Capítulo 30 Reunión familiar
Mi cuerpo se sentía pesado, como si los últimos días se hubieran acomodado justo sobre mi pecho.
De verdad firmé un contrato así con Víktor Arlov.
Me giré en la cama, buscando una postura que callara mi mente, pero los recuerdos seguían dando vueltas.
Tenía que haber algo más detrás de esa fachada fría e intocable. Lo notaba cada vez que lo miraba a los ojos.
¿Qué fue lo que te hizo así?
Justo cuando empezaba a perderme en esa idea, mi teléfono vibró sobre la mesita de noche.
—¿Aló? ¿Mamá? —respondí, anticipando el caos.
—Lina, ¿dónde estás? Ya deberías estar aquí.
—Hola, mamá. Me acabo de despertar. Ya voy para allá —contesté, dejando escapar un resoplido.
El caos del sábado familiar acababa de comenzar.
—Y, por favor, por lo que más quieras, no olvides las bebidas. Ya sabes cómo son tus tíos, especialmente tu tío Tony. Se va a quejar si no hay ginebra para su gin-tonic. Lo sabes, ¿verdad?
Mi madre hablaba tan rápido que a veces ni siquiera alcanzaba a seguirle el ritmo. Era como escuchar a alguien narrar una carrera de caballos.
La amaba, pero había días en que sentía que necesitaba un manual para descifrarla.
Era mitad latina, mitad huracán.
Había nacido aquí, pero conservaba intactas sus raíces puertorriqueñas, que la volvían bulliciosa, extrovertida y agotadora. Mi abuela repetía que lo mejor que nos había dado Puerto Rico era la familia grande y ruidosa.
Eso y el mofongo, claro.
Y no se equivocaba.
Solo que a veces yo también quería un poco de silencio.
—Sí, mamá. Pasaré por el súper. No te preocupes —respondí, intentando reunir toda la paciencia posible—. Y recuerda, ¡nada de invitar a Daniels esta vez! —añadí rápidamente antes de que colgara.
—¿Por qué no, mija? A todos les cae tan bien Daniels. Es un buen muchacho —replicó, como si hubiera tomado la decisión más absurda de mi vida y yo fuera el problema.
—Mamá, por favor. No lo invites esta vez. Además, Daniels está ocupado con sus cosas, no tiene tiempo…
—Está bien, está bien —repuso con indignación.
Cuando por fin colgó, solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Daniels.
Dios.
Otro problema del que no quiero ocuparme hoy.
Mi madre lo adoraba, claro. En su mundo de familia bulliciosa y cenas de domingo, él encajaba a la perfección.
Me levanté de la cama y empecé a arreglarme. Un poco de corrector, máscara, algo de color en los labios; lo justo para verme presentable frente a mi familia y, francamente, para no parecer que estaba a punto de colapsar.
Me miré en el espejo una última vez mientras me acomodaba el cabello.
Soy guapa, lo sé. Pero a veces me pregunto si eso es lo único que él ve.
Hay algo en ese hombre que me atrae, aunque la posibilidad de que sienta algo por mí es casi nula.
¿Cómo puede alguien como él sentir algo real por mí si puede tener a cualquiera?
Mi teléfono volvió a sonar.
Miré la pantalla: Víktor.
No. Hoy no.
Yo no trabajo los sábados. Además, ya tenía suficiente con mi madre y toda la familia, siempre queriendo saber más de mi vida.
«¿Qué tal la carrera, Lina? ¿Sí te da para comer?». «¿Para cuándo los bebés, Lina? ¿Cuándo te casas? ¿O planeas quedarte a vestir santos?».
Dejé que el teléfono siguiera vibrando.
Llené los pulmones de aire y me di una última repasada en el espejo antes de salir.
Al llegar al pasillo del alcohol, examiné las botellas de ginebra como si estuviera eligiendo el destino de mi vida.
Era solo ginebra, pero aun así comparaba marcas, precios y tamaños, aunque mi tío Tony apenas notaba la diferencia.
Mientras comparaba etiquetas, otra idea se coló sin permiso.
Desde que Víktor había entrado en mi vida, hacía apenas dos semanas, todo había dado más vueltas que en el último año entero.
Solo dos semanas.
Era una completa locura.
Cuando por fin cerré la mano sobre una botella, el teléfono volvió a vibrar y casi se me resbaló. Lo saqué de mala gana y el nombre en la pantalla era el mismo.
—Oh, no. No hoy. No trabajo los sábados.
Seguía repitiéndomelo, como si decirlo en voz alta bastara para que él lo entendiera sin que yo contestara el teléfono. Por un segundo, casi pude imaginarlo apareciendo detrás de uno de los estantes, rematando la escena con alguna frase sarcástica.
—No trabajo los sábados, ¿entiendes?
De pronto, una voz suave sonó a mi lado.
—Oh, cariño, yo también hablaba sola antes de que me recetaran unas pastillas estupendas.
Una señora me miraba con una sonrisa compasiva, casi con pena, mientras empujaba su carrito. Cerré los ojos un segundo, sintiendo cómo se me encendían las mejillas mientras luchaba por no soltar una carcajada.
—No, no, no es eso. Yo solo…
Alcancé a decir, aunque sabía que intentar explicar la situación solo la enredaría más.
—Ya sabe, a veces una necesita hablar en voz alta para ordenar las ideas.
Ella sonrió, indulgente, como si ya hubiera escuchado lo mismo mil veces.
—Bueno, querida, si necesitas un buen consejo, tal vez deberías intentar hablar con una persona de verdad —añadió, dándome una palmadita en el brazo antes de seguir su camino.
Genial.
Me acababa de llamar loca en pocas palabras.
Cuando se perdió al final del pasillo, sacudí la cabeza y volví a centrarme en la ginebra.
—Normalidad, Lina. Esto es normalidad —murmuré entre dientes—. Compra el maldito alcohol de una vez y añade dos botellas de vino, porque seguro mi madre va a regañarme por llegar tarde.
Mientras caminaba hacia la caja para pagar, el teléfono volvió a vibrar.
Joder, Víktor.
Me detuve y saqué el móvil de nuevo, pero esta vez no era él.
Daniels.
Solté un suspiro al ver su nombre en la pantalla.
Teníamos que hablar. Y pronto.
Pero no hoy.
Daniels, hoy no.
Ignoré la llamada y guardé el teléfono.
Ni tú ni Víktor.
Hoy solo voy a lidiar con un tipo de estrés a la vez.
Al salir del supermercado, levanté la mano y, para mi suerte, un taxi se detuvo casi de inmediato.
—Avenida Mulberry, número 237, por favor.
Mientras el coche avanzaba, miré por la ventana. Mis padres vivían en un barrio bonito. No era el Upper East Side, pero tampoco uno de esos lugares donde daba miedo salir después de las nueve.
Era el tipo de vecindario donde las familias crecen, los niños corren por el jardín delantero y las decoraciones navideñas empiezan a aparecer a principios de noviembre.