Capítulo 27 Víktor Arlov
Una sensación sofocante se había instalado desde que cruzamos la puerta, como si la casa reconociera el tipo de visita que traía conmigo.
El ama de llaves ya esperaba en el vestíbulo.
—Prepara habitaciones para nuestros invitados —ordené, manteniendo el tono controlado aunque por dentro la sangre me hervía—. Que se refresquen. Luego nos veremos para la cena.
Boris alzó esa maldita botella una vez más antes de subir.
—Tiene tu nombre, pequeño Arlov —dijo con una risa burlona—. Nos vendrá bien ponernos al día… El tiempo sí que pasa rápido.
—Por supuesto…
A mitad de camino se volvió, lanzándole otra mirada lujuriosa a Lina.
—Espero que esa hermosura tuya nos acompañe.
—Sí, porque eso de beber sin la compañía de una mujer es de maricones —agregó Sergey.
—Claro. Ella también cenará con nosotros.
Los observé desaparecer y luego miré a Lina.
—Espera un momento.
Se detuvo en el primer escalón y volvió la cabeza hacia mí.
Acorté la distancia hasta quedar justo frente a ella. De inmediato, mis dedos resbalaron por su brazo en un recorrido lento que la obligó a alzar la mirada hacia mí. El calor que desprendía me subió por la mano como una descarga.
—A mitad de la cena —dije en un murmullo contenido—, te levantas, te disculpas y subes a tu habitación. Cierra con seguro. No importa lo que escuches, no abras la puerta. Ni siquiera si soy yo quien llama.
Frunció el ceño y la pregunta se formó antes de que abriera la boca.
—¿Por qué?
Subí hasta la línea de su cuello, siguiendo la curva de la clavícula.
—Porque te lo estoy diciendo yo. Haz lo que te pido.
Asintió, aunque la duda seguía viva en esos ojos tercos.
Me obligué a apartarme.
Me estaba volviendo adicto a esa sensación.
A ella.
Y eso era peligroso.
En el comedor intenté desconectarme, pero cada palabra que salía de sus bocas seguía retumbando en mi cabeza.
A mi lado, Misha fue quien terminó retomando la conversación, aunque su atención estaba puesta en ella.
—Señorita Taylor, hay algo en su rostro que me resulta intrigante —comentó, mirándola con interés—. ¿Tiene ascendencia irlandesa, tal vez?
Ella lo miró sorprendida y una sonrisa se le escapó de los labios.
¿Por qué le sonríes?
—No, mis padres son americanos.
Él asintió, como si buscara cualquier excusa para que la conversación no muriera ahí.
—Interesante. Aunque nunca se sabe… A veces la sangre de nuestros ancestros deja huellas que ni siquiera nosotros entendemos del todo. Yo, por ejemplo, soy un tercio australiano.
—Oh, vaya… Eso es fascinante.
—¿Verdad que sí? ¿Ha ido a Australia alguna vez?
—No… yo no… no podría costearlo.
—¿En serio? Pensé que trabajando para alguien como Víktor Arlov, se ganaría bien —señaló, soltando una carcajada.
—No, no es…
—Víktor, deberías considerar un aumento para tu hermosa asistente. Si no, alguien podría ofrecerle más —añadió, guiñándole un ojo.
—Lo tomaré en consideración —respondí, apretando los labios con una sonrisa.
La miré de reojo, intentando que mi irritación no se notara. Pero esa maldita sonrisa que le dedicaba me estaba enervando más de lo que debería.
No, Víktor. No.
No es el momento.
De repente, Boris soltó una carcajada brusca que sacudió la mesa.
—¡Ah, las americanas! Siempre tan fogosas. Eso me recuerda a la vez que estuve en Nueva York rodeado de zorras americanas en un maldito hotel. Joder, qué noche.
—Recuerdo esa vez —agregó Sergey con una sonrisa lasciva.
¿Es que acaso tienen que hacer toda esa mierda depravada en compañía del otro?
Ya parecen un maldito matrimonio.
—Las americanas y las latinas siempre han sido las mejores. Son calientes. No como las frías europeas. Me pregunto si eso viene de familia.
Lo dijo mientras miraba a Lina de una forma que me hizo apretar el tenedor con demasiada fuerza.
—Nikolay decía que las americanas…
Aquí vamos de nuevo con ese maldito hombre.
—Hablan tanto de Nikolay que cualquiera pensaría que estaban enamorados de él —solté, sin poder contenerme.
Ambos se echaron a reír como si lo tomaran a broma.
—Era un gran hombre —replicó Boris—. Realmente lo era. Qué falta hace, ¿eh? Creo que habría revolucionado el apellido Arlov. Lo habría llevado a otro nivel.
Levanté una ceja casi de forma automática y dejé caer el tenedor sobre la mesa.
—¿Revolucionarlo? Yo ya lo he hecho. He triplicado el patrimonio que Nikolay dejó. El apellido Arlov está más alto de lo que nunca estuvo con él.
Mis palabras parecieron tener el efecto deseado. Ambos se callaron por un momento.
—Vamos, pequeño Arlov, no te lo tomes tan a pecho —repuso Sergey con su clásica sonrisa torcida—. Solo decimos que tu padre tenía una visión… diferente, definida, más cruda, más sabia.
