Capítulo 16 Isla
El aire caliente me golpeó el rostro mientras bajaba del avión.
Aquel lugar, con su belleza casi irreal, siempre había sido el recordatorio de algo más profundo.
No era solo una propiedad ni un pedazo de tierra rodeado de agua turquesa; era la prueba de mi victoria sobre un hombre que nunca debió ejercer tanto poder sobre mí.
Sin embargo, la satisfacción seguía siendo esquiva.
Lina bajó detrás de mí, con los ojos bien abiertos mientras absorbía la vista. Para ella, aquello era un paraíso. Para mí, una tumba llena de recuerdos que deberían permanecer enterrados. Pero, al parecer, cada vez que regresaba, la isla tenía otros planes.
Le extendí la mano en un gesto automático. Sus dedos temblaron ligeramente cuando se aferraron a los míos y terminé apretándolos un poco más. No por ella, sino por mí. Necesitaba algo tangible que me mantuviera anclado al presente, y aquel breve contacto lo consiguió.
En cuanto sus pies tocaron el suelo, dejó escapar un pequeño suspiro, como si lo hubiera estado conteniendo durante todo el descenso. La miré de reojo. El cabello le ondeaba con la brisa.
—Es increíble —soltó casi en un susurro mientras giraba sobre sus talones, tratando de abarcar todo el paisaje con sus ojos avellanados—. Nunca había visto algo así.
No respondí de inmediato. No porque no tuviera nada que decir, sino porque lo que quería decir era demasiado… crudo.
Decirle que aquello era solo una fachada, que la verdad permanecía enterrada bajo capas de falso paraíso y legado familiar, habría sido improductivo.
—Tu padre construyó algo aquí, ¿verdad? —preguntó de repente.
Busca entender, desenterrar las capas que envuelven mi vida, y eso no me agrada.
—Muy poco —respondí con una voz más fría de lo que pretendía—.
Mi padre tenía grandes planes para este lugar.
Quería construir un imperio. Algo que la gente recordara.
Algo que lo hiciera sentir superior. Pero, como con todo lo demás, fracasó antes siquiera de comenzar. Desafortunadamente, partió muy pronto…
—¿Y tú? ¿Lo estás continuando? ¿También quieres ser recordado?
Cerré los ojos un momento.
La ironía me golpeó con fuerza. Estoy aquí, en el mismo lugar donde él fracasó, construyendo lo que no pudo.
¿Qué dice eso de mí?
Que estoy destinado a repetir sus errores o que estoy aquí para demostrar que soy mejor que él.
—Algo así —repuse, tratando de ocultar el conflicto que ardía en mi interior—. Lo que él no pudo, yo lo hice. Pero no se trata de continuar su legado. Se trata de sepultarlo con el mío.
—¡Vaya! Alguien es un poco competitivo.
Apreté los labios en una sonrisa sin humor.
¿Por qué diablos le digo todo esto a una simple reportera?
La primera vez que Nikolay me trajo aquí, yo tenía trece años.
Respiró hondo y dijo: «Estás viendo el símbolo de mi éxito», pero aquello era otro de sus intentos por ocultar el fracaso. Como todo lo que hacía, respondía al mismo miedo: ser olvidado.
—¿Qué piensas? —preguntó, devolviéndome al presente.
—No mucho —respondí sin apartar la vista del camino.
Asintió sin insistir. Agradecí que comprendiera el límite, aunque la incomodidad persistió, como si una parte de mí quisiera que lo hiciera.
Qué sensación tan molesta.
Cuando llegamos a la residencia, dejó escapar otro leve jadeo mientras salía del coche. En cambio, yo solo pude ver una sombra: mi padre me había abofeteado una vez justo donde ella estaba parada.
—¡Es impresionante!
—¿Lo es?
Caminamos hacia la puerta principal y pude sentir sus ojos en mi espalda, como si quisiera atravesarme y descubrir qué pasaba en mi interior.
