Capítulo 8 En el seno familiar
Regresé a la casa de mi infancia para celebrar el cumpleaños de mi madre, quien alguna vez había sido Arlov y ahora llevaba el apellido Collins. Al llegar, no necesité cerrar los ojos para recordar cada rincón de aquella casa que durante años había sido escenario de mis pesadillas.
Respiré hondo antes de entrar. El aroma a comida casera llegaba desde el comedor. La mesa estaba decorada con flores frescas y candelabros, y la familia y algunos amigos cercanos ya se encontraban reunidos, charlando animadamente.
Al verme, el rostro de mi madre se iluminó. Se acercó y me dio un abrazo apretado.
—¡Sí viniste! —exclamó.
—Bueno, fuiste muy insistente. ¡Feliz cumpleaños, madre! —dije con una sonrisa y una nota de cansancio en la voz.
Le extendí una pequeña caja envuelta en un elegante papel de seda.
—Gracias, querido —respondió, mirándome con cariño—. Pero el mejor regalo es que hayas podido venir. Aunque me imagino que tu asistente compró algo bonito para mí —añadió en tono divertido—. ¿Otro collar?
—De perlas esta vez —respondí con una pequeña sonrisa.
Ella había convertido mi desinterés en un chiste íntimo entre nosotros.
Era una mujer que lo tenía todo y que solo parecía querer un poco de tiempo conmigo. Cada vez se lo daba menos.
La brecha entre nosotros se había abierto a mis quince años con la muerte de Nikolay… o tal vez desde antes.
Me senté junto a mi hermano menor, que estaba en medio de una animada conversación sobre su último proyecto.
A sus veinticuatro años, Dimitri parecía el vivo ejemplo de lo que la vida podía ofrecer con una pizca de suerte y mucho talento. Aunque yo solía añadir que también hacía falta dinero. Su encanto y jovialidad llenaban la habitación, en marcado contraste con mi sobriedad.
—Entonces, ¿cómo va la película? —pregunté, fingiendo interés mientras me servía vino.
—¡Va genial! —soltó de inmediato, con una sonrisa amplia—. Estamos en la etapa final y ha sido una experiencia increíble. ¡Incluso me han dicho que esta podría ser mi gran oportunidad! Quizá en un año podría ganar un Oscar.
No tardó en quedarse sin nada más que agregar.
Lo agradecí internamente. Amaba a mi hermano hasta donde era posible, pero su extroversión solía ser demasiado para mi gusto.
El breve silencio resultó refrescante, hasta que una nueva voz lo interrumpió.
—¿Cómo van los negocios, Víktor? —preguntó Mauris con su tono ronco.
Era el nuevo esposo de mi madre. Relativamente nuevo, si trece años de matrimonio todavía podían considerarse así.
Puse mi mejor cara para convivir.
Era una cena familiar. No podíamos simplemente sentarnos allí, comer en silencio y evitar mirarnos.
Aunque aquello me habría encantado.
—Todo va bien, Mauris. Estamos expandiendo nuestra cartera de propiedades de lujo y hemos integrado tecnologías innovadoras en nuestras últimas construcciones —respondí con una leve sonrisa, esperando que alguien desviara la conversación hacia cualquier otra cosa.
Tal vez Luke, mi otro hermano menor, de trece años.
¿Aún le gustaban los dinosaurios?
Vamos, muchacho, haz lo que sea que hagan los niños de trece años.
O tú, Dimitri, cuenta otra estúpida anécdota. Bien sé cuánto amas ser el centro de atención.
Actor.
Por supuesto que tenía que ser actor.
Mientras tú pasas los días jugando a fingir ser alguien más, yo me rompo el culo manteniendo la dinastía Arlov.
—Ese nuevo proyecto que tienes entre manos suena muy ambicioso. Tienes a todo el mundo expectante —continuó Mauris.
—Abrir mi primer hotel en una isla paradisíaca, con tecnología de punta integrada en cada detalle. Créeme, yo también estaría expectante si no fuera el dueño —agregué con una sonrisa socarrona.
Mauris asintió con aprobación.
Con los años, parecía haberse dado a la tarea de conocerme.
Era un buen hombre, de estatura media y porte sereno.
Su cabello siempre había sido un poco canoso y su figura aún era robusta.
Pero la amabilidad de su sonrisa y el brillo de sus ojos transmitían una calidez que nunca había existido en el rostro de mi padre.
