Capítulo 15 Silencio
Recuerdo el frío del piso contra mi piel.
En ese despacho siempre hacía frío, incluso cuando afuera el sol se atrevía a brillar. Mi padre decía que el calor hacía a los hombres perezosos y débiles, y la debilidad no tenía cabida en nuestra familia.
Tenía doce años y ya entendía más sobre el miedo que sobre cualquier otra cosa. Lo sentía en los huesos, como un escalofrío constante que no podía sacudirme. También era ese nudo en el estómago que aparecía cada vez que mi padre me llamaba a su despacho, aquel lugar que olía a vodka y tabaco.
Sobre el escritorio había una pila ordenada de ejercicios que él mismo me obligaba a resolver: cifras, decisiones, respuestas que debían salir bien a la primera. Pero, cuando tomó mi trabajo y lo revisó, su rostro cambió.
—Otra vez, Víktor —dijo en voz baja—. Otra maldita vez.
No podía mirarlo a los ojos. Las manos me temblaban mientras intentaba descubrir dónde había cometido el error, pero el miedo crecía en mi pecho hasta ahogar cualquier pensamiento racional.
Tiró los papeles al suelo con brusquedad.
El corazón pareció detenerse por un segundo. No toleraba la imperfección y aquella era la tercera vez que fallaba.
—¡Al suelo! —ordenó.
No me atreví a dudar.
Me arrodillé. Sabía lo que venía. No era la primera vez que sucedía, pero eso no lo hacía más fácil.
El primer golpe me alcanzó en el hombro. Fue un empujón que me hizo caer y me dejó sin aliento. Me mordí la lengua para no dejar escapar un quejido.
El peso de su pie presionó mi espalda y me hundió aún más contra el suelo. Dolía, pero no podía demostrarlo. Mi padre decía que cualquier muestra de debilidad era una invitación al desastre, y yo había aprendido a temer esa palabra más que a la muerte misma.
—Eres un Arlov y, en esta familia, la perfección no es una opción: es una obligación. Tu incompetencia es una mancha que no puedo tolerar. Si dejo pasar esto, seguirás fallando como un inútil.
Yo era una extensión de su poder. Si no estaba a la altura, si no respondía como él esperaba, entonces no tenía valor ni lugar en su mundo.
—Los hombres no lloran, Víktor. Recuérdalo. Los hombres no se quejan. Y mucho menos se equivocan —continuó, aumentando la presión.
El dolor se extendía desde la columna hasta cada nervio de mi cuerpo.
—Fallaste tres veces en lo mismo. Tres veces —escupió con desprecio—. ¿Eres estúpido o simplemente inútil?
No sabía qué responder. Las palabras se me atascaron en la garganta, aunque no importaba. Él no esperaba una respuesta; solo quería asegurarse de que entendiera.
—Recuerda esto, Víktor —dijo mientras su voz se convertía en un susurro—. En este mundo, el poder lo es todo. Y aquellos que no tienen el control, aquellos que no son perfectos, están destinados a ser aplastados. Como tú ahora.
Sentí que las lágrimas se acumulaban en mis ojos, pero las contuve.
No tenía permiso para llorar.
Después de lo que pareció una eternidad, retiró el pie. Aun así, no me atreví a moverme hasta que me lo ordenara.
—Levántate —dijo al final con indiferencia.
Me levanté de inmediato, con los músculos doloridos y las articulaciones rígidas por el miedo. Mantuve la mirada fija en el suelo.
—Ahora, vete de mi vista.
Asentí y recogí los papeles.
—Una cosa más…
Su voz me detuvo antes de que cruzara el umbral.
—No seré tan generoso como ahora si te equivocas una cuarta vez. ¿Entiendes?
—Sí, señor.