Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 17 Bajo la superficie
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Capítulo 17 Bajo la superficie

Todo el cuerpo me pesaba, como si me hubieran drenado la energía de golpe.

Un cosquilleo insistente me recorría los muslos, casi como un latido, y abrir los ojos me exigió más esfuerzo del habitual.

Me sentía distinta, como si algo se hubiera movido dentro de mí y ya no supiera cómo devolverlo a su lugar.

Permanecí quieta un momento, respirando, hasta que volvió el recuerdo de la noche anterior. La frustración había sido tan intensa que casi dolía y, ahora que estaba despierta, seguía allí, mezclada con algo que me hacía apretar los muslos sin darme cuenta.

—Maldito Víktor Arlov —solté en voz alta, sintiendo el enojo subir por mi espalda como una oleada de calor—. ¿Cómo se atrevió a timarme mientras tenía los dedos dentro de mí? ¿Qué clase de mezquindad es esa?

Me obligué a ponerme de pie y caminé hacia el baño, convencida de que una ducha caliente terminaría de arrancarme aquel letargo del cuerpo.

Esto era normal.

Tenía que serlo.

Las piernas me temblaron de nuevo y tuve que apoyar una mano en la pared para no perder el equilibrio.

Cuando bajé al comedor, él estaba leyendo el periódico.

—Buenos días… —saludé, procurando sonar indiferente.

—Buenos días —respondió sin apartar la vista.

El silencio se prolongó unos segundos, hasta que preguntó con un tono seco, casi por protocolo:

—¿Dormiste bien?

—Sí, gracias —respondí, esforzándome por sonar igual de desinteresada.

Bajó el periódico lo suficiente para sostenerme la mirada. Había una chispa de diversión en sus ojos. Desvié la vista hacia la mesa y decidí concentrarme en el desayuno. Todo tenía un aspecto apetitoso y no pensaba darle el gusto de verme incómoda.

—¿Cómo llegué a mi cama?

Levantó una ceja con toda la intención de irritarme.

—Santa Claus lo hizo, Lina.

Sentí que me sonrojaba y mi intento de parecer casual se desmoronó al instante.

—Juegas de manera desleal —murmuré, intentando disimular la estupidez de mi pregunta mientras untaba mermelada en una tostada con más fuerza de la necesaria.

La mano me tembló ligeramente y un poco de mermelada terminó en mi dedo. Me lo llevé a la boca casi por reflejo y, cuando alcé la vista, me encontré con su mirada fija en mí.

—Por favor, continúa —dijo en voz baja—. Es un espectáculo encantador, ese intento tuyo de seducirme.

Un cosquilleo me recorrió la cintura. Intenté mantenerme serena, aunque la insinuación en sus ojos me devolvía con demasiada claridad a la noche anterior.

—Entonces, ¿qué hay para hoy? —pregunté, llevando la conversación a un terreno más profesional.

Su expresión adquirió una indolencia cargada de burla.

—¿No trajiste nada para entretenerte? Algo que puedas hacer mientras yo trabajo.

El comentario me hizo hervir por dentro.

—Debería poder ayudarte con eso, ¿no? Soy tu asistente —le recordé, sin estar segura de haber sonado tan firme como quería.

Frunció el ceño. La diversión desapareció de su rostro y su voz se volvió helada.

—Lina, seamos claros. En el tiempo que llevas trabajando para mí, ¿qué has hecho? Eres una asistente mediocre. Incompetente. No encajas en ArlovTech.

El corazón me dio un vuelco. Sus palabras me golpearon como una bofetada que no había visto venir.

—Entonces, ¿para qué carajos me contrataste? —espeté, indignada.

Su expresión no cambió. La respuesta parecía resultarle demasiado obvia.

—¿Me contrataste solo para…? —pregunté, incapaz de terminar la frase sin que la frustración se filtrara en mi voz.

—Sí —respondió sin el menor rastro de culpa.

La incredulidad me atravesó por completo.

—Qué maldito sexista eres.