Había sido socio de Nikolay en el pasado, pero, a diferencia de él, nunca había tenido una actitud dominante o controladora. Se movía con una calma natural que contrastaba con la intensidad a la que yo estaba acostumbrado en el mundo de los negocios.
—Eso suena fascinante. Debe de ser un trabajo desafiante —comentó una nueva voz, mostrando un evidente interés por lo que acababa de contar.
Giré hacia ella, reparando por primera vez en la mujer que había hablado. Era rubia, de cabello largo, piel clara y rostro delicado.
—Oh, Víktor, no los he presentado —comentó mi madre—. Es la hija de Joan. Ella es Olivia. Ustedes se conocieron cuando eran más jóvenes —añadió, señalando a su amiga—. ¿Te acuerdas de Joan, cariño?
—Sí, por supuesto… —respondí, intentando sonar natural, aunque en realidad no tenía la menor idea de quién mierda era Joan.
Tal vez porque en aquel entonces era un niño atormentado, temeroso hasta de su propia sombra.
Sin embargo, ya anticipaba el motivo detrás de la presentación de mi madre.
Olivia, al menos en apariencia, no era desagradable.
—Olivia acaba de llegar de París —continuó mi madre, sin dejar de sonreír—. Trabajará en la Suprema Corte. ¿No es eso interesante, cariño?
Olivia, algo ruborizada por la presentación pública, sonrió tímidamente.
—¿Ha sido difícil la mudanza, Olivia? —preguntó Mauris con amabilidad, dispuesto a reforzar a mi madre en su empeño de entrometerse en mi vida.
—Sí… sí, ha sido… —dijo, tomando un trago de vino para recomponerse—. Ha sido un ajuste interesante, pero estoy emocionada por la nueva oportunidad. Además, extrañaba Nueva York… entre otras cosas importantes.
Apreté los labios en lo que tuvo que parecer una sonrisa.
—Suerte con eso, Olivia. Y bienvenida de regreso a esta ciudad de locos.
Su rostro volvió a teñirse ligeramente de rojo.
—Víktor, no seas exagerado. La ciudad tiene su encanto, como Central Park…
—Madre, nunca me verás pisar Central Park.
—Oh, ya me acordé… —intervino Dimitri de repente—. En mi primer día de rodaje casi incendio el set —añadió, riéndose—. El director me vetó.
—Entonces viniste llorando con tu hermano mayor —interrumpí, mirándolo con una sonrisa perezosa.
—Bueno, ¿de qué sirve tener por hermano a la sexta figura más influyente si no se usa?
La conversación siguió entre risas y comentarios que aligeraron el ambiente.
Después de la cena, mientras los invitados comenzaban a despedirse, me dirigí hacia la piscina.
Entonces una voz rompió la calma.
—¡Ahí está el gran Víktor Arlov! —dijo Dimitri con tono sarcástico, acercándose y extendiendo hacia mí una de las dos cervezas que llevaba.
Ya no más, niño tonto.
Estoy cansado.
Se acomodó en uno de los sillones junto a la piscina y lo miré con una sonrisa apenas dibujada.
—¿Sabes? —comenzó con entusiasmo, arrastrando las palabras.
¿Cuánto has bebido?
—Deberíamos salir esta noche. Conozco algunos de los mejores clubes de Nueva York. Podemos ir a uno y simplemente olvidarnos de todo. Tratar de fraternizar como hermanos.
Levanté una ceja y su sonrisa vaciló al ver mi expresión.
Tomé un sorbo, poco impresionado con la idea.
—Recuerda la promesa que me hiciste —repliqué, entre el cansancio y la desaprobación—. No deberíamos remover el polvo del pasado nunca más. No debemos llamar la atención de la prensa de la manera equivocada.
Ante mi tono de reproche, bajó la mirada hacia el agua.
—Oh, sí, claro. Tienes razón. Lo último que necesitamos es un paparazzi siguiéndonos a todas partes.
Si supieras la ironía de esas palabras.
Dimitri atraía las miradas sin esfuerzo. Su cabello castaño claro siempre estaba desordenado y le daba aquel aire despreocupado y juvenil. Ojos grises, pómulos altos y nariz recta.
Deberías agradecer que físicamente te pareces a Esther.
Yo, en cambio…
El silencio se instaló entre nosotros.
Para mí era una pausa agradable. Para él, evidentemente, no.
No entendía del todo por qué. Llevaba cuatro meses fuera de Nueva York por las grabaciones y tampoco era que yo hubiera echado demasiado de menos tenerlo cerca.
Casi no teníamos afinidades.
Había sido así desde hacía tiempo.
