Capítulo 11 Ritos de paso
El invierno en Rusia era mucho más frío que el de Nueva York. Era casi y también un recordatorio de la brutalidad que siempre enfrentaba.
Iba en el asiento del copiloto, con la espalda recta, sin decir una palabra. Afuera todo era blanco y el cielo gris dificultaba ver un poco más allá.
A mi lado, mi padre conducía mientras hablaba con el rostro endurecido.
—Hoy es el día en que te harás hombre —pronunció en un tono que no dejaba espacio para réplica.
Observé el exterior con temor. El frío parecía meterse bajo mi piel y aumentar la presión en mi pecho a medida que nos adentrábamos en el bosque.
Giró la cabeza hacia mí, en un rápido vistazo, con una expresión que no ocultaba su desaprobación. Verme temblar solo lo enfureció más. Para él, esta prueba era una forma de asegurarse de que yo fuera digno de heredar el legado de los Arlov.
—Tu madre te ha hecho débil con esas costumbres norteamericanas —repuso, con una voz cargada de desprecio por la influencia que, según él, mi madre ejercía sobre mí—.
¿Pero qué sabe una mujer de lo que un hombre necesita?
De lo que separa al niño del hombre. Mi padre y el padre de mi padre hicieron esto al cumplir tu edad.
Es algo que los hombres de la familia Arlov hacen de generación en generación, y tú continuarás el legado.
Lo dijo con absoluta seguridad, como si lo que estaba a punto de experimentar fuera inevitable, incluso justo. Una especie de prueba que, según él, debía superar para merecer el apellido Arlov.
El auto se detuvo en un claro del bosque. Sin mirarme, abrió la puerta del conductor y arrojó una mochila al suelo.
—Baja del auto —ordenó.
Y temblando de frío, pero más de miedo, hice lo que me pidió.
—¿Pretendes dejarme aquí…? —mascullé entre dientes.
—Es un rito de iniciación familiar. Hay que respetar las costumbres de nuestros ancestros. Eres un Arlov, Víktor, actúa como tal.
—Podría morir aquí. No conozco el área tan bien como tú…
Me miró con irritación, como si lo estuviera llevando al límite.
—Pues morirás siendo un hombre, no como el maricón mimado que tu madre ha malcriado, igual que la fábrica de órganos de tu hermano.
Dejó esas palabras en el aire, y luego dio un giro brusco, alejándose.
Observé cómo el coche desaparecía en la distancia y el miedo trepó por mi espalda, mientras la ansiedad del bosque se cerraba a mi alrededor.
Avancé sin saber bien hacia dónde, arrastrando la mochila que parecía pesar el doble cada minuto, pero no quería dejarla tirada, porque quizás llevarla era parte de la prueba.
Mis piernas estaban entumecidas y apenas me obedecían.
Calculaba que llevaba caminando unas seis horas, aunque bien podrían haber sido más.
Había perdido la noción del tiempo; el frío me quemaba los labios y, cada tanto, sentía que mis pies se hundían aún más en la nieve, haciéndome perder el equilibrio.
Cuando por fin pude ver las luces de la mansión brillar a lo lejos, por un momento, sentí un alivio tan intenso que casi me hizo olvidar el dolor. Apenas tuve fuerzas para llegar hasta la puerta; me arrastré, agotado y casi a punto de caerme varias veces.
Al entrar, el choque entre el frío de afuera y el calor del interior fue tan brusco que casi resultó asfixiante. Pero la sensación de refugio duró poco.
Bastó con mirar al frente para que todo el alivio se esfumara al ver la escena que me esperaba.
El bullicio de la sala chocaba con el silencio angustioso del abandono. Mi padre estaba rodeado de mujeres, mientras reía y bebía con despreocupación.
Algunas de sus acompañantes estaban semidesnudas y otras completamente desnudas. Por un momento, mi mente deseó volver al frío.
Dejé caer la pesada mochila al suelo; el golpe ni siquiera se distinguió entre el alboroto.
Al notar mi presencia, se giró con el rostro iluminado por una sonrisa torcida. En su mano sostenía un vaso de vodka, como si el día no hubiera significado nada para él.
Avanzó hacia mí con una postura arrogante y su mirada llena de lo que parecía orgullo.
Ese orgullo siempre lograba asquearme.
—¡Mi hijo ahora es un hombre! —exclamó con una voz potente, levantando el vaso en alto.
Tras esas palabras, la habitación se quedó en silencio. Pero rápidamente giró hacia ellas, con una expresión endurecida y chasqueó los dedos.
—Vamos, aplaudan. Inútiles. Estoy pagando por un maldito servicio —ordenó, y de inmediato el ruido volvió a llenarlo todo.
—Sabía que podías hacerlo, Vík —afirmó, caminando hacia mí, y ofreciéndome el vaso con animosidad.
Lo miré, camuflando el asco. El líquido parecía una trampa más en un día lleno de pruebas.
—Bébelo —demandó en un tono severo.
La presión en mi pecho aumentó.
Tomé el vaso con las manos temblorosas y lo acerqué a mis labios.
—¡Que lo bebas! —repitió con un gesto sereno y la mirada fija en mí.
Apreté la mandíbula y le di un trago de una buena vez.
El alcohol bajó raspándome la garganta e hizo que los labios me ardieran aún más. Mientras intentaba adaptarme a la atmósfera opresiva que me rodeaba, un pensamiento persistente se aferraba a mi mente.
El dolor y la humillación que había soportado solo serían el principio de una noche que se sentía interminable.
—Elige a la que quieras. Te lo has ganado —dijo, señalando a las mujeres—. Este es tu segundo paso para ser un maldito hombre. Mi padre lo hizo conmigo cuando era más joven que tú.
—No… no quiero hacer eso —respondí, dando un pequeño paso atrás de manera inconsciente, y su cara se desencajó un poco ante mi negativa.
Se acercó soltando varias carcajadas burlescas y me dio unas palmadas en el rostro; luego se giró y caminó hacia el centro del salón.
—Tu madre tiene la culpa de esto… —dijo, bajando la cabeza mientras se pasaba la mano por la frente.
Esa calma me aterraba. Sabía por experiencia que solía ser el doble de cruel cuando hablaba en ese tono bajo y tranquilo.
—Por eso todos estos años he tenido mano dura contigo, Vík.
Alguien debía educarte de la manera correcta…
¡No como esa maldita mujer inútil que ha intentado socavar mi autoridad!
—Alzó la voz en un estallido colérico—. Los niños se educan bajo el control de los padres, luego los niños se convierten en hombres y hacen ver su dominio.
¿Quieres ser un hombre débil, Víktor? ¿Quieres que se aprovechen de ti?
Sentía que las piernas me temblaban; en cualquier momento podía venirme abajo, pero si eso pasaba, solo conseguiría empeorar las cosas.
No había espacio para la debilidad en mí.
—¡Elige a una, hijo! —insistió, con el rostro endureciéndose por la impaciencia.
—Papá, por favor…
Cogió a una de ellas del brazo y la levantó con brusquedad del sofá para que yo tuviera una mejor visión.
Hice el intento de desviar la mirada, pero él lo detuvo.
—No te atrevas a desviar la mirada. ¿Acaso eres un maricón? Es una maldita tradición familiar y vas a respetarla. ¿Cuántas veces más tengo que decírtelo?
Alzó la voz hasta casi gritarme, y en su rostro se dibujó una sonrisa forzada, más cercana a una mueca.
—Mi padre lo hizo conmigo cuando era más joven que tú. Mi heredero no puede ser débil. El apellido Arlov no puede mancharse con la debilidad.