Capítulo 24 En el umbral
El reloj marcaba casi la medianoche y mis manos recorrían unos papeles esparcidos frente a mí. Aunque mis ojos seguían las líneas, mi cabeza no estaba del todo allí.
Los documentos sobre la construcción eran importantes. Los inversionistas llegarían al día siguiente y había demasiados detalles que revisar. Pero ahí estaba, queriendo saber qué había hecho esa mujer mientras yo no estaba.
—¿Ya cenó? —pregunté sin apartar la vista de los papeles, intentando sonar indiferente.
—Comió muy poco, pero sí, cenó.
Apreté ligeramente la mandíbula.
El ama de llaves me dio un informe breve, sin entrar en demasiados detalles, pero lo suficiente para saber que Lina había estado ocupada.
—¿Está despierta?
—Está tomando un baño —respondió.
Asentí, dando por terminada la conversación. Ella se giró para salir, pero antes de cruzar la puerta se detuvo.
—Señor, si me lo permite… Me gustaría saber si tiene noticias del joven Dimitri. Últimamente los medios no han sido muy amables con él. Tal vez si usted…
—No te lo permito.
La frase cortó el aire con más dureza de la necesaria.
Levanté la mirada.
—No olvides tu lugar. Sabes cómo funcionan las cosas, y mi consideración hacia ti podría terminar ahora mismo.
Su rostro perdió cualquier intención de insistir.
—Por supuesto, señor. Me disculpo.
Salió del despacho sin decir nada más.
Me obligué a seguir trabajando, pero los documentos frente a mí empezaron a volverse borrosos. La mañana siguiente sería complicada. Esa debía ser mi prioridad.
Sin embargo, mi mente seguía regresando a ella.
No estaba evitando la situación.
Lo ocurrido esa mañana necesitaba abordarse con precisión. Eso era todo.
No podía quedarse con la impresión de haber visto a un hombre perturbado.
Me levanté y me arremangue la camisa. El calor era sofocante, aunque rara vez lo notaba hasta que el sudor me lo recordaba.
Cuando llegué al baño, la puerta estaba entreabierta.
Ella seguía en la bañera.
Empujé la puerta con cuidado y me detuve en el umbral, observándola durante un momento. El cuerpo sumergido bajo el agua, el cabello recogido, la cabeza apoyada hacia atrás en el borde.
Había algo en esa mujer.
No era distinta a las demás, al menos no de una forma evidente, y aun así me quedé mirándola un segundo más de la cuenta, como si buscara la grieta exacta que la separaba del resto.
Ese interés no me convenía.
Tenía algo más urgente que recomponer.
Debíamos volver a coexistir bajo mis términos.
—¿Estás cómoda?
Abrió los ojos de inmediato y giró la cabeza hacia mí. Al principio se tensó, como si su instinto fuera cubrirse, pero luego se obligó a relajarse.
—Ya te he visto todo —dije, detenido en el umbral—. ¿De verdad crees que todavía queda algo que esconder a estas alturas? Ese límite lo cruzamos hace días.
—Es una reacción natural —respondió con un toque de sarcasmo, aunque sus ojos no pudieron ocultar la incomodidad.
Me acerqué mientras desabrochaba los primeros botones de la camisa. No era el calor lo que alteraba mi temperatura. Mi cuerpo respondía a ella mucho antes de que yo decidiera qué hacer con eso.
Tampoco ayudaba esa forma irritante que tenía de parecer vulnerable y peligrosa al mismo tiempo.
—Lina —murmuré—. ¿Por qué intentabas sobornar a mi ama de llaves?
Su expresión cambió al instante.
—¿Qué? —exclamó antes de soltar una risa nerviosa—. Soplona —añadió entre dientes.
Dejé escapar una sonrisa torcida mientras me acercaba a la bañera y me sentaba en el borde, observándola con una diversión apenas disimulada.
—¿Soplona? —repetí, burlón, mientras deslizaba una mano en el agua.
Mis dedos apenas rozaron la superficie.
—Tal vez… Pero, por lo general, cuando una puerta está cerrada, es una señal bastante clara de que no deberías entrar. ¿No lo cree, señorita Taylor?
—Perdona, es que… estaba aburrida y me dijiste que podía explorar.
—Te dije que podías explorar —respondí, moviendo los dedos bajo el agua, acercándome lentamente a ella—. No que podías irrumpir en un lugar cerrado por una razón.
Contuvo la respiración.
Sus ojos siguieron mis dedos hasta la curva de su cadera.
—Bueno —murmuré, sin apartar la mirada de su cuerpo—. Espero al menos que te hayan gustado mis pinturas.
Se animó de repente, como si la incomodidad hubiera retrocedido unos centímetros.
—¡Me fascinaron! —exclamó, y en su voz había una emoción que no esperaba—. Tienes un talento increíble. ¿Por qué lo escondes? Y esa pintura… la del hombre de traje, con la cara rayada… Es perturbadora. Fascinante, supongo. No sé, no sé mucho sobre arte.
Apreté los labios en una media sonrisa.
—Es solo un pasatiempo, Lina. Todos tenemos hobbies. No es nada importante.
