Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 28 Madrugada
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Capítulo 28 Madrugada

Me apoyé en las paredes varias veces mientras caminaba por el pasillo. La cabeza me daba vueltas y cada paso hacia su habitación se sentía como un golpe por dentro.

Maldita sea.

No debí beber esa mierda.

El vodka me quemaba por dentro y me arrastraba hacia recuerdos que intentaba mantener enterrados. Recuerdos de un niño que no podía protegerse.

Cuando llegué a su puerta, me apoyé en la pared. Mis manos temblorosas se deslizaron hacia abajo. Por un instante sentí la necesidad de gritar, pero lo reprimí. A duras penas logré mantenerme en pie.

Toqué la puerta y no hubo respuesta.

Mejor. Quizás no debí venir aquí.

Pero la idea de enfrentarme solo al remolino que tenía dentro me aterraba más en ese momento. Mi cuerpo quería colapsar, pero mi mente seguía resistiendo, aunque cada vez con menos fuerza.

—¿Quién es? —Escuché su voz desde el otro lado.

No pude responder. Las palabras se quedaron atascadas en mi garganta.

Quería pedir su ayuda.

—¿Quién está ahí? —preguntó de nuevo.

La puerta se abrió lentamente y asomó la cabeza.

—Víktor… —susurró.

Me senté en el suelo, a un lado de la puerta, incapaz de mantenerme en pie por más tiempo.

Ella se movió y se arrodilló a mi lado. Sus manos tocaron mis hombros.

—Déjame ayudarte —dijo con una calma que me hacía querer ceder.

Quise gritarle que se alejara, que volviera a su maldita habitación, que cerrara la puerta con seguro y que no se atreviera a salir esta vez. Pero las palabras siguieron sin salir. Lo único que pude hacer fue observarla.

Y cuando por fin logré articular palabra, lo primero que salió fue un reproche.

—Lina… no sabes… seguir órdenes —murmuré, sintiendo el peso de cada sílaba.

No se rindió. Me ayudó a levantarme, pasando su brazo alrededor de mi cintura mientras me apoyaba en la pared.

Era extraño, pero no me dolía. No como otros contactos. Era cálido. Gentil.

—Esto es ridículo, Víktor. Ayúdame a ayudarte, por favor —insistió con terquedad.

—No… No… No necesito tu maldita ayuda —logré decir, aunque mi cuerpo me traicionó con un tambaleo y la pared se convirtió en mi único sostén.

—Si no quisieras ayuda, no estarías aquí. Habrías ido a tu maldita habitación —replicó en un tono exasperado.

Tenía razón.

Maldición.

Por supuesto que tenía razón.

—Haz lo que quieras —mascullé, rindiéndome ante el agotamiento.

Me guió hacia mi habitación y, mientras intentaba caminar, no pude evitar respirar más profundo para sentir su aroma. Me aferré con más fuerza para mantenerme de pie.

La necesitaba.

Más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Cuando llegamos al baño, me metió bajo la ducha con ropa y todo, mojándose ella también. El agua fría me golpeó de lleno y consiguió despejarme a medias.

Sentí alivio casi de inmediato.

¿Por qué no se aparta?

Continuó a mi lado, ayudándome a mantenerme en pie.

Nuestras miradas se encontraron. Sus ojos se clavaron en los míos y, por primera vez, no me sentí completamente solo.

—Lo siento, no quiero tocarte… —susurró, alejándose.

Pero antes de que pudiera hacerlo, mis manos reaccionaron por sí solas. Tomé su muñeca y, sin pensar, coloqué su mano sobre mi pecho.

La presión volvió.

No me quemaba.

No me llenaba de angustia.

Era cálida. Reconfortante.

El silencio se extendió entre nosotros.

La besé primero.

Fue un beso descontrolado, hambriento, lleno de una necesidad que no podía negar. Llevé las manos a su rostro y la empujé contra la pared, dejando que mi cuerpo se apoyara sobre el suyo mientras su boca se abría bajo la mía.

Quería más.

Necesitaba más.

Sus manos recorrieron mi cuerpo y, por primera vez, el contacto de una mujer en la intimidad no se sintió repugnante. No me hizo retroceder. No me hizo querer arrancármelo de encima. Solo me arrastró más hacia ella.

La deseaba.

Joder.

