Legado (Saga Arlov nº 1) Capítulo 7 Bajo la lluvia
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Capítulo 7 Bajo la lluvia

Habían pasado dos días desde aquel encuentro incómodo en su oficina. Por suerte, él había decidido no decir nada más. Ni un comentario sarcástico ni una de esas miradas. Su trato hacia mí se había vuelto casi inexistente.

No era algo que me molestara.

De hecho, tenía una ventaja.

Podía observarlo sin ser yo la observada y, en mi caso, eso resultaba útil. Aunque tampoco había mucho que observar. Ningún gesto fuera de lugar ni cambios evidentes. Solo esa frialdad medida.

Negué apenas.

No iba a darle más peso del necesario.

El teléfono vibró sobre el escritorio, sacándome de aquel hilo antes de que pudiera seguir dándole vueltas.

«Esta noche, 20:00. Cena de negocios.

Revisa el dossier del cliente que te envié.

No llegues tarde.»

—Bien. Al parecer he vuelto a existir para él.

Solté el aire por la nariz, dejando escapar una media sonrisa.

Y eso fue suficiente para que el día tomara otro ritmo.

Abrí el dossier y me obligué a concentrarme porque, al final, solo había una certeza: yo era su asistente personal… o su bufón personal. Aún no lo tenía del todo claro.

Poco a poco, el malestar y aquella sensación incómoda fueron desapareciendo hasta que lo único que importó fue aprendérmelo todo. Ni siquiera noté el paso de las horas y, cuando levanté la vista, el reloj ya no estaba de mi lado.

Solté otra exhalación y me puse de pie de golpe.

Sin querer, la mirada se me fue hacia la puerta de su oficina, pero sacudí la cabeza enseguida, recogí mis cosas y salí casi corriendo.

✽✽✽

Salí de la ducha con el tiempo contado, abrí el armario, saqué un vestido negro y me lo puse sin meditarlo demasiado.

Después me acomodé el pelo frente al espejo. Me aparté un mechón, luego otro y, cuando ya estaba por dejarlo así, terminé inclinándome de nuevo para retocarme el maquillaje.

Ya iba de salida cuando volví sobre mis pasos, abrí el cajón y saqué el labial rojo. Lo pasé una vez, presioné los labios y me quedé mirándome un segundo más de la cuenta antes de apartarme del espejo.

Dios, Lina. Es solo una cena de negocios.

Nada más que eso.

Cuando entré al restaurante y lo vi sentado a la mesa, mi paso se frenó solo.

Me quedé mirándolo un instante y algo me dio un vuelco seco en el pecho, pero me obligué a enderezar los hombros y seguir caminando.

✽✽✽

La vi venir entre las mesas con una cautela que ya empezaba a reconocerle, como si en cualquier momento fuera a detenerse, reconsiderarlo todo y dar media vuelta.

A mitad de camino tropezó con un hombre que salía, y ambos intentaron esquivarse al mismo tiempo: primero a la derecha, luego a la izquierda.

Fue entonces cuando sonrió.

Sus ojos se iluminaron por un instante.

Lo suficiente para que el desconocido le devolviera la sonrisa y le cediera el paso.

El intercambio me hizo fruncir el ceño.

Conmigo apenas sonreía y sus ojos avellanados se cargaban de rigidez.

No es que eso me molestara.

En realidad, me excitaba verla así, temblando en mi presencia.

Tal vez estaba loco, pero ¿a quién carajos le importaba cómo sonreía a otros hombres?

Cuando llegó a la mesa, me puse de pie.

—Buenas noches —dije en tono formal, sin llegar a ser frío, señalando con un gesto la silla frente a mí—. Por lo visto, la tardanza sí es un hábito.

—El cliente también… —replicó.

—Sin embargo, tú eres mi asistente.

—Y por eso llego tarde. Pasé todo el día repasando la información que me diste. Estoy a punto de olvidar mi apellido —añadió, juntando el índice y el pulgar con un gesto mínimo.

—Sugerí que podía pasar por ti.

—Y respondí que cada quien establece sus propios límites.

Apreté los labios, conteniendo la molestia que me provocaban esas palabras recicladas.

—Bien —soltó, cambiando de tono—. ¿Y dónde está la eminencia que debemos impresionar esta noche? Para que el maravilloso señor Arlov sea aún más rico.

Esbozó una sonrisa irónica y soltó una pequeña carcajada, intentando suavizar el filo de sus palabras.

—¿Maravilloso? ¿Acaso estás intentando halagarme?

La miré con más atención.

El vestido le caía con una sobriedad engañosa; bastaba que se moviera para que la tela hiciera lo suyo.

Y luego estaban sus labios, reteniéndome la mirada un segundo más de lo conveniente.

Qué molesto.

—Bueno, eminencia o no, hay que comer —dije, haciendo un gesto para llamar al camarero.

