Capítulo 6 Entre el día y la noche
Desde mi habitación escuché a Daniels maldecir en la cocina y, de alguna forma, eso me ancló un poco a la mañana.
Me estiré una última vez antes de ponerme de pie y se me escapó un largo suspiro.
Tenía que volver.
Tenía que enfrentarlo otra vez.
Cerré los ojos un segundo, como si eso fuera suficiente para ordenarme por dentro.
Daniels era… fácil.
No en el mal sentido. Fácil de tratar, de entender, de tener cerca.
Un jefe accesible, amable, de esos que saben mantener la armonía sin imponerse a la fuerza, aunque la palabra «autoridad» nunca terminaba de encajarle del todo.
Era, en teoría, lo correcto.
Lo que cualquiera elegiría sin pensarlo demasiado.
Atento. Guapo. Considerado.
Abrí los ojos de golpe.
Espera, Lina.
¿A qué diablos viene eso?
¿Acaso los estás comparando?
✽✽✽
Respiré hondo, pero no sirvió de mucho. Su aroma seguía allí, como si toda la noche no hubiera bastado.
Me obligué a moverme, a mantener la rutina, pero desde la cocina escuchaba el agua caer en la ducha y, sin querer, volví otra vez a lo mismo.
A ella.
Todavía la sentía.
Como un eco incómodo que no terminaba de apagarse.
Pasé una mano por mi rostro, exhalando despacio, intentando sacármela de la cabeza, pero no era tan simple.
Nunca lo era con Lina.
El teléfono sonó sobre la mesa y cortó todo de golpe.
—¿Aló? —contesté, enderezándome.
—Daniels, ¿dónde estás? —La voz de mi segundo asistente atravesó la línea con un tono impaciente que ya empezaba a cansarme.
No necesitaba dos asistentes. De hecho, apenas toleraba uno.
Jessy era un recién graduado cuya carrera ni siquiera recordaba.
Lo había contratado como un favor para mi madre: la madre de Jessy era su peluquera de confianza, y mi madre siempre decía que una peluquera distraída podía arruinar un buen corte.
Eso y que ya no estaba para andar cruzando media ciudad buscando otra que supiera usar unas tijeras.
—Estoy ocupado con algo importante. Llego en una hora —respondí, pasándome otra vez la mano por el rostro.
—Todos llegaron temprano. Tal como especificaste para la reunión de evaluación del personal —me recordó.
Cerré los ojos un segundo.
—Oh, cierto. Eso era hoy… —resoplé, dejando escapar la frustración—. Bueno, que coman donas y esperen. Ya salgo.
Colgué sin añadir nada más.
Ahí iba mi oportunidad de pasar más tiempo con ella.
✽✽✽
Miré mi reflejo en el espejo del baño. Tenía el rostro cansado, y no solo por la falta de sueño.
La noche había sido más larga de lo necesario, llena de pesadillas que insistían en arrastrarme de vuelta a lo de siempre.
Tomé un par de pastillas y las bajé con un sorbo de whisky, esperando amortiguar un poco el ruido en mi cabeza.
Mientras me apoyaba en el lavabo, un fragmento de mi infancia se coló en mi mente con obstinación.
Mi padre, en uno de sus estados más oscuros.
De puertas afuera, la casa parecía un hogar feliz envuelto en lujo y opulencia. Cuando nadie miraba, se convertía en un campo de batalla. Los gritos y los golpes resonaban entre las paredes, amplificando algo que ya conocía demasiado bien.
Aquella noche fue peor.
Había perdido casi toda la inversión en uno de sus negocios, uno que ni siquiera llegó a ver la luz. Mi madre, en un intento desesperado por protegernos, terminó recibiendo toda su furia.
Mi padre arremetía contra ella con una brutalidad que quedó fija en mi memoria. El sonido de los golpes era algo que habría dado lo que fuera por borrar.
Pero, a ojos del mundo, Nikolay Arlov era un hombre ejemplar, un devoto padre de familia, de valores intachables.
