Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 9 Brunch dominical
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Capítulo 9 Brunch dominical

El sol brillaba sobre la terraza del acogedor café donde nos habíamos reunido para tomar el brunch.

Las plantas enredaderas colgaban de las paredes y las mesas al aire libre le daban al lugar un toque fresco.

Kat acababa de llegar de Bali y estaba deslumbrante con un vestido bohemio, liviano y colorido que dejaba ver su piel bronceada por el sol. Su cabello negro caía un poco más arriba de los hombros, y sus ojos marrones brillaban mientras hablaba de su aventura.

—¡Bali es increíble! —dijo, tomando un sorbo de mimosa con una sonrisa—.

Las playas son de un azul tan impresionante y la comida…

¡Dios, la comida! La mejor parte fue el templo de Uluwatu.

No solo por el paisaje, sino porque… —se inclinó hacia mí con esa expresión de complicidad que ya conocía— conocí a este hombre.

Tuvimos una conexión de inmediato, creo que se llamaba Fabián o Paolo, no lo sé, ya ni me acuerdo.

Levanté una ceja con interés. Bien sabía en qué se basaban las conexiones de mi amiga.

—Bueno, la cosa es que tuve el mejor sexo de mi vida… —añadió, elevando el tono de voz sin poder contener la satisfacción—. Hasta ahora.

Parpadeé mientras mis mejillas se sonrojaban ligeramente. No era una puritana, pero Kat siempre me agarraba con la guardia baja.

—Kat. ¡Baja un poco la voz! —susurré, mirando alrededor—. Nos estamos quedando sin lugares donde tomar el brunch; no quiero que me expulsen de aquí. Me gusta este lugar, es bonito. Recuerda que es un lugar familiar.

Soltó una risotada, sin dejar de mirarme con ese brillo travieso en los ojos.

—¿Por qué avergonzarse? —repuso, con un tono desenfadado—. El cuerpo humano es hermoso, no veo por qué deberíamos tener tabúes sobre algo tan fascinante.

Curvé los labios en una sonrisa. Realmente no compartía para nada la fascinación tan extrema de Kat por la vida. Ella era demasiado entusiasta.

Intentaba escuchar atentamente cada detalle que salía de su boca, con una sonrisa en el rostro y haciendo preguntas de vez en cuando. Sin embargo, mi mente seguía regresando al viernes de manera abrupta.

Aquello era lo de siempre: reunirnos en cuanto ella regresaba a la ciudad y ser inseparables hasta que abordara su próximo destino. No me sentía agobiada al escucharla hablar de sus experiencias; más bien, me fascinaba ver el mundo a través de sus ojos.

Pero el beso con Víktor había sido…

¿Víktor Arlov me besó?

—Lina, ¡Lina…!

Escuché su voz por encima de mis pensamientos.

Me sorprendí a mí misma tocándome los labios distraídamente. Cuando levanté la cabeza, me miraba con curiosidad.

—Bien, cuéntame, ¿qué pasa? Apenas si te sonrojaste cuando te conté sobre el tamaño del pene de Paolo… O era Fabricio, no lo sé… y cuando mencioné lo de las pinzas no te sobresaltaste como una monja.

La miré incrédula, pero me abstuve de preguntar. Lo último que quería era saber cómo había usado unas pinzas en la intimidad.

—No pasa nada.

—Lina, ¿de verdad crees que puedes ocultar algo de mí? Fui la primera en encontrarte masturbándote. —Rió, haciéndome voltear la cabeza avergonzada con demasiada rapidez.

—Kat, ya basta con esa anécdota. Preferiría olvidarla si no te importa…

—Está bien, pero lo que trato de decir es que nuestra amistad ya escaló ese peldaño desde aquel día en la universidad. Además, te propuse un montón de veces hacerlo delante de ti para que estuviéramos a mano. Tal vez habrías aprendido a hacerlo mejor… Tu técnica es muy simplona.

—¡Kat! —exclamé con un poco de fuerza para que parara—. Está bien, te lo diré. Asistí a una cena con Víktor el viernes, y llovió… y… me mojé…

Levantó una ceja con una sonrisa maliciosa.

—No, no de esa forma, pervertida. Realmente cayó una pequeña tormenta —repliqué.

—Bueno, sé de la cena. Recuerdo que no hablamos en todo el día porque dijiste que estabas ocupada aprendiendo cierta información. Y luego tomé un avión y no hemos hablado hasta hoy… —reiteró—. Pero sin dudas siento que hay algo más que no quieres decirme. ¿Es Daniels?

—¿Qué pasa con Daniels?

—¿Ya te propuso matrimonio?

—Kat, por favor, Daniels y yo… solo…

—Sí, te complaces con él mientras él te idolatra. Pero si no es Daniels, quiero saber ahora.

—Es que…

—¡Oh, no me digas que…! ¿Follaste con Víktor Arlov?

Gritó sorpresivamente. Agaché la cabeza y me oculté tras mis manos, avergonzada.

—Kat, por favor, no hagas escándalo. Cálmate… Eso no fue lo que pasó. Solo me besó.

—¿En serio? ¿Dónde te besó, Lina? ¿Ahí ya sabes dónde? —repuso con picardía.

—¡¿Qué?! No, él me besó… en los labios, Kat. En los labios, de la boca.

