Capítulo 10 Vestigios de humanidad
Estaba en una habitación oscura y, por alguna razón, una expectativa extraña me envolvía por completo.
No sabía cómo había llegado allí, pero frente a mí había una figura masculina.
Su cuerpo era poco más que una sombra moviéndose con seguridad y, aunque no podía verle el rostro, su voz profunda resonaba con una autoridad que nublaba cualquier intento de pensar con claridad.
—Abre las piernas para mí, Lina —susurró, y obedecí al instante.
Mis piernas se separaron lentamente, mientras una ola de calor, densa y lenta, me subía por la espina dorsal hasta fundirme el juicio. Se inclinó hacia mí. Sus manos firmes se deslizaron sobre mi piel y sus dedos largos se afianzaron en la curva de mi cadera.
—¿Quién… quién eres? —pregunté con la voz temblorosa, incapaz de controlar la reacción de mi propio cuerpo.
—¿Quién quieres que sea?
Luché por contener un gemido cuando sus dedos bajaron por mis muslos. Me tensé al sentir su mano justo donde la necesitaba; las contracciones llegaron rápidas, involuntarias, y la humedad se acumuló sin disimulo entre mis piernas.
—Sí que estás impaciente… —Su voz resonó con burla—. Tu cuerpo ya está rogando por mí.
Su dedo se hundió apenas en mi entrada y me arqueé por reflejo, buscando más de aquella presión insoportable.
La respiración se me volvió errática. Cerré los ojos con fuerza, pero el roce de su pulgar sobre mi clítoris me arrancó un espasmo seco y un gemido frustrado.
Me dejó al borde, suspendida en aquella agonía deliciosa, cediendo a algo que él parecía conocer mejor que yo.
—Por favor…
La súplica me salió ahogada, y odié lo sincera que sonó.
—¿Por favor, qué? —susurró, rozándome el oído con el aliento.
—Solo entra… —dije casi desesperada, moviendo las caderas hacia él para dejarle claro lo que quería.
—Suplica como es debido, Lina Taylor. Así no puedo entender lo que quieres.
La burla en su voz hizo que me estremeciera.
—Entra en mí —supliqué, con la voz temblorosa, más honesta que nunca—. Por favor.
La risotada contenida que dejó escapar cerca de mi cuello fue la última gota. Finalmente sentí cómo se acomodó sobre mí, abandonando el juego lento con sus dedos.
—Bien. Te daré lo que quieres.
Y justo cuando por fin se decidió…
Un insistente pitido me arrancó de golpe, desgarrando el momento, y la oscuridad, el calor, su cuerpo sobre el mío, todo se vino abajo en un segundo.
Abrí los ojos, revuelta entre las sábanas, con el corazón desbocado y la frustración todavía latiéndome en el cuerpo. No había nadie. Solo el frío de la mañana y la alarma vibrando sobre la mesa de noche.
Las seis.
Lunes.
Solté un bufido de frustración, me dejé caer un instante sobre la cama y aparté el edredón de mala gana.
—Maldita sea —mascullé, con la voz áspera.
Se había desvanecido antes de que pudiera descubrir quién era.
Me arrastré fuera de la cama y me dirigí al baño. Mientras me enjabonaba, mis pensamientos seguían girando en torno a ese jodido sueño.
—¿Era Daniels? Seguro que era él. ¿Quién más podría ser? —repetí en voz alta, aunque el agua se llevó parte de mis palabras.
Sí, claro. Era Daniels…
Nadie más podría provocarme una reacción así.
La voz en el sueño había sonado demasiado familiar, y la sola idea de que pudiera haber sido alguien más me incomodaba.
—No, no puede ser. No es el tipo de persona con la que tendría un sueño así. No con un ser malvado como ese.
Cuando salí de la ducha, me esperaba el suéter gris, con una camisa blanca asomando por debajo.
La falda negra, apenas por encima de las rodillas, y las medias opacas le daban el toque justo de formalidad, aunque no el suficiente como para convertirme en otra copia de las secretarias de ArlovTech, que más bien parecían modelos de pasarela.
No me sorprendería si alguna terminaba siendo reina de belleza algún día. Nuestra futura Miss Universo.
Tomé mi cartera pequeña, me hice una coleta baja y, al mirarme en el espejo, me hablé con un tono que intentaba sonar más decidido de lo que en realidad me sentía.
—Escucha bien, Lina Taylor. Hoy no es el día para dejarse llevar por emociones. Fue solo un sueño. Solo un sueño. Hemos sobrevivido a la primera semana laboral. Solo hay que pasar esta, luego dos más, y al final seremos libres. Podemos hacerlo.
Asentí, tragándome el nudo que seguía instalado en la garganta.
Cuando salí de mi departamento, lo primero que noté fue el cielo cubierto por un gris pesado.
