Capítulo 14 Términos y condiciones
El sol empezaba a calentar el aire cuando llegué a la terminal privada del JFK. Lo vi enseguida, de pie junto a la entrada, con un vaso de café en una mano y una bolsa en la otra.
—Buenos días, Lina —dijo con una sonrisa demasiado amplia para ser él—. Te traje café y lo que creo que son rosquillas. Pensé que podrías necesitar un poco de energía antes del vuelo.
Lo miré con incredulidad.
—Vaya. ¿Esto también forma parte de tu plan maestro? —pregunté mientras tomaba una rosquilla.
Se echó a reír y, por un instante, su expresión perdió esa rigidez habitual que siempre parecía llevar encima.
—Quizá. Pero, para ser honesto, el plan maestro incluye que estés de buen humor. No quiero que subas al avión con cara de «no sé por qué estoy aquí».
Le dediqué una sonrisa leve antes de darle un sorbo al café.
—¿Y qué pasa si llego a la isla y decido que tu propuesta es una locura?
—Entonces, por lo menos, habrás tenido un buen desayuno alto en azúcar y calorías —respondió con un guiño—. Y, si decides que sí, vamos a pasarla bien. ¿Subimos?
Asentí y lo seguí, todavía intentando entender esa versión suya.
Mientras avanzábamos, noté que sus movimientos parecían menos medidos que de costumbre, como si estuviera haciendo un esfuerzo deliberado por mostrarse más accesible.
No sabía si fiarme de aquello, pero bastaba para descolocarme un poco más.
—Por cierto, Lina, ¿tienes todo lo que necesitas para la negociación?
Saqué la copia del contrato que me había hecho llegar.
—He estado trabajando en mi contraoferta toda la noche. No quiero malentendidos ni volver a sentirme en desventaja.
Se inclinó un poco hacia delante y me observó con un interés cuya seriedad no terminaba de convencerme.
—¿Y qué tal si me das una pequeña muestra de esa preparación?
Tomé aire, tratando de recordar todo lo que había ensayado.
—Para empezar, quiero asegurarme de que haya absoluta claridad sobre las expectativas. No quiero sorpresas y necesito que nuestras interacciones estén acordadas de antemano.
Asintió despacio. Por su expresión, parecía tomárselo en serio. O, al menos, eso quise pensar.
—Solo procura no ser demasiado dura conmigo —dijo con ese tono suyo que siempre escondía un filo bajo la ligereza—. No quiero que esta semana se convierta en una batalla constante.
—Lo tendré en cuenta, señor Arlov, pero no puedo prometer que no vaya a ser exigente.
✽✽✽
El día seguía gris, como una continuación del anterior. No llovía, pero el cielo permanecía cubierto de nubes oscuras que anunciaban el regreso del mal tiempo.
Nueva York tiene eso: es una ciudad de extremos. En verano te sofoca; en invierno te congela hasta los huesos, y los días lluviosos cambian de humor con la misma facilidad que la propia ciudad. Como ese hombre.
Cuando su chofer me dejó frente a mi casa, todavía era temprano, cerca de las once. Yo seguía dándole vueltas a sus palabras. Apenas entré, el teléfono comenzó a vibrar. Me quité el abrigo, me deshice de los zapatos y, por fin, revisé la pantalla.
El primero era un mensaje de voz de Daniels.
Lo reproduje con el corazón apretado, intentando mantener la cabeza despejada.
«Lina, cuídate del clima ¿sí? No quiero que te pase nada. Llámame cuando puedas, pero, por favor, llama. ¿Sí? Te extraño».
Sentí una punzada en el pecho. Por más que lo intentara, no lograba corresponderle del todo. Debí ponerle un límite desde que entendí lo que sentía por mí, pero una parte de mí siguió creyendo que, con el tiempo, tal vez podría querer algo más que un acostón ocasional.
Después escuché el mensaje de mi madre, que me recordaba la cena familiar del sábado.
«No te olvides de la cena del sábado, Li. Todos te esperamos. Te he estado llamando toda la semana y no te dignas a devolver las llamadas de tu pobre madre. Tu padre está preocupado por ti…»
«Yo no estoy preocupado por ella, mujer. Lina es inteligente y sabe cuidarse sola».