Tomé una bocanada de aire y salí del baño.
✽✽✽
Cuando salí de la ducha, el aroma a café me llevó directo a la cocina.
Daniels ya estaba vestido, con las llaves y el móvil sobre la mesa.
—Buenos días —dije, secándome el cabello con la toalla.
—Buenos días —respondió, y su mirada se detuvo un segundo más de lo necesario—. Dejé café y huevos. Para que luego no digas que no pienso en ti.
—Eres un héroe incomprendido —murmuré, sirviéndome café—. ¿Ya te vas?
—Tengo una reunión que no puedo posponer.
—Qué suerte que no me toca.
—Te toca fregar los platos —añadió, ya en la puerta.
—Por supuesto que me toca.
Sonrió.
—Nos vemos luego, Lina.
La puerta se cerró. Pero no había pasado ni un minuto cuando volvió a abrirse.
—¿Olvidaste algo…?
No me dejó terminar. Cruzó la distancia en dos pasos y me besó sin previo aviso.
—Ahora sí tendré buena suerte —murmuró antes de salir otra vez.
—Mierda.
El silencio volvió de golpe.
Tomé el café, pero ya no sabía igual.
La alarma del celular sonó y me moví de inmediato. No podía llegar tarde, así que todo lo que vino después fue automático: me arreglé con lo primero que encontré decente, recogí el cabello como pude y salí con la sensación de que mi cuerpo iba un paso por detrás de la urgencia.
Cuando entré en su oficina, sentía que ya había dado todo de mí y apenas eran las ocho.
El café todavía estaba caliente entre mis manos y, de alguna forma, eso era lo único que importaba. Tenía que dejarlo en su escritorio lo suficientemente caliente, pero no tanto como para que tuviera que soplarlo.
Y, por supuesto, no podía evitar pensar que todo aquello, en el fondo, era para su entera diversión.
Coloqué la taza con cuidado y, al levantar la vista, su silla de cuero negro capturó mi atención.
Dominaba el centro de la oficina.
Me acerqué casi sin darme cuenta y extendí la mano hasta rozar el cuero con las yemas de los dedos.
—¿Descubriendo el trono, Lina?
Se giró con un sobresalto, como si la hubiera sorprendido haciendo algo malo, y el rubor subió a sus mejillas casi al instante.
—Yo… —balbuceó.
La observé un momento más.
—Siéntate en la silla.
Agrandó los ojos y me miró como si intentara descifrar si hablaba en serio.
—No… no es necesario, señor Arlov —respondió al fin, con un tono que se le quebraba—. Yo… Lo lamento. No debí. Fue una imprudencia de mi parte invadir su espacio.
Su cabello castaño caía en ondas un tanto desordenadas, como si no hubiera tenido tiempo de decidir del todo cómo presentarse.
—¿No dijiste que la tardanza no era un hábito?
Parpadeó, confundida.
—¿Qué?
—Siéntate —repetí—. Y confío en que seas lo suficientemente inteligente para saber cuándo una sugerencia es, en realidad, una orden.
Tardó un segundo más, pero terminó cediendo. A regañadientes, se sentó y, en cuanto su cuerpo se hundió en la silla, un leve estremecimiento la recorrió.
Caminé hasta el escritorio y me recargué en el borde sin apartar los ojos de ella.
—¿Qué te detuvo?
—Nada…
—¿Nada?
—Nada.
—Bien… ¿qué tal se siente ocupar mi puesto?
Mientras esperaba su respuesta, mi atención se deslizó casi sin permiso hacia su labio inferior, que apretaba ligeramente entre los dientes.
—Incómoda… —murmuró—. Nunca había estado en esta posición.
—¿En serio? ¿Acaso no es normal que tu jefe te pida que te sientes en su silla?
La observé un segundo más antes de apartarme.
—Puedes levantarte.
Lo hizo de inmediato, dejando escapar un suspiro que no alcanzó a ocultar del todo.