Capítulo 23 Benjamin Franklin
Estaba sentada en la mesa del comedor, tratando de ignorar la incomodidad física. Habían pasado dos horas desde que Víktor salió de la habitación y mi mente seguía atrapada en su mirada.
El ama de llaves colocó un plato frente a mí. Era tan silenciosa y seria que a veces me preguntaba si respiraba. Toda la casa parecía alinearse con él: controlada, silenciosa, estricta, sin dejar espacio para errores.
—¿El señor Arlov no va a almorzar? —pregunté, más por educación que por verdadero interés.
—No —respondió con la misma formalidad de
siempre—. Ha ido a supervisar la construcción del hotel. Hay algunos asuntos que requieren su atención inmediata. Probablemente no regrese para la cena.
Me limité a asentir, sin ganas de hacer más preguntas. Miré el plato, esforzándome por ocultar el nudo que tenía en el estómago.
—También dijo que debería tomarse el tiempo para relajarse —añadió, sin parecer notar mi
incomodidad—. Puede explorar la casa, leer un libro o simplemente aprender a preparar un buen café. Lo lamento, pero así lo dijo.
Se me escapó una risa escéptica.
Incluso en ese momento, él intentaba actuar como si nada hubiera pasado.
Traté de mover el tenedor, pero con poca convicción. Cuando terminé de comer, me levanté. La inquietud era imposible de ignorar. No quería salir; el cielo estaba nublado y el mar, agitado. Así que, en lugar de quedarme sentada, comencé a explorar.
La biblioteca era exactamente lo que esperaba. Libros de política, economía, ciencia y tecnología.
Caminé despacio entre los estantes, recorriendo los títulos con la mirada sin demasiado interés, hasta que algo distinto captó mi atención.
Era un libro de arte.
Miguel Ángel. Da Vinci.
La portada me hizo levantar una ceja.
¿Interesado en el arte?
Por supuesto que lo estaba. Él y todos los jodidos ricos.
Cuando lo abrí, lo primero que vi fue una dedicatoria en la primera página, escrita con una caligrafía elegante:
«Tu madre me ha dicho que hoy cumples catorce años.
No sabes la cantidad de fans acosadores que tengo esperándome, pero tu madre lo llevó a otro nivel.
Prácticamente me acorraló en el baño de hombres para que firmara este libro mientras ella espera del otro lado de la puerta.
Le insistí en que estaba de vacaciones, pero aun así le importó un carajo.
Sigue tus sueños, Víktor.
Y te prometo que, si lo cuidas, te llevará a lugares que ni siquiera imaginas. A través del arte puedes vivir tantas vidas como quieras o dejar que ellas te vivan a ti. Nunca olvides que cada pincelada puede ser una llave para abrir puertas hacia lugares que no existen, pero que quizás necesitas.
Sigue pintando, porque dentro de ti hay más de lo que aún puedes ver.
Oleg Sokolov.»
Terminé de leer la dedicatoria y no pude evitar soltar una carcajada incrédula.
Era difícil, casi imposible, imaginarme a un pequeño Víktor… Bueno, en realidad, costaba imaginarlo haciendo cualquier cosa que no fuera manejar el mundo con su típica frialdad. No podía asociarlo con la imagen de un niño sensible, mucho menos con la de un artista.
Dejé el libro en su lugar, pero mi curiosidad me llevó a seguir explorando. El resto de la casa era un laberinto de habitaciones vacías. Pasé por varias hasta que llegué a una puerta cerrada.
A diferencia de las otras, esta sí parecía guardar algo.
—Vamos, Lina. Si está cerrada es por algo… Debes parar aquí.
Seguí caminando un poco más y luego decidí bajar a la cocina.
—Vi una puerta al fondo del pasillo… —comenté, fingiendo indiferencia mientras tomaba un vaso de agua—. ¿Qué hay ahí?
El ama de llaves apenas levantó la vista mientras pelaba unas patatas.
—Es el estudio del señor Arlov.
—¿El despacho? —insistí, buscando aclarar—. ¿Estudio de qué? ¿Fotográfico o…?
—No. Su estudio personal —contestó, y su tono severo me dejó claro que no diría más.
Me acerqué un poco a ella, bajando la voz como si estuviéramos conspirando.
—Y si… digamos… le doy algo interesante a cambio y usted deja la llave olvidada en algún lugar…
Entrecerró los ojos, mirándome con cierto reproche.