—Bueno, es un poco menos emocionante, pero aun así es algo sorprendente. Y apenas llevas una semana. ¿Y qué tal? ¿Cómo se sintió besar al todopoderoso?

—Fue… no lo sé…

—Vamos, Lina, no te hagas de rogar y cuenta.

—No, Kat, no entiendes. Realmente no lo sé… Fueron demasiadas emociones palpitando de todas partes.

Suspiré, tratando de organizar aunque fuera un solo pensamiento lógico.

—Entonces, ¿responde eso a la pregunta de si es un buen besador? Deberías agregarlo a tu artículo —dijo, con una sonrisa bromista—. Las mujeres de Nueva York te lo agradecerán.

Resoplé, frustrada.

Sin dudas, Víktor lo había hecho a propósito para desestabilizarme.

¿Por qué otra razón me besaría?

Por supuesto, él quería extinguir mi fuego y quebrantarme para que renunciara. Pero… ¿debería renunciar ahora o hacer como si no hubiera pasado nada?

—No sé qué hacer. Siento que me está manipulando, pero tampoco quiero dejar que me gane.

—Lina, escucha con atención. —Sujetó mis manos para que la mirara y adoptó un tono más serio—. Ese beso marca un punto de no retorno. A partir de ahora, la tensión sexual que predominaba al principio, en vez de disminuir, solo va a aumentar hasta…

—¿Hasta qué? —pregunté con ingenuidad y una pizca de nerviosismo.

—Hasta que te folles a Víktor Arlov.

Suspiré con desgano por la sugerencia descarada, aunque era algo obvio.

¿Cómo diablos me iba a liar con mi jefe?

Pero ya me estaba liando con Daniels, que también resultaba ser mi jefe.

Sin embargo, acostarme con Víktor era un pensamiento que nunca había considerado.

Lo de Daniels era diferente. Sentía una conexión más profunda con él…

pero no por ello dejaba de ser complicado.

Había repetido tantas veces que no quería complicaciones debido a mi carrera que ahora lo creía de manera casi dogmática.

¡Ay, Lina, qué serás estúpida!

—No voy a hacer eso —respondí con firmeza, tratando de no dejar que mi voz temblara.

—Lina, como tu única amiga…

La interrumpí.

—No eres mi única amiga, Kat. Sería muy solitario si solo te tuviera a ti, ya que estás de viaje todo el tiempo.

—Bueno, está bien —hizo una mueca desenfadada y prosiguió—.

Como tu mejor amiga, voy a secuestrar tu voz de la razón porque solo te hace cohibirte.

Daniels es un buen tipo, con el que piensas en casarte, tener bebés o un perro, y una casa bonita con un huerto de vegetales, a una edad sensata, a los cuarenta, quizás…

Los cuarenta son los nuevos veinte… no lo sé, realmente eso era algo que decía mi madre, pero luego cumplió cincuenta y los nuevos veinte se convirtieron en los nuevos treinta, pero siento que me estoy desviando.

La cosa es que tener una aventura con Víktor Arlov es en lo que vas a pensar en tu lecho de muerte.

Es decir, aún no estás enfocada en ese rollo y Daniels sí, entonces, ¿por qué no disfrutar con esa belleza rusa?

Sentí un nudo en el estómago al escuchar sus palabras. La idea de una aventura con él me inquietaba profundamente.

—Kat, estás siendo exagerada. No soy el tipo de mujer con la que Víktor sale. Yo soy común; no soy una modelo ni la hija de algún presidente. Soy Lina Taylor, la estúpida que pensó que podría ganarle al diablo así de fácil.

—A veces, lo que más tememos es lo que más queremos. No te obligues a reprimir sensaciones intensas. Solo se vive una vez. Y ¡joder, Lina! Justo ahora eres la favorita entre las mortales.

—No, Kat, realmente lo de él y yo es algo que nunca pasará… —Sacudí la cabeza con determinación, pero mi voz sonaba vacilante, como si estuviera tratando de convencerme más a mí misma que a ella.

—Lo dices ahora, pero cuando estás tan cerca del fuego, a veces te olvidas de las quemaduras.

Sentí cómo mi pulso se aceleraba al pensar en la intensidad de aquel beso, en cómo mi cuerpo había reaccionado a la cercanía y en las sensaciones que no había sentido antes.

—No es solo eso. —Miré hacia fuera, sintiendo el peso de la realidad que me rodeaba—. Mi trabajo y mi relación con Daniels son importantes para mí. Antes de quemarme con el diablo, prefiero aventurarme a algo más estable con Daniels. Él es gentil, aunque…

—¿Pretendes construir una relación basada en la gentileza?

Me pasé una mano por el cabello, sintiendo cómo la ansiedad se acumulaba en mi pecho.

—No, pero… solo fue un beso, no es para tanto…

—Está bien, Lina. No te presionaré más. Pero si decides dejar de tener una “aventura” —recalcó entre comillas— monógama con Daniels, para experimentar tu sexualidad con más profundidad, tienes todo mi apoyo.

Y, si no, también, incluso si decides casarte con él pero a los cuarenta, o cincuenta.

¡Eh! Mira que no planeo competir por tu atención con un esposo y un bebé.

—Entiendo, entiendo. A los cincuenta, para que no tengas que competir con mi esposo inexistente y mi bebé imaginario.