—¡Ja! Nikolay Arlov era mi padre —respondí con tono frío—. Pero no tenía visión. Era un hombre patético, atrapado en sus propias limitaciones. Yo soy quien ha llevado el apellido Arlov hacia el futuro.
—¿Has visto a Dimitri últimamente? ¿Qué te dice eso? —preguntó con una sonrisa de autosuficiencia.
—Lo vi en la televisión mientras estaba en Nueva York —continuó Boris—.
Estaba en un maldito programa norteamericano, promocionando una maldita película afeminada de «amor».
Tan pronto dijeron «Arlov», casi no lo podía creer.
¿Qué mierdas ha hecho ese maricón con el apellido?
Y ya sabes lo que dicen de los actores… No imagino a cuántos tuvo que chupársela para conseguir un papel.
Apreté la mandíbula, intentando no mostrar ninguna emoción.
—Eso es lo que pasa cuando no tienes una mano firme en casa.
Por eso le ofrecí a tu madre quedarme a su lado.
Nikolay siempre lo decía: «Ese niño es un afeminado».
Lo habría corregido si hubiera estado más tiempo en casa, pero ya sabes…
Las madres y sus mimos. Esther lo estropeó.
Debes agradecer que tu padre te crió con mano dura, Víktor.
Algo se tensó dentro de mí.
Finalmente, Lina se puso de pie.
—Caballeros, ha sido un día largo. Estoy realmente cansada, así que creo que es mejor que me retire. Fue un placer conocerlos a todos y espero que tengan un buen viaje de regreso.
Y, nuevamente, Sergey no desperdició la oportunidad.
—¿Cansada? ¿De qué, hermosa? ¿De mover tu lindo culo por aquí y por allá? Joder, por eso las mujeres deberían quedarse en la cocina. Pero te entiendo, pequeño Arlov, porque si me topara con una belleza así, yo también la contrataría para que me trajera el café…
Lina le ofreció una sonrisa tensa.
—Que pase una buena noche, señorita Taylor —añadió Misha, con un tono que solo alimentaba mi irritación.
—Gracias. Usted igual. Señor Arlov.
—Señorita Taylor.
La observé de reojo mientras salía del comedor y, de manera automática, parte de la tensión desapareció.
—Mujeres… un mal necesario en la vida de cualquier hombre, ¿no? —añadió Sergey, mirándome fijamente.
Luego agarró la botella de vodka y la sacudió frente a mí como un reto silencioso.
Esos malditos viejos todavía intentaban probarme.
—Ahora que las mujeres no están, podemos dejar de contenernos —comentó Boris—.
Vamos, pequeño Arlov, no me digas que sigues siendo un blandengue.
Esta botella tiene tu nombre escrito. Es tuya, la traje para ti.
Es para compartir, como en los viejos tiempos.
Además, no es lo mismo el vodka americano que un buen vodka ruso.
Ja, americanos… —chasqueó la lengua con cierto desprecio.
El asco me invadió de inmediato, junto con los recuerdos de todas las veces que me habían obligado.
Mi estómago se retorció, pero no podía mostrar debilidad. Sergey sirvió vodka en un vaso y me lo pasó.
Lo observé por un momento antes de tomarlo.
—Es solo alcohol, pequeño Arlov —dijo—. No es veneno.
—Por supuesto —respondí, intentando mantenerme firme.
Levanté el vaso hacia ellos, apretando los labios con una sonrisa.
—Salud.
El alcohol bajó como fuego, quemando por dentro, pero mi expresión no cambió.
Si bajo la guardia, estoy jodido.
Dejé escapar un suspiro, fingiendo que me relajaba.
—Eres igual que tu padre —soltó Boris, inclinándose hacia mí—. Tan rígido, tan malditamente serio. Muy pocas veces vi sonreír a ese bastardo hijo de puta.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Ojalá no termines como él… ya sabes, con una muerte tan repentina. No parecía su estilo, ¿no crees?
¿Qué insinúas?
No tienes las pelotas para decírmelo a la cara, ¿verdad?
—La muerte llega para todos —respondí con la voz más baja, más gélida—. Podrían morir mañana. Podrían morir subiendo a su lujoso avión justo mañana. La muerte es una ruleta rusa. Uno nunca sabe cuándo va a dispararse el tiro.
Boris sonrió y levantó su vaso, encantado de haber provocado una reacción.
—Espero que no sea en el avión —intervino Misha con una seriedad que cortó el ambiente—. Estoy de acuerdo en que todos podríamos morir mañana, pero sinceramente espero que no sea en ese maldito avión conmigo a bordo.
Soltó una carcajada. Era la primera vez que lo veía reír tan fuerte en todo el día.
—Salud, pequeño Arlov.
Sergey se rio entre dientes mientras alzaba su vaso en mi dirección.
Ya no podía soportar ese maldito apodo ni un segundo más.
—No soy el pequeño Arlov, Sergey. El pequeño Arlov murió con su adorado Nikolay. Soy el señor Arlov para ti —corregí con un tono cortante, sin espacio para
bromas—. Víktor Arlov.