Capítulo 29 No quiero que esto acabe
Apenas puse un pie fuera del avión, la brisa fría me dio en la cara. Después del calor, el contraste fue tan brusco como necesario.
Ella descendió detrás de mí y le tendí la mano casi por reflejo, como si ya fuera un hábito. Vaciló un instante, pero terminó aceptándola y la chispa volvió de inmediato.
No había incomodidad.
¿Por qué diablos con ella no resultaba incómodo?
En la isla, tocarla me ancló a una realidad que apenas podía manejar.
Más que eso, tal vez.
Me recordaba que existía algo más allá de esa lucha constante en mi cabeza.
Cuando soltó mi mano, sentí un tirón dentro de mí.
Subimos en silencio al coche y el vehículo se puso en marcha de inmediato.
La miraba de reojo mientras ella observaba distraída por la ventana. Esa distancia que intentaba mantener me irritaba.
Quiero saber qué pasa por su mente, desmenuzar cada pensamiento que cruce por su cabeza. Pero no puedo preguntarle sin más. O tal vez sí…
—Mencionaste un compromiso cuando te dije que volvíamos. Algo me dice que no quieres asistir del todo.
—Sí, algo así —respondió sin mirarme, con una tranquilidad casi indiferente.
¿Por qué esa calma? ¿Qué es lo que tanto quiere ocultar?
Siento que tiene que ver con ese tipo. Tiene esa sonrisa de niño bueno. No me fío de los pelirrojos. Son muy… coloridos.
—¿Con el pelirrojo?
Me miró de inmediato.
—Se llama Daniels.
—Gracias. Pero su nombre no es relevante para mí.
—Entiendo… Pero ¿qué tiene que ver él aquí? ¿Y cómo sabes…?
No terminó la pregunta, pero sabía lo que estaba pensando.
¿Por qué demonios lo menciono de la nada? ¿Cómo sé quién es?
—Tu jefe de la revista, ¿cierto? Después de todo, tienes dos jefes ahora. Aunque te recuerdo que una de las cláusulas del contrato que firmaste conmigo deja claro que no puedes trabajar para nadie más mientras dure nuestro acuerdo. No me gusta compartir.
—Lo sé. Y mi asunto no tiene que ver con Daniels ni con la revista.
Dejé de insistir y el silencio se apoderó del coche otra vez, pero mi mente seguía dándole vueltas.
¿Por qué me molestaba tanto?
Cuando llegamos a su casa en Queens, abrió la puerta y bajó de inmediato. Yo salí detrás casi por reflejo.
La seguí con la mirada mientras se acercaba a la entrada.
Quería más. No solo de la conversación, sino de aquel momento extraño, casi doméstico.
—¿Qué haces? —preguntó, girándose hacia mí en cuanto cerré la puerta.
Caminé hacia los escalones, fijando los ojos en los suyos.
—Pensé que podrías invitarme a pasar —respondí con una media sonrisa—. Quiero ver cómo vives.
—¿Por qué? —preguntó, alzando una ceja, como si mi interés la descolocara.
—Curiosidad, supongo…
No era simple curiosidad. Pero no pensaba decírselo.
Quería saber cada detalle. Ver si su casa reflejaba algo de Lina Taylor que todavía no me hubiera dejado ver.
—¿No me vas a invitar a pasar?
—Es una casa normal —replicó, a la defensiva—. No tiene nada de interesante, mucho menos lujos.
—¿Nada interesante? —repetí, arqueando una ceja—. ¿Acaso escondes un cuerpo ahí dentro, Lina?
Se echó a reír.
—No, Víktor, no tengo ningún cuerpo escondido aquí adentro. Sin embargo, aún no entiendo por qué quieres entrar —dijo, más relajada, aunque la desconfianza seguía asomando en sus ojos.
—Bueno, ya has estado en mi casa —repliqué—. Es lo justo, ¿no crees?
Rodó los ojos, fingiendo exasperación, pero algo en su gesto cedió.
—Está bien, pero solo un momento… Estoy cansada —respondió finalmente.
Mientras terminaba de subir las escaleras, sentí una pequeña victoria.
Era un paso más dentro de su mundo. Un mundo que quería descifrar y, eventualmente, controlar.
—No hay mucho aquí, si es lo que esperabas —señaló mientras se quitaba los zapatos y los dejaba junto a la puerta.
—No es el lugar lo que me interesa —respondí, acercándome al sofá donde se había sentado—. Deberíamos hablar de algo importante.
—¿Sobre qué? —preguntó en un tono cauteloso.
Vaya, siento que comienzas a conocerme, pero no deberías confiarte demasiado.
—Sobre lo que sucederá de ahora en adelante —respondí sin apartar la mirada de ella—. No estoy hablando del contrato de asistente. Eso termina en dos semanas. Y, aunque haces un pésimo café, deberías seguir asistiendo a ArlovTech hasta que obtengas lo que quieres…
Entrecerró los ojos levemente, anticipando mis palabras.
—Ahora bien, el asunto importante aquí es el otro contrato —añadí, bajando un poco la voz—. El que incluye… otros términos.
—¿El contrato de la isla?
—Sí.
Me acerqué un poco más, lo suficiente para que nuestros cuerpos casi se rozaran.
—Creo que deberíamos considerar extenderlo… indefinidamente.
Se quedó en silencio por un momento.
—¿Indefinidamente…?
—No quiero que esto termine. No ahora que hemos descubierto algo… diferente.
Mis dedos se apoyaron en su rodilla.
—¿Por qué querría extender algo así?
¿Me estás probando?
—Porque lo que tenemos no es algo que pueda desaparecer de la nada.
Deslicé la mano bajo el borde de su vestido, subiendo con deliberada lentitud por el muslo.
—¿Por qué no querrías?
El aire entre nosotros se volvió más denso y su cuerpo respondió antes que sus palabras.
—No lo niegues. Ambos sabemos lo que es esto. Lo que ha sido desde el principio. ¿Quieres que termine?
Me acerqué un poco más, hasta que nuestros labios casi se encontraron. Sentía su respiración temblar contra mi boca.
—Piénsalo —susurré junto a sus labios—. Me gustaría decirte que no tienes que decidir ahora, pero no estaría siendo del todo honesto. Créeme, Lina, me estoy conteniendo más de lo que imaginas para no someterte aquí mismo.
Cerró los ojos por un momento, como si estuviera peleando consigo misma.
—Te deseo.