Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 12 Tormenta de vulnerabilidad
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Capítulo 12 Tormenta de vulnerabilidad

La lluvia anunciada por fin había caído sobre Manhattan.

Desde las ventanas solo veía el desorden difuso de abajo.

Le di un sorbo al whisky mientras mi mente seguía volviendo, una y otra vez, a la misma idea: cómo castigarla por una transgresión que, aunque accidental, no dejaba de ser una transgresión.

Entonces el intercomunicador interrumpió el hilo.

Contesté por inercia.

—Sí.

—¿Señor Arlov? Lamento molestarle a esta hora.

—Sé breve.

—Su asistente…

—¿Qué pasa con ella?

—Está aquí. La lluvia no la ha dejado salir.

Tras el inconveniente, todavía no recuperaba del todo el equilibrio.

El arrastre que tuve me había dejado en un lugar oscuro de mi mente y, aunque la tormenta era un imprevisto que no podía controlar, saber que seguía en mi edificio no hacía más que avivar mi frustración.

Debió haberse esforzado el doble por marcharse a donde fuera que perteneciera, pero, al parecer, la ineptitud también sabía hacerse pasar por persistencia.

—Dígale que puede subir.

Hubo una breve pausa al otro lado.

—Se ha quedado dormida, señor. En uno de los sillones. ¿Quiere que la despierte?

—No. Déjela. Yo me encargo.

Colgué y me terminé el whisky antes de bajar al vestíbulo.

Al llegar, la vi recostada en el sillón.

Había pasado allí más de dos horas, según el portero.

Los relámpagos se reflejaban en las ventanas y, por momentos, también en su rostro agotado.

Tenía las piernas estiradas, los zapatos abandonados junto al sillón y el cabello desordenado cubriéndole parte de la cara.

Y, aun así, seguía irritándome.

Que hubiera visto una faceta vulnerable de mí, una de esas que siempre mantengo bajo llave, se me había quedado clavado como una astilla. Pequeña, sí. Pero imposible de ignorar.

La levanté en mis brazos contra todo mi buen juicio. Si bien deseaba castigarla, pretendía hacerlo psicológicamente, no físicamente. Aún.

Su cuerpo no pesaba tanto.

¿Acaso no se alimentaba bien?

Mientras caminaba hacia el ascensor, su fragancia llegó hasta mí. Dulce. Me irritó de inmediato.

No se despertó durante el camino; más bien se apoyó contra mi pecho. y esa cercanía me dejó una tensión, persistente, instalada en el cuerpo.

La coloqué en la cama de la habitación de invitados. Y, como abeja a la miel, no pude evitar sentarme al borde a observarla.

El ligero temblor en su respiración me recordaba que era más débil que yo. Y me desagradaba que aún no estuviera completamente sometida a mi voluntad. Sentía que estaba perdiendo el tiempo y me estaba cansando.

Era hora de avanzar. Porque comenzaba a aburrirme.

Mientras la contemplaba, extendí la mano hacia su rostro. Pero justo cuando iba a tocarla, un estrepitoso ruido me detuvo.

¿Qué pretendías hacer, Víktor?

Me alejé enseguida y busqué el teléfono en su bolso. Miré el nombre en la pantalla.

—¿En serio? —murmuré—. Guardemos esto por hoy.

✽✽✽

Habían pasado unas cuantas horas desde que me quedé dormida, o al menos eso creía.

Al despertar, reconocí enseguida que seguía en el departamento del señor Arlov.

Escuché ruidos en la sala y avancé hacia allá con cautela, aunque cada paso me llenaba de una duda distinta.

No terminaba de entender por qué se había alterado de esa manera horas antes, pero su descontento, la brusquedad con la que me echó y esa expresión suya, tan cerrada y extraña, seguían dándome vueltas en la cabeza.

Me detuve a mitad del pasillo. No quería incomodarlo otra vez y que me mandara de regreso al vestíbulo, donde la lluvia seguía cayendo sin tregua. Ya estaba pensando en volver a la habitación cuando escuché su voz.