Cada paso que doy aquí es como caminar sobre vidrios rotos.
Me detuve un momento, con la mano sobre el picaporte.
—¿Estás bien?
No lo estoy.
En lo más mínimo.
Pero no puedo decírselo. No puedo permitir que vea cuánto me afecta estar aquí.
—Sí. Vamos —dije, indicándole que entrara primero.
Dejó escapar un murmullo de admiración al ver la decoración, que parecía sacada de un catálogo de lujo, pero conservaba un toque cálido y hogareño.
—Debiste pasar veranos fantásticos aquí con tu familia cuando eras niño.
Asentí para desviar la conversación.
Y, justo entonces, apareció la otra constante que avivaba mis recuerdos.
¿Por qué sigo manteniéndote aquí?
Si tan solo Dimitri no estuviera tan apegado a ti.
—¡Bienvenido, señor Arlov! —exclamó con una formalidad que casi podía tocarse.
—Lina.
—¿Sí?
—Nos veremos en la cena.
—¿Qué…?
—Descansa. llévala a su habitación, por favor.
—Por supuesto, señor.
Me miró durante un segundo, un tanto desconcertada, y luego la siguió sin pronunciar una palabra.
Necesitaba un momento para organizar mis pensamientos, y aquello habría sido imposible con ella suspirando cada cinco minutos.
Cuando volví a verla, los últimos tonos cálidos de la tarde desaparecían y la noche comenzaba a extenderse sobre la isla.
Bajó al comedor con un vestido floral de tirantes.
—Creo que el clima cálido te sienta bien —comenté con ligereza—. Menos tela cubriendo tu hermoso cuerpo.
Se sonrojó y apartó la mirada, como si así pudiera ocultarlo.
—Yo… ¿gracias?
La facilidad con la que conseguía desordenarla empezaba a resultarme demasiado evidente.
Durante la cena mantuve la conversación ligera. Poco a poco dejó de vigilar cada movimiento y comenzó a disfrutar de la comida, aunque volvía a tensarse cada vez que nuestras miradas se cruzaban, como si recordara de golpe lo que habíamos acordado.
Cuando terminamos, se levantó y caminó hacia la terraza. La seguí sin apresurarme. Me detuve a unos pasos de ella mientras la oscuridad se extendía sobre el agua.
—¿Estás lista?
Se giró hacia mí y la inquietud volvió a su rostro.
—Aunque quisiera decir que sí, simplemente no puedo —admitió.
—No necesitas saber todo lo que va a ocurrir. Solo estar segura de que quieres continuar.
Permaneció en silencio, estudiándome.
—No voy a hacer nada que no hayamos acordado —continué—. Si quieres que me detenga, dímelo. Lo haré. No voy a lastimarte. Esta noche solo habrá placer.
Levanté una mano junto a la cabeza, como si prestara juramento, y conseguí arrancarle una pequeña carcajada.
—Bien —dijo finalmente.
La duda cruzó de nuevo por su rostro, pero no retrocedió.
—Por aquí.
La conduje hasta la habitación. Apenas cruzó el umbral, se detuvo y recorrió el espacio con la mirada, desde la cama hasta los muebles que la rodeaban. Me quedé junto a la entrada mientras lo examinaba todo.
—¿Qué opinas?
—Es… no lo sé —respondió con un murmullo tembloroso—. Supongo que es bastante interesante.
Mantenía las manos tensas a ambos lados del cuerpo. Los dedos le rozaban los muslos una y otra vez, como si no supiera dónde colocarlos.
—¿Estás nerviosa? —pregunté, recorriéndole el rostro con la mirada.
—Un poco… Sí. Tal vez más que un poco.
Me acerqué sin cerrar por completo la distancia entre nosotros.
—Déjate llevar. Si algo no te gusta, me lo dices.
—¿Así de simple?
—Así de simple.
Me detuve frente a ella y llevé los dedos hasta los tirantes de su vestido. Esperé un instante.
No se apartó.
