Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 25 Viejas amistades
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Capítulo 25 Viejas amistades

Mis manos empezaron a sudar y la mente se me fue por un instante, hasta que me obligué a recomponerme.

No podía permitirme que nada de lo que estaba por venir se notara en la superficie.

Pero en cuanto vi sus sonrisas, una sensación familiar se instaló en mi pecho y arrastró consigo uno de esos recuerdos que, por mucho que intentara enterrarlo, siempre volvía cuando estaban cerca.

✽✽✽

El último fin de semana de cada mes, mi padre y yo viajábamos a Rusia. Él lo presentaba como una sana convivencia entre padre e hijo, pero no era más que otra lección desgarradora. Para él era esencial, casi un rito de iniciación destinado a mostrarme «el verdadero mundo».

Mi madre siempre intentaba detenerlo, pero cada vez que levantaba la voz terminaba en el suelo.

Y aun así, lo intentó una vez más.

—Nikolay, por favor, ese no es un ambiente saludable para un niño.

Mi padre, ya irritado por sus súplicas, se detuvo un segundo antes de volverse hacia ella.

—¿Un niño? —soltó con una carcajada—. Lo que intentas hacerle a mi hijo no voy a permitirlo. Deja de socavar mi autoridad.

—Lo que le estás haciendo a nuestro hijo lo está destrozando. Lo estás enfermando.

—Cállate, Esther. Cierra la maldita boca de una vez.

El golpe vino rápido, con la brutalidad habitual. La bofetada la hizo caer de rodillas y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Quiero ir —dije, aunque la mentira me supo amarga en la boca.

Lo dije para que se detuviera. Para que no intentara golpearla de nuevo.

Mi padre me miró con algo que solo podía describir como aprobación.

—Estaré bien, mamá —aseguré, arrodillándome frente a ella para intentar tranquilizarla.

—¿Lo ves, maldita mujer? Él no es como ese inútil —añadió, señalando hacia el rincón donde Dimitri se había escondido y miraba la escena con los ojos desorbitados.

Mi madre me sostuvo la mirada con los ojos enrojecidos.

—¿Ves? Le gusta convivir con su padre. Deja de hacerte ideas —dijo—. Levántate, Víktor. Vamos.

La residencia en Rusia era un escenario de excesos.

No había calidez, solo una opulencia vacía que reflejaba el alma de mi padre.

Todo era grande, brillante y costoso… pero sin vida.

Apenas cruzábamos el umbral, el olor a tabaco inundaba el aire, mezclado con alcohol, sudor y algo más que siempre me dejaba inquieto.

Sergey y Boris eran socios de mi padre, pero también sus cómplices en toda aquella depravación. Me los había presentado desde pequeño como «mentores», hombres que «me mostrarían cómo era la vida real». Según él, me harían fuerte y me prepararían para todo lo que venía.

La partida de póker comenzaba temprano. Los hombres se sentaban alrededor de la gran mesa del comedor y las botellas de vodka se destapaban una tras otra. No importaba la hora del día; siempre había una botella a mano. El alcohol fluía tan rápido como las palabras grotescas.

Y las mujeres… las mujeres eran otra parte del mobiliario.

Algunas, solo un poco mayores que yo, se paseaban por la casa con poca ropa, sirviendo vodka y riendo como si estuvieran disfrutando. Pero sus ojos decían otra cosa.

—¿Y tú qué miras? —preguntó Sergey, con el aliento impregnado de alcohol y tabaco, mientras me empujaba una botella—. Eres un Arlov, no te comportes como un cobarde. Ya tienes edad suficiente para beber. Yo comencé a los doce.

Sentí los ojos de mi padre sobre mí de inmediato y sabía lo que vendría si me negaba.

El líquido ardió mientras bajaba por mi garganta, quemando todo a su paso mientras las risas estallaban a mi alrededor.

La botella pasó de mano en mano y, cada vez que me la devolvían, las voces de aquellos hombres se volvían más fuertes, más insistentes.