—No estoy siendo sexista —replicó con esa lógica suya que sonaba más a sentencia que a defensa—.

No te estoy denigrando por ser mujer. De hecho, esto no tiene nada que ver con tu género.

Lo que valoro es la capacidad para destacar en este mundo, y tú eres pésima siendo asistente.

Eres pésima redactando informes, realizando tareas sencillas… y ni hablar del café.

Hizo una mueca de desagrado.

—El café es inaceptable.

Ese último comentario me golpeó más de lo que debería. Sentí el calor subir por mi rostro, sin saber si era vergüenza, rabia o una mezcla de ambas.

—Bueno, te guste o no, soy tu asistente. Tú me contrataste, así que revisemos esos papeles —dije, intentando sonar segura mientras me incorporaba.

Nos trasladamos a la terraza, donde comenzó a revisar algunos documentos.

Me senté frente a una pequeña montaña de papeles e intenté comprender lo que tenía delante, pero no tardé en perderme entre términos legales y cifras que parecían escritos en otro idioma.

De vez en cuando, él levantaba la vista hacia mí y contenía una sonrisa.

Disfrutaba demasiado de mi desconcierto.

—Mi propuesta sigue sobre la mesa —dijo de pronto, rompiendo el silencio.

El alivio me hizo soltar el aire antes de que pudiera contenerlo.

—Voy a aceptarla —murmuré—. Pero eso no significa que haya dejado de estar ofendida.

Intenté continuar unos minutos más, hasta que abandoné la lucha. Me levanté sin decir nada, subí a la habitación y me cambié de ropa: elegí un bikini antes de bajar directamente a la playa.

El sol caía con fuerza y las olas rompían contra la orilla, dejando una espuma blanca que desaparecía casi de inmediato sobre la arena. Caminaba mirando hacia el agua cuando apoyé mal un pie y perdí el equilibrio. Antes de caer, unas manos firmes me sujetaron del brazo.

—Cuidado, señorita bonita —dijo una voz cálida.

Levanté la vista y me encontré con un joven moreno, de complexión atlética y una sonrisa agradable.

—Gracias. Me has salvado de una caída bastante torpe —respondí, todavía un poco avergonzada.

—Para eso estamos —contestó mientras me soltaba—. Por aquí es fácil tropezar. La arena es traicionera.

Asentí, recuperando del todo el equilibrio. No pensaba confesarle a un desconocido que la arena no tenía toda la culpa.

—Pensé que esta parte de la playa estaría vacía —dije—. ¿Trabajas en la construcción del hotel?

—Vivo aquí. —Señaló un grupo de casas que apenas se distinguían entre las palmeras—. Mi familia y otras familias.

—No sabía que vivía gente en la isla.

—Somos pocos. Mi familia lleva aquí unos diez años.

—¿En serio?

—Sí. El señor Arlov nos permitió quedarnos.

—¿Te refieres a Nikolay Arlov? —pregunté de manera automática.

Negó con la cabeza.

—A Víktor Arlov.

—¿Víktor? —repetí, incapaz de esconder la sorpresa.

—Mi familia llegó desde Gambia. Cuando el señor Arlov supo que vivíamos aquí sin permiso, habló con nosotros y llegó a un acuerdo para que pudiéramos quedarnos. Después ayudó a traer agua y abrió una escuela. Incluso consiguió un maestro.

—No sabía nada de eso.

—No es algo que vaya contando —dijo.

Había hecho todo aquello lejos de los reflectores, sin convertirlo en publicidad.

—¿Cómo se llama la isla? —pregunté.

—Bruma.

—Es la primera vez que oigo ese nombre.

—Dicen que viene de la época en que pasaron por aquí los primeros navegantes españoles. Estamos al norte del Caribe, cerca de la República Dominicana.

Miré hacia las casas.

—¿Y de qué viven?

—De la pesca, principalmente. También hacemos artesanías y las llevamos a vender a otros lugares. Si el hotel sale adelante, habrá más trabajo aquí.