Ella seguía con el menú entre las manos y el ceño ligeramente fruncido, como si le molestara elegir en mi presencia.

—Prueba el bistec a las finas hierbas —interrumpí.

Eso la hizo levantar la vista, con una sonrisa a medio camino entre el fastidio y el desafío.

—¿Quién lo dice?

—Lo digo yo.

Cerró el menú de golpe y se lo tendió al camarero.

—Muy bien. Pero puedo elegir mi propia comida. Los escargots à la bourguignonne, por favor.

El camarero asintió sin inmutarse.

—Bien, los escargots para la señorita. Y un vino blanco ligero —añadí, sin apartar los ojos de ella—. Acompaña perfectamente a los caracoles. Resalta el sabor. Créeme. A menos que tengas alguna objeción.

Se quedó quieta un segundo y sus ojos se agrandaron.

Abrió la boca apenas, volvió a cerrarla y, al final, enderezó la espalda, recuperando aquella sonrisa que pretendía parecer tranquila.

—He cambiado de opinión —dijo—. Traiga el bistec a las finas hierbas. ¿Quién soy yo, después de todo, para rechazar tan amable sugerencia?

Aquello me hizo apretar los labios, conteniendo la risa que pugnaba por salir.

El camarero regresó poco después con los platos y el vino.

Ella observó el bistec frente a sí durante unos segundos, como si todavía estuviera decidiendo si había ganado o perdido aquella ronda.

—¿Dónde estudiaste? —pregunté por pura cortesía mientras tomaba un trago de vino.

—Universidad de Columbia.

—¿Y qué es lo que más disfrutas de tu carrera, aparte de meterte en la vida de los demás?

—Descubrir historias —respondió sin dudar, y esta vez la sonrisa le llegó a los ojos—. Conocer la verdad detrás de los eventos. Siento que hay algo… algo mágico en desentrañar lo desconocido.

Asentí, meditando en silencio.

—¿Y tú? ¿Dónde estudiaste?

La miré como si acabara de preguntarme si el cielo era azul, pero contuve mi naturaleza sarcástica.

—Oxford. Economía. Me pareció lo más desafiante en su momento.

—¿Qué tal te llevas con tu hermano?

Se aventuró a profundizar.

—Las preguntas las hago yo.

—Así que pretendes interrogarme, pero a mí no se me permite hacerlo.

—Uno de los dos es periodista.

—¿Acaso piensas que no sé distinguir entre una charla de cortesía y una entrevista?

Soltó una risa baja, casi divertida.

—Fácilmente podría ser una fan de tu hermano buscando una foto y un autógrafo. Tiene una sonrisa muy bonita. Ya has visto su hoyuelo.

—Por supuesto que no lo pongo en duda. Sin embargo, desde mi perspectiva, podrías renunciar mañana cargando contigo todos mis secretos.

Volvió a sonreír.

—Y tú me demandarías si renuncio e intento escribir sobre ti. Soy una pobre chica que ni siquiera tiene un gato porque no puede mantenerlo. Bueno, sí puedo, pero no tengo tiempo. Son demandantes. Sin embargo, deberías tener un poco más de fe en las personas.

Mientras hablaba, mi mirada seguía fija en sus labios.

Una inquietante necesidad de poseerlos se instaló en mi cabeza.

—No es mi responsabilidad preocuparme por tu vida personal, pero tus observaciones sobre mí no son menos preocupantes. Lo veo en tus ojos: piensas que soy un tirano.

Levantó una ceja sin dejar de sonreír mientras se servía un poco más de vino.

✽✽✽

La cena avanzó y la conversación se volvió llevadera, aunque él todavía mantenía su característica reserva.

Parecía más accesible.

Comencé a vislumbrar destellos de una faceta suya que no pensaba que existiera.

Al salir, el cielo estaba cubierto de nubes pesadas.

—No sé cómo funciona el mundo de los negocios, pero deberías rodearte de mejores clientes.

De clientes que no te dejen esperando deliberadamente…

—solté mientras estábamos en la acera del restaurante—.

Te juro que fue muy estresante esta tarde.

Realmente quería desenvolverme bien en mi trabajo de asistente.

Aquello me pareció una locura.

Enfócate.

¿Acaso buscas impresionarlo?

—Qué lástima. Pero nunca hubo un cliente —repuso con una calma perezosa, sin siquiera mirarme—. Solo quería cenar en un restaurante y no me apetecía comer solo. Tus límites me están agobiando. Deberías corregir eso.

Me quedé mirándolo mientras terminaba de procesar lo que acababa de decir.

Pero fue su tono, completamente limpio de remordimiento, lo que terminó de encenderme.

—¿Cómo te atreves? —solté, incapaz de contenerme—. ¿A qué estás jugando? No puedes seguir así. No puedes seguir tratándome de esta manera… con tus juegos, insinuaciones y manipulaciones.