«Cállate, Otis, que le estoy dejando un mensaje de voz para ver si contesta. Bueno, te amo. Bye».
Mientras los escuchaba, una mezcla extraña de estrés y alivio se me acomodó en el pecho.
El viaje a la isla había caído como anillo al dedo, suponía.
Mi familia era grande, ruidosa y unida, y sus cenas siempre terminaban convertidas en un caos.
La casa se quedaba pequeña para tanta gente y las preguntas interminables sobre mi vida solían dejarme agotada.
Además, mamá pertenecía al equipo Daniels desde aquella noche en que apareció sin avisar, justo después de discutir con papá porque, según decía, él había olvidado su aniversario número treinta. Menuda sorpresa se llevó cuando descubrió que el calendario que había mirado era el del año anterior.
Después de revisar los mensajes, me fui directamente al baño.
Confiaba en que el agua caliente me ayudara a despejarme un poco, aunque solo fuera lo suficiente para dejar de pensar en todo al mismo tiempo.
Cuando salí, me puse ropa cómoda y me acomodé en el sofá con el contrato frente a mí, decidida a repasarlo con calma.
Le di vueltas a cada punto, marqué lo que no me convenía y pensé en posibles cambios. Sin darme cuenta, el tiempo se me fue de las manos. Cuando levanté la vista, la aguja del reloj ya se acercaba a las seis de la tarde.
Kat llegó poco después, con una botella de vino en una mano y comida en la otra. Entró como una ráfaga de viento.
—¡Cuéntame ya! —soltó de inmediato mientras dejaba las bolsas sobre la pequeña mesa de centro.
—Kat, cálmate. No es como si fuéramos a un juzgado.
Se dejó caer, le dio varias palmaditas al sofá y comenzó a sacar la comida hindú de las bolsas.
—¿Que me calme? Lo que no entiendo es por qué no te has vuelto loca todavía. Vas a follar con Víktor Arlov. ¿Acaso no pueden simplemente decirse qué quieren y ya?
No pude evitar soltar una risa corta mientras abría la botella de vino.
—No lo sé… Supongo que los ricos son muy raros. Por lo que he visto, él es alguien excéntrico. Además, si quiere tratar un acostón como un negocio, ¿por qué no puedo sacarle provecho también?
—¡Vaya! Sí que te he criado bien —exclamó, fingiendo que se secaba una lágrima—. Pero, por favor, necesito saberlo todo con lujo de detalles. ¡Ya!
Le conté casi todo sobre la propuesta, aunque dejé fuera algunas cosas. Las suficientes.
—Vamos a ver. Si te está haciendo esta propuesta es porque tiene interés en ti. Así que ¿qué es lo que realmente quieres de todo esto?
Me tomó un momento responder.
—Quiero que la balanza esté nivelada. No fui muy inteligente con el primer contrato…
—Bien. Pero ¿realmente quieres acostarte con él?
Bajé la vista hacia la copa por un momento.
—Creo que sí…
—Lina.
Solté el aire.
—Sí, joder. Sí quiero.
—¿A que se sintió liberador reconocerlo?
—Kat, no molestes.
—Bien, bien. Enfoquémonos en esto. ¿Qué es lo que te atrae de la propuesta y qué no te gusta?
Pasamos la noche discutiendo detenidamente cada detalle, haciendo listas de pros y contras y explorando cada posible escenario de lo que, en algún momento, me había parecido una completa locura.
Cuando por fin llegamos a un acuerdo sobre lo que incluiría mi contraoferta, me sentí aliviada. Pero, de repente, ella me miró con una expresión seria.
—Y ¿qué pasa con Daniels? —preguntó mientras su tono sarcástico disimulaba una preocupación genuina.
El nudo en mi estómago volvió a apretarse. No quería pensar en eso. Sabía lo que tenía que hacer, pero enfrentarlo era otra cosa.
—¿Qué quieres decir? —murmuré.
Dejó la copa sobre la mesa y habló sin rodeos.