—Lina.

Fui enseguida. Lo encontré en la cocina, aparentemente más tranquilo que antes. Llevaba un suéter azul oscuro, remangado, y un delantal. La imagen resultaba casi desconcertante. Le quitaba algo de ese aire imponente, aunque no lo suficiente como para suavizarle la expresión.

El aroma de la comida llenaba el aire.

Dios, definitivamente olía delicioso. Y no había comido nada en todo el día.

—Señor Arlov… Yo realmente lo siento —me disculpé, acercándome con cautela.

Él levantó una ceja con la mirada fija.

—Lina, te dije que me tutees.

—Juro que intenté irme, pero la lluvia… y no conseguí un taxi… Yo lo que menos quiero es incomodarlo, lo juro. —Levanté la mano hasta mi rostro con nerviosismo.

—Lina —me interrumpió.

—¿Sí?

—¿Podrías poner los platos en la mesa? —Señaló los platos sobre la encimera con un gesto paciente.

Asentí en silencio, entendiendo que prefería dejar las disculpas para otro momento.

La cena transcurrió en un silencio absoluto, apenas roto por el sonido de los cubiertos contra los platos.

Aunque trataba de concentrarme en la comida, sentía que debía seguir disculpándome…

por lo que fuera que había hecho. No era tonta y podía ver que comenzaba a confiar en mí de a poco.

Hasta ahora tenía claro que tendría una exclusiva, aunque él debía aprobar ciertos detalles antes de su publicación.

Pero si lograba conectar de manera más personal, tal vez podría obtener más libertad en lo que podía escribir.

Además, sentía que no sabía cómo comer delante de él. Por momentos, se me quedaba mirando fijamente mientras comía.

¿Tal vez lo estaba haciendo mal?

✽✽✽

—Señor Arlov… perdón, Víktor, de verdad lamento lo que pasó antes… no era mi intención —repuso, rompiendo el silencio, sus ojos buscaban algún indicio de comprensión en mi rostro.

Y por ello estaba siendo meticulosa con sus palabras.

—Si quieres que estemos en igualdad de condiciones, deberías sentirte tan incómoda y vulnerable como yo —comenté, sin levantar la vista del plato.

Sabía bien lo que movían sus disculpas. Y estaba bien con eso, ya que ambos perseguíamos algo con aquella relación.

Pero para mí, la vulnerabilidad y el control eran cruciales. Debía experimentar parte del desequilibrio que yo había sentido.

—Realmente no entiendo.

—¿Qué?

—Te ibas a caer y yo te ayudé a que eso no pasara. Tenías temperatura, por eso tu cuerpo estaba débil. No es mi culpa. No tiene sentido que estés molesto.

Sus palabras intentaban justificar su acción, pero solo percibía una insinuación en ellas. Ese comentario sobre mi debilidad…

¿Cómo se atrevía a sugerir que yo, Víktor Arlov, era débil?

La idea me resultaba insoportable.

No puedes seguir detonando debido a esta mujer, Víktor.

Aléjala de ti de una buena vez.

—¿Y ahora sales con esto de igualdad de condiciones? No lo entiendo —volvió a replicar—. ¿Qué es lo que quieres? ¿Que me caiga para que me ayudes? —Su tono oscilaba entre la confusión y la burla.

Estaba al borde de la exasperación. Mi deseo de humillarla se hacía cada vez más fuerte. Quería que entendiera que ella era frágil y que yo era mucho más fuerte, que su rol en mi vida era inferior y subordinado.

—Desnúdate para mí.

—¿¡Qué!?

Se quedó paralizada un segundo.

—No me voy a acostar contigo por lo que pasó. Eso es ridículo —respondió con firmeza.

—Nadie ha dicho nada sobre acostarse —añadí con una voz suave, casi desinteresada, mientras daba un sorbo de vino.

