Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 13 El costo de la tensión
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Capítulo 13 El costo de la tensión

Desperté temprano en el departamento del diablo con un sentimiento de incomodidad asfixiándome el pecho desde antes de abrir bien los ojos.

Lo primero que quise fue salir de allí sin hacer ruido, pero, en cuanto empecé a buscar el teléfono, la urgencia me nubló todavía más la cabeza.

No estaba sobre la mesa ni en el bolso ni a la vista por ninguna parte.

Genial, Lina. ¿Dónde diablos lo dejaste? ¿En ArlovTech? No. No podía ser. Lo tenía ayer cuando vine aquí. Bueno… Una cosa a la vez.

Tomé varias bocanadas de aire, intentando calmarme.

Salgamos de aquí antes de que esto se vuelva todavía más incómodo y, de algún modo, más retorcido. Obviamente voy a verlo en la oficina, pero, si se le ocurre sacar el tema, alegaré demencia. Eso haré. Porque, cuando acepté, claramente no estaba en mis cabales…

Mientras avanzaba en silencio por el pasillo, el estómago se me retorcía por los nervios. ¿Cómo había escalado todo tan rápido? Que esto me sirva de lección: nunca ayudes a un hombre poderoso. Por lo visto, podrías herir su enorme ego narcisista.

Al llegar a la sala, miré hacia la cocina y ahí estaba él, sudoroso y en ropa deportiva. El cabello se le pegaba a la frente en mechones desordenados y los músculos se marcaban bajo la camiseta ajustada.

No pude evitar fijarme.

¿Pero qué diablos me está pasando?

Deja de quedarte embobada mirando al mal personificado y muévete, Lina. Muévete.

Todo era culpa de Kat y sus ideas absurdas sobre follar con Víktor Arlov.

Pensar que me había desnudado ante él, que había aceptado con una facilidad que todavía me desconcertaba, me hacía sentir que mi dignidad se había reducido a escombros.

Al menos debí proponerle que nos enrolláramos también; así ambos nos sentiríamos igual de incómodos.

Debo acelerar el paso. Tal vez aún no me haya visto.

La libertad estaba a tan poca distancia que podía sentir los latidos en los oídos.

Joder, me va a dar un paro aquí mismo.

Cuando mis dedos finalmente se posaron sobre el pomo de la puerta, escuché su voz.

—Buenos días. ¿Vas a algún lado, Lina?

Me quedé paralizada un momento, con el corazón en la garganta. Después me giré hacia él.

—Yo… —titubeé mientras mi cuerpo temblaba como gelatina—. Debo ir a casa a cambiarme… Debo ir a trabajar… No quisiera llegar tarde al trabajo por el que me están pagando…

Sonrió como si mi evidente desmoronamiento le causara gracia.

—Tu jefe entenderá si llegas un poco tarde —soltó en un tono bromista, con una

ligereza poco habitual e inquietante.

¿Desde cuándo sabes sonreír así?

—Ven, acércate. —Señaló un plato y una taza de café que había puesto en la encimera—. Te hice el desayuno.

—¿Me hiciste el desayuno? —pregunté con desconfianza mientras me acercaba lentamente, tratando de entender qué motivaba aquel gesto.

Mi cabeza seguía dando vueltas alrededor de la noche anterior mientras él me observaba fijamente.

Me costó un esfuerzo considerable sentarme.

—Gracias —dije, sintiendo que el calor de mi rostro probablemente competía con el del café.

—¿Cómo va tu salud? —preguntó de repente y casi me atraganté con el primer sorbo.

—Respire, señorita Taylor.

—Estoy respirando, señor Arlov.

—Bien. Volviendo al tema.

¡Por favor, no!

—Lo pregunto porque creo que deberías comer un poco más. De ahora en adelante cocinaré para ti. Estás un poco delgada. No creo que ese sea un peso saludable.

—¿Cocinarás para mí? —repetí, como si no pudiera creer lo que acababa de oír.

¿Pero qué diablos le está pasando a este hombre?

—Solo es comida, Lina. No voy a envenenarte… —bromeó con una sonrisa simpática, pero sus palabras no lograron inspirarme confianza—. No es para tanto. ArlovTech gestiona varias fundaciones y una de nuestras causas es ayudar a alimentar a los más desprotegidos…

—Entonces, ¿te parezco una persona desprotegida?

—Tal vez —respondió con una expresión de burla.

Mi cara se puso tan roja que sentí que moriría en cualquier momento.

¿Estás jugando conmigo otra vez? Sí, por supuesto que sí.

—Debo… —balbuceé, sintiendo la lengua pesada y la garganta seca.

Notó mi incomodidad y me sirvió un vaso de zumo. Al entregármelo, nuestros dedos se rozaron y un cosquilleo me subió por la parte baja de la espalda.

¡Joder! ¡No! ¡No!

—Debo ir a casa a cambiarme. Realmente debo ver que todo esté bien allí. Además, perdí mi teléfono. Necesito sacar una copia o algo…

Mientras divagaba, él deslizó hacia mí el teléfono que suponía perdido.

—Anoche lo dejaste olvidado en el vestíbulo y el portero me lo devolvió esta mañana.

