Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 22 Recupera el aliento
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Capítulo 22 Recupera el aliento

La puerta se cerró tras ella y el olor a tabaco continuó colándose desde el pasillo, recordándome que él seguía ahí.

Sentía su presencia como un peso, como si pudiera verme incluso a través de las paredes. No había forma de escapar de su sombra.

Mi cuerpo seguía temblando, pero no era solo por el frío. Era miedo. Un miedo descomunal, mezclado con un asco tan intenso que me llenaba la boca de saliva amarga. Mientras esperaba, incapaz de moverme, mi mente regresó sin querer a lo ocurrido unas horas antes.

Cuando me negué a elegir, su mano se levantó con rapidez y la bofetada resonó en la sala, dejándome un sabor metálico en la boca. El golpe fue tan fuerte que me hizo tambalear, aunque conseguí mantenerme en pie.

—Si no puedes hacerlo tú, lo haré yo —dijo.

Se giró hacia las mujeres y señaló a una de ellas, la más joven del grupo.

—Tú —ordenó con un movimiento de la barbilla—. Harás de mi hijo un jodido hombre esta noche.

Ella se levantó con una tranquilidad que me provocó náuseas. Mientras caminaba hacia mí, todo mi cuerpo comenzó a gritar que huyera, aunque las piernas se negaban a obedecer.

Su voz me devolvió bruscamente a la realidad.

Mis manos se cerraron en puños. Quería desaparecer, borrar aquel momento de mi vida, pero no podía. Mi padre seguía afuera, esperando, escuchando, asegurándose de que cumpliera con su versión retorcida de lo que era ser un hombre.

—Podrías mentir —supliqué en un murmullo roto—. Podrías decirle que lo hicimos. Podrías ayudarme…

Se detuvo un instante, y esa fue la primera vez que me miró a los ojos. En su mirada vi algo parecido a la lástima, pero, sobre todo, miedo.

—Chico, siento que tengas que vivir con ese monstruo, pero no voy a poner mi vida en riesgo por ti.

Si desobedeces, ¿qué te va a pasar? ¿Un regaño?

¿Un golpe, quizás? Luego seguirás con tu vida de niño rico, en tu mundo perfecto —dijo sin ningún rastro de compasión—.

Pero yo… Nikolay es un cliente frecuente.

Prácticamente todas le pertenecemos. ¿Sabes qué pasó con la última chica que le dijo que no?

Murió una semana después en el hospital.

Tu padre golpea mujeres. Es un sádico con gustos retorcidos.

Sus palabras me atravesaron como un golpe en el pecho.

El mundo le pertenecía. Y yo con él.

—Termina con esto de una puta vez, Víktor. No me hagas entrar ahí y sacarte en faldas como el maricón que tu madre pretende que seas.

Su voz cortó el aire y las piernas me comenzaron a temblar.

Me quedé inmóvil mientras todo ocurría a mi alrededor, atrapado en una pesadilla que parecía no tener fin.

Sentía asco y miedo, todo mezclado en una corriente que me separaba de mí mismo.

—Hazlo ya, Víktor —volvió a exigir—, o te juro que te voy a enseñar lo que es ser hombre a golpes. Créeme, hasta ahora he sido paciente, pero no me sigas probando.

Cerré los ojos, apreté la mandíbula hasta sentir dolor y me obligué a desaparecer en algún rincón oscuro de mi mente.

Cuando todo terminó, sentí que algo dentro de mí se había roto definitivamente.

No me sentía como un hombre. Me sentía solo como algo fracturado.

—Sé que no te sirve de nada… Pero lo lamento —pronunció sin atreverse a levantar la mirada mientras salía de la habitación.

✽✽✽

La voz de Lina me arrancó de golpe del abismo en el que había caído.

Cuando me detuve, tenía el cuerpo tenso y la mano enredada en su cabello con una fuerza que no recordaba haber usado. Su respiración era rápida, desordenada.

Mierda.

La expresión de su rostro era inconfundible. No era esa clase de tensión que se mezclaba con el placer; era miedo. Ese mismo miedo que alguna vez había sentido trepándome por la garganta.

Lo ocurrido se sentía borroso. Mi mente había vagado, arrastrándome de vuelta a ese día, a un lugar al que nunca regresaba por voluntad propia. El control que siempre mantenía con una precisión casi cruel se había tambaleado.

El silencio en la habitación se volvió insoportable.

Un temblor involuntario me recorrió la mano.

Yo no me arrepentía de ser rudo.

No.

Lo que me perturbaba era lo fácil que había sido perderme así.

Ella no dijo nada. Apenas me miró. La observé un segundo de más, intentando leer su rostro. Había una curiosidad escondida en esos jodidos ojos, como si hubiera empezado a ver algo que yo jamás debí permitirle ver.

—Lo siento —murmuré, obligando a la palabra a salir.

Ni siquiera era la disculpa adecuada. Pero era lo único que podía ofrecerle sin sentir que algo más se me rompía por dentro.

Me levanté de la cama.

Necesitaba espacio.

Necesitaba aire.

Di un paso hacia la puerta, pero me detuve al verla levantar las muñecas, todavía unidas por la cinta.

Volví hacia la cama.

Me forcé a mirarla de nuevo. Después bajé la vista hacia sus muñecas y deshice el nudo.

Respiré hondo, tratando de no darle más espacio al desastre.

—Recupera el aliento —dije, dándome la vuelta.

Dios.

Sí que era un bastardo.

—Te veré después —añadí antes de salir de la habitación.

No podía quedarme más tiempo. Cada segundo allí dentro me asfixiaba, pero incluso afuera el aire seguía sin llegarme a los pulmones.

Me apoyé contra la pared del pasillo. El sonido de mi propia respiración era lo único que escuchaba.

Tranquilízate, Víktor.

Tranquilízate.

Necesitaba recomponerme.

Pero cuando cerré los ojos, solo vi su rostro. El mío. Y la risa de Nikolay retumbando en el fondo de mi cabeza.

Realmente estaba jodido.