Capítulo 19 Nikolay Arlov
Mi padre sabía ocultarse frente a los demás.
Su sonrisa y sus modales cautivaban a socios, esposas, a cualquiera que estuviera cerca.
Estrechaba manos sin importar el estatus, repartía cumplidos y reía cuando correspondía, siempre en el momento preciso.
Para el resto del mundo era un hombre amable, un modelo de éxito y sofisticación.
En casa era distinto.
El coche se detuvo frente a la entrada. Mi madre miró hacia la puerta de la casa. Él no había dejado de discutir desde que salimos de la fiesta.
—¿Te estás acostando con él, Esther?
Mi padre habló en un susurro mientras apagaba el coche. Cerró las manos alrededor del volante hasta que los nudillos se le tornaron blancos.
—No seas absurdo, Nikolay, por favor —intentó calmarlo, aunque la voz le temblaba—. Solo estaba conviviendo, nada más. Cumpliendo con mi papel.
—¿Conviviendo? —repitió—. Todo lo que tienes te lo he dado yo. Y te atreves a hablar con otros hombres como si no tuvieras marido. Como si no me pertenecieras.
Salió del coche y lo rodeó con pasos rápidos.
—Víktor, despierta a tu hermano y sube a tu habitación… —ordenó mi madre mientras él la arrastraba fuera del coche.
Sacudí a Dimitri para despertarlo. Protestó mientras se frotaba los ojos.
—¿Qué pasa, Vík? —masculló.
—Ya llegamos —dije mientras bajaba del coche.
Lo ayudé a salir y entramos en la casa.
—¿Dónde está mamá?
—Le cayó algo en el ojo. Creo que fue a revisárselo —mentí mientras le quitaba los zapatos—. Tú duerme. Mañana será un día nuevo. He decidido que puedo dedicarte un poco de mi tiempo para enseñarte a andar en bicicleta, así dejarás de molestarme con lo mismo.
—¿En serio, Vík? ¿Vas a enseñarme? —gritó, despertándose de inmediato.
—Sí, pero hablaremos de eso mañana. Ahora debes dormir.
—Bien, bien. Voy a dormir. Ya estoy dormido…
Apretó los ojos con fuerza.
—¿Ves?
—Si estuvieras dormido, no estarías hablando. Solo se escucharían tus molestos ronquidos.
—Es que ya no puedo dormir. Me emociona andar en bicicleta.
—Dimi, voy a enseñarte, pero no hago milagros. Sin embargo, si te duermes de una vez por todas, también te enseñaré a nadar.
—Nadar… —repitió en voz baja.
—Sí. No tiene sentido tener una piscina enorme y que no puedas usarla.
—¿Y él volverá a hacer lo mismo?
—No, Dimi. Aquello fue un accidente. Él no iba a hacerte daño. Solo… solo intentaba enseñarte. A su manera.
Esperé hasta que se quedó dormido. En lugar de ir a mi habitación, me senté en uno de los peldaños de la escalera, lo bastante cerca para escuchar sin que pudieran verme.
La discusión había subido de tono.
—¿Te divierte, Esther? ¿Te gusta que te miren como si fueras una cualquiera? ¿Que murmuren a mis espaldas sobre el hombre que te ha dado todo? Nikolay Arlov, humillado delante de esos norteamericanos estúpidos.
—¡No es así! Mauris es solo un amigo. ¡Es solo un amigo! ¡Ustedes son socios! Yo… jamás…
—¡No me importa lo que sea! Ahora no es más que otro perro que quiere lo que me pertenece.
Una bofetada retumbó en la casa. Me estremecí.
Los gritos continuaron hasta que llegó el silencio. Después escuché un golpe sordo y un quejido sofocado.
Me acerqué a la barandilla para ver qué ocurría.
Mi padre la arrastró por el cabello hasta su despacho.
Los minutos se estiraron hasta que escuché pasos acercándose. Mi padre salió con la camisa desarreglada y una botella de alcohol en la mano. Pasó junto a mí sin mirarme.
Esperé a que se alejara antes de acercarme al despacho.
La puerta estaba entreabierta. La empujé despacio.
Mi madre estaba en el suelo. Tenía el vestido rasgado y el cabello le caía desordenado alrededor del rostro.
—Mamá… ¿estás bien? —susurré.
Levantó la cabeza. Se apoyó en un mueble para ponerse de pie e intentó sonreírme, pero no lo consiguió.
—Víktor, cariño… —dijo con la voz rota—. No debiste ver esto. Sube a tu habitación, por favor.
Me quedé donde estaba.
—¡Víktor! —repitió, esta vez con más fuerza—. Vete. Ahora.
—Sí.
Obedecí y salí de inmediato.
A la mañana siguiente, mi madre llevaba maquillaje para cubrir los moretones. Dimitri comía cereal mientras yo guardaba silencio con la mirada fija en el plato.
Mi padre bajó silbando. Se acercó a ella, le dio un beso en la mejilla y murmuró la disculpa de siempre.
—Perdón. No quise hacerlo. No volverá a pasar, te lo prometo… Fue el alcohol. No debí beber de más. Pero he encargado para ti un collar precioso de París.
—Está bien, no es necesario… —murmuró ella.
—Por supuesto que sí. Sé que te encantará. Podrás presumirlo cuando volvamos a reunirnos en esa estúpida cita de juegos con esa familia tan molesta. ¡Ah! Qué niña tan insoportable.
Se sentó en la cabecera y desplegó el periódico.
—Qué mañana tan hermosa, ¿no es así, Víktor? Nada como un buen desayuno para comenzar el día con el pie derecho.
—Sí, papá…
—Sabes, Vík, la vida es como una partida de ajedrez. Cada movimiento debe calcularse. Pero, al final del día, siempre es el rey quien domina el tablero. ¿Verdad, hijo? —dijo con una amplia sonrisa condescendiente, sin apartar la vista del periódico.
—Sí, papá.
Asentí sin levantar la cabeza.
—Buen chico —añadió, dejando el periódico a un lado para tomar un sorbo de café—. Ahora come bien, que hoy tienes mucho que aprender. La vida te enseñará que no puedes confiar en nadie, ni siquiera en aquellos que dicen amarte. Pero eso ya lo comprenderás con el tiempo.
—Sí… papá.