—Lina, sabes lo que quiero decir. No es solo un juego para él. Tienes que ponerle fin a esta relación de «aventuras». Es lo correcto.
Mis hombros se desplomaron y la vergüenza se me instaló en el rostro.
—¿No puedo hacerlo después? Es que ahora no tengo valor… —intenté justificarme con una voz que apenas alcanzó a ser un susurro.
Kat negó rápidamente con la cabeza.
¡Mierda!
—No, Lina. Nadie merece ser plato de segunda mesa. Hazlo ahora.
Extendió hacia mí la mano con el teléfono.
—Llámalo.
—Kat…
—Lina… No te gusta que imite el tono de tu madre, pero te comportas como una niña.
Mis manos temblaron cuando tomé el teléfono. No quería hacerlo, pero tenía razón.
—Está bien, está bien… Y sí, deberías dejar de imitar el tono de mi madre.
Sentí su mirada perforando mi determinación.
—No puedo si me miras —protesté.
Arqueó una ceja y esbozó una sonrisa burlona.
—¿Eres de esas personas que no pueden ir al baño si alguien las está mirando? Entiendo lo de la masturbación, pero… —bromeó, tratando de aliviar la tensión.
—Kat, esto es serio…
—Bien, reina del drama —cedió, alzando las manos—. Te daré algo de «privacidad». Iré a fumar.
—¡Eso va a matarte! —grité al verla sacar un cigarrillo del bolso mientras se dirigía hacia afuera.
—Por favor, fumar no es nada comparado con vivir en Nueva York. Es más probable que la contaminación nos asfixie o que una rata en el metro nos contagie algo, sin contar con que la ciudad se está hundiendo. Un desconocido podría matarme solo porque sí antes de que el tabaco lo haga.
—Aun así, eso va a matarte.
Chasqueó la lengua e hizo una mueca antes de salir.
Respiré hondo y me concentré en el teléfono mientras una punzada de ansiedad me recorría.
Por favor, que no lo coja.
Realmente no quería tener aquella conversación.
Sentía que el estrés me estaba consumiendo y mi mente no paraba de buscar excusas para colgar. Pero respondió al tercer timbre. Su voz sonaba adormilada.
—¿Aló? Lina… —murmuró.
Tomé aire, intentando que la voz no se me quebrara.
—Hey, Daniels, ¿cómo has estado?
—Estoy bien —respondió con un tono que se volvió más animado—. Mucho mejor ahora que escucho tu voz.
Eso solo hizo que mi tarea fuera más difícil.
—Daniels, yo quería… He estado pensando y quería hablar de algo contigo —comencé mientras el corazón me latía con fuerza contra las costillas.
—Sí, sí, por supuesto. Te escucho. ¿Qué pasa?
—Daniels, yo… he estado pensando últimamente y creo que deberíamos tomarnos un respiro de nuestra… aventura —solté de una vez antes de perder el valor.
El silencio que siguió fue aplastante. Podía escuchar su respiración pausada al otro lado de la línea. Finalmente, volvió a hablar.
—¿He hecho algo que te haya molestado? ¿He pasado algún límite?
—No, Daniels. Tú no has hecho nada —respondí rápidamente—. Eres… eres un ser excepcional, maravilloso y encantador. Es solo que… quiero sopesar mis opciones, poner mis ideas en orden. Y creo que buscamos cosas diferentes —intenté explicarme.
Tardó en responder y, cuando lo hizo, su voz estaba cargada de una tristeza que no logró disimular.
—Podemos hablar mañana, ¿sí? Quiero que lo hablemos tranquilamente, en persona…
—Lo siento, pero mañana no podré. Me voy de viaje de negocios durante una semana —respondí, sintiendo cómo la culpa me oprimía cada vez más.
—¿Vas a salir con Víktor Arlov?
Me quedé en silencio un momento, dudando, pero al final opté por la verdad.
—Sí, soy su asistente. Debo ir adonde él vaya.
Lo escuché suspirar.
—Está bien. Solo… ten cuidado y cuídate mucho. Hablaremos cuando regreses.
—Sí, está bien. En cuanto regrese, nos reuniremos. Ordéname una cerveza en The Gritty Needle.