—¿Nada importante? —repitió, inclinándose hacia delante, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
El movimiento hizo que sus senos emergieran un poco más del agua, húmedos, brillantes bajo la luz tenue del baño. Mis ojos se detuvieron en ellos sin el menor intento de disimulo.
—¿De verdad piensas eso…?
—Sí, Lina. De verdad lo pienso.
Mi respuesta la dejó callada por un momento.
No duró mucho.
—¿No vamos a hablar de lo que pasó esta mañana? —preguntó, acompañando la pregunta con una sonrisa forzada.
Aparté la mano del agua y me enderecé apenas.
—No hay mucho que decir sobre esta mañana. Fui un poco brusco, lo admito, y lo lamento…
—¿Brusco? —replicó, alzando una ceja—. ¿Eso es lo que crees que pasó? Te fuiste, Víktor. No estabas. Te perdiste en algo… ¿Qué fue eso? No puede volver a pasar.
—Tienes razón. Y estamos de acuerdo en que no volverá a pasar —respondí con una calma medida mientras mis dedos regresaban al agua.
La superficie se agitó suavemente alrededor de mi mano.
—Estamos explorando un tipo de intimidad que probablemente no habías experimentado antes —continué, rozando su piel bajo el agua—. Es dura, sí… pero fascinante, ¿no lo crees?
Bajé la voz.
—Ya ves. Te estás acostumbrando demasiado bien. Ni siquiera necesito atarte las manos para que entiendas que no debes tocarme.
Me miró fijamente, con los ojos brillando de confusión.
—Yo solo hice una pregunta y tú aún no me la has respondido. Si no lo haces, no estarás cumpliendo con el contrato.
Sonreí.
A veces era demasiado inteligente.
Eso me molestaba.
—Bien, Lina. Preguntaste por mi relación con mi padre, ¿verdad?
—dije mientras mis dedos trazaban círculos lentos sobre su abdomen—.
Fue normal. Como cualquier otra relación entre padre e hijo.
Iba a mis partidos de soccer. Me enseñó todo lo que sé sobre negocios.
Desde los ocho años me educó en el mundo empresarial y en el mundo en general. Un buen hombre. Un padre ejemplar.
Su respiración se aceleró cuando mi mano ascendió un poco más, empujándola hacia ese filo donde el deseo y la resistencia empezaban a confundirse. Pero aún intentaba mantenerse firme.
—Nikolay Arlov —continué, con la voz suave—. Un hombre de negocios nato. Un esposo fiel. Un padre estricto, pero justo.
Cerró los ojos y, durante un instante, pareció dejarse llevar. Entonces volvió a abrirlos y se recompuso.
—¿Así… de normal era todo? —preguntó, obligándose a conservar la firmeza.
—Así es. Tal como te lo he contado.
—No puedo creerlo —repuso con la misma determinación de antes—. No parece la verdad. Lo que pasó esta mañana no fue solo brusquedad. Tú no estabas. No estabas presente. ¿Por qué?
Su insistencia empezaba a irritarme.
—No todo necesita una explicación. Lo que viste es lo que es.
Se quedó en silencio.
Antes de que volviera a preguntar, decidí darle otra cosa.
—Mañana tengo una reunión con algunos dinosaurios del mundo empresarial —solté, cambiando de tema mientras mi mano subía hasta sus senos—. Puedes estar presente. Verás cómo me desenvuelvo en este mundo que tanto te intriga. Como mi asistente, porque supongo que todavía lo eres…
Sus ojos brillaron al escuchar la oferta.
Yo, en cambio, no pedía tanto de ella.
Solo que se callara y me dejara follarla.
—¿En serio?
—Sí, pero debo advertirte algo —respondí, adoptando un tono más serio sin retirar la mano—.
Esos hombres son de la vieja escuela. Vas a escuchar comentarios cuestionables y sexistas.
Así es el mundo en el que me muevo y, si vas a estar allí, tendrás que estar preparada.
No quiero que hagas una estupidez que me salga cara.
—Y si escucho algo… ¿puedo usarlo en mi artículo?
—Puedes. Solo asegúrate de mantener el anonimato y distorsionarlo un poco. No quiero nombres, Lina.
Asintió, satisfecha con la respuesta. Pero entonces frunció el ceño.
—Víktor…
—¿Sí?
—¿Por qué no puedo tocarte en la intimidad?
Mi cuerpo se tensó por reflejo.
Me levanté, sacudiendo la mano antes de tomar una toalla.
—Demasiadas preguntas por hoy —murmuré, con una sonrisa que parecía más una mueca mientras me dirigía a la puerta.
—Se me da bien entender las cosas complicadas, si te sirve de algo —repuso, con la mirada clavada en mí.
—Apuesto a que sí. Sin embargo, no busco ser entendido.
Ya en la puerta, me giré hacia ella.
—Quizás deberíamos extender este contrato indefinidamente. No tienes que responder ahora —añadí antes de salir del baño—. No te acuestes muy tarde. Sería un inconveniente para ambos si te resfrías. Buenas noches, Lina.