—Es bueno saber que, para Víktor, este lugar significa algo más que una propiedad.

El joven entreabrió los labios, pero antes de que pudiera responder sentí una presencia a mi espalda. Al girarme, encontré a Víktor observándonos con esa expresión dura que ya empezaba a conocer demasiado bien.

La de: mírame, Lina, soy un hombre malvado.

El muchacho bajó la cabeza.

—Señor Arlov… Discúlpeme. No quería molestar.

—No hay ningún problema —respondió con suavidad, aunque su expresión decía exactamente lo contrario.

El joven se despidió y se alejó deprisa, dejándonos envueltos en un silencio cargado. Me giré hacia Víktor, irritada por la forma en que había bastado su presencia para ahuyentarlo.

—¿Qué demonios te pasa? ¿Eres un bravucón o algo así?

La sangre me hervía, pero él permaneció imperturbable, como si mi enfado fuera una reacción completamente absurda.

—Solo me aseguro de que no te diviertas demasiado —replicó con aspereza—. Si hubiera sabido que ibas a ponerte tan simpática con otro hombre, te habría dado crayones para que te entretuvieras en silencio a mi lado.

—No tienes ningún derecho… —comencé, pero me interrumpió.

—Tengo todo el derecho, Lina. Durante esta semana eres de mi propiedad, y nadie más que yo tiene permiso para tocar lo que me pertenece.

—No soy una pertenencia. No soy un objeto que puedas poseer. ¿Sabes qué? Ahora mismo ni siquiera quiero verte.

Me di la vuelta y eché a andar hacia la casa, sintiendo cómo la arena cedía bajo mis pies al mismo ritmo que el corazón me golpeaba dentro del pecho.

—Espera.

Escuché su voz detrás de mí, pero no disminuí el paso.

—Detente.

La segunda orden llegó con una severidad distinta. Aun así, seguí caminando hasta entrar en el vestíbulo. No había avanzado mucho cuando su mano se cerró sobre mi brazo y me hizo girar.

—¿Qué parte de que te detuvieras no entendiste?

Su aliento rozó mi rostro. Antes de que pudiera responder, tomó mis muñecas y redujo el espacio entre los dos hasta que mi espalda chocó contra la pared. El aire se me escapó en un suspiro involuntario.

—No soy tu propiedad… —repetí, aunque esta vez la voz me salió mucho menos firme.

Se acercó todavía más, lo suficiente para que el calor de su cuerpo se extendiera sobre el mío.

—Durante esta semana aceptaste serlo —susurró junto a mi oído.

Quise responder, pero su aliento descendiendo por mi cuello desordenó la frase antes de que pudiera formarla.

Seguía enfadada. Lo suficiente para querer apartar la mirada, insultarlo o recordarle otra vez que no podía hablarme así. Sin embargo, cuando sus ojos bajaron hasta mi boca, no me moví.

Sus labios atraparon los míos en un beso áspero.

La rabia no desapareció, pero se mezcló con el golpe inmediato del deseo. El cuerpo me respondió con una intensidad humillante y, cuando profundizó el beso, fui yo quien entreabrió los labios.

Elevó mis brazos sobre la cabeza, manteniendo las muñecas inmovilizadas con una sola mano, mientras su cuerpo se presionaba contra el mío. Sentí la dureza de su erección y cada fibra de mí se erizó bajo aquella presión.

—La próxima vez que te ordene detenerte, lo haces. ¿Comprendes? —murmuró en un tono tan bajo que la orden me recorrió como una caricia.

Asentí, todavía atrapada en la profundidad de sus ojos.

Cuando finalmente me soltó, las piernas me temblaron. No me dio tiempo de recuperar el equilibrio antes de levantarme en brazos con una facilidad que me arrancó otra bocanada de aire.

Al llegar a la puerta de la habitación, me bajó despacio y esperó a que mis pies tocaran el suelo.

—Fui claro contigo —dijo, sin apartar la mirada de la mía—. Te advertí de las consecuencias de no obedecer.