—No voy a hacer eso, Víktor.

—Entonces no respondo por lo que ocurra de ahora en adelante en esta dinámica. Si no lo haces, no puedo olvidar cómo me sentí tan vulnerable ante ti… Tal vez esta sociedad se dé por finalizada.

—¿Por qué me estás haciendo esto?

—No te estoy obligando a nada. Puedes negarte si así lo deseas… Solo te estoy explicando cómo me sentí. Y, en el proceso, te hago saber cuál es la única forma en que puedo recuperar el equilibrio y sentirme cómodo de nuevo.

Respiró hondo.

—Está bien… —susurró con resignación—. Bien. Pero habrá reglas. No puedes tocarme, y esta situación no debe repetirse.

Una sonrisa apretada cubrió mi rostro.

—Por supuesto…

✽✽✽

Entré al baño con las piernas todavía temblorosas, intentando contener la oleada de ansiedad que me había subido al pecho.

Me apoyé contra la pared y respiré hondo varias veces, como si con eso pudiera bajar el ritmo desbocado de mi corazón.

Cuando alcé la vista hacia el espejo, sentí que el color me había abandonado por completo.

Me aparté el cabello de la cara con ambas manos, sacudiéndolo un poco, casi como si ese gesto bastara para despejarme.

La cerámica estaba fría bajo mis pies, y los acabados ostentosos del baño —el mármol pulido, los grifos dorados, el espejo enorme— me resultaron absurdos en medio de mi propio desorden. Todo allí era perfecto, impecable, frío. Tan frío como él.

Me incliné sobre el lavabo y me enjuagué la cara, intentando enfriar los pensamientos, la presión en el pecho, el temblor que todavía no terminaba de irse. Después me acomodé el cabello otra vez, me miré una última vez en el espejo y salí.

El corazón seguía acelerado.

En la sala, la luz tenue acentuaba el contorno de su figura mientras me observaba desde el sillón.

✽✽✽

La vi volver a la sala y detenerse en el umbral. Intentaba ocultar la tensión, pero aquella vacilación terminó de agotar mi paciencia. Alcé apenas el vaso de whisky que sostenía.

—¿Quieres un trago?

Negó con demasiada rapidez. El gesto fue torpe, casi precipitado.

—¿Cuánto más me vas a hacer esperar?

Abrió la boca, como si fuera a responder.

—Desátate el cabello.

Levantó las manos y soltó la coleta. Los mechones cayeron sobre sus hombros, ligeramente desordenados, mientras el silencio se espesaba entre nosotros. Mantuvo la mirada baja. El temblor que le recorría el cuerpo era leve, pero ni todo su esfuerzo bastaba para contenerlo.

—Quítate el suéter.

Obedeció. Primero el suéter. Después la camisa, botón a botón, con una lentitud cargada de tensión. El encaje del sostén quedó al descubierto. Tomó aire y el pecho se le elevó con fuerza antes de que se lo desabrochara y lo dejara caer.

—Mírate —dije—. Todo está expuesto ante mí. ¿Ahora entiendes lo que significa ser vulnerable ante alguien?

Mientras hablaba, la falda resbaló por sus piernas hasta quedar en el suelo.

—Gira para mí.

Lo hizo despacio, con una inseguridad que no llegaba a ser torpeza, y una corriente de calor me recorrió la columna. Sabía que el interés nunca duraba. Pero con ella todavía no había llegado ese momento.

Cuando terminó de girar, me puse de pie y avancé hasta detenerme a un paso de su cuerpo.

—No… No puedes tocarme… —dijo con la voz temblorosa.

—Jamás haría tal cosa. Ya lo hablamos —murmuré.

Dejé que mi mirada descendiera. La suya siguió el mismo recorrido y lo entendió enseguida.

—Ahora sí —añadí mientras me apartaba con lentitud—, estamos en igualdad de condiciones. Buenas noches, Lina. Espero haber sido un gran anfitrión.