La ropa se volvió un obstáculo que eliminamos rápidamente. La levanté contra la pared y ella se aferró a mí, con las piernas rodeándome y la respiración rota contra mi boca.

Cuando finalmente estuvimos piel contra piel, cuando entré en ella y la sentí cerrarse alrededor de mí, mi cabeza pareció silenciarse.

Me desperté, pero no quería abrir los ojos. El peso del cuerpo de Lina a mi lado me traía recuerdos de la noche anterior: la tormenta, el maldito vodka, su piel bajo la mía y aquella extraña ligereza que sentía esa mañana.

Sentí su mirada sobre mí y, por un momento, fingí estar dormido. Hasta que su delicada y curiosa mano comenzó a moverse hacia mi cabello. La detuve antes de que llegara, cerrando los dedos firmemente sobre su muñeca, y entonces abrí los ojos para encontrarme con los suyos.

—Buenos días… —pronuncié con una voz más áspera de lo que esperaba.

Sonrió, pero no era la sonrisa casual de otras veces.

—Vaya, pensé que anoche habíamos pasado el umbral —comentó, soltando una risa suave, como si intentara aliviar la tensión.

—¿Intentando usar mis palabras en mi contra, señorita Taylor?

No pude evitarlo. Una sonrisa demasiado genuina se extendió por mi rostro.

—Cuando sonríes así, eres el doble de guapo —añadió con una sinceridad que me incomodó.

Retiré lentamente la mano de su muñeca y ella apartó la suya con cuidado. Me senté en la cama y dejé escapar un suspiro.

Ayer me había visto en un estado que nunca debió presenciar. Uno que no podía permitir que se repitiera. Necesitaba recuperar el control, pero… joder, no podía negar lo bien que me hacía sentir su presencia.

No, Víktor. No.

Me levanté de la cama buscando algo de ropa. Encontré una camiseta y unos pantalones sueltos de pijama que rodaban por ahí. Mientras me vestía, sentía su mirada sobre mí.

Sabía que no lo iba a dejar pasar.

—Quiero tomar mi pregunta ahora —soltó de repente.

¿Qué mierda estará pensando esta vez?

—Bien… —contesté, mirándola con una media

sonrisa—. Estás de suerte. Hoy me siento generoso.

Se sentó en la cama, cruzando las piernas y manteniéndome la mirada.

—El hombre de la pintura… ¿es tu padre?

Mi cuerpo se tensó al instante.

No esperaba esa pregunta. Por un segundo, la normalidad que intentaba recuperar volvió a escapárseme de las manos. Me recompuse rápido y la observé con dureza, pero ella, para mi sorpresa, no apartó la vista.

—Sí. Lo es.

Esperaba que con eso fuera suficiente.

—¿Satisfecha con tu respuesta? —pregunté, inclinándome un poco hacia ella, midiendo su reacción.

Necesitaba alejarme. Tiempo. Espacio. Recuperar el control.

—Voy a despedir a nuestros invitados. El día está claro, la tormenta se ha ido. Y tú deberías comenzar a empacar.

—¿Empacar? —preguntó, frunciendo el ceño—. Dijiste que estaríamos aquí una semana. Nos quedan tres días más.

—Deberíamos regresar a Nueva York —respondí, volviendo al tono habitual—. Hay asuntos que requieren mi atención y no puedo posponerlos. Ya terminé aquí.

Suspiró, claramente frustrada.

Ah, eres un bastardo, Arlov.

—¿Todo bien?

—Sí… —respondió, pero había algo en su tono que me decía que no era del todo cierto—. Es solo que… tengo algo que hacer en Nueva York. No pensé que fueras tú quien rompería nuestro acuerdo… Es… Todo está bien. Olvídalo.

Se detuvo y eso encendió mi curiosidad.

¿Qué mierda estás escondiendo, Lina Taylor?

—¿Una cita? —pregunté, dejándome llevar por esa maldita curiosidad.

—Se podría decir que sí —respondió sin mirarme directamente—. Es una cita a la que no puedo faltar. Ya la he pospuesto antes, ahora ya no tengo excusas gracias a ti.

Quería seguir preguntando. Quería saber cada maldito detalle. Pero no podía perder más terreno del que ya había perdido. Necesitaba volver a tener el mando.

Así que no insistí.

—Empaca —dije, más frío esta vez—. Nos vamos en unas horas.