Levanté la mano apenas vi pasar un taxi vacío y, unos minutos después, ya iba sentada en el asiento trasero, viendo cómo la ciudad avanzaba con esa lentitud resignada que siempre trae la lluvia.
El taxi se deslizaba despacio, arrastrado por un tráfico espeso, mientras las primeras gotas comenzaban a reunirse en la ventana.
—El clima siempre parece estar en sintonía con el estado de ánimo de la ciudad
—comentó el taxista, intentando romper el hielo mientras miraba la lluvia formarse en el cristal.
—Sí, parece que Nueva York se mueve con el clima —respondí, dedicándole una sonrisa breve antes de dejar que el silencio volviera a instalarse.
A medida que avanzábamos hacia Park Avenue, me perdí un momento mirando los edificios. Pero no tardé en volver al viernes. Víktor y yo no habíamos tenido contacto durante el fin de semana, y la incertidumbre que se me había ido acumulando en esos días empezaba a pesar más de la cuenta.
Cuando llegué, me bajé con pasos pesados.
La lluvia me siguió hasta la entrada y allí me detuve un segundo para saludar a Emily, la recepcionista.
Para mi tercer día ya me sabía su nombre, que tenía dos gatos y una tortuga, que amaba la comida mediterránea, que había ido a la misma universidad que yo y que le gustaba el ballet.
Había empezado a averiguarlo todo por simple aburrimiento.
El ambiente solemne de esas oficinas no estaba hecho para mí.
Emily me devolvió el saludo con una cordialidad tan medida que rozaba la indiferencia.
Vamos, Emily, puedes hacerlo mejor. Te vi sonreír como si te hubieras tragado el sol en esa foto en tu perfil.
Bien, detente, Lina.
Aquí es donde cruzamos la línea y empezamos a parecer acosadoras.
Pero es que estar atrapada en el ojo del huracán de Víktor Arlov no ayudaba precisamente a estrechar lazos de amistad.
Cuando llegué arriba, seguí con mi rutina. Entré en su oficina, dejé el café con cuidado sobre el escritorio y sentí la ansiedad subir otra vez, lenta, inútil.
—No tengo que sentirme así. No hay razón —me recordé en voz baja.
Pero el tiempo parecía arrastrarse. A las nueve, el silencio ya se había vuelto opresivo. Revisé mi correo, repasé mis notas y marqué un día menos en el pequeño calendario del escritorio.
A las diez, la frustración empezó a arañarme por dentro.
¿Está intentando ponerme nerviosa?
¿De verdad piensa mantenerme sentada aquí todo el día sin hacer nada?
Finalmente, a las once, una secretaria se acercó a mi escritorio. Me puse de pie al instante, moviéndome entre la esperanza y la aprensión.
—¿Qué puedo hacer por ti? —pregunté con un tono que intentaba sonar casual, aunque el aburrimiento debía de estar colándose igual.
—El señor Arlov no asistirá a la oficina hoy —me informó.
¿Por qué te lo dijo a ti y no a mí?
Se supone que yo soy su asistente personal. Para eso me contrató…
—¡Qué bien! —solté sin pensar.
Su mirada me cayó encima.
—Oh. Digo… qué mal —corregí de inmediato, enderezándome un poco.
Durante un segundo, el alivio me aflojó algo en el pecho. No tener que enfrentarlo hoy se sintió como un respiro. Pero me duró poco. Había dejado instrucciones para que recogiera su ropa de la tintorería y la llevara a su departamento.
—¿El señor Arlov se encuentra allí? —pregunté, sin saber si quería que la respuesta fuera sí o no.
Ella me miró con una calma condescendiente que empezaba a irritarme.
—Tal vez.
¿Tal vez?
Eso no me ayuda en nada, mujer mezquina.
Y si tomas tu tal vez y te lo…
—Bien, gracias por la información —dije al final, forzando una sonrisa.
Ir a su departamento, acompañada de esa vaga respuesta, me ponía en un dilema. Por un lado, podría no estar allí, y eso sería ventajoso para mi artículo. Se puede aprender mucho sobre una persona por su entorno. Sin embargo, la idea de que estuviera me hacía sentir ansiosa.
Cuando salí de la tintorería con paso rápido.
El cielo seguía nublado, presagiando una tormenta, y el viento no ayudaba a calmar mis nervios.
Me ajusté el suéter, intentando ignorar la incómoda sensación de aprensión que se aferraba a mí.
Mientras me dirigía al departamento, mi mente corría en círculos.
Vamos, Lina, respira.
El taxi me dejó justo frente al elegante edificio donde residía. En el Upper West Side, la entrada estaba marcada por una imponente puerta de vidrio y metal, con un portero atento que me saludó con un gesto cordial en cuanto me vio.
—Buenos días. Soy la nueva asistente del señor Arlov, y vengo a dejar la ropa de la tintorería.