Deslicé los tirantes por sus hombros y el vestido descendió despacio, siguiendo las curvas de su cuerpo hasta reunirse a sus pies. Permanecí observándola mientras su respiración se volvía irregular.
—Alguien estaba ansiosa —comenté con una sonrisa apenas marcada.
—Es que el vestido… no lleva suje… —balbuceó, incapaz de terminar la frase.
—No necesitas justificarte.
Recorrí despacio la línea de sus brazos y después el contorno de su torso. Cuando mis dedos trazaron un círculo alrededor de uno de sus pezones, cerró los ojos y dejó escapar el aire con un estremecimiento.
—¿Por qué no nos acostamos y ya? —preguntó.
Di un paso y me coloqué detrás de ella. Las yemas de mis dedos rozaron su nuca antes de descender por la espalda.
—Porque eso no es viable para mí.
Movió una mano hacia atrás, buscando tocarme, y retrocedí antes de que pudiera hacerlo.
—Lina, no puedes tocarme.
—Lo siento. Yo…
—Si vuelves a intentarlo, entenderé que estás pidiendo un castigo.
Giró apenas el rostro hacia mí.
—¿Castigarme…?
Deslicé el dorso de la mano por la parte baja de su espalda y ascendí despacio. Su cabeza se inclinó, entregándose al contacto a pesar del temblor que aún le recorría el cuerpo.
—¿Es eso lo que quieres?
Negó suavemente.
—Entonces recuerda la regla.
Permaneció quieta unos segundos antes de volver a hablar.
—¿Siempre es así cuando estás con una mujer?
La voz le salió baja, quebrada ahora por la anticipación.
—No. Por lo general, las ato y prescindo de la conversación. Hablar demasiado me resulta molesto.
Me aparté y señalé la cama.
—Sube. Acomódate en el centro.
Obedeció sin decir nada. Rodeé la cama y le tendí la mano. Después de una breve vacilación, dejó la suya sobre mi palma. Sujeté su muñeca y la aseguré a un costado. Luego repetí el proceso con la otra, comprobando que las ataduras estuvieran firmes sin lastimarla.
Abrí uno de los cajones y saqué un antifaz de satén.
—¿Alguna vez te han vendado los ojos?
Una carcajada incrédula le tembló en la garganta.
—Lo tomaré como un no.
Subí a la cama y me coloqué frente a ella. Le cubrí los ojos con el antifaz y ajusté la cinta detrás de su cabeza antes de inclinarme, sin llegar a tocarle la boca.
—Respira.
—Lo intento…
Mi aliento le rozó la mejilla y una bocanada de aire escapó de sus labios.
—No pienses. Solo siente.
Esperé un segundo más, percibiendo la tensión que le provocaba no saber qué ocurriría. Después bajé la mano hasta su cuello y dejé que mi boca descendiera lentamente por la clavícula. Cada intento por mover las manos tensaba las ataduras y le acortaba un poco más la respiración.
Mi lengua trazó una línea entre sus senos. El jadeo que intentó contener terminó escapándose. Seguí bajando sin prisa, deteniéndome lo suficiente en cada punto para que la espera hiciera su parte.
Cuando mis dedos rozaron la humedad entre sus piernas, sus caderas se alzaron por puro reflejo. De sus labios comenzaron a escapar sonidos bajos, apretados, cada vez más difíciles de contener.
—Haz tu pregunta, Lina.
—¿Qué…? No puedes hacerme esto ahora.
—No te estoy torturando. Te estoy dando placer —respondí sin detener los dedos—. Y te recuerdo que, si dejas pasar este momento, habrás desperdiciado la pregunta de hoy.
Su cuerpo volvió a arquearse mientras intentaba reunir una idea coherente.
—¿Por qué…?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué…? —jadeó, frustrada—. Estás jugando sucio.
Me incliné un poco más, aumentando la presión.
—¿Jugando sucio? Solo estoy cumpliendo nuestro acuerdo.