—¿Qué tal… Benjamin Franklin? —propuse, sonriendo mientras le guiñaba un ojo.
—¿Benjamin Franklin…? —repitió, claramente confundida.
—Sí, ya sabe… el sujeto de los billetes de cien. Uno de los padres fundadores. También fue diplomático, inventor y científico.
Hice un gesto con la mano como si estuviera mostrando el dinero, pero su expresión ni siquiera se inmutó.
Genial, Lina.
Tal vez la perdí cuando introduje la pequeña biografía.
Sí que eres estúpida. Ni siquiera sirves para sobornar a alguien.
—¡No, no, no! No es lo que piensa. No la estoy sobornando con dinero, claro que no…
—¿No?
—No… pero ¿qué tal si me hago cargo de sus tareas por un día? —ofrecí, ensanchando la sonrisa con esa esperanza tonta que a veces me salía tan natural.
Ah.
Tal vez me parecía demasiado a mi madre.
—Servir la cena, limpiar, ya sabe… Un día libre para usted. Una chica necesita consentirse. Y, de paso, puede que yo eche un vistazo rápido a lo que hay detrás de esa puerta. Para desempolvar, ya sabe. Nuestro jefe no tiene por qué enterarse.
Levantó una ceja, casi divertida.
—Señorita Taylor, ni Benjamin Franklin ni su ayuda con mis quehaceres me permitirán romper las reglas del señor Arlov —respondió, recuperando enseguida ese aire de seriedad que, por alguna razón, me recordaba demasiado a Víktor.
Incluso físicamente se parecían.
¿Acaso eran familia o existía algún lugar donde los entrenaban?
Una escuela a la que los mandaban para domesticarlos.
—Está bien, está bien, ya entendí… —solté, levantando las manos en señal de rendición mientras me giraba hacia la salida.
A mitad de camino me di cuenta de que había olvidado el vaso.
—Lo olvidé —exclamé, volviendo para tomarlo—. Por supuesto que no vine a ver si había cambiado de opinión —añadí, soltando una risa nerviosa.
Que conste que quise hacerlo por las buenas.
Una vez en mi habitación, hice como si cerrara la puerta y esperé unos minutos en el pasillo.
Kat me había enseñado a abrir cerraduras con horquillas cuando éramos más jóvenes y, aunque no estaba orgullosa de ello, aquello era por el bien de la investigación. Después de todo, él estaba empeñado en obstaculizarme de manera consciente y malvada.
No tardé demasiado en lograrlo. La cerradura cedió después de un par de intentos y entré, cerrando la puerta despacio detrás de mí.
En cuanto mis ojos se adaptaron al lugar, me quedé sin aliento.
Era distinto a todo lo que había imaginado.
Un jodido taller de arte.
Había paredes cubiertas de pinturas, pinceles ordenados, frascos, pigmentos y lienzos en blanco apoyados en distintas esquinas.
Víktor pintaba.
Víktor Arlov pintaba.
Y era bueno.
Muy bueno.
Avancé despacio, casi con miedo de tocar algo que no debía. Había paisajes de lo que creí que era Rusia: nieve, árboles desnudos, cielos pálidos y un frío tan bien capturado que casi me hizo estremecer.
La forma en que trabajaba los detalles dejaba claro que no era una simple representación. Había algo que se sentía demasiado personal.
Entonces lo entendí, o creí entenderlo.
Ese hombre tan frío, tan distante, tenía un lugar donde escapaba de sí mismo.
En aquellas pinturas había algo suyo que él se negaba a mostrarle al mundo.
—Joder… —murmuré, sin poder evitarlo—. No deberías esconder esto. Nadie se burlaría de estas obras.
¿Era esa la información que protegía con tanto recelo?
Dejé escapar un suspiro y seguí explorando.
Entonces un cuadro me detuvo.
Era el retrato de un hombre en traje, con un tabaco en una mano y un vaso de cristal en la otra. Estaba sentado en una silla, con las piernas cruzadas. El detalle de la ropa era impecable, pero la postura arrogante, me recordó a Víktor.
El rostro estaba rayado.
Como si alguien hubiera atacado la pintura una y otra vez hasta volver imposible reconocerlo.
Me acerqué un poco más y una incomodidad extraña se instaló en mi pecho.
La noche comenzaba a caer y yo seguía allí, fascinada por cada rincón de aquel estudio.