—Siempre. Cuídate mucho, Lina.
✽✽✽
Jugueteaba con el vaso de cristal cuando, de pronto, sus ojos se fijaron en mí.
—Quiero autonomía sobre todo lo que escribiré en mi artículo —comencé, disimulando una firmeza que me costaba más de lo que parecía—. Sin correcciones ni revisiones por tu parte. Quiero reflejar la verdad como yo la vea.
Levantó apenas una ceja, más intrigado que sorprendido.
—Además —continué—, quiero poder hacerte tres preguntas cada día sobre cualquier tema y recibir respuestas honestas, sin evasivas.
El silencio se alargó un instante. Casi pude verlo sopesando cada palabra, como si ya estuviera midiendo hasta dónde pensaba ceder. Al final, incliné un poco la cabeza, le sostuve la mirada y solté lo último:
—Y, por último, quiero la exclusividad de la inauguración del hotel. Quiero ser la primera en cubrirlo. Quiero algo que los demás no tengan.
Apoyó el vaso sobre la mesa con un leve chasquido. Por un segundo, pensé que había ido demasiado lejos, pero entonces la comisura de su boca se curvó en una sonrisa apenas visible.
—Vaya. Alguien hizo la tarea esta vez —comentó con ese cinismo suyo, tan pulido que casi sonaba elegante.
Me relajé un poco en el asiento y solté un suspiro que no alcancé a esconder.
—Son propuestas interesantes —añadió—, pero déjame ofrecerte mi contraoferta. Si piensas rechazarla u objetarla, te advierto desde ahora que esto es lo mejor que vas a conseguir de mí.
Su voz sonó suave, casi seductora, aunque la autoridad seguía allí.
—En cuanto a tus preguntas, aceptaré una sola al día y únicamente podrás hacerla cuando yo lo decida.
Antes de que pudiera interrumpirlo, continuó:
—Sobre la inauguración del hotel, necesito contar con otros medios de mayor peso. La exclusividad total no es viable, pero puedo darte un lugar destacado. Tal vez acceso a algo que los demás no tendrán.
No pude evitar admirar su forma de negociar.
—Y sobre la autonomía de tu artículo… —Se inclinó apenas hacia delante, lo suficiente para que su presencia se sintiera más cerca—. No puedo darte un control absoluto. Necesito reservarme el derecho de intervenir en un cincuenta por ciento.
Respiré hondo, obligándome a no ceder demasiado rápido.
—¿Qué tal un cuarenta? —repliqué, aun sabiendo que probablemente no bajaría de cierto punto.
Sonrió y entornó ligeramente los ojos.
—Cuarenta y ocho —dijo al final con la misma firmeza—. Pero mantengo mi derecho a discutir cualquier punto que considere perjudicial.
Sentí que, de algún modo, acababa de ganar una pequeña batalla.
—Ahora hablemos de mis condiciones.
Me enderecé apenas en el asiento.
—Primero, no quiero que me toques bajo ninguna circunstancia, a menos que yo lo pida. Y, si eso ocurre, solo yo decidiré cuándo, cómo y dónde.
Un escalofrío me recorrió la espalda, pero no aparté la mirada.
—Segundo, jamás podrás hablar de nuestro acuerdo con nadie.
Asentí despacio, entendiendo perfectamente las implicaciones.
Joder. Bueno, Kat es una tumba, créeme.
—Tercero, hablarás solo cuando yo lo permita y harás lo que diga, cuando lo diga, sin excepciones.
Mis pensamientos eran un torbellino, pero por fuera me mantuve serena.
—Y cuarto, si después de esta semana ambos decidimos continuar, el contrato podrá extenderse por tiempo indefinido. Solo si las dos partes están de acuerdo.
El silencio volvió a llenar la cabina mientras sus palabras terminaban de asentarse en mi cabeza.
¿De verdad me estaba metiendo en un terreno peligroso?
—Ah, y sobre cómo planeo que esto funcione… —añadió con una calma que me puso más tensa que cualquier amenaza—, se usarán cuerdas, Lina. Así que olvídate de tocarme, a menos que yo te lo permita.