Lo tomé con prisa, sin mirarlo, y lo guardé en mi cartera.

—Lina, necesitamos hablar sobre el elefante en la habitación.

—Yo no sé de qué hablas… —respondí, sintiendo que el corazón se me aceleraba.

¿Pero por qué diablos me siento así?

Mi cuerpo es hermoso, soy una mujer independiente, una gran periodista… Pero ¿por qué diablos estoy temblando bajo la mirada de Víktor Arlov?

Es solo un hombre. Uno mezquino, manipulador, hermoso, malvado… y, aun así, es hermoso.

—Lina, es rosa y está ocupando toda la habitación. Está en todos lados.

—No quiero llegar tarde —solté de nuevo, intentando levantarme—. Mi jefe es un tirano… —agregué sin pensar.

—Yo soy tu jefe tirano, Lina, y quiero que te sientes —replicó con una burla sutil en la voz mientras observaba cómo retomaba mi lugar—. Nuestra relación ha cruzado el umbral. Admito que tengo cierta culpa.

Oh, entonces era eso… ¿Quieres que lo olvide?

Por supuesto que puedo hacer eso.

—Entiendo, olvidaré lo que pasó. No necesitas pedirlo —interrumpí, intentando cerrar el tema—. No soy tu tipo de mujer; no soy una modelo famosa ni alguien trascendental… Sigamos por el camino de lo profesional. Después de todo, yo no soy la hija del alcalde de Nueva York.

Espera, ¿por qué he mencionado eso? ¿Qué pasa conmigo hoy?

Se inclinó hacia delante y levantó una ceja. Sus ojos brillaron con una intensidad oscura que contrastaba con su sonrisa anterior.

—No, Lina, tú no entiendes. Yo ya había cruzado el umbral —repuso en un tono cínico—. Y tú te negabas a hacerlo —añadió con una expresión perversa que me estremeció—. Qué bien se siente dejar de fingir y admitir lo que realmente quieres… ¡Es liberador!

Su expresión encantadora se había desvanecido, sustituida por una mirada lasciva que me hacía sentir completamente expuesta, desnuda nuevamente delante de sus ojos.

—Ahora —continuó, dando la vuelta y acercándose a una de las sillas contiguas para tomar asiento—, la verdadera pregunta es: ¿cómo vas a manejar esto? Estoy aquí para asegurarte que no hay marcha atrás.

Con cada palabra, sentí cómo mi resistencia comenzaba a desmoronarse. La tensión sexual entre nosotros era innegable y me envolvía ahora más que nunca.

—Lina, ¿yo te atraigo? —preguntó de repente, pero su tono no tenía la emoción que normalmente acompañaría a esas palabras—. No tienes que mirarme así. Hay tensión sexual aquí, en la oficina y dondequiera que estemos juntos. Hasta un ciego podría ver lo excitada que estás ahora.

Mi voz comenzó a temblar de ansiedad mientras intentaba encontrar una respuesta adecuada.

—Yo… no…

—No he terminado —repuso con firmeza, haciendo que me quedara en silencio mientras apenas lograba sostenerle la mirada—. Te propongo algo.

—¿Qué? —pregunté demasiado rápido, y mi voz tembló de anticipación.

—Exploremos durante una semana esta tensión y la sexualidad que ha surgido entre nosotros. Sin compromisos, sin emociones; solo dos adultos experimentando desenfrenadamente. Sin embargo, habrá ciertas restricciones y algunos papeles que firmar… Nada del otro mundo.

Mis ojos se abrieron de sorpresa y tragué saliva, sintiendo que en cualquier momento escupiría el corazón por la boca.

—¿Por qué yo? —pregunté, sin poder creer lo que estaba escuchando.

—¿Me creerías si te digo que es porque eres bonita?

—respondió con un tono juguetón—. Realmente no lo sé, Lina.

Es una de esas preguntas que no tienen respuesta.

¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué estamos aquí?

¿Existe algo más después de la muerte? Yo espero que no.

Me molestaría saber que mi padre no descansa en paz —añadió; las últimas palabras salieron cargadas de desdén.

—¿Y si no acepto? ¿Vas a insinuar ponerle fin a nuestra sociedad de nuevo? —respondí con un desafío que no sabía de dónde había sacado.

—No, Lina. Admito que eso estuvo muy fuera de lugar y fue poco profesional.

Te pido disculpas por ello. Pero ¿realmente esa es tu respuesta?

—contestó en un tono que hacía parecer la propuesta más una oferta que una simple sugerencia—.

Verás, si esa es tu respuesta, nuestro viaje de una semana se tornará muy incómodo.

—¿Qué viaje?

—Salimos mañana a la isla donde se lleva a cabo la construcción de mi hotel. Tengo unos asuntos que atender allí con unos inversionistas.

—Pero…

—Como mi asistente personal, es tu deber acompañarme adonde yo vaya. Pensé que conocías las responsabilidades que venían con el puesto. ¡Maldita sea, será una semana muy incómoda! —exclamó con una sonrisa burlona.

La intensidad de su mirada me hizo sentir como si estuviera al borde de un precipicio.