Y, a veces, olvidaba que no solo yo había sufrido bajo la tiranía de Nikolay.
—¿Alguna vez has tenido pesadillas? —preguntó de repente.
En sus ojos vi que esperaba una respuesta capaz de acercarnos, aunque fuera un poco.
Desvié la mirada hacia la piscina y bebí otro sorbo.
No iba a abrir esa puerta.
¿Qué diablos quieres de mí, Dimitri?
¿Que hablemos de nuestros sentimientos y nos echemos a llorar?
—Yo las tengo… No cada noche, pero sueño con ese maldito jarrón —confesó.
La voz se le quebró mientras su expresión se descomponía.
—Ese maldito jarrón marroquí… Perdón. Vivimos con el diablo tanto tiempo y ni siquiera se me permite hablar de eso.
Se levantó bruscamente y se tambaleó.
—¿Qué idiotez dices? Por supuesto que se te permite hablar de ello… en terapia, como la gente normal. Haz que firme un contrato de confidencialidad antes de hablar.
Mi comentario pareció enfurecerlo.
¿Pero qué debía decirle?
¿Que sí, que podía ir por ahí contando sus traumas, que también me involucraban a mí?
Dios, Dimitri, sé un hombre.
—Oh, el gran Víktor Arlov. El todopoderoso señor imperturbable. El que aleja a todos porque cree ser el único que sufrió… —Me miró con furia mientras volvía a tambalearse.
Aquí vamos de nuevo.
—¿Acaso te imaginas lo que fue para mí saber que tú eras el primogénito y yo solo un error de una calentura de una noche? O mi favorita: el reemplazo, por si algún día le faltara un riñón a su heredero.
Furioso, arrojó la botella hacia el agua, pero perdió el equilibrio y cayó con ella.
No dudé en lanzarme.
La piscina no era demasiado profunda, pero Dimitri luchaba por mantenerse a flote. Sus movimientos eran erráticos y el pánico se dibujaba claramente en su rostro.
Lo alcancé y lo sujeté con firmeza por debajo de los brazos.
Lo arrastré hasta el borde y lo ayudé a salir. Después trepé tras él y me dejé caer a su lado, respirando con dificultad.
—Joder, Dimitri, ¿cuándo vas a aprender a nadar, aunque sea de perrito?
Él, todavía jadeante, sonrió pese al susto.
Después de varios minutos, regresamos a la casa.
Esther, al vernos empapados, frunció el ceño.
—¿Qué ha pasado aquí?
—Hacía mucho calor —respondí con tono desenfadado.
Dimitri se echó a reír y le dio un beso en la frente antes de encaminarse hacia las escaleras.
—¡Estoy agotado! —soltó, con el rostro vencido por el cansancio.
Aun así, seguía viéndose más alterado que cuando me había gritado.
—Gracias, Vík —añadió mientras subía.
Caminé hacia la puerta acompañado de Esther, que me observaba con preocupación.
—¿Todo bien, Víktor? —preguntó con suavidad.
—Sí. Todo está bien, Esther.
—¿Qué te pareció Olivia?
Solté una risa divertida, aunque no del todo sincera.
—Es una mujer interesante.
—¿Solo interesante?
—¿Qué quieres que diga? ¿Que me he enamorado a primera vista?
—No… pero es bastante guapa, ¿no? Deberían quedar.
—La cena ha sido más que suficiente por hoy. Nos vemos en Navidad. Tal vez…
Asintió, comprendiendo mi respuesta evasiva y sarcástica.
Le di un beso torpe en la mejilla antes de despedirme.
—Feliz cumpleaños, madre. Espero que la hayas pasado bien.
✽✽✽
Llegué al departamento con la ropa pegada al cuerpo y la cabeza hecha un nudo. Volver a aquella casa siempre era un detonante.
Me quité la ropa y entré directamente a la ducha. Abrí el agua caliente y dejé que cayera con fuerza sobre la nuca y los hombros, intentando que se llevara el peso de la noche.
Pero cuando cerré los ojos… ahí estaba ella.
El recuerdo del beso volvió de golpe.
La forma en que había temblado cuando le sujeté las muñecas. Cómo se había apretado contra mí en mi regazo.
Mi mano bajó por mi abdomen.
Sus labios.
Su cuerpo.
Su respiración entrecortada.
—Lina… —murmuré contra el agua.
El placer me sacudió y apoyé el cuerpo contra la pared, tratando de recuperar el aire.
—Joder... Esto va a ser un problema.