Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 18 Dominio y castigo
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Capítulo 18 Dominio y castigo

—Las manos.

Frunció el ceño y me miró como si no hubiera escuchado bien.

—¿Las qué…?

—Tus manos, Lina —aclaré—. Extiéndelas hacia delante.

Las levantó con un movimiento torpe y contenido, pero no retrocedió.

Rodeé sus muñecas con la cuerda y aseguré el nudo. Tiré de ella hacia mí, haciéndola avanzar, hasta que la parte posterior de sus piernas chocó con el borde de la cama.

La guié para que se inclinara sobre el colchón. Permaneció de pie, con el torso apoyado en la cama. Llevé sus brazos hacia delante y pasé la cuerda por la barra del cabecero. Sus manos quedaron sobre la sábana.

—Así —dije, comprobando la sujeción—. Ahora sí.

Su espalda subía y bajaba con rapidez. Permanecí observándola durante unos segundos, mientras el silencio se llenaba con el sonido irregular de su respiración.

—¿Estás asustada?

—No… No.

Le temblaban los hombros.

—¿Quieres que me detenga?

Guardó silencio un instante antes de negar con la cabeza.

—No.

—Bien.

Caminé hasta el armario y pasé la mano por la fila ordenada de opciones hasta detenerme en la vara de bambú. La tomé y la probé contra la palma. El golpe seco resonó en la habitación, y ella se sobresaltó con un suspiro ahogado.

Separé un poco sus piernas con la rodilla. La piel del interior de sus muslos ya estaba caliente, ligeramente húmeda por la anticipación.

Levanté la vara y la mantuve suspendida sobre su espalda durante un segundo, solo para escuchar cómo contenía el aire.

El primer golpe cayó limpio sobre la parte alta de sus nalgas. El sonido fue seco, preciso. Su cuerpo reaccionó al instante: la espalda se arqueó, los dedos se cerraron alrededor de la sábana y la respiración se le rompió en una única bocanada.

—Respira —ordené.

Deslicé la punta de la vara sobre la marca recién dibujada. La piel comenzaba a enrojecer, atravesada por una línea fina que se elevaba poco a poco.

Obedeció. El aire le entró a tirones.

Llevé la vara hasta el hueco de su espalda y descendí despacio por la curva de su cuerpo, deteniéndome donde sus nalgas se unían con la parte alta del muslo. Esta vez supo lo que venía. Lo noté en la forma en que volvió a contener la respiración.

El segundo golpe cayó justo allí. Más bajo. Más sensible.

El quejido que escapó de su garganta fue más agudo. Sus rodillas cedieron un instante, aunque permaneció apoyada contra el colchón.

Me incliné sobre ella hasta que mi aliento le rozó la nuca.

—¿Quieres que pare?

—No —respondió, con la voz entrecortada.

—Entonces respira.

Dejé que el extremo del bambú recorriera el interior de uno de sus muslos, subiendo con lentitud. Un escalofrío la atravesó.

—Víktor…

Volví a descargar la vara sobre su trasero, esta vez en diagonal, cruzando una de las líneas anteriores. El sonido fue más seco; el gemido, más roto. Sus dedos volvieron a aferrarse a la sábana.

Pasé la vara por la nueva marca sin ejercer presión. Después cubrí la zona castigada con la palma de la mano. Cada pequeño movimiento hacía que se estremeciera bajo mi contacto.

Me incliné sobre su hombro, lo bastante cerca para que sintiera mi peso sin llegar a cargarlo por completo sobre ella.

—¿Qué sientes?

No respondió.

Mis dedos descendieron por la curva de su espalda, evitando las marcas. La escuché soltar el aire. Cuando sus músculos comenzaron a aflojarse, desvié la mano y rocé otra vez la piel sensible.

El gemido que dejó escapar fue más bajo, contenido apenas en la garganta.

—Así es como me respondes —murmuré contra su nuca.

Hundí los dientes en su hombro con una mordida lenta y sentí cómo contenía el aire una vez más.