Asintió, permitiéndome el paso. Mientras avanzaba por el vestíbulo hacia el ascensor, no pude evitar observar las paredes adornadas con pinturas.
Al llegar al piso, los muros estaban decorados con más obras de arte.
—Yo también considero que el arte es importante, como todos. ¿Pero cuánto arte pueden consumir los ricos?
Me detuve frente a la puerta que tenía el número que me había dado.
Cuando saqué la llave, mis manos comenzaron a temblar.
¿Qué tal si en realidad está fuera de la ciudad?
Me aferré a ese pensamiento, intentando convencerme de que no habría ningún problema.
La puerta se abrió, y me encontré con un ambiente de perfección: lujoso, pero demasiado ordenado. Las paredes en tonos neutros armonizaban con los muebles, y los ventanales que ofrecían una vista impresionante de Manhattan.
Dejé las camisas en un armario cerca de la entrada y le di un vistazo al lugar.
¡Vaya! Aunque no esperaba menos.
La luz que entraba por los ventanales iluminaba casi todo el espacio, haciendo que el lugar se sintiera acogedor a pesar de su tono frío.
Parece un maníaco obsesionado por el orden. Esto sin dudas le dará ese clímax a mi artículo. ¿El magnate Víktor Arlov es un maníaco del control?
Ya basta, Lina, una cosa es curiosear y otra invadir el espacio personal de alguien. Sal de aquí.
Me obligué a moverme, pero cuando pasé frente a una puerta entreabierta me detuve de golpe.
Resultaba que sí estaba en casa y en pijama, una imagen extrañamente rara en él si la comparaba con esa elegancia formal que parecía llevar hasta en la postura.
Me quedé quieta un segundo, observándolo más de la cuenta.
Aquel hombre insufrible que me había contratado, al parecer, para su propia diversión, de pronto se veía demasiado humano.
Di unos cuantos pasos, intentando ser lo más silenciosa posible, pero entonces escuché su voz grave.
—¿A dónde va, Lina?
Me estremecí al instante. Un temblor involuntario me recorrió el cuerpo, demasiado parecido al de mi sueño, y me mordí el labio sin darme cuenta.
—Yo… a ningún lado. No quería molestar —respondí, intentando sonar casual, aunque el nerviosismo se me colaba en la voz.
—¿Disfrutaste del tour?
—Perdón. No quería invadir su espacio. Pero puedo volver luego, cuando sea requerida —contesté, aunque ni yo misma sentía que mis palabras lograran disimular mi apuro por salir de allí.
—Lina, créeme, yo mismo te avisaré cuando ya no seas requerida —añadió, con ese tono suyo cargado de autoridad y desinterés—. Por favor, entra.
—Señor Arlov, realmente no quería interrumpir. ¿Puedo volver después? —insistí.
—No se me da bien repetir las cosas, Lina.
Respiré hondo y entré. Él ni siquiera levantó la vista de los papeles que estaba revisando.
—Siéntate en ese sillón.
Obedecí al instante. Me acomodé como pude, intentando mantener la calma, aunque el silencio de la habitación empezaba a hacerme sentir acalorada.
—Entonces, ¿pretendes que me quede aquí en silencio hasta que termines?
—Sí. Confío en que eres lo suficientemente grandecita para seguir una orden.
Con eso decidí no protestar más. Me limité a quedarme quieta, observándolo de reojo mientras fingía paciencia. Finalmente soltó los papeles sobre el escritorio y se puso de pie. Fue entonces cuando noté que su andar no era del todo firme. Vaciló apenas, pero lo suficiente.
No lo pensé demasiado. Me levanté para ayudarlo y, cuando se tambaleó, extendí la mano para sostenerlo del brazo. En cuanto lo toqué, sentí el calor de su piel. Ardía. Me acerqué un poco más por puro impulso, aferrándome a él para evitar que cayera.
Entonces su expresión cambió.
La mandíbula se le tensó, el cuerpo entero pareció endurecerse y, por un instante, fue como si el simple hecho de recibir ayuda le resultara insoportable.
—¿Está bien?
—Lina. Por favor. Suéltame —respondió, en un tono apenas audible.
—No, no estás bien. Te ibas a caer y, además, tienes fiebre —repliqué.
Entonces, su voz cambió.
—¡Lina! —estalló, con una brusquedad que me hizo dar un respingo—. ¡Quita tus manos de mi cuerpo sin mi permiso! ¡Ahora! ¡Es una maldita orden! Vuelve al jodido sillón y no te muevas de allí hasta… ¿sabes qué? Tómate el maldito día. ¡Sal de aquí!
La violencia de su tono me obligó a apartarme de inmediato. Y un temblor me recorrió al dar un paso atrás, pero aun así le sostuve la mirada un segundo, incapaz de entender todo lo que acababa de pasar.
Me giré y salí del despacho casi a toda prisa, dejando atrás la imagen de un hombre completamente perturbado.