—Otra ronda, pequeño Arlov —dijo Boris, golpeando la mesa—. No puedes defraudar a tu padre, ¿verdad? No quieres ser un blandengue como esos inútiles que se arrastran por el mundo. No, no… tú eres de los fuertes, ¿verdad? Vamos, ¡demuéstralo!

Seguí bebiendo hasta que perdí la cuenta, hasta que el mundo a mi alrededor se convirtió en un borrón de risas, humo y cuerpos en movimiento. El olor a vodka se mezclaba con el sudor y la cabeza me daba vueltas.

Mi padre no dijo una palabra. Solo me observaba.

—¡Eso es! ¡Eso es! —exclamó Sergey, dándome una palmada en la espalda que casi me tiró de la silla—. El niño está aprendiendo, ¿lo ves, Nikolay?

—No le digas niño, Sergey. Mi hijo ya es un hombre, ¿no, Vík?

Asentí rápidamente.

—Ya sabe cómo follarse a una puta.

Mi estómago se revolvía con cada trago. Sentía cómo el líquido subía y bajaba, amenazando con salir.

De repente, todo se detuvo. El ruido se volvió distante y las luces, más brillantes. Quise levantarme, pero mis piernas no respondieron. Sentí un sudor frío en la frente y, antes de darme cuenta, estaba desplomado en el suelo.

—¿Qué te dije? ¡Blando! No puede ni con un par de tragos.

La carcajada de Boris se unió a la de Sergey, llenando el aire y resonando en mi cabeza como un martillo.

No pude evitarlo. Vomité ahí mismo, en medio de las risas. No recuerdo mucho después de eso, solo que el pecho me ardía y el aire no llegaba.

Desperté en una cama fría, con el olor a desinfectante inundándome los sentidos. Sentía el cuerpo pesado y el estómago revuelto. Apenas podía abrir los ojos por completo.

Cuando lo hice, vi a un hombre a mi lado, tomando notas con expresión seria.

—¿Cómo te sientes? —preguntó con un tono neutral, aunque cargado de preocupación.

Antes de que pudiera responder, mi padre apareció.

—Ya sabe cómo son los jóvenes —dijo antes de que yo pudiera siquiera abrir la boca—. No miden las consecuencias de sus actos. Lo encontré en mi despacho con una botella en la mano. Parece que no pudo resistir la curiosidad… Adolescentes, ya sabe.

El médico me miró, esperando una respuesta.

Mi padre caminó hacia mí y puso una mano sobre mi hombro. Para cualquiera habría parecido un gesto protector.

Para mí era una advertencia.

—¿Es cierto? —preguntó el médico, buscando en mis ojos algo que confirmara o desmintiera la historia.

Tragué saliva. Mi estómago se retorció un poco más, pero no por la intoxicación.

—Sí, señor —dije, bajando la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada—. Fue… fue mi culpa. Lo lamento. Hice algo estúpido.

—¿Seguro que no fue otra cosa? —insistió.

—No volverá a pasar —repetí, con la voz más firme de lo que me sentía—. Lo prometo. Lo lamento, papá. Lo lamento mucho. Perdón.

—Está bien, Vík, todos cometemos errores… Aprender de ellos es lo importante. Y que tú estés bien es lo importante, por supuesto.

Sonrió. Luego apretó un poco más mi hombro.

—Ya escuchaste al chico —replicó, mirando al médico como si la conversación estuviera cerrada—. Aprenderá de esto. Después de todo, los chicos siempre serán chicos, ¿no?

El médico asintió, pero sus ojos siguieron buscando algo en los míos.

Cuando se retiró con una última mirada y mi padre y yo nos quedamos solos, se inclinó sobre mí, fingiendo un abrazo.

—No vuelvas a hacerme pasar por esto, Víktor —ordenó, con el aliento impregnado de vodka—. La próxima vez, asegúrate de no fallar.