—Baja la voz —ordenó en tono seco—. Y si tanto te molesta lo que hice, deberías renunciar. Termina con tu sufrimiento. De lo contrario, mientras estés aquí, eres mía.

Lo miré con incredulidad.

Mi corazón latía con fuerza mientras la frustración me trepaba por la garganta.

—¿Qué significa eso? No te pertenezco.

Algo cambió en su expresión durante un segundo, pero no cedió.

—Yo… —Hizo una pausa y luego añadió con una sonrisa burlona—. No me disculpo.

—Es imposible razonar contigo —repuse, cansada—. Eres imposible de tratar.

—Ve al piso diez de ArlovTech —señaló de pronto con tono desinteresado.

Lo miré, esperando que terminara.

—Allí está Recursos Humanos. Si quieres presentar una queja, ve, Lina. Diles que tu jefe está siendo malvado, déspota y cruel contigo.

La frustración me subió un poco más.

¿De verdad valía la pena soportar a un tirano por una exclusiva?

Decidí alejarme en busca de un taxi, pero apenas había dado unos pasos cuando empezó a llover.

Un aguacero cayó de golpe y empapó las calles en cuestión de segundos.

Terminé refugiándome bajo un pequeño alero, viendo cómo el agua rebotaba contra el asfalto y convertía la idea de conseguir transporte en un problema más.

—Vamos —dijo entonces, apareciendo a mi lado y tomándome de la mano sin dejar espacio para negarme—. Te llevaré a casa.

Dudé un momento, pero él no esperó.

Simplemente me condujo hacia el coche.

—Alexei, llevemos a la señorita Taylor a casa —le indicó a su chofer.

Se acomodó en el asiento y luego se volvió hacia mí con una sonrisa encantadora, como si nuestra confrontación nunca hubiera ocurrido.

—¿Sabías que las lluvias en Nueva York pueden ser tan impredecibles?

Permanecí en silencio, mirándolo con irritación y cansancio.

—¡Vaya! Público difícil.

—Entiendo, Víktor, que desde el principio estuvo en tus planes hacerme renunciar —dije, intentando mantener la calma, apelando a una humanidad que no estaba segura de que tuviera.

Él no tenía nada que perder.

Era Víktor Arlov: delirantemente rico, joven, brillante, innovador… y ni siquiera parecía tener que esforzarse demasiado. Aun así, revistas como Vogue lo incluían entre los solteros más codiciados del mundo y su nombre aparecía una y otra vez en listas de poder, dinero e influencia.

Yo, en cambio, solo era Lina.

Una reportera joven, sin gran trayectoria y con demasiadas puertas cerradas de antemano.

¿Quién le daría una entrevista importante a alguien así?

¿Quién apostaría por una periodista sin un apellido importante, sin contactos, sin un nombre que le abriera camino?

No quería empezar desde cero para terminar siendo la chica del café, ni pasarme años escribiendo obituarios o notas menores mientras esperaba una oportunidad que quizá nunca llegaría.

Pero si conseguía llegar al final de este juego, si obtenía aquella exclusiva, demostraría que podía escarbar bajo la superficie del todopoderoso CEO y sacar algo real.

Y eso, si salía bien, podía abrirme puertas que hasta entonces seguían cerradas.

—¿Qué quieres de mí para que podamos llevar la fiesta en paz?

✽✽✽

Me quedé en silencio por un momento, fingiendo considerar su pregunta. Finalmente, dejé salir la respuesta con toda la arrogancia que pude reunir.

—Te quiero a ti.

Sin esperar respuesta, me incliné hacia ella, le sujeté las muñecas y la besé.

El contacto me atravesó de golpe.

Esperé el rechazo, esa necesidad inmediata de apartarla, pero no llegó.

Mi cuerpo se tensó, reclamando más presión.

Su respiración se quebró entre un gemido ahogado y un intento de negación.

—No… no podemos… —alcanzó a susurrar.

Volví a besarla, más despacio al principio, atento a la forma en que cambiaba bajo mi boca.

Después perdí la paciencia y la atraje hacia mí hasta sentarla en mi regazo.

Cuando nos separamos, ambos jadeábamos.

Mis labios todavía ardían y la necesidad de volver a tomarla seguía ahí, cruda e insistente.

Al llegar a su dirección, ella se enderezó, respiró hondo y salió del coche con el rostro enrojecido.

Estuve a punto de seguirla, pero me detuve antes de bajar.

Un hombre esperaba en la entrada.

La vi apresurarse hacia sus brazos y la mandíbula se me tensó.

¿Celos?

No.

Solo me desagradó saber que alguien más la hacía gemir.

Mi mirada se endureció.

—Esa mujer…

Qué estupidez.