Aproveché para respirar y disfrutar de la calidez antes de que el caos se intensificara, pero Gabriel no tardó en volver para dejarme caer una bomba.
—Ash, adivina qué, mediocre reportera —dijo con una sonrisa de suficiencia.
—¿Qué?
—Mamá invitó a Daniels.
Dejó caer la noticia sin más, con esa sonrisa de pequeño bastardo en el rostro.
Maldita sea.
Atravesé el pasillo hasta la cocina, donde mi madre se movía como si no hubiera roto un plato.
—¿Por qué? ¿Por qué hiciste eso?
—Ya, ya, Lina. Ya Gabriel te fue con el chisme. Ese niño es incorregible.
—Bueno, ¿y qué querías? Como quiera iba a verlo en algún momento. Esta casa no es tan grande —repliqué, con la irritación asomando en mi voz.
—Ay, Lina, ¿qué querías que hiciera? Dijiste que no vendrías. Y bueno, me lo encontré el otro día. Nueva York es pequeña, es un buen muchacho y tú estás desperdiciando a un buen muchacho —replicó sin siquiera mirarme—. Además, le gustó tanto la última vez que estuvo aquí…
Se encogió de hombros.
—Pues…
Cerré los ojos unos segundos, solté un resoplido y salí de la cocina, tratando de calmarme antes de enfrentar a la multitud.
Saludé a cada persona que me encontré en el camino mientras me dirigía hacia mi padre, sentado en la cabecera de la mesa del jardín, con la mirada calmada de siempre.
Su abrazo fue más fuerte esta vez.
—Tu madre te extrañaba —soltó en voz baja, dándome un guiño—, aunque no lo parezca con tanto regaño.
Dejé escapar una risotada mientras me acercaba a la abuela, que estaba sentada a su lado con un vaso de agua en la mano.
—Ay, Lina, tan bonita como siempre, mija. ¿Cuándo nos presentas a alguien serio?
—Yo también te extrañé, abuela —respondí, dándole un beso en la mejilla.
—¿Qué tal ese pelirrojo que anda dando vueltas por ahí? —insistió, sin perder el tiempo—. Es muy guapo. Además, dijo que me daría un poco de alcohol cuando no estén mirando.
—Ya vamos, abuela, todo a su tiempo —repliqué, sabiendo que aquella sería solo la primera de muchas—. Pero no creo que él haya dicho tal cosa.
—¿Y tú qué sabes?
Y, como si lo hubiera invocado, Daniels apareció en plena faena, ayudando a mover una mesa hacia el comedor y conversando con todos como si fuera uno más de la familia.
Mi corazón dio un vuelco, pero traté de mantenerme serena. No era el momento para aquella conversación pendiente.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, me sonrió con esa calidez de siempre.
—¿Lina? —exclamó, acercándose con los brazos extendidos—. ¿Cómo has estado?
—¿Bien? Bien. Yo he estado bien —respondí mientras me envolvía en un abrazo que se sentía familiar, pero distinto.
Se separó apenas un poco, pero antes de alejarse del todo me susurró al oído:
—Perdón por estar aquí. No sabía qué decirle a tu madre. Insistió mucho. Y bueno, ¿sabes cómo es? No sé decirle que no. Además, te estaba llamando para avisarte.
Solté una carcajada, porque era cierto. Mi madre podía ser una fuerza imparable cuando se lo proponía.
—Está bien. ¿Cómo has estado tú? Siento que ha pasado una eternidad desde la última vez que hablamos.
—Sí… Bueno, ya sabes, he estado bien, en la rutina —respondió.
La incomodidad seguía ahí.
—Ya solo quedan dos semanas para volver a integrarte. Todos en la editorial te extrañan. Incluyéndome, por supuesto.
—Daniels, yo…
—No. No ahora, Lina. Tranquila. Ya hablaremos.
Asentí, agradecida de que, al menos por ahora, pudiéramos dejar el tema a un lado.
Seguí caminando, saludando a más personas y escuchando las bromas de mis primos, hasta que me encontré con Tony, mi tío favorito, según sus propias palabras.
—¡Ash, Lina! —exclamó, levantando su vaso—. No hay nada mejor que un buen gin-tonic en una tarde como esta.
Apreté los labios con una sonrisa mientras intentaba ayudar con las bebidas, y Daniels apareció a mi lado nuevamente.
—¿Te ayudo? —preguntó, sonriendo.
¿Por qué siento esta rara sensación?
Dios, es agotador.
—Por supuesto, señorito Perfecto —respondí, entregándole una botella de ginebra—. Pero cuidado, no quiero que arruines los cócteles. Se ponen algo quisquillosos cuando falta alcohol.
—¿Arruinar? ¿Yo? —Se llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa—. Por favor, Lina. Si alguien sabe cómo hacer un buen cóctel, ese soy yo. ¿Quién crees que prepara los cócteles de las fiestas navideñas en la editorial?
—Claro. ¿Cómo olvidarlo? Eres todo un experto en… bueno, en todo, ¿no? Daniels, el ejemplo a seguir para todos —solté en tono divertido mientras servía las bebidas.
—Es que alguien tiene que equilibrar tu torpeza natural —respondió, lanzándome una sonrisa de lado que me hizo reír sin poder evitarlo.
—Torpe tú, Daniels. —Lo empujé suavemente con el codo—. Recuerdo perfectamente quién casi tira la bandeja de tragos la última vez. Ash, sí, eras tú.
—Mentira —exclamó—. Solo estaba probando tus reflejos y, por cierto, los tienes bien entrenados.
—Sí, sí, claro. Sigue hablando y verás cómo te dejo solo con las bebidas.
—Lina, no tientes a tu suerte o haré que la señora Aurora me enseñe tus fotos de bebé de nuevo.
Se inclinó un poco hacia mí, con esa mirada retadora.
—Si haces eso, tendré que ir a Manhattan y preguntarle a tu madre por tus fotos de bebé para que estemos iguales.
—Joder, Lina, ni te atrevas. Era un bebé muy feo. No puedo competir contigo.
—De hecho, tienes razón. Yo era una niña muy bonita.
—Por supuesto. Tus cachetitos eran hermosos.
Ambos estallamos en risas.
Por un momento, la incomodidad pareció estar solo en mi cabeza.
—Te extraño —soltó de repente, con una fragilidad en la voz que me descolocó.
—Daniels…
—Lo sé, lo sé. Como amigos —me interrumpió de inmediato—. Extraño nuestra amistad.
Suspiró y apartó la mirada por un momento. Luego volvió a mirarme con un amago de sonrisa.
—No quiero… No debería, pero no quiero perder nuestra amistad. Por favor, Lina. El bar Punk te extraña. Yo te extraño.
Vamos, Lina. Si vas a trazar la línea de manera definitiva, que sea ahora.
—Lo sé —murmuré finalmente, con el pecho apretado—. Yo también te extraño.
Estúpida Lina. Estúpida.
El silencio que siguió fue casi insoportable.
—Puedo esperar —agregó, bajando la voz, como si intentara convencerse a sí mismo— a que tus sentimientos se organicen. Lo nuevo es excitante y el fuego suele quemar, Lina.