Capítulo 20 Sin tiempo para reflexionar
Suspiré mientras empujaba la puerta de la habitación con la espalda.
Ya era miércoles, el tercer día de nuestro acuerdo. Después de la noche anterior, no quería dejarla sola demasiado tiempo. El desayuno que llevaba en las manos no era un gesto de afecto: había dicho que la alimentaría y estaba cumpliendo.
Aún dormía, con el cabello revuelto sobre la almohada. Dejé la bandeja a un costado de la cama y me senté en el borde. Mis dedos rozaron su mejilla y descendieron por el cuello hasta la clavícula.
Era hermosa. Podía admitirlo sin convertirlo en algo que no era. Poseerla me proporcionaba placer, y el placer no necesitaba de un vínculo para existir.
Se movió y parpadeó varias veces hasta encontrarse con mi mirada.
—¡Buenos días!
Sabía perfectamente el efecto que podía causar cuando me proponía ser encantador.
Miró primero la bandeja y después a mí. Se incorporó despacio y coloqué el desayuno sobre sus piernas.
—¿Qué… haces aquí? —preguntó, todavía con la voz cargada de sueño.
—Te traje el desayuno. Dije que te alimentaría, ¿recuerdas? Ya sabes… café para despertar, Lina.
Comenzó a comer sin mirarme directamente.
—Hoy será un día relajado —dije—. Podemos ir a la playa. Esta vez te acompañaré, porque es evidente que tus padres olvidaron enseñarte a no hablar con desconocidos.
Levantó la vista.
—Tienes razón. Tampoco me enseñaron a no aceptar propuestas sexuales de un CEO tramposo y desleal —replicó—. Pero no puedo ir. No puedo usar un bikini con todas estas…
—Puedes ponerte una camiseta y unos pantalones cortos encima.
Me miró con incredulidad.
—Perdona —dije—. Por las marcas. Tal vez me emocioné demasiado…
Sostenía unos papeles mientras ella caminaba cerca de la orilla. El viento le movía el cabello y no podía dejar de mirarla.
Tomas decisiones deplorables.
Involucrarte con tu jefe, por ejemplo.
Algo tendría que hacer con ese estúpido editor de quinta.
Cuando regresó, la piel empezaba a enrojecérsele por el sol. Se sentó sobre la toalla y buscó algo entre sus cosas.
—¿Necesitas ayuda con eso? —pregunté, dejando a un lado los papeles de los que no había leído una línea.
Me lanzó la misma mirada escéptica de hacía unas horas, pero terminó entregándome el frasco.
Tomé el protector. Se quitó la camiseta y me acerqué a ella.
—Nuevamente, lamento haberme emocionado demasiado.
—¿Eso es lo que crees que pasó?
—Sí, Lina. Justo eso fue lo que pasó —respondí mientras le extendía el protector por la espalda.
Su piel se erizó bajo mis dedos.
—Sin embargo, también podríamos llamarlo educación. Ahora sabes obedecer.
Su mirada se volvió hacia mí por encima del hombro. Seguí con la mano en su espalda un instante más antes de apartarla.
No podía seguir negándolo.
Era su culpa.
—Tú provocaste esto.
—¿Qué? —preguntó, girándose un poco más.
—Date la vuelta.
Vaciló un instante, pero terminó obedeciendo. Sus ojos se fijaron en los míos.
—No me hago responsable de lo que provocaste.
—¿Pero qué hice?
Bajé la mirada hacia mi erección y ella siguió el movimiento. En cuanto lo comprendió, soltó una carcajada.
—Oh, por Dios —dijo entre risas—. ¿En serio, Víktor? ¿Todo esto por eso?
Levanté una ceja.
El maldito descaro.
—Muy gracioso, ¿verdad? —dije con una sonrisa perezosa—. Extiende los brazos.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Ahora.
Me sostuvo la mirada durante un instante antes de obedecer. Me quité la camiseta, la enrollé alrededor de sus muñecas y aseguré el nudo.
—¿Qué mierda estás haciendo? —preguntó, aunque la diversión todavía se filtraba en su voz.
—Solucionando el problema que causaste.
La levanté y la acomodé sobre mi hombro.
—¡Víktor! ¡Bájame! —protestó entre risas, retorciéndose apenas—. ¿Qué demonios haces?
—Vamos a resolver esto, Lina.
Caminé hacia la casa mientras ella volvía a exigir que la bajara.
—Víktor, esto no es justo.
—La justicia no tiene